2. Cartas a mis sobrinas



Wolfgang Amadeus Mozart,
Sinfonía 40, primer movimiento, en sol menor







II

Sobre la Razón



      Cuanto más nos esforzamos en vivir bajo la guía de la razón, más nos esforzamos en depender menos de la esperanza y librarnos del miedo, y en dominar, en cuanto podemos, a la fortuna, y en dirigir nuestras acciones con el consejo seguro de la razón. 
Baruch de Spinoza, Ethica (IV, 47), 1677.




Queridas sobrinas: 
Lo que vais a leer en estas cartas procede que lo compartáis con vuestros padres y familiares más allegados. Pero no os excedáis en la comunicación a otras personas de los contenidos que aquí os transmito. El saber que está objetivado en este epistolario es vuestro, y no debéis manifestarlo ante terceras personas. Ni siquiera ante los amigos. Nunca se sabe en qué puede convertirse una persona amiga. Por lo común, los traidores crecen entre los amigos. En cierto modo puede afirmarse sin sorpresas que de la amistad brota la traición. Del futuro nada está excluido, y quien hoy es nuestro amigo mañana se puede transformar muy fácilmente en un enemigo conflictivo, que conoce vuestra vida, nuestras costumbres, vuestra intimidad, nuestros supuestos secretos, vuestras capacidades y debilidades, nuestra inteligencia y nuestro saber. Nunca debéis revelar que sabéis lo que dicen estas cartas, ya que algo así tendría consecuencias negativas directamente contra vosotras. En comunidad, nunca demostréis habilidad. Tened presente que la sociedad humana es la mayor y más compleja de las comunidades animales. No seáis previsibles ante los demás, ni mucho menos transparentes. La sociedad es muy peligrosa. Es el peor de los espacios posibles. El más túrbido y falso de los teatros. Nunca esperéis nada de ella. Es un terreno falso y corrupto, nutrido de gente maliciosa, astuta y depredadora. Cuando menos sepan de vosotras, mejor para vosotras. 
Además, el contenido de estas cartas desmitifica y critica con mucho rigor formas de vida, creencia y opinión, que a día de hoy, incluso viviendo en una democracia ―al menos en apariencia, pues así la llaman―, nadie se atreve a discutir en público, y habitualmente tampoco en privado. Todo lo contrario: la gente, el vulgo, adora e idolatra, por lo común sin reflexión ni criterio, cuanto aquí yo critico y expongo desde el examen de la razón. La gente finge creer las estupideces que haga falta con tal de preservarse o medrar. Por ello os ruego que no compartáis estas cartas con nadie, salvo ―como es natural― con vuestros padres y familiares más afines y sensatos. 
© Vicente Romero
Hablar es razonar, y la comunicación no es posible con quien no sabe ni quiere usar la razón. De hecho, no se puede dialogar con quien no sabe razonar. No es cobardía ni timidez, sino discreción, lo que os aconsejo. Tímida es aquella persona que no se atreve a hacer lo que puede hacer, cobarde es la que no se atreve a hacer lo que debe hacer. Por su parte, valiente solo será aquel que, consciente del riesgo, e incluso del posible temor, dice y hace lo que cree que debe decir y hacer, con la intención de corregir o subsanar el curso de unos hechos cuyas consecuencias, de otro modo, desembocarían en una situación desastrosa o muy difícil de contrarrestar posteriormente. A los valientes debemos con frecuencia la resolución de problemas muy delicados, que exigen enfrentamientos muy graves con personas poderosas y peligrosas, casi siempre amparadas por la política. La política es la administración del poder, es decir, de la libertad individual y de la maldad social. Pero nadie está obligado a ser valiente cuando o donde no desea, o no le conviene, serlo. De ahí que ahora os hable desde la discreción y la prudencia, que os aconsejo siempre, al menos hasta cuando dispongáis de fuerza suficiente para imponer, desde vuestra relativa independencia, una voluntad personal, muy atentamente compartida. Ninguna voluntad puede ―ni debe― imponerse a la larga ni a solas ni por sí sola. Donde no hay discreción, no puede haber inteligencia ni responsabilidad. No olvidéis que la Fortuna ayuda a los discretos antes que a los valientes. En suma, no permitáis que estas cartas lleguen nunca al público. No escribo para que los ignorantes o los ociosos lenguateros, tan aficionados a la política y al periodismo ―las dos formas de vida pública más degradadas del mundo contemporáneo (incluida la prostitución)―, tengan algo de qué hablar. Escribo para vosotras, es decir, para personas jóvenes que desean educarse, saber conducirse, y que quieren conocer y disponer de criterios capaces de hacer explicables determinadas realidades, al margen de las cuales la vida humana se malogra y extravía. El ser humano comienza a envejecer cuando renuncia a ser educado. Cuando alguien considera que ya lo sabe todo, que no tiene nada más ni nada nuevo que aprender, ni que leer, ni que escuchar, y que nada por encima de su propia vida o experiencia es digno de atención, entonces esa persona se convierte en un prejuicio vivo, en el mayor obstáculo para el progreso y el conocimiento de las demás personas. He aquí la supremacía del conservadurismo, y de cuantos imponen al prójimo las limitaciones de su propio conocimiento, que solo progresa ya hacia un destino irreversible: la obsolescencia. 
  
