La Literatura Comparada es una interpretación «etic» o externa de una literatura «emic» o ajena



¿Por qué esta nación fue más contumaz que las otras? ¿Por naturaleza, acaso? Pero ésta no crea las naciones, sino los individuos, los cuales no se distribuyen en naciones sino por la diversidad de lenguas, de leyes y de costumbres practicadas; y sólo de estas dos, es decir, de las leyes y las costumbres, puede derivarse que cada nación tenga un talante especial, una situación particular y, en fin, unos prejuicios propios.
Baruch Spinoza (Tratado Teológico-Político, XVII, iv, 1670)


© Gaspar Gala Ortiz, Delta del Okawango, Botswana.
Los términos literarios (autor, obra, lector y transductor), tal como se relacionan en el campo gnoseológico de la Literatura Comparada, responden, o al menos deben responder, a un contexto exogámico, y no a un contexto endogámico. Entiendo por endogámico aquel contexto literario que determina relaciones dadas entre términos filiales, es decir, entre términos que brotan o proceden de un mismo campo referencial, por ejemplo, las relaciones que pueden establecerse entre dos obras o dos autores pertenecientes a una misma literatura nacional (Cervantes y Unamuno, el Buscón de Quevedo y La familia de Pascual Duarte de Cela, etc.) Se trata, sin duda, de relaciones endogámicas, dadas entre términos de clases afines o filiales. Por el contrario, los contextos exogámicos son aquellos contextos literarios que determinan relaciones dadas entre términos que brotan o proceden de distintos campos de referencia, y entre los que es posible justificar relaciones de analogía, paralelismo y dialéctica, bien a través de influencias causales o eficientes, bien a través de fenómenos de poligénesis, o semejanza sin influencia, en tanto que manifestaciones simultáneas de un mismo fenómeno estético en dominios literarios supuestamente inconexos. 
En consecuencia, la Literatura Comparada, en sentido estricto y riguroso, debe darse en contextos literarios exogámicos, los cuales están determinados por la disposición de los materiales o términos literarios (autor, obra, lector, transductor) en dos ejes, vertical, o de ordenadas (y), y horizontal, o de abscisas (x). El eje de ordenadas objetivará los materiales literarios pertenecientes a un determinado sistema literario que se toma como referente causal o eficiente, mientras que el eje de abscisas objetivará los términos o materiales literarios representativos del sistema literario que actúa como referente consecutivo o receptor del impacto, influencia o presencia, que los primeros ejercen sobre los segundos: es decir, que siempre habrá un determinado sistema literario —de autores, obras, lectores e intérpretes— que, tomado como referente de partida (eje de ordenadas) ejercerá una influencia en otro determinado sistema literario —de autores, obras, lectores e intérpretes—, que a su vez codificará (autor), objetivará (obra), consumirá (lector) y sancionará críticamente (transductor) la recepción del primero.



Eje de abscisas o etic (x)


                          Eje de ordenadas o emic (y) 



Como resulta obvio, en el eje de ordenadas o vertical se sitúan las construcciones literarias emic (autores, obras, lectores, críticos) que van a ser objeto de interpretación etic por parte de los términos literarios que los manipulan y codifican, como autores; los objetivan en nuevas obras literarias, mediante la interpretación creativa; los leen y consumen, como lectores y receptores; y los examinan, inquieren, censuran, promueven, reseñan, difunden críticamente, etc., como intérpretes o transductores. En resumidas cuentas, y por lo que respecta al contexto gnoseológico de la Literatura Comparada, la oposición etic / emic puede sintetizarse en el siguiente esquema:


