Elogio del libro de papel







Antonio BARNÉS

Elogio del libro de papel

Madrid, Rialp, 2014, 102 pp.
ISBN 987-84-321-4368-7


Jesús G. Maestro




Antonio Barnés ha escrito un nuevo libro que exige ser reseñado. Conocedor de la grecolatinidad y de la literatura española del Siglo de Oro, y autor del volumen «Yo he leído en Virgilio». La tradición clásica en el Quijote, galardonado en 2008 por Editorial Academia del Hispanismo en la convocatoria del III Premio Internacional Cervantino de investigación literaria, Barnés publica ahora un ensayo de referencia sobre el libro impreso, como idea y como concepto, al que enfrenta dialécticamente con los medios de transmisión cultural característicos de la sociedad posmoderna, en particular, internet.
Estamos ante un libro que plantea un problema importante y actual, del que se habla cada vez con mayor frecuencia, pero sin capacidad alguna de solución inmediata: el problema de la educación científica, considerado aquí desde el punto de vista de su transmisión en las sociedades civilizadas, es decir, aquellas que se sirven de los conocimientos críticos, esto es, la Ciencia y la Filosofía, frente a los conocimientos acríticos: ideología, teología, tecnología y pseudociencias.
Una de las tesis esenciales de Barnés consiste en afirmar que “el mundo de los libros dominará siempre el de la imagen, que «no vale más que mil palabras»” (p. 42). Se observa de este modo el planteamiento dialéctico, esencial en la obra: escritura / imagen, libro /  internet. Es una dicotomía lúcida y atractiva, brillante, provocadora, pero creo que no totalmente real: porque la relación entre el verbo y la imagen, entre el libro y los medios digitales, no es dialéctica, sino conjugada (Bueno, 1978). Dicho de otro modo, no es antinómica, sino solidaria. Evidentemente Antonio Barnés conoce esta realidad, que plantea de forma dialéctica para hacerla más expresiva, aunque sin duda aceptará que lengua verbal y lenguaje iconográfico se complementan mutuamente ―se conjugan y entremezclan―, desde los más ancestrales pictogramas, pictografías y mitogramas, como signos de la escritura de figuras o dibujos que icónicamente remiten a un objeto, idea o situación (porque exigen al receptor una percepción conjunta y en simultaneidad) hasta los más modernos medios de comunicación audiovisual, pasando por los manuscritos medievales y la imaginería de las Edades Media, Moderna y Contemporánea. Entonces, ¿por qué esta dialéctica?
Esta dialéctica ―libro / internet― se fundamenta en una oposición, en una amenaza, diríamos, aproximándonos al pensamiento de Barnés, mucho más profunda y precisa, y cuya explicación se encuentra en el uso desproporcionado, incontrolado, patológico, incluso, de los actuales recursos informáticos e internáuticos. En una palabra: el problema se cifra en el uso irracional de internet y los medios de comunicación característicos de nuestra actual sociedad posmodernizada.


Homo sapiens / Homo agens

No basta saber: es necesario saber actuar, es decir, saber obrar, saber operar. El ser humano es, ante todo, un sujeto operatorio (Bueno, 1992). Por ello la información no basta por sí sola para formar a seres humanos: es necesario, es imprescindible, la interpretación de la información. Este es el único secreto de la educación científica. Porque el mundo, que no está hecho de palabras, sino de hechos y realidades, es decir, de géneros de materia (física, psíquica y lógica)[1], exige ser transformado, y no solo interpretado. El gran problema de la educación científica actual, desde el parvulario hasta la Universidad, es que ha reducido la realidad ―la complejidad de la realidad humana― a un conjunto de palabras sin referentes ni criterios. Lo ha reducido todo a texto. Y a imagen. Más concretamente: a texto ilegible y a imagen lisérgica.
Ocurre además que esta acumulación de textos e imágenes, de las que se nutre internet, se ofrece al consumidor ―ya no lector ni espectador― de forma absolutamente distributiva o divisa, es decir, isovalente ―todo es igual a todo―, y nunca de forma atributiva o partitiva, esto es, selectiva o heterovalente[2]. La selección de las valencias ―de los valores― no ha de hacerla el consumidor, impotente ante tal arsenal de productos, sino el lector o espectador, científicamente educado. Y ha de hacerla en función de criterios. No hay crítica sin criterios. Cuando la educación, esa capacidad humana para saber conducirse o guiarse (ducere), se construye sobre un sistema vacío de premisas, nulo en criterios, no hay forma de ir a ninguna parte. Creo que es muy importante insistir en que Barnés no ataca ni a internet ni a sus contenidos, sino a un uso absolutamente irracional, desproporcionado o patológico en la manipulación y asimilación de los contenidos internáuticos. De nada servirá la información que podamos construir si previamente no hay criterios o educación científica para saber usarla e interpretarla. Lo hemos dicho: información no es conocimiento. Es tema manido, que Pascal Bruckner expresó de forma sintética en su obra La tiranía de la penitencia: “El exceso de información produce ignorancia” (Bruckner, 2006/2008: 56). En cierto modo, antes que él lo había hecho Jean François Revel en El conocimiento inútil (1988). Internet, por sí solo, no es solución de nada. De hecho, internet es un invento excelente para quien sabe usarlo, y un artefacto nefasto para quien desconoce el control de sus posibilidades o hace un uso irresponsable o irracional de ellas.