§ 
La abeja no hace panal en la carroña. Y sin embargo vosotras tendréis que vivir de la miel, pero creciendo en el estiércol. Tendréis que sobrevivir en medio de una sociedad que os comerá la piel y os quemará la sangre como no sepáis defenderos con el máximo cuidado. Disponéis de un arma o instrumento fundamental: la razón. Pero no basta tener razón: hay que saber usarla y compartirla. Porque la razón, si no se cultiva y se comparte, si no se educa y se contrasta, se pervierte y se trastorna. El uso de la razón exige desplegarse de forma dialéctica ―porque lo que no se discute con criterios no se sabe con acierto― a través del uso del conocimiento, que se adquiere fundamentalmente en el estudio de las ciencias categoriales, es decir, de las ciencias que categorizan y conceptualizan las realidades materiales del mundo, como conjunto de regiones o ámbitos constituyentes de la vida humana inteligente: la Matemática, la Filología, la Geometría, la Lingüística, el Derecho, la Medicina, la Ingeniería, la Química, la Geografía, la Física, la Música, la Historia, la Veterinaria, la Botánica, la Genética, la Óptica, la Antropología, etc… Si no accedéis al conocimiento profesionalizado de una o varias ciencias categoriales, no dispondréis de medios ni de referencias para interpretar con criterios una parte esencial e imprescindible del mundo en el que vivís. Ya lo he dicho: sin conocimientos científicos solo podréis sobrevivir penosamente en un tercer mundo semántico.