Emic
Etic
Literatura nacional o gremial
Literatura Comparada
Dentro
Fuera
Descripción que se sitúa dentro de la perspectiva del sujeto agente o ejecutor
Descripción que se sitúa dentro de la perspectiva de su observador o intérprete
Presente
Pasado
Intérprete contemporáneo,
o históricamente co-presente
al fenómeno estudiado
Intérprete extemporáneo,
o históricamente posterior
al fenómeno estudiado
Endogamia
Exogamia
Sujeto Agente
Sujeto Gnoseológico
El conocimiento es el conocimiento del
sujeto agente
El conocimiento es el conocimiento del
sujeto operatorio o intérprete
El juez es el nativo
El juez es el antropólogo
El intérprete es el nativo
El intérprete es el comparatista
Natural
El proceso no se descompone,
sino que se ejecuta, sin más
Artificial
El proceso se descompone
según criterios ajenos a quien lo ejecuta
Interno
Las descripciones emic pueden ajustarse a los hechos y alcanzar una fitness máxima
Externo
Las descripciones etic no tiene por qué adaptarse “como un guante a la mano” a los hechos
Relativo
Las descripciones emic mantienen una estrecha relación con sus protagonistas y con sus co-relatos, esto es, con sus partes relativas
Absoluto
Las descripciones etic se mantienen en un plano segregado del sujeto agente, disuelta toda referencia al punto de vista del agente
Integrado
Alcanzan la integración de los rasgos descritos.
La ley interna de construcción
se mantiene en el plano emic
Desintegrado
No tienen por qué alcanzar
la integración de los rasgos descritos
Total
La perspectiva emic alcanza la comprensión
global del proceso como unidad total
Parcial
La perspectiva etic siempre es parcial, pues
nunca alcanza la comprensión global del proceso como unidad total


Lo que nos es dado con mayor facilidad e inmediatez es lo que es emic para nuestra cultura. Según la fórmula de Lévi-Strauss, lo etic es lo emic de la comunidad de antropólogos.
En consecuencia, como se ha indicado con anterioridad, la Literatura Comparada difícilmente puede desarrollarse en contextos endogámicos, es decir, en espacios gnoseológicos en los que los términos del campo están determinados por relaciones de sincretismo o identidad. Es el caso, por ejemplo, de postular un estudio de comparatismo literario entre obras de una misma literatura (términos pertenecientes a una misma clase), como Lazarillo de Tormes y La familia de Pascual Duarte. La endogamia viene dada por pertenecer a una clase común, pues ambas obras se inscriben en la clase de Literatura Española, aunque una sea aurisecular y anónima y la otra posguerracivilista y de autor bien conocido. Del mismo modo, difícilmente puede considerarse como un estudio propio de Literatura Comparada la relación crítica que un intérprete puede establecer entre la primera y la segunda parte del Quijote, o incluso la implicación en este contexto determinante del Quijote de Avellaneda, pues, en el primer caso, ambas obras sufren las consecuencias de un sincretismo dado en la identidad autorial (Cervantes) y, en el segundo caso, la terna se inscribe en una dialéctica que, más que comparatista, resulta absorbida en una figura filosófica tridimensional: tesis (Quijote I de Cervantes, 1605), antítesis (Quijote apócrifo de Avellaneda, 1614) y síntesis (Quijote II de Cervantes, 1615) (Maestro, 1994a).

