Poética. Libro I. Anónimos sobre la comedia




ARISTÓTELES

Poética. Libro I. Anónimos sobre la comedia

Madrid, Editorial Dykinson, 2010.

Edición bilingüe, introducción y notas 
de Paloma Ortiz García.








Paloma Ortiz García ha publicado una muy cuidada y completa edición bilingüe (griego y español) de la Poética de Aristóteles. La introducción y las notas al texto son de extraordinaria calidad. La originalidad de esta edición radica, además, en que la parte ausente de la Poética aristotélica, la dedicada a la comedia, es la más presente, conceptualmente hablando, pues el volumen se enriquece con la publicación de cuatro importantes Anónimos sobre la comedia: 1) Tratado Coisliniano, 2) Sobre la comedia, de otra manera, 3) Sobre las partes, y 4) Anónimo de Cramer (I).
Los griegos antiguos no sólo sistematizaron, de hecho, la idea y el concepto de literatura que Occidente ha asumido e implantado frente a otras culturas y civilizaciones, es decir, la idea de una construcción humana que, abriéndose camino a través del ejercicio crítico de la razón y de la libertad, utiliza signos del sistema verbal, a los que confiere un valor estético y ficcional, e inscribe en un proceso comunicativo de naturaleza pragmática y social. La idea griega de literatura niega el concepto mismo de “texto sagrado”. La lectura literaria de la Biblia no es posible antes de una concepción secular del pensamiento. Pero es que además, los griegos antiguos sistematizaron también las posibilidades de estudiar la literatura conceptualmente, es decir, científicamente, mediante conceptos, teorías, definiciones…, y otras figuras gnoseológicas. Desde sus orígenes, la ciencia no es una retórica. (Hoy sólo para los posmodernos la ciencia es una retórica: una ficción que un médico, un albañil o un parado sin subsidio no se pueden permitir). Desde Aristóteles, la ciencia que conceptualizaba los materiales literarios se llamó Poética, es decir, Teoría de la Literatura.
No sorprende, pues, que las carencias con que nos llegan los textos de la Poética de Aristóteles hayan sido las carencias que históricamente han determinado la interpretación de los materiales literarios. Se estima que entre los siglos II y VI de nuestra Era el rollo de papiro en que estaba escrito el Libro II de la Poética de Aristóteles sufrió las mayores mutilaciones y deterioros. Sus contenidos nunca llegaron a materializarse en el nuevo formato que entonces comienza a imponerse: el códice. Durante los siglos III y IV se generaliza el paso del papiro al códice, y en ese tránsito perecen muchos de los soportes gráficos entonces existentes. Sea como fuere, en el siglo IX se lleva a cabo una traducción de la Poética al siríaco, pero el traductor ya no dispone del Libro II. ¿Dónde y cuándo se desvanece exactamente la parte de la Poética aristotélica dedicada a la comedia? Todavía no lo sabemos a ciencia cierta.
Lo cierto es que la Modernidad tuvo que examinar e interpretar la risa al margen de Aristóteles. Y lo hizo con más éxito a través de la razón práctica que a través de la razón teórica. Quiero decir que fue más profundo el pensamiento sobre la risa en el arte y en las obras literarias —desde la comedia latina hasta el Quijote, pasando por Gargantúa— que en los tratados especulativos de teología, retórica, poética o filosofía.
De los apuntes escasos procedentes de Aristóteles sabemos que la risa a la que él se refería se distanciaba el vituperio para proyectarse sobre lo ridículo. Algo equivalente en cierto modo a evitar el nombre del pecador para condenar el pecado. No es de extrañar. Las leyes de Atenas pronto se apresuraron a prohibir la burla personalizada y nominal, en favor de la proyección universal de la bufa. Burlémonos del sofista, pero no de Gorgias. Murmuremos del tirano, pero no de Solón. Es el triunfo de los prototipos anónimos frente a la onomástica de personas concretas. A Pericles, cuentan, nunca le hizo gracia eso de verse burlado o representado en el ágora o en la orquestra.
Hoy día las cosas han cambiado mucho, pues las consecuencias de la risa se atenúan enormemente. La risa es el placer orgánico de la experiencia cómica. Y como lo que importan son los hechos, poco o nada valen las consecuencias orgánicas, individuales o colectivas, del que ríe (o del que llora). La carcajada no transforma la realidad (salvo la cara que tiene algún que otro ser perpetuamente sonriente).
Tenemos varias teorías sobre la risa, aunque por lo común suelen mencionarse tres: la antropológica de Bajtín (cuya moda carnavalesca ha pasado), la nietzscheana de Freud (y su relación con el chiste…: las ideas de Freud sobre lo cómico están ya en Nietzsche), y la francesa de Bergson (hecha a la medida del teatro de Molière).
Por lo demás, no hay nada más inofensivo que la experiencia cómica. Dígase lo que se quiera, la risa sólo afecta a los estados de ánimo, y muy momentáneamente: no cambia nada, los hechos, sociales y naturales, son por completo insensibles a la carcajada, y los seres humanos que se sienten suficientemente protegidos por determinados poderes o derechos son igualmente indolentes a la risa de los demás. La capacidad que tiene la tragedia para conmover y para discutir legitimidades no la tiene la experiencia cómica. Si el discurso crítico se tolera más a través de las burlas que a través de las veras es precisamente porque sus consecuencias cómicas son mucho más insignificantes que cualquiera de sus expresiones trágicas.
Sólo tolera la risa quien está muy por encima de sus consecuencias. Quien, sin embargo, se siente herido por el humor, es decir, quien se toma en serio el juego, es porque tiene razones para sentirse vulnerable. Su debilidad le hace confundir la realidad con la ficción. No puede soportar una relación tan estrecha, tan próxima, entre su persona y la imagen que de su persona le ofrecen los burladores.
La risa, además, está destinada a iluminar un mundo en absoluto inocente. Donde hay risa hay inteligencia y libertad. Y donde habitan la inteligencia y la libertad, la inocencia no es posible.

Jesús G. Maestro



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