§ 
Sin duda me preguntaréis, llegados a este punto, ¿qué es la razón? Nada más fácil de responder. 
La razón es aquella facultad humana que permite construir criterios cuyo fin es interpretar la realidad de forma compartida. Y competitiva. Y por supuesto solidaria. La razón es, pues, facultad constituyente de criterios capaces de construir, comunicar e interpretar, una realidad social y solidariamente compartida, y siempre de forma sistemática, causal y lógica. No hay nada más solidario que la razón. Y no hay nada más egoísta que el irracionalismo, desencadenante de locuras, anomias y sandeces. El egoísmo colectivo que pretende negar gremial o individualmente esta realidad compartida, emulsionarla y descoyuntarla, a la que de forma real y efectiva nadie puede sustraerse ni negarse, si no es por la puerta de la locura, el irracionalismo y la utopía, encuentra en la posmodernidad contemporánea una de sus más intensas manifestaciones. Los gremios y lobbies, como los feminismos, los nacionalismos, las etnocracias, las sectas religiosas, los primitivismos indigenistas, las religiones retrógradas, etc., tratan de apropiarse de forma exclusiva y excluyente de la razón ―como si les perteneciera de forma única― para pervertirla. Los gremios, por una parte, se imponen a la voluntad de los seres humanos individuales, para anularlos, y, por otra parte, niegan las normas que, por encima de los individuos y de los grupos, por encima del yo y del nosotros, nos hacen iguales a todos ante la ley, y ante algo mucho más importante que la ley: la realidad. El gremio quiere imponerse sobre el individuo, acorralando al yo desde el nosotros, a la vez que pretende deslegitimar las normas y las leyes que protegen al ser humano individual de la depredación de la manada. Ningún grupo humano, ningún gremio o lobby, puede tener derecho a apropiarse de la razón en beneficio propio y exclusivo. Porque la razón es una facultad humana que está por encima del yo (autologismo) y del nosotros (dialogismo), y que puede explicitarse y comprenderse normativamente (normas), a través de formas pautadas de explicación e interpertación universales. El uso de la razón nos hace iguales y solidarios, y nos permite comunicarnos y comprendernos, porque la razón es un código superior e irreductible al individuo aislado y al gremio autista. La razón es el código normativo de la humanidad. Dicho de otro modo, es el más avanzado y correcto código de circulación de los seres humanos. Quien no sabe razonar no sabe conducirse, ni individual ni socialmente. Las normas nos afectan a todos, son siempre indicativas, y algunas veces también imperativas. No es posible sobrevivir absolutamente de espaldas a todas las normas. Las normas más racionales suelen ser aquellas que se basan o se inspiran en lo que normalmente hace la mayoría de los seres humanos.

§ 
Razonar es saber conducirse, saber educarse. En definitiva, quien sabe razonar sabe establecer relaciones racionales y lógicas entre los hechos y las ideas, entre sus causas, circunstancias y consecuencias. Así es como proceden la Ciencia, que es el conocimiento sistemático de la materia, ordenado de forma categorial y conceptual, es decir, por categorías y conceptos (Física, Química, Derecho, Lenguaje, Historia, Medicina…), y la Filosofía, que es una relación racional de ideas, examinadas de forma crítica y dialéctica, siempre a partir de nuestros conocimientos científicos previamente adquiridos sobre hechos materiales, no imaginarios. No podemos filosofar sobre la nada, es decir, no podemos relacionar ideas que no procedan de realidades materiales, organizadas conceptual y categorialmente por las ciencias. No es posible ejercer la crítica sin criterios. Porque no podemos ver sin abrir los ojos, ni hablar sin abrir la boca. Nadie puede pensar en el vacío, ni con los ojos cerrados frente a cuanto materialmente existe y actúa ante sí. Para interpretar la realidad hay que estar en contacto directo con ella, evitando intermediarios y transductores, y examinando de forma muy contrastada los hechos que la hacen materialmente posible, activa y operatoria. No olvidéis esto nunca: la realidad es lo que está fuera de nuestra mente. De hecho, nuestra mente puede y debe interpretar la realidad, pero nunca sustituirla
Lo que siempre hay dentro de la mente humana es una lucha, un enfrentamiento, una dialéctica, entre nuestra psicología y nuestros conocimientos, es decir, entre nuestros deseos, impresiones, apetencias, pasiones, miedos, impulsos, ansiedades, y nuestra capacidad para interpretar correctamente el mundo en que vivimos, y en el que todas estas inquietudes tienen lugar y acecho. Nuestra mente funciona como un depósito en el que bullen mezclados impulsos personales y posibilidades de conocimiento. En cada experiencia psicológica tiene lugar a diario una lucha constante entre ignorancia y exigencia de conocimiento crítico, una dialéctica entre idealismo y realidad. Y no os olvidéis nunca de esto: la realidad no cambia aunque la imaginemos en nuestra mente de forma diferente de como realmente es. La mente por sí sola no puede cambiar el mundo, pero sí puede disociarnos completamente de él, hasta un divorcio tal que acabemos viviendo en la ignorancia o en la anomia. Incluso en el autismo gremial. Las sectas ―lo he dicho― son un sucedáneo de la sociedad. Y algo así ocurre cuando la mente deja de razonar, se separa de la inteligencia y se entrega a una mística absolutamente espiritualista, idealista e irreal. Vivimos en la realidad ―una realidad que es igual para todos―, y no en la realidad de nuestra mente. Porque «la realidad de nuestra mente» es siempre un idealismo. A veces incluso llega a ser una experiencia mística, lisérgica, incluso en su dimensión social y colectiva, como hoy ―y siempre― lo es el nacionalismo, por ejemplo. Si la fuerza de este idealismo subjetivo, de ese misticismo, generado por una mente espiritualista ―y con frecuencia hormonada desde un ilusionismo social―, es más fuerte que las facultades y capacidades racionales de interpretación de la realidad, entonces, estamos perdidos. Porque en un caso así estaremos haciendo un uso patológico de la razón.