Voy a referirme a continuación a los desarrollos gnoseológicos que, desde los criterios de la oposición etic / emic, pueden alcanzarse en el ejercicio de la Literatura Comparada. Las ideas, fuera de un contexto gnoseológico, al margen de unas coordenadas lógico-materiales, pierden toda posibilidad de interpretación coherente, y dan lugar a referentes confusos. En consecuencia, siguiendo a Bueno en su obra Nosotros y ellos (1990a), voy a criticar, en primer lugar, los desarrollos no gnoseológicos del prisma de Pike (etic / emic), con objeto de desestimarlos, y, en segundo lugar, procederé a exponer los desarrollos gnoseológicos, es decir, aquellos que postula para la Literatura Comparada el Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura. Los desarrollos no gnoseológicos de la oposición etic / emic de Pike pueden reducirse a tres fundamentales, dados, por supuesto, en el contexto de la Literatura Comparada, y que aquí voy a rechazar sistemáticamente: emicismo, eticismo e isomorfismo.
1. Emicismo
Esta postura sostiene que la distinción emic / etic es necesaria en el momento de constitución de la disciplina o ciencia de referencia, en este caso, la Literatura Comparada, precisamente porque desde tal perspectiva se postula que el conocimiento científico y crítico ha de desenvolverse esencialmente en el ámbito emic. En las primeras etapas de la historia de la Literatura Comparada, el ámbito emic correspondía a lo que entonces se identificaba como ajeno en las literaturas nacionales —lo foráneo—, de las que se partía como referencia y como objetivo con el fin de construir e interpretar relaciones de influencia e internacionalidad. Es, en suma, la concepción de Literatura Comparada tal como la propugnan Machado y Pageaux (1981: 15) cuando la afirman como “el estudio de los elementos extranjeros que existen en todas las literaturas”, de modo que el comparatista estudia lo ajeno (emic) en lo propio (etic), y desde el punto de vista de lo ajeno, esto es, émicamente. En la retórica que utiliza la posmodernidad para simular un interés por la Literatura Comparada, o cierta capacidad de comprensión al respecto, lo emic se identifica con lo no europeo. Con frecuencia, desde la terminología ideológica de la tropología poscolonial, se usan acríticamente los términos “otro” y “otredad” en un sentido émico.
El emicismo es la envoltura desde la cual el propio Pike presentó su distinción etic / emic. El objetivo en la obra de este lingüista era que las ciencias humanas, sobre todo la Antropología y la Lingüística, pudieran conocer los contenidos culturales desde el punto de vista emic. Desde la teoría del cierre categorial esta tesis se expone así: el lugar donde se configuran las esencias o estructuras esenciales, por oposición a las estructuras fenoménicas, de las ciencias antropológicas es el lugar de los contenidos emic. Los puntos de vista etic se consideraban vías de accesos fenoménicas o fisicalistas —artefactos— que conducen al objetivo principal (1990a).
El emicismo, desde esta perspectiva “adentrista”, no sólo defiende la tesis de que el objetivo de una disciplina científica (Literatura Comparada, Sociología, Lingüística, Antropología…), o de una ideología gremial (feminismo, socialismo, falangismo, racismo…), es reconstruir la realidad de aquello a lo que esta disciplina se refiere (sociedad, lengua, cultura, mujer, raza, organización política…) desde el punto de vista del sujeto agente (el nativo, el indígena, la mujer, el socialista, el falangista, el negro…), el cual forma parte de los hechos que se examinan; sino que además exige también aceptar que esta reconstrucción e interpretación sólo puede llevarse a cabo por personas que forman parte émicamente del propio grupo social que es objeto de estudio. El nativo desconfiará siempre del antropólogo, la mujer del hombre, el blanco del negro…, y a la inversa. No cabe autismo más onanista. En consecuencia, sólo los franceses podrían entender a los franceses, los catalanes a los catalanes, las mujeres a las mujeres, los jóvenes a los jóvenes, los viejos a los viejos, los hombres del medioevo a sus contemporáneos, un romántico no podría comprender a un renacentista, Wagner no podría interpretar la música de Vivaldi, y sólo un loco podría ofrecer una lectura acertada del Quijote
Desde un punto de vista gnoseológico, el emicismo, o “adentrismo”, equivale a negar el concepto mismo de sujeto gnoseológico, que resulta diseminado y sustituido por los múltiples sujetos agentes, miembros de cada cultura o grupo social, dedicados a la autognosis. Es la situación en la que contemporáneamente se encuentra la posmodernidad cuando pretende interpretar la literatura, al carecer de una posición etic definida y racional. La realidad no se comprende si no es posible reproducirla desde nuestras propias coordenadas gnoseológicas, dicho en términos ordinarios: conocemos lo que está a nuestro alcance sólo cuando nos lo aprehendemos.

