El candelabro del peluquero


Francisco Umbral 
(1932-2007)


-Es todo oro.
-¿Todo oro?

El candelabro estaba sobre una repisa, entre los dos espejos, en la peluquería del barrio.

-Se lo ha dejado de herencia el ricacho de los viernes.
-Éste, que lo cogería al descuido.
-¿Qué ricacho?
-El maestro afeitaba todos los viernes a un pudiente que no se movía de la cama.
-El último viernes me lo encontré de cuerpo presente -explicó el maestro.
-Pues te ha dejado buena herencia -dijo el señor Félix, carterista retirado y hombre de afeitado diario.
-Me lo dio el ama de llaves.
-Dice que se lo dio el ama de llaves. 
-¿Y es todo oro?
-Todo oro.

La muchacha estaba en un rincón y miraba con ojos lentos al candelabro de oro.


-Mañana lo llevo al Rastro -decía el peluquero.
-¿Por qué se llama candelabro? -preguntó la muchacha, recogiendo sus manos sobre la falda.
-Es el candil que usan los ricos.
-Me lo dio el ama de llaves.
-Éste, que lo cogería al descuido.
-Y que es de oro macizo.
-¿Oro macizo?
-Cuando una señorita quiere seguir siendo señorita, más vale que no sepa nunca lo que es el oro macizo -moralizaba el señor Félix, el carterista retirado, hombre de afeitado diario.
-El último viernes lo encontré de cuerpo presente -explicaba el maestro a los que iban llegando.

Era una tarde de sábado. El cuchitril del peluquero olía a loción barata, a barba enjabonada, a peonaje ocioso y esquilado. La penumbra del atardecer iba llegando a los gastados espejos de la peluquería.  

-Que nos afeite a la luz del candelabro.
-Eso.
-Va a parecer un entierro.
-Un funeral de tercera.
-Mira que a la luz de un candelabro...
-Qué macabros son los ricos.

Lentamente, apocadamente, la muchacha fue prendiendo uno por uno todos los brazos del candelabro.

-Ahora sí que brilla el oro.
-Mañana lo llevo al Rastro.
-También ha sido ocurrencia.
-Se lo ha dejado en testamento el ricacho de los viernes.
-No se cumple con menos por enjabonar a un moribundo.
-Y que es todo oro.
-¿Todo oro?
-Me lo dio el ama de llaves.
-Dice que se lo dio el ama de llaves.
-Éste, que lo cogería al descuido.
-Es el candil que usan los ricos.

Y fueron pasando bajo la luz incierta y suntuosa del candelabro.

El hortelano, cansado; el hortera, redicho; el obrero especializado, el peón de albañil, el talabartero, de manos teñidas y olorosas... Era como una revolución a la inversa. Como una extraña inquisición. Las luces del candelabro les reflejaba siniestros o regocijados en los espejos sombríos. Al fondo del azogue, tras la luz y la sombra, tras las cintas de humo áspero que cruzaban el local, estaban los ojos lentos de la muchacha.

-¿Habéis visto la ocurrencia?

La puerta se abría continuamente. Entraban los clientes con oscuros bultos al hombro y una herramienta en la mano.

-No está mal la palmatoria.
-¿Se moderniza el establecimiento?

Y les contaba el caso.

-Es todo oro.
-¿Todo oro?

Se acercaban, dejando su hatillo debajo de una silla, a mirar de cerca el candelabro. Un parroquiano dio suavemente en el pie del candelabro con el corte de la herramienta que traía en la mano.

-Pues sí que suena a oro.

Luego dio otro parroquiano. Y otro. Y otro. Era un mínimo concierto de notas metálicas y breves. Cada jornalero escuchaba como un experto en oro el sonido del candelabro. La tertulia peluquera de los sábados tenía un color denso y nuevo. La gente andaba fumando entre sombras, pero parecían todos revestidos, a la luz de las llamitas, de los resplandores mismos del oro puro.

-O se enciende la bombilla o yo no me afeito.

Era Hermógenes, el mozo del almacén.

-Cada uno tiene sus supersticiones.
-Esto parece cosa de espiritismo.
-Ya está bien de candelabro.
-Y que es herencia de un muerto.
-Lo que digo, espiritismo.
-Cada cual con sus rarezas.
-No está mal la palmatoria.
-El último viernes se encontró al parroquiano de cuerpo presente.
-Mañana lo llevo al Rastro.
-Cuando una señorita quiere seguir siendo señorita, más vale que no sepa nunca lo que es el oro macizo -moralizaba el señor Félix, carterista retirado y hombre de afeitado diario.
-O se enciende la bombilla o yo no me afeito.

Encendieron la bombilla. Y se acabó la magia y el funeral, y el festejo y el concierto de las melladas herramientas sobre el oro claro y sonoro del candelabro.

-También son rarezas.
-Éste, que lo cogería al descuido.
-Se lo dio el ama de llaves.
-¿Y es todo oro?           
-Todo oro.

El ambiente había quedado raro. Se miraban unos a otros un poco desconcertados, sin saber ya por dónde llevar la broma. En los recelos de Hermógenes, el mozo de almacén, y en los ojos de la muchacha, los secretos miedos, los asombros y las ignorancias del pueblo.

Ella se acercó nuevamente al candelabro, y levantando un poco la cabeza fue soplando una por una todas sus velas. Quedamente. Casi supersticiosamente.

Se había hecho un silencio. Olía a tabaco negro y a jabón de afeitar. El humo de las velas anduvo un momento en torno a la clara cabeza de la muchacha, como un enjambre de vagos pensamientos en huida. Sonó la voz del maestro.

-Mañana lo llevo al Rastro.

Nuestro agradecimiento a Pilar Couceiro


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