§ 
La locura es un uso patológico de la razón. Lo contrario de la locura es la cordura, pero no la razón. El racionalismo no es un enemigo de la locura, aunque pueda parecerlo, sino uno de sus motores más fundamentales y potentes. Siempre que la razón se convierte en un instrumento manejado por un loco, previamente se ha hecho o autorizado un uso patológico de ella, es decir, se ha legitimado y tolerado una perversión inhumana de la lógica. 
La Química se puede utilizar para curar enfermedades. Pero también se puede utilizar para asesinar a seres humanos, como hizo el Nazismo alemán en sus abominables campos de concentración y exterminio. El nacionalismo socialista alemán del siglo XX es un ejemplo superlativo en la Historia reciente del uso patológico de la razón. Se «razonaba» para destruir a seres humanos desde argumentos absolutamente idealistas, irracionales y pseudocientíficos. 
Los contenidos de la locura son los contenidos de un Mundo Interpretado (Mi) racionalmente, pero interpretado racionalmente de una forma patológica. Porque la locura es siempre un modo patológico de usar la razón. La locura siempre se fundamenta y se activa desde un racionalismo pervertido. Un loco puede perder la cordura, pero no completamente la razón. El hilo conductor y explicativo de la locura es un uso autológico y patológico de la propia inteligencia, es decir, de las capacidades discursivas más personales e individuales. Solo los seres inteligentes pueden volverse locos, porque la locura no existe al margen de una mínima, y a veces sobresaliente, capacidad de raciocinio y de discurso lógico. Del mismo modo que solo puede padecer una enfermedad cardiovascular aquel que posee un corazón y un sistema de vasos sanguíneos, solo alguien que posee una inteligencia en ejercicio puede enfermar en el uso de sus facultades discursivas, y utilizar la razón de forma patológica como modo de explicación de la realidad propia y ajena. 
Conocí hace algún tiempo una persona que soñaba por las noches con alguien a quien admiraba. Y acaso también amaba, a su manera, naturalmente, de un modo sin duda enfermizo. Ocurría que al despertar exigía que las ilusiones y fantasías de su nocturna narcosis se cumplieran sin excepción en la vigilia del día. Al cabo de semanas llegó a demandar al protagonista de sus vivencias oníricas porque no cumplía las palabras y promesas que ella decía haber recibido en cada uno de sus sueños… Es evidente que solo ante un tribunal de tontos o de cínicos somos responsables de los «hechos» que protagonizamos en los sueños y patologías oníricas de los demás. Los hechos de conciencia permiten conocer a sus artífices o inventores, pero no a los personajes invitados por la narcosis del soñador o soñadora. Es peligroso, muy peligroso, soñar al margen de la razón. Pero más preocupante es aún soñar despierto, usando la razón, para pervertir la vigilia de la vida social y política de los demás seres humanos. La razón es insoluble en el sueño. No diré que es insomne, porque algo así resultaría una metáfora ridícula, pero sí aseguro que no produce monstruos. Los monstruos son siempre fruto y obra de vigilias patológicas y de utopistas insomnes. 
Los sueños son la venganza del irracionalismo contra la vida cotidiana, racional y civilizadora de la vigilia. Quien vive soñando no solo vive con los ojos cerrados a la realidad, vive ante todo tramando cómo poner en peligro la vida de los demás, con frecuencia bajo la forma de la utopía, esa cara bonita que adopta la pesadilla cuando florece en la vigilia de las sociedades políticas, por boca de sus profetas y mesías. Líbrenos la vigilia de la mística del soñador. No olvidéis esto que yo mismo he leído en alguna parte: los hechos son mucho más importantes y valiosos que los sueños.