Fracaso irreversible de la educación científica

El asunto sería irrelevante si España no tuviera en estos momentos un problema gravísimo con la educación científica de sus habitantes. Es una ruina que crece dramáticamente, y nadie parece desear de forma efectiva ya no resolverlo, sino contrarrestar sus consecuencias irreversibles. El uso que se hace en muchos casos de los medios de comunicación y de conocimiento informático no ayuda sino a incrementar el comportamiento patológico de sus usuarios. Y no pienso solo en los jóvenes, adolescentes o estudiantes. No. Me refiero también al profesorado universitario, a ese grupo de individuos e individuas ―como ahora se dice― que se creen ingenuamente lo más valioso de nuestra sociedad y de su inteligencia académica. Este colectivo utiliza la web con las mismas patologías que cualquier otro. Y, si cabe, también con la misma ingenuidad. ¿Cuántos de nuestros colegas, deliberadamente desconocedores de la realidad de las leyes de propiedad intelectual, y desde el máximo desprecio hacia los contratos editoriales que ellos mismos firman (a menos que pensemos que los filólogos no saben lo que firman), publican ilegalmente sus textos en internet? Es el narcisismo ante el descubrimiento del propio ego en la pantalla informática, que hace ahora las veces de espejo ante la inmadurez de un yo que se cree leído y en vías de celebridad. Seamos sinceros: la mayor parte de esos artículos reproducidos on line no los leerá nadie jamás. Y no es menos cierto que en el formato impreso, en muchísimos casos, ni siquiera se sabrá que existen. Pero el cinismo académico, que es superlativo, puede con todo. Excepto con el paso del tiempo. Internet puede ser también un gran cementerio de datos inútiles, sepultados unos con otros hacia un infinito que a nadie interesa conocer.


Ansiedad y narcisismo académicos

Hay una generación de estudiantes e investigadores inmaduros a quienes internet ha deslumbrado prematuramente. La ansiedad del sistema académico les induce a publicar de forma patológica. Y a republicar ―a veces más bien a exhibir― en soportes digitales todo lo que previamente han publicado ya en formato de papel. Con todo respeto, y sin ningún perdón, me atrevo a afirmar que están empapelando caudalosamente la red de contenidos que, si potencialmente esperan muchos lectores, de forma efectiva no tendrán ninguno. Y no porque internet no sea útil: lo que no es útil, en la mayoría de los casos, es lo que escriben. El destinatario de ese cúmulo de textos internáuticos no es el lector científico o cualificado. El destinatario, en el mejor de los casos, es una agencia de evaluación que no leerá absolutamente nada de nada, porque su móvil es la burocracia, no la ciencia. Creo que acierta Barnés al calificar esta circunstancia de “fascinación”. Y de brutal ingenuidad académica, añadiría por mi parte.

Nos hallamos actualmente en la fase quijotesca de Internet: la del deslumbramiento, la de la fascinación (etapa probablemente inevitable: surge algo nuevo, vive, y después reflexionamos sobre ello). La frontera entre lo virtual y lo real se desdibuja. Las redes sociales aparentan ―como los simuladores de vuelo― relaciones de amistad. Enciclopedias anónimas facilitan que muchos se instalen en una superficialidad no contrastada (38).

En efecto: internet asegura la preservación de las apariencias más narcisistas. A veces, la realidad puede reiniciarse solo cuando se ha apagado el ordenador. Y algo así acaba por resultar muy peligroso.
El Lenguaje y la Matemática, es decir, las letras y los números, contienen el código con el que se escribe la ciencia, y a través del cual la razón puede expresarse universalmente. La razón, que es la más universal de nuestras facultades, dispone de hecho que los seres humanos solo puedan entenderse entre sí cuando la usan. En la medida en que hacen de ella un uso patológico, incurren en la locura. La razón es la facultad humana capaz de construir criterios que nos permiten interpretar la realidad de forma compartida y solidaria. No hay nada más solidario que el racionalismo. La razón no puede limitarse a un único individuo, no es autológica. Nadie puede tener razón a solas. La razón es como el dinero: ha de compartirse para que la economía ―la realidad― funcione. Y resulte legible y comunicable. Un uso irracional de los sistemas de comunicación y difusión del conocimiento degrada cualquier sociedad humana hasta convertirla en un tercer mundo semántico. La negación de una realidad compartida ―imperativo esencial de todo nacionalismo― es el primer síntoma de irracionalidad.


El libro, ¿un invento basal?

