La Literatura ilegible o el triunfo de la sofística posmoderna

                                     

Agotados los hechos, nacen las palabras. ¡Si habrá épocas de palabras, como las hay de hombres y de hechos! ¡Si estaremos en la época de las palabras!
—Palabras del derecho, palabras del revés, palabras simples, palabras dobles, palabras contrahechas, palabras mudas, palabras elocuentes, palabras-monstruos. Es el mundo. Donde veas un hombre, acostúmbrate a no ver más que una palabra. No hay otra cosa. No precisamente a palabra por barba; tampoco. Despacio. A veces en uno verás muchas palabras, tantas, que aquel solo te parecerá cien hombres; en cambio, otras veces, y será lo más común, donde creas ver cien mil hombres, no habrá más que una sola palabra.
Mariano José de Larra[1]


CC0 1.0 Licencia universal de dominio público
La razón es la capacidad de interpretar la realidad a través de ideas y de conceptos relacionados entre sí de forma lógica, y compartidos intelectual y socialmente por los demás seres humanos. Cuando los criterios —los medios— para pensar e interpretar no se comparten como es debido, es decir, de forma coherente y lógica, entonces no será posible razonar. La razón exige un mundo compartido.
Ha de suponerse que la sociedad humana, concretamente la sociedad política, es decir, lo que en teoría al menos sería la forma más sofisticada y eficaz de relación humana, es ese mundo compartido, necesario e imprescindible al desarrollo de la razón, una facultad que no puede desarrollarse ni ejercerse aisladamente. El racionalismo requiere un tejido humano, social y político, que solo la Ciencia y la Filosofía pueden asegurar. Al margen de un conocimiento científico, crítico y dialéctico, es imposible razonar. Y al margen de una sociedad humana y política donde ese racionalismo se despliegue es imposible el ejercicio de la interpretación literaria.
La Literatura exige un mundo social y razonablemente compartido. Como se ha expuesto en capítulos anteriores, la máxima expresión y expansión de los materiales literarios se alcanza de hecho en el cierre circular ―en el eje circular o político― de la sociedad humana. Sucede, sin embargo, que precisamente al alcanzar su máxima amplitud, en el eje circular o humano del espacio antropológico, la Literatura puede llegar a convertirse en un discurso ilegible frente al triunfo del principal enemigo de la razón, que no es el irracionalismo, como suele creerse erradamente, sino la sofística. El irracionalismo es consecuencia de la ignorancia, pero no de la sofística. La sofística obedece en cada caso a un racionalismo muy poderoso, ampliamente seductor, y siempre adulterado, cuyos efectos resultan siempre perversos, a veces incluso devastadores, pero absolutamente convincentes. Sofista es el que convence con argumentos falsos.
El principal adversario del racionalismo literario contemporáneo es la sofística posmoderna, desde la que se postula una relación de isovalencia e isonomía entre los materiales literarios y cualesquiera productos “culturales”, de modo que Shakespeare y un código de barras son lo mismo. Toda crítica resulta bastante estéril en un contexto de esta naturaleza, porque las ideas sufren el infortunio de ser inasequibles a la ignorancia de sus disidentes. No se puede dialogar con quien no sabe razonar, porque desde la insipiencia y la nesciencia se carece de criterios, es decir, de medios, para compartir un mundo de conocimientos sobre los cuales han de discurrir cualesquiera interpretaciones racionales. La ignorancia genera un mundo fragmentado y babélico.










[1] Larra, “Cuasi. Pesadilla política”, Revista Mensajero, 9 de agosto de 1835.



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