§ 
Pero, ¿hay algo más que sueños, impulsos, ansiedades, miedos, esperanzas e idealismos en nuestra mente? Evidentemente, sí. Hay algo clave y esencial: la facultad de razonar, la capacidad de usar y educar la razón. Esto es lo que de forma explícita nos hace humanos, y nos sitúa precisamente por encima de los animales, y no por debajo de ellos. Ahora bien, ¿usar la razón?, ¿para qué y contra quién? Para mejorar las condiciones de vida del género humano, contra todo aquello que obstaculiza o pretende confundir el ejercicio racionalista, destinado precisamente a nuestro desarrollo y avance en los conocimientos médicos, matemáticos, lingüísticos, arquitectónicos, históricos, físicos, genéticos, etc… Una mente que carece de educación racional, es decir, de los conocimientos racionales necesarios para relacionarse y conducirse por la realidad material en que vive, está a merced de la ignorancia, el miedo y la represión, de los sueños más extraviados y de la mentira que no podrá verificar, de engaños que nunca logrará identificar ni superar, de falsas creencias que le obligarán a vivir en un tercer mundo semántico, de mitos que le llevarán a confundir la leyenda con la historia, de dioses a los que imaginará criaturas reales para beneficio y solaz de impostores enriquecidos por las más variopintas supersticiones, de la demagogia de timadores sociales, de burlas y traiciones ideadas por políticos de todas las geografías, de la fascinación de las apariencias y la lisergia de todos los trampantojos. La estupidez adquiere siempre los más seductores diseños a los ojos de una mente desposeída de criterios racionales. 
Cuando la psicología trabaja sin ideas fantasea de forma ridícula. No podemos perpetuarnos en los sueños. A menos que queramos convertir la vigilia en una pesadilla. Tampoco es posible vivir solo de ilusiones. Vivimos en la realidad, no en la utopía. La esperanza ilusoria ha hecho con frecuencia perder la razón a cuantos se han acercado a la razón con objeto de emanciparla de toda esperanza ilusoria. Y no lo olvidéis: las utopías suelen acabar en mataderos y mazmorras, en campos de concentración y exterminio, en cautiverios y encarcelamientos masivos, en jaulas, gulags y demás prisiones horribles. No hay utopía sin distopía, es decir, sin una perversión inhumana de la realidad. La utopía es siempre enemiga de la democracia.

