Embarque de maldad

Watson S. Cobun, Jr. 
(Massachusetts, 1835-Colorado, 1926)


El manto de niebla se extendía con espesor aplastante sobre el puerto. Envuelta por la arremolinada bruma, una figura sombría iba acercándose al viejo buque, que, amarrado a un muelle que parecía estar suspendido de aquella humedad que lo invadía todo, iba balanceando sus mástiles y sus obenques. En el preciso instante en que la marea, invisible en la oscuridad que reinaba debajo del muelle, iniciaba su período de reflujo, la cubierta figura saltó sobre el puente de la nave y se deslizó subrepticiamente hasta la escotilla de proa. Allí el agente había realizado bien su tarea. Las anchas cajas estaban bien apiladas y dispuestas en cada hilera. Pero su eficiencia, sin embargo, no sería nunca proclamada, porque su cuerpo frío y falto de sangre se quedaría allí en espera del día que le descubrieran en el sucio recinto. El conde Drácula se complacía pensándolo mientras se acostaba sobre el polvoriento fondo de la primera caja y cerraba la tapa sobre él. Pronto se hallaría en condiciones de visitar los lugares más poblados de Europa y el tiempo presente no habría sido perdido o mal empleado.


Su gesto aclaró la pesada nube que envolvía al buque. Cuando supuso que podía ser ya medianoche o estar muy cerca de ella, oyó unas pesadas botas que caminaban sobre el puente que tenía encima. Sin duda era el capitán que estaba de vuelta. Como la marea estaba subiendo, el crujido de poleas y aparejos, y el ruido de cadenas le hicieron pensar que el buque zarpaba desde su puerto en el mar Negro.

Más tarde, en los negros y enmaderados confines de su vampírico refugio, el malvado conde se complacía pensando en la noche que se acercaba. Como un gato sigiloso, se fue arrastrando a través de la oscuridad de la bodega hacia el puente azotado por la lluvia. Pasó al lado de varias figuras silenciosas que estaban observando muy atentamente de cara al oscuro mar, y continuó arrastrándose hasta situarse finalmente detrás del timonel. Ávido de sangre, saltó con ferocidad sobre la ancha espalda del marino, y un instante después se abatió pesadamente sobre la gran rueda. Con espanto hubo de darse cuenta que había pasado completamente a través de aquel hombre.

Una risa apagada que oyó a su lado hizo que el enloquecido vampiro, girando sobre sí mismo, se encontrara brutalmente enfrentado con un hombre corpulento vestido a la usanza de los antiguos marinos holandeses.  

Bien venido, señor; veo que los dos, usted y yo, servimos al mismo patrón. Yo soy el capitán Van der Decken y el buque en el cual usted embarcó es Der Fiegender Hollander.

El conde Drácula retrocedió con horror al oír tales palabras. Los hombres que estaban delante de él estallaron en una risa maligna, sarcástica, lo que se puso de manifiesto con la insolencia de cuanto le rodeaba y la inmovilidad de los miembros de la tripulación. Al aumentar la intensidad de los ruidos, Drácula comprendió su locura. El buque estaba maldito, condenado a navegar eternamente con su tripulación fantasma. Ahora, este molesto pasajero, el propio Drácula, se veía obligado a morir por la falta de alimento.

Sí, en aquel buque no había una sola gota de sangre para el sustento del conde Drácula: en aquel buque fantasma llamado El Holandés Errante.

Nuestro agradecimiento a Pilar Couceiro


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