Flagiciosos y querulantes

De las diferentes formas humanas de ser patológicamente insoportable



Semana tras semana recibo, como muchas otras personas, cartas electrónicas, mensajes singulares, correos curiosos, notas varias, textos que pretenden ser irónicos, palabras que buscan lo contrario de lo que anuncian sus autores... 

Por razones varias, no se responde a todo. 

Lo cierto es que cada vez se responde menos y a menos personas. Solo los más bobos no comprenden el silencio. Quien calla no otorga. A veces, ni siquiera desprecia. Simplemente no tiene tiempo para gente turbia. Las horas de los tontos nos salen carísimas. Pero los estultos llevan muy mal el silencio. No saben leerlo. 

Nuestra sociedad confunde constantemente la comunicación con el diálogo. Podemos comunicarnos con mucha gente, en principio. Pero no es posible dialogar con quien no sabe razonar. El silencio está más que justificado.  

De todas las personas que día sí y día también me escriben o tratan de comunicarse conmigo, los prototipos más interesantes son los cínicos. 

Solo ellos alcanzan, en todas y cada una de sus simplezas molierescas, la objetivación más perfecta de las diferentes formas humanas de ser patológicamente insoportable: el adulador, tras el que se oculta el mayor y el más inmediato interés; la niña tonta y el niño tonto, que se fingen ignorantes de todas sus gracias o exhiben narcisistamente sus supuestas deficiencias; el brabucón engreído, que echa de menos el patio de colegio, y revive con los colegas contemporáneos una infancia de matoncete de barrio aún no superada y siempre ridícula; el chismoso, que no sabe hacer otra cosa más que rumiar murmurios, confitados de calumnias, y que ignora que los colegas están de él hasta sus cuernos (los de él); el querulante, que amenaza a diario a todo Cristo con una justicia imaginaria y suya, a la cual exige en la vigilia que se cumplan las promesas con que ha soñado durante la última noche (como todas siempre a solas...); el cobarde, lebrón que liba sobre cualquier terreno la última analidad con que se topa, y tras la cual se protege minuciosamente, siempre con cara de susto comprimido; el flagicioso, que busca cada día cómplices novatos con los que compartir cada una de sus violaciones; el traidor, que no acaba de enterarse de una vez por todas que ya sabemos todo sobre él y su madre que lo parió, y que no hay ya Roma que le subvencione, etc... 

Con todo, esta semana me ha escrito un cínico muy distinguido, y célebre, a su propio entender. Un cínico que reunía todas y cada una de las cualidades antemencionadas. Que yo sepa. Conocido de todos por adulador, niño tonto, brabucón, matoncete, cobarde, intrigante, flagicioso, chismoso y, cómo no, querulante, esta semana se me estrenó como conspirador.

Me amenazaba con hablar mal de mí. 

Y con hacerlo, además, a todo el mundo.

Sin excepción.

¡Cuánta zozobra!...

Mi querido querulante de esta semana sabe, sin duda, que ser analfabeto no exime del cumplimiento de las leyes. Pero ser gilipollas, tampoco.

Y esto último, por suerte para todos, no lo sabe.


Jesús G. Maestro


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...