§ 
Los sofistas os dirán que la razón reprime. Sí, sin duda. La razón reprime sobre todo a los imbéciles, que estarían encantados de que nada limitara sus estulticias. Y reprime muy en particular a los impostores, a los falsarios, a los embaucadores, a los timadores, a los ideólogos, a los sacerdotes de las más primitivas religiones, a los sectarios, a los predicadores de perniciosas bagatelas, a los modernos chamanes y contemporáneos lectores de grimorios, a los desvergonzados charlatanes de las utopías de todos los tiempos, a los inventores de naciones mitológicas que nunca existieron históricamente, a las diseñadoras de una sexualidad ficticia desde la que se exige para la mujer una represión y un aislamiento absolutamente primitivo y mercantilista, y a los defraudadores, en suma, del conocimiento crítico y científico, construido con mucho esfuerzo desde hace siglos por el ser humano. 
Ya os lo he dicho: la realidad es algo que está fuera de nuestra mente, como sistema de hechos materiales que exige de forma constante atención, comprensión e interpretación racionales. Y, sobre todo, es la realidad una materia que no está hecha de palabras. La vida y la muerte, la herida y la enfermedad, el hambre y la tortura, el dolor y el placer, nuestro nacimiento y nuestra agonía, nuestra vida en pareja y en soledad, no está hecha de palabras, sino de hechos. De hechos sensibles e inteligibles. No vivimos solo en la sensorialidad, ni solo en la inteligibilidad, que la vida nos exige cada día, sino en los hechos, que diariamente hacen posible esa vida, y que exigen ser conocidos más acá de lo sensible pero nunca más allá de lo inteligible. Porque la mente humana no puede trabajar con ideas irracionales, es decir, con ideas que rebasan sus posibilidades de conocimiento. Solo los magos hacen trucos. Solo los sofistas discurren mentiras, y se sirven de la razón para engañar, es decir, para fabricar trampas y trampantojos de diseño. De diseño siempre racional. Las trampas son siempre muy racionales, y en todos los casos obedecen a una lógica muy ingeniosa y detenidamente elaborada. Toda trampa contiene una muy sutil forma de razón pervertida. La más sofisticada de las trampas es, sin duda alguna, el Derecho y las Leyes. No por casualidad los abogados son los príncipes de la sofística ante la monarquía del juez y la pervertida maquinaria del Estado. Pero de esto hablaremos en su momento. Baste ahora dejar claro que, como seres humanos, somos mucho más que palabras: somos hechos humanos. Somos seres con capacidad operatoria, no solo verbal. Nada ni nadie puede hacer del ser humano un conjunto de palabras. Somos criaturas políticas, tenemos derechos y obligaciones. No somos el mero enunciado de un texto ni la forma sofisticada de una figura retórica. No somos tropología. Somos ontología viva. Somos sujetos operatorios. Actuamos con intenciones prolépticas, con voluntad teleológica, con disposiciones políticas. 
Por todo ello tener razón implica y exige tener también los medios necesarios para imponer la razón que se dice tener. Insisto: no tendréis razón si no disponéis de los medios necesarios para imponer la razón que decís o creéis tener. No hay razón teórica sin razón práctica. 
Con todo, para un racionalista lo importante no es tener razón, sino saber usarla. La razón no es nunca individual, sino impersonal y transferible. El egoísmo gnoseológico ―el yo que cree que lo sabe todo― es siempre una ilusión de vanidad. «Yo tengo razón» es afirmación propia de necios, como si la razón cupiera toda ella, con todas sus complejidades y relaciones, en la cabeza de un yo. Lo que no se puede comunicar ni comprender no es razonable ni brota de la razón. Del mismo modo, lo que no se discute nunca está condenado a la invalidez eterna. Eso es el dogma, aquello que proscribe toda interpretación racional. El dogma está en la base de las ideologías, de las teologías y de las pseudociencias. Estos tres modos de conocimiento acrítico ―ideología, teología y pseudociencia― utilizan la razón para adulterarla y prostituirla. De ellos os hablaré más adelante. Baste decir ahora que el irracionalismo ―esa forma de hablar y de actuar de espaldas a la razón, y contra ella― es mucho más artificioso que la razón, porque sus disfraces son muy numerosos y con frecuencia también más atractivos (utopía, surrealismo, psicoanálisis, represión, ideología, pseudoarte, poder, placer, deseo, inconsciente...). Más astuto y artificioso, sí, pero nunca más inteligente, porque carece de algo esencial: facultad crítica. Sin embargo, su público es y será siempre más abundante, pues no solo cuenta con los estultos, ya de por sí infinitos en cantidad y variedad, sino también con los mediocres, que son a la vez medio listos y medio tontos, medio inteligentes y medio romos. Entre mediocres y necios está la razón obligada a prosperar y combatir. El campo de batalla es la sociedad humana. Y la sociedad humana es un territorio corrompido por el idealismo en sus figuras irracionales más comerciales: nacionalismo, feminismo, utopía, inconsciente, etnocracias, mitos, religiones, pseudociencias, etc., ámbitos que lobbies y gremios oligarcas tratan de gestionar a su antojo, y a costa de la ignorancia de todo tipo de masas y colectivos sociales. Y para mediocres y necios ―gestores de toda oclocracia― hablan los sofistas, los que utilizan profesionalmente la razón para engañar, equivocar y embaucar a los demás. Sofista es el que convence con argumentos falsos. Utiliza la razón para falsificar el conocimiento. Y vive a costa del ejercicio profesional de esta falsificación. 
A pesar de todo, la razón tiende a imponerse, por la paz o por la guerra, porque de lo contrario el género humano desaparecería para siempre, en una paz indefinida o en una guerra definitiva. ¿Por qué la razón se impone, aunque a veces el coste de su restauración se cobre millones de vidas humanas? La razón siempre vuelve ―es recursiva y recurrente― porque el ser humano no puede sobrevivir indefinidamente de espaldas a ella. No podemos vivir sin razonar. Nuestra especie moriría si perdiera la facultad de la razón o si renunciara a ella. Podemos permitirnos, con frecuencia muy dramáticamente, jugar a los irracionalismos, a las utopías, a las mentiras, a la falsificación de la historia, a las imposturas intelectuales, a las mitologías alucinatorias, a las falacias culturalistas, a las creencias religiosas, a las ideologías lisérgicas… Pero un exceso histórica o geográficamente descontrolado de alguno de estos juegos extremos concluye siempre con la muerte, en condiciones terribles, de incontables seres humanos. La Historia enseña de hecho ―a quien quiera estudiarla científicamente, no mitológica o ideológicamente― que la razón se ha restaurado en numerosas ocasiones y lugares con el uso de la fuerza. Incluso a través de una experiencia tan atroz como es la guerra. Así es que, en una sociedad política o Estado, la pérdida de la razón desemboca siempre, más tarde o más temprano, en una situación de guerra, que es, sin duda, la mayor tragedia que puede vivir un ser humano.