En su obra Etnología y utopía (1971), Bueno identifica en los componentes de toda cultura tres tipos de elementos: arcaicos, antiguos y basales. Los componentes arcaicos son propios de una sociedad arcaica o primitiva, preestatal, diríamos, y no perseveran en las sociedades políticas, civilizadas o científicas. Es el caso, por ejemplo, de los rituales chamanes o de la ornitoscopia. Los componentes antiguos surgen en culturas igualmente preestatales o incluso bárbaras, y se mantienen funcionalmente en las sociedades estatales y científicas, pero no formalmente, es decir, se preservan en épocas posteriores, pero con cambios formales que implican un desarrollo tecnológico: la rueda de madera o de piedra, propia de una sociedad antigua, da lugar a la rueda pneumática o helicoidal en una sociedad más modernizada[3]. Finalmente, los componentes basales son aquellos que, habiendo surgido en culturas arcaicas o preestatales, siguen vigentes y operativos en nuestro mundo contemporáneo, como la idea de la rueda, la realidad del fuego, o el concepto de anillo, por ejemplo. Piénsese que el alfabeto ―como también la escritura― es un concepto basal. La pregunta es: ¿puede considerarse el libro un componente basal?
En sentido estricto, habría que decir que no, pero una respuesta a esta pregunta exige situar el libro en el eslabón de una cadena que comienza en el origen de la Humanidad y se proyecta sobre nuestro más recalcitrante presente. Voy a explicarme.
El libro es un soporte fundamental en la transmisión del conocimiento científico y, por supuesto, en la expansión y constitución de la literatura. Pero el libro no ha existido desde siempre. No es eterno, aunque tal vez pueda ser eviterno. Como es bien sabido, de la escritura jeroglífica sobre piedra se pasa al uso del papiro, de este al pergamino (siglos III-VI), de este al papel (1440), en todas sus formas y tratamientos, y de aquellos a los soportes informáticos de la más avanzada elaboración y reproducción cibernética. Dicho de otro modo, la escritura ha evolucionado sobresalientemente en la búsqueda de soportes físicos destinados a su preservación y difusión en el tiempo y en el espacio, esto es, en la Geografía y en la Historia: litografías, papiros, códices, pergaminos, manuscritos, libros, discos compactos y soportes informáticos… Sin duda la evolución continuará, pero en la supremacía revolucionaria de este proceso, el libro sigue siendo un referente difícil de proscribir. Y de suplantar.
El libro no es un componente basal, porque no ha existido desde siempre. Pero ocurre que la irrupción de la informática está consiguiendo convertir al libro en un artículo de lujo. Porque es más caro. Porque es más valioso. Porque no hay forma de reemplazarlo de un modo definitivamente satisfactorio.
Piénsese que el libro es un instrumento cenital en la historia de los soportes de transmisión científica y cultural. La genealogía de la literatura (Maestro, 2012) revela que lo literario nace de la experiencia numinosa del ser humano: la plegaria, la oración, el ritual, el canto, el festín de la caza, el animal sacrificado en aras diversas, la invocación a las divinidades, el culto a los difuntos, el himno ante los dioses, el nacimiento y la muerte del héroe, la poesía... Es el lugar que ocupa el eje angular o religioso (numinoso, mitológico, teológico) del espacio antropológico (Bueno, 1978). Cuando el ser humano progresa en el conocimiento y explotación de los recursos naturales, la literatura se sirve de este progreso para buscar formas más sofisticadas de preservación y transmisión. Lo hemos dicho: litografías, tablillas de cera o plomo, papiros, códices, pergaminos, manuscritos, libros, discos compactos, soportes informáticos, internet… Es el lugar que ocupa el eje radial ―o de la naturaleza― del espacio antropológico: la escritura sobre piedra, sobre arcilla, sobre papiro, en códices, sobre papel, en libro, en la pantalla informática… He aquí la expansión radial de la literatura. Y llegamos al tercer estadio: el eje circular o humano ―político, incluso― del espacio antropológico, en el que la literatura, la ciencia, el conocimiento escrito, se convierten en objeto plenario de interpretación y examen, mediante las operaciones llevadas a cabo entre autores, textos, lectores e intérpretes o transductores. Así se consuma el cierre categorial de la literatura y de la Teoría de la Literatura como ciencia. El libro ha sido, y sigue siendo, la configuración física más importante de todo este proceso.
Es innegable que la escritura y la literatura experimentan un extraordinario desarrollo a través del eje radial o de la naturaleza, mediante el aprovechamiento tecnológico, primero, y científico, después, de todo tipo de descubrimientos y materiales que incorpora, como soportes y estructuras, a su propia difusión, desenvolvimiento e implantación en el eje circular o humano del espacio antropológico. La expansión radial de la literatura resulta desmesurada e irrefrenable, en particular desde el descubrimiento, difusión y sofistificación de la escritura, hallazgo que permite superar los límites de la oralidad, y servirse de soportes cada vez más eficaces en los procesos de transmisión y transformación —es decir, de transducción— de los materiales literarios: de la litografía al soporte digital, pasando por el eviterno libro. Muchos de estos elementos, materiales y registros no siempre sobrevivirán a las culturas que genealógicamente los originaron, como litografías, tablillas de cera o plomo, rollos de papiro, códices de las más tempranas encuadernaciones, o incluso los más tardíos pergaminos, pues pertenecen a épocas pretéritas, y a día de hoy solo se manