1. Cartas a mis sobrinas

A Aitana, a Iria, a Laura...




Y a cuantos padres y madres 
consideran que la razón humana
no reprime ni corrompe, 
sino que organiza nuestra vida 
y determina nuestra libertad.



Rosa León, Canción del jardinero







Carta proemio



No instruya en absoluto al niño del aldeano, 
pues no le conviene ser instruido.

Jean-Jacques Rousseau, 
Julia o la nueva Eloísa (1761).



Queridas sobrinas: 
Hay algo de lo que, ante todo, debéis estar muy advertidas: la educación que estáis recibiendo, y sobre todo la que vais a recibir, está muy por debajo de las exigencias de la sociedad en que vivís y a la que vais a enfrentaros. Con frecuencia, esta educación científica y política que os están suministrando está en disonancia con la realidad de lo que será vuestra vida social, familiar y laboral. Está, también, muy por debajo de ella.  
¿Qué hacer, entonces? ¿Qué hacer cuando la calidad de la educación intelectual que se recibe se sitúa tan por debajo de la realidad que el mundo exige? ¿Cómo crecer y sobrevivir en una sociedad política cuya intención es proporcionaros de modo deliberado una formación científicamente deficiente e intelectualmente pervertida? Ante esta situación, vosotras mismas, por vuestros propios medios, estaréis obligadas a encontrar, una y otra vez, posibles y sucesivas soluciones. Yo solo puedo advertiros de lo que sé. Pero ha de quedaros muy claro que ni mis conocimientos ni mi experiencia son, en sí mismos, una solución a los problemas que el curso de la vida os tiene reservados. Lo que aquí os transmito es una interpretación de la realidad que yo he vivido y observado, y que puede serviros de referencia a vosotras, sin sustituir, en absoluto, vuestra propia vivencia, y sin pretender imponerse, de ninguna manera, a vuestra propia objetividad en la interpretación de los hechos.  
Lo primero que hay que hacer es ser consciente de lo que se ignora. Saber cuáles son los límites de nuestros conocimientos es en sí mismo un conocimiento importantísimo. Se impone ser siempre discretas, prudentes y sabedoras de vuestras limitaciones. Para subsanarlas. Donde no hay discreción no hay inteligencia. Y donde no hay inteligencia no hay tampoco sensibilidad. Sin criterios, no es posible comprender lo que se siente. Solo quien se resiste voluntariamente al conocimiento debe ser considerado un ignorante. Y un necio. Esta será vuestra primera prueba de inteligencia: tendréis que construir criterios que os permitan identificar las deficiencias, el fraude, los errores, incluso las perversiones y extravíos, de la educación que estáis recibiendo. En una palabra: estáis obligadas a desconfiar de la educación que os dan vuestros profesores. 
Pero sin embargo estaréis obligadas, por muchos caminos y procedimientos, a la obediencia. Y también a su forma social y laboral más deplorable: el servilismo. De modos perversamente sutiles os exigirán obsecuencia y sumisión. Os educarán para ser dependientes. Os educarán incluso para ser intelectualmente deficientes. Pero sobre todo os educarán para ser mediocres y cobardes. La cobardía y la mediocridad son siempre caminos de éxito en toda sociedad humana. Y particularmente lo son en aquellos tiempos y lugares en los que el esfuerzo personal constituye una singularidad crítica capaz de cuestionar y delatar la corrupción política y científica de los Estados. Ni la Universidad ni la Justicia, las dos instituciones que presumen y se jactan ―viciosamente― de preservar, sin ser ello cierto en absoluto, la inocencia y sabiduría de sus miembros y subordinados, no os lo permitirán. En la sociedad en que vais a crecer, la virtud solo existe allí donde hay un vicio que ocultar. Os perdonarán todo, absolutamente todo, excepto el uso de la inteligencia crítica y el ejercicio de la libertad frente a la sofística del poder, en cualquiera de sus manifestaciones. Convenceos de esto: una sociedad que os educa con el fin de que no sepáis razonar es una sociedad que no os permitirá razonar por mucho que alguien os enseñe a hacerlo. Además, como veremos, la razón es colectiva. Nadie puede razonar absolutamente a solas, del mismo modo que una sociedad humana no podrá considerarse racional si la mayor parte de sus miembros actúan y se comportan de espaldas a la razón. El racionalismo es una experiencia colectiva, compartida y solidaria. En una sociedad de locos, el ser humano razonable es un inadaptado. Y nuestra sociedad es, actualmente, y cada día más, un extraño manicomio.  
En una sociedad de ignorantes, el conocimiento conduce al extravío y a la incomunicación. La autoridad de la ignorancia solo puede exigir sumisión. A veces, bajo el amparo de lo políticamente correcto, exige, incluso, respeto. ¿Durante cuánto tiempo hay que someterse a la idiotez? Hasta que vuestros conocimientos científicos y vuestra posición política en la sociedad ―en cualquier sociedad humana― os permitan ser lo suficientemente fuertes como para decir que no a un adversario, y no solo con palabras, sino con hechos efectivos.  Porque tener razón implica disponer de medios reales para imponer la razón que se dice tener. No basta tener la razón teórica: hay que disponer de forma efectiva de la razón práctica. Porque vuestros maestros, si sois capaces de desarrollar criterios propios, pronto se convertirán en vuestros enemigos. Pocos maestros merecen hoy de veras este nombre. Es muy penoso decirlo, pero estáis obligadas a desconfiar de vuestros profesores. Esta desconfianza es hoy día la clave de la educación científica. La mayor parte de los conocimientos que os suministran están corrompidos. No son conocimientos, sino ideologías. 
Sin embargo, mientras los conocimientos, insuficientes, que adquirís no os permitan emanciparos de las consecuencias de la desobediencia, viviréis en la sumisión. Y en el servilismo. Solo cuando seáis capaces de controlar o contrarrestar las consecuencias adversas, ablativas, punitivas, de vuestros superiores, solo entonces, podréis actuar con la libertad de quien ejerce su propio criterio ―porque lo posee― y asume con seguridad sus responsabilidades personales ―porque dispone de poder suficiente para defenderse ante sus enemigos―. 
Si optáis por abandonar los estudios, y por vivir de espaldas a la educación intelectual, a las ciencias y a sus posibilidades de conocimiento, debéis saber que vuestra condición humana en la sociedad, es decir, vuestra posición política frente al resto de las personas, con todas las capacidades y facultades que la vida os va a exigir, se verán más y más disminuidas y mermadas cada día. Al margen del conocimiento científico, sabed que estáis condenadas a vivir, social y políticamente, en un tercer mundo semántico. 
Si elegís ese camino, un camino roussoniano, solo seréis instrumentos, acaso fascinados, y sin duda estultos, en manos de otras personas, que, lejos de buscar vuestro bien, pretenderán constantemente convertiros en sus siervos guiñolescos. Rousseau, esa comadrona de la posmodernidad, es responsable y artífice de un modelo de educación absolutamente actual y contemporáneo, presente de forma nefasta en las aulas de todos los órdenes y sistemas académicos más accesibles en nuestra sociedad. Quien trata de dominar a otra persona tiene un objetivo prioritario: suprimir en el prójimo toda conciencia de necesidad. Si no sois conscientes de lo que de veras necesitáis, nunca sabréis de qué medios, recursos y criterios debéis proveeros. Estaréis a merced del engaño al que los demás os van a someter de forma permanente. Y sabed que quien os engañe lo hará siempre de modo tan perfecto y tan sofisticado que nunca seréis conscientes de vuestra propia sumisión, servilismo e insipiencia. Quien engaña hace creer siempre que ayuda de forma inestimable y necesaria. Solidaria y generosamente. La forma más eficaz de esclavizar al ser humano, de reducirlo a un títere o trampantojo, a un elemento más de una masa iluminada por su identidad colectiva o rebañega, pero carente de toda personalidad, es dotarle de una educación deficiente, adulterada y fraudulenta. Pero engreída, satisfecha de sí misma, y feliz en el ejercicio de su necedad.  
Por desgracia, esta es la educación científica e intelectual que vais a recibir. Que ya estáis recibiendo, de hecho. Nuestra sociedad, desde la corrupción de nuestros políticos hasta la ignorancia de vuestros profesores, formados en las ideologías partidistas y en las creencias religiosas en lugar de estarlo en Ciencia y Filosofía, tiene como objetivo diseñar una educación cuyo fin es el analfabetismo científico de la población. Y vosotras, niñas y adolescentes, sois y seréis su objetivo prioritario.  
Las masas tienen identidad ―la identidad del gremio, del lobby, del grupo, del rebaño―, pero los individuos que forman parte de ella carecen de personalidad, porque si la tuvieran, no permitirían que un colectivo exclusivista se la arrebatara, para anularlos. Las masas tienen identidad ―nacionalista, sexual, ideológica, etnocrática…―, pero los seres humanos tienen personalidad. Los gremios, los grupos, los lobbies, las sectas…, son sucedáneos de una sociedad fragmentada. Preservaos de ellos. Y de quien os invite a dimitir de la realidad social para integraros en una idealidad gremial, con frecuencia ficticia, y siempre subyugante. Desconfiad del prójimo, con discreción racionalista y con inteligencia siempre reservada. Nunca digáis todo lo que sabéis. Nunca deis vuestra opinión a un público desconocido. No os entreguéis a la grey. Quien se deja seducir por la masa compromete su inteligencia con el estiércol de la opinión del vulgo y deteriora su sensibilidad, sin ser consciente de ello, con personas indignas y embrutecidas. Las masas son las mareas movedizas en las que se corrompen y naufragan incluso las supuestamente mejores inteligencias. Quienes se reputan inteligentes, y con frecuencia también quienes habitualmente lo son, creen que nada ni nadie puede manipularlos, que son independientes de todo control y que no hay modo de engañarlos. Los listos siempre creen que solo y siempre son los tontos los burlados, manipulados o embaucados. Grandísimo error. Manipular a los semejantes es fundamental para la superviviencia. Y con frecuencia la manipulación que se ejerce sobre las personas inteligentes es mucho más valiosa, rentable y enriquecedora que la procedente de las capas más ignorantes de la sociedad. Los listos son un botín muy preciado para todo tipo de demagogos y farsantes. No es más difícil engañar a un listillo que a un parvo, pero la calidad del pillaje es muy superior en el saquero de una mente enriquecida que en el de una persona sin recursos intelectuales.  
Queden estas cartas críticas, pretendidamente sapienciales, como una modesta relación familiar, cariñosa, y también parenética, que os ofrezco de forma directa y exclusiva. Lo que aquí os entrego no pretende solo ilustraros de algún modo, sino ayudaros de forma efectiva en vuestra formación e información acerca  del mundo que os rodea, y de esa sociedad ―terrible― a la que os habéis de enfrentar en cuanto vuestros padres no dispongan de medios para seguir auxiliándoos ni protegiéndoos. Los padres son siempre mucho más limitados de lo que creen. Y lo mismo cabe decir de las madres, tan distintas las de hoy a las de ayer... A partir de un momento dado no podrán ayudaros. Dicho de otro modo: en cuanto vuestra infancia os abandone ―si es que durante la infancia vuestros padres pueden cuidar de vosotras como es debido, y como yo espero y deseo que lo hagan―, estaréis a merced de todo tipo de depredadores sociales. En vuestra adolescencia todo estará frente a vosotras, y vosotras mismas seréis los seres más débiles y vulnerables del mundo. Os faltará entonces la protección de la infancia, y todavía no seréis capaces de preservaros por vosotras mismas de todo cuanto tratará de lesionaros. Además, vuestros padres no podrán ya, sin duda, preveniros de las innumerables amenazas que tratarán de asolaros sin tregua, en todos los órdenes de la vida. 
Nadie protege, en estos tiempos, la adolescencia del ser humano. Socialmente, nada cuidará de vosotras. Nadie os prestará atención. La soledad, cuando llega en la adolescencia, es tal vez la más intensa e inquietante de las soledades. Aunque no necesariamente la más improductiva. Pero vosotras no estáis solas. Y la lectura de estas cartas, escritas especialmente para vuestra formación, os proporcionará unos criterios y una seguridad que no encontraréis en otro lugar, ni en otra época. Porque vuestra historia, como vuestra geografía, son y serán irrepetibles. Vivís aquí, vivís ahora. Tenéis mi atención y mi cariño. Os ofrezco lo que sé de la vida que he vivido, la vida real que os espera para despedazaros esmeradamente, si no os preparáis con el debido cuidado intelectual y la mayor atención personal.  
Que no os engañen con idealismos nocivos. En realidad, es un pleonasmo, pues todo idealismo es maligno. La adolescencia es la etapa de la vida en la que el ser humano es más vulnerable desde un punto de vista intelectual. Se enfrenta, inerte, a una realidad funestamente armada. Estaréis más que nunca a merced de todo tipo de agresiones, abusos y depredadores. Y con frecuencia el ser humano, adolescente, no lo sabe. Nadie os prestará atención, salvo para dañaros. La sociedad contemporánea solo piensa en los seres humanos con intenciones nada fiables. Por esta razón la educación intelectual, la formación científica y el racionalismo político son experiencias absolutamente fundamentales.  
Y de esto, antes que de cualquier otra cosa, quiero hablaros en estas cartas.


Jesús G. Maestro



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