§ 
Lo que la Razón no percibe solo puede evitarlo la Fortuna. De ahí el estallido de una tragedia, que es siempre un hecho imprevisible e irreversible. Lo trágico es algo que no se ve venir, y que una vez se ha producido no tiene marcha atrás. Toda tragedia impide siempre la restauración del daño causado. Impone una pérdida irreparable. Por eso decimos que lo trágico es aquello que demuestra los límites de la razón humana. El racionalismo humano falla, es deficiente, cuando no logra prever un hecho cuyas consecuencias serán, precisamente por imprevisibles, trágicas. La tragedia estalla cuando algo en la realidad de su vida se le ha ido de las manos al ser humano, porque no ha podido preverlo y porque sus consecuencias son tan graves que resultan irreparables. Cuando un hecho se puede prever y evitar, no hay tragedia. La razón ha funcionado adecuadamente. Previsoriamente, diríamos. Del mismo modo, cuando se puede restaurar o reparar un daño, porque este no ha sido irreversible, entonces tampoco cabe hablar de tragedia, sino de drama o conflicto. Acaso accidente. Pero no de tragedia o catástrofe 
La razón humana es lo único que puede preservarnos de una tragedia. Por eso es absolutamente fundamental para toda sociedad política cuidar y educar a su población en el uso de la razón y de las facultades humanas del racionalismo. El género humano depende absolutamente del uso que haga de la razón. Ir contra la razón es ir contra la esencia de la Humanidad.

 Jesús G. Maestro




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