2. Eticismo 
Esta postura sostiene que la distinción emic / etic es necesaria en el momento de constitución de la ciencias de referencia, en este caso, la Literatura Comparada, pero añade que resulta críticamente imprescindible explicar los contenidos emic desde el punto de vista de las estructuras esenciales de la investigación científica, que identifica con la interpretación etic, esto es, la literatura y la cultura que corresponden de forma nativa y primigenia con el sujeto operatorio (el crítico o transductor), sea intérprete, investigador o comparatista, pero no con el sujeto agente (el autor o artífice). En el contexto de la Literatura Comparada, el eticismo supone el estudio de los elementos propios que existen en otras literaturas, consideradas como ajenas o foráneas, esto es, diferentes. Se trataría, en suma, del análisis de características que se identifican como propias de una literatura y que se han manifestado o desarrollado en otras literaturas, afectándolas de algún modo esencial. El eticismo apela en este contexto gnoseológico a la interpretación de cómo los elementos identificados como propios de una literatura influyen, determinan o impactan en la construcción, difusión e interpretación de literaturas foráneas. Se desarrolla de este modo una orientación analítica diametralmente distinta del emicismo.
La visión emicista es discutible no sólo por motivos epistemológicos, sino sobre todo por motivos gnoseológicos. En la visión eticista, lo etic no es lo externo o artificioso, es decir, no es una contrafigura de lo emic, como espacio en el que actúa el centro de gravedad de la realidad antropológica. Pike concibió lo emic como lo interno y esencial, y lo etic como lo preliminar y fenoménico. Sin embargo, desde el eticismo, puede considerarse que lo etic no es una mera interferencia fenoménica en los contenidos del campo, sino que se trataría de los contenidos mismos del campo, y que por lo tanto habrá que interpretar como las estructuras esenciales de ese campo.
© Gaspar Gala Ortiz, Plaza Durbar de Patan. Nepal.
En el contexto de la Literatura Comparada, es etic la postura que vincula el desarrollo del comparatismo a la expansión del nacionalismo, y que ve en las explicaciones comparadas de dos o más literaturas la pretensión de una literatura por imponerse interpretativamente a las demás. Desde la retórica posmoderna, se acusará de eticismo a toda interpretación europeísta de los hechos literarios. Para la tropología posmoderna, eticismo y etnocentrismo serán términos equivalentes. Ahora bien, en este punto, mi pregunta es tan simple como desafiante: ¿cabe hablar de literatura al margen del eticismo europeísta? Porque la literatura no es una invención europea, evidentemente, pero la interpretación de la literatura sí que lo es. ¿De no haber sido por la invención europea y aristotélica de la Teoría de la Literatura, las culturas no europeas habrían calificado e interpretado como “literatura” lo que, gracias a esta invención metodológica europea, califican e interpretan como “literatura”? Porque si la respuesta a esta pregunta es afirmativa, entonces la explicación racional es que la Literatura Comparada es una invención europea, y que la Teoría de la Literatura también lo es, incluso con mayor implantación histórica y europeísta que aquélla, y que una y otra metodología se han exportado, impuesto e importado sobre otras culturas no europeas, con una consecuencia fundamental: haber contribuido a hacer legible para Occidente la creación literaria de pueblos y culturas que, sin la intervención europea y occidental, jamás habrían interpretado lo que, tras la intervención europea y occidental, hoy todos interpretamos como literatura, gracias a la Literatura Comparada y a la Teoría de la Literatura. Sin estas dos construcciones europeas y etnocéntricas, la posmodernidad no podría rentabilizar, con la eficacia con que lo hace, la explotación de la miseria universal, especialmente extra-europea. La colonización posmoderna no se basa en la explotación de la riqueza, sino en la explotación de la miseria. Y en manos de la crítica poscolonial, la Literatura Comparada es un instrumental nada despreciable en la codificación y explotación de la miseria tercermundista contemporánea.

3. Isomorfismo 
Se plantea como una coordinación de las explicaciones emicista y eticista. Se postularía así un isomorfismo entre el modelo cognitivo (emic) que guía a autores, pueblos o sociedades políticas, a escribir obras literarias, y el modelo operativo (etic) que explica las relaciones postuladas por el comparatista como relaciones de isovalencia, isología o isonomía, aun cuando en realidad resulten materialmente indemostrables, y sólo puedan serlo de forma idealista, a modo de desideratum utópico. La expresión posmoderna que identifica al isoformismo como modo de manipulación de los materiales literarios es la de hibridismo, para referirse a las relaciones binarias entre culturas, y la de multiculturalismo, para designar la suprema isovalencia de las diferentes y desiguales sociedades, culturas y literaturas efectivamente existentes. Se impone de este modo la negación de la razón humana, como facultad que capacita al individuo para el ejercicio de la crítica, es decir, para el establecimiento y la justificación de clasificaciones, valores y contravalores. En una palabra: el isomorfismo niega la existencia de un criterio, es decir, de una razón crítica. El intérprete tiene que “hacerse el tonto”, en nombre de la cortesía académica, o de la cobardía personal, para no ofender a quienes postulan dogmática y fraudulentamente la isovalencia entre los aztecas y los españoles de fines del siglo XV. Cuando un científico escribe necedades sólo puede ser leído como un necio, por muy tonto que se finja el lector.

En el contexto de la Literatura Comparada, el uso del isomorfismo provoca interpretaciones completamente fraudulentas, porque desde un punto de vista gnoseológico, es decir, lógico-material, sólo se puede hablar de isomorfismo entre dos conjuntos cuando hay correspondencia entre Términos y Relaciones del conjunto inicial o de partida y el terminal o de llegada, y cuando hay correspondencia entre Operaciones dadas en cada uno de los dos conjuntos. Pero de ninguna manera hay isomorfismo cuando no concurren tales condiciones. La igualdad sólo se da en condiciones de simetría, equivalencia y transitividad entre las partes conjugadas. En consecuencia, sólo podría hablarse de isomorfismo en Literatura Comparada cuando trabajamos con Términos del campo categorial de la literatura que tienen la misma valencia, y que por tanto son equivalentes, algo que resulta realmente imposible de determinar desde el momento en que prescindimos de un sistema normativo y calificativo, y que incluso aun sirviéndose de un canon unánimemente aceptado, como de facto lo es en la práctica el Canon denominado Occidental, apenas nos permitiría movernos más allá de términos como Cervantes, Shakespeare, Dante, Goethe, Dostoievski, etc., y algunas de sus obras, que no todas. Quiero decir con esto, en suma, que sólo podrá hablarse de isomorfismo si suprimimos la literatura, es decir, si nos analfabetizamos. Para los posmodernos esto no entraña ninguna dificultad, dado que para ellos la literatura es un discurso completamente ilegible como tal, y su máximo deseo consiste en que todo el mundo perciba igualmente la literatura como un discurso ilegible. Los principales representantes de esta interpretación analfabética de la literatura son autores como Derrida, Foucault y, sobre todo, Terry Eagleton, cuya obra Literature Theory. An Introduction (1983) es lo más lamentable, por absurdo, que una mente racionalista puede leer. El proceder de la posmodernidad se resuelve en una yuxtaposición, en este caso al menos, del modelo cognitivo (la creación literaria emic) y del modelo operativo (la interpretación literaria etic), yuxtaposición fundada en un supuesto isomorfismo. Añadiré, además, que incluso aceptando la ficción del isomorfismo, nadie podría explicar a partir de él el modelo cognitivo de una literatura (la construcción de una literatura por parte de sus sujetos agentes o nativos), es decir, nadie podría explicar cómo se construye su propia guía de conducta, si es que el autor, el pueblo o la sociedad política que es artífice de una literatura, desconocen las posibilidades de interpretarla, es decir, si desconocen la acción de la crítica y el poder racional de la influencia.


Dialéctica de la Literatura Comparada 
Frente a las perspectivas emic, etic e isomorfa, el Materialismo Filosófico propone la aplicación de un modelo explícitamente gnoseológico. La construcción de una explicación racional (ordo doctrinae) de los hechos, por trivial que sea, procede de un modo que no es ni emic, ni etic, ni la yuxtaposición isomorfa de ambos. Lo que exige una explicación racional, muy al contrario, es regresar (regressus) a un marco inteligible, teórico, lógico y formal, que dé cuenta de los mecanismos operatorios (la interpretación literaria) en que se basa el modelo cognitivo (el acto de construcción literaria) del sujeto agente (Bueno, 1990a).
No se trata de describir los modelos cognitivos que actúan psicológicamente, desde las mentes de los sujetos agentes (autores, pueblos, sociedades políticas que construyen obras literarias), sino los modelos operatorios que actúan materialmente desde los modelos cognitivos del sujeto agente. El objetivo es explicar las vías de instauración de los mecanismos operatorios. Y ésta es la competencia por excelencia del comparatista o sujeto operatorio que relaciona (o compara) los términos literarios (autor, obra, lector, transductor) del campo gnoseológico de la literatura. Por esta razón hay que apelar siempre a los materiales apotéticos, esto es, los materiales literarios que figuran en el eje de ordenadas o eje de partida: autor, obra, lector y transductor [1].
En el desarrollo de este procedimiento habrá que distinguir tres tipos generales de ontología, dada su relación con los problemas gnoseológicos implicados en la oposición etic / emic de Pike y las premisas ontológicas relativas al modo de unidad y relación que media entre las diversas literaturas posibles. Se distinguirán, en consecuencia, tres tipos de ontología: univocista, equivocista y dialéctica.
1. Ontología univocista 
Es la ontología subyacente al racionalismo idealista que considera que, en su esencia, todas las culturas —y sus respectivas literaturas— son idénticas y equivalentes entre sí, poseen el mismo valor, y por tanto son traducibles las unas a las otras. Esta ontología está detrás de los análisis de los lenguajes al modo de Aristóteles, Kant, Piaget o Chomsky. Desde las coordenadas de esta ontología, se postula que el plano emic es el plano de los fenómenos, el cual nos conduce al plano de las esencias. La ontología univocista se basa en la equivalencia o isovalencia de todas las culturas, en la existencia de universales lingüísticos, y en la afirmación de una suerte de patrón universal o tabla isonómica de categorías culturales. Habría unas leyes generales, o esenciales, distribuidas de forma unívoca en todas y cada una de las culturas y literaturas. La ontología univocista es aquella a la que apela la posmodernidad cuando se refiere a las culturas como entidades isovalentes: todas las culturas son iguales y todas están relacionadas entre sí en términos de igualdad. Esencialmente, todo estaría conectado con todo (monismo metafísico y holismo armónico).
2. Ontología equivocista 
Desde los criterios de esta ontología, todas las culturas y literaturas resultan diferentes entre sí, heterogéneas e irreductibles (mutuamente o a un tertium). En relación con la ontología equivocista podría hablarse de relativismo, y también de megarismo [2]. Las diversas literaturas —incluida la propia, y en particular una “comunidad de intérpretes literarios”— se comportan como entidades independientes, como sistemas clausurados, sin perjuicio de conexiones interculturales puntuales y más o menos precisas. Esta ontología “megárica” inspira la teoría de las culturas de Spengler, cuyo paralelo biológico es la concepción de las especies de Von Uexküll, en virtud de la cual los “mundos en torno” (Umwelt) de cada especie pueden insertarse en una teoría de la evolución, a la que propiamente son ajenos. En Lingüística y en Antropología el equivocismo es la ontología que subyace a la concepción de Whorf (1956). En el contexto de la ontología equivocista el prisma de Pike brilla de forma muy intensa. Emic es ahora “el interior estructurado de cada cultura”, es decir, lo esencial, mientras que Etic es lo externo, el fenómeno. Lo fenoménico y lo esencial se mantienen en la ontología equivocista, pero invertidos en relación a su posición en la ontología univocista. La ontología equivocista es aquella a la que apela la posmodernidad cuando se refiere a las culturas como entidades megáricas: cada cultura es en sí misma original y ha de preservarse intacta en su originalidad frente al dominio colonizador de otras culturas. Esencialmente, todo estaría desconectado de todo y cada parte se comportaría como una mónada independiente de las demás (megarismo metafísico y atomismo armónico).
3. Ontología dialéctica 
Rechaza de plano la ontología de la uniformidad, univocista, propia del racionalismo idealista, y subraya la diferenciación y la heterogeneidad entre las culturas, tanto como puede hacerlo el equivocismo. Sin embargo, no es equivocista, porque niega los supuestos megáricos y autárquicos de cada cultura, y porque reconoce la doctrina de la symploké, basada en la relación racional y lógica y en la evolución consecuente y sistemática. Tampoco es metamérica (relaciones entre totalidades globales o estructuras enterizas), porque no necesita regresar a una perspectiva de relaciones globales que depare un sistema de esencias supraculturales, es decir, que postule una cultura abarcadora de todas las demás. Sí es diamérica (relaciones puntuales entre las partes elementales de dos totalidades o estructuras), porque sí regresa a la perspectiva de relaciones entre las partes o elementos que constituyen dos estructuras relacionadas partitivamente, proceso que permite analizar la interconexión de unas literaturas con otras, en una relación comparativa y crítica en la que hay diferencias en cuanto a la potencia abarcadora de las distintas literaturas o sistemas literarios (lo que no implica ni exige un postulado de traducibilidad sin residuo, desde el momento en que siempre opera el mecanismo de la transducción).
Coda
La diversidad de los sistemas culturales no alcanza ahora un sentido meramente distributivo, puesto que la diversidad es ahora la misma interactividad conflictiva de las partes diferentes en cuanto a su potencia abarcadora, de las distintas culturas. La ontología dialéctica reconoce ampliamente las tesis del relativismo cultural. Sencillamente no concibe este relativismo como uniforme y simétrico: entre las diversas culturas o sistemas culturales (lenguas, sistemas de numeración, sistemas tecnológicos, &c.) median relaciones asimétricas en cuanto a los grados de potencia abarcadora. Unas culturas o sistemas culturales son más potentes que otros, pero en diversas líneas, y gracias a ello pueden ser analizadas los unos por los otros (Bueno, 1990a: 106).
En la ontología dialéctica, etic (la interpretación científica: gnoseología) es lo único que puede explicar operatoriamente a emic (la construcción literaria: ontología)[3]. La ontología dialéctica es característica del Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, y en el contexto gnoseológico de la Literatura Comparada niega tanto el holismo armónico de la ontología univocista (todas las culturas son iguales y todas están relacionadas idénticamente entre sí), como el monismo metafísico de la ontología equivocista (todas las culturas son originales, diferentes e independientes entre sí, y como tales se mantienen intactas y se desarrollan autónomamente en el tiempo y en el espacio). Las primeras se afirman en el mito de la isovalencia, y las segundas en la falacia del megarismo. Tanto el mito de la isovalencia, desde el que se niega el uso de la razón como criterio valorativo, y se cancela toda posibilidad de ejercer la Literatura Comparada, ya que si todo es igual a todo nada hay que comparar ni que relacionar, como la falacia del megarismo, según la cual las culturas y las literaturas son entes originales, intactos e independientes entre sí, como pompas eternas de jabón que flotan en un cosmos estoico y fabuloso, y desde el que igualmente se niega la posibilidad de practicar la Literatura Comparada, ya que si nada está relacionado con nada, y nada influye en nada, nada hay que comparar, tanto lo uno como lo otro, la isovalencia y el megarismo, constituyen los dos pilares fundamentales de la posmodernidad como aberración interpretativa de la Idea de Cultura, de la Historia de la Literatura, de la Literatura Comparada y de la Teoría de la Literatura.









Notas

[1] Si no contásemos con objetos apotéticos, la comunicación sería imposible (Bueno, 1992). Apotético (de apó, lejos y tithemi, poner) es concepto relacional que sirve para designar lo que se presenta u ofrece a distancia, con evacuación de los objetos interpuestos —tanto en el espacio como en el tiempo— del sujeto operatorio. Son apotéticas las conductas de los animales, la captación a distancia de los comportamientos de otro, etc., y toda secuencia de acciones operatorias que impliquen un distanciamiento respecto al objeto al que se refieren. Se opone a paratético. A su vez, paratético (de pará, junto a, y tizemi, poner) es concepto relacional que sirve para designar aquellas situaciones en las que las relaciones recíprocas entre dos cuerpos son producidas por su mutua contigüidad espacial o temporal. Son paratéticas las leyes de choque de los cuerpos, los principios de acción y reacción, los tropismos, las reacciones químicas, etc.

[2] Sobre el megarismo de las culturas cabe advertir lo siguiente. En el vestíbulo del Museo Antropológico de México leemos que “todas las culturas son iguales”. Esta declaración de isonomía e isovalencia de las culturas nos sitúa en el ámbito de una ideología del megarismo de las culturas. Los megáricos llevaron al límite metafísico la doctrina de las esencias de Platón, y postularon la existencia de un reino de esencias inmutables, inconmesurables e incomunicables entre sí. A esto mismo equivaldría una igualdad isonómica e isovalente de todas las culturas. En este sentido, los antropólogos se convierten en ideólogos de movimientos de liberación. La cultura solo es un conjunto borroso de contenidos múltiples y heterogéneos, que no mantienen entre sí relaciones asimilables a las que pueden mantener las partes un organismo. La cultura no se puede oponer a la Naturaleza, porque la Naturaleza, como unidad de referencia, no existe.

[3] Adviértase que, según la Teoría del Cierre Categorial de Bueno (1992), esta explicación siempre será b-operatoria, es decir, siempre implicará a un sujeto operario presente como término en el campo gnoseológico. Dicho de otro modo, el comparatista, siempre será un ser humano, es decir, un ente dotado de una psicología que la interpretación científica o gnoseológica tendrá que segregar y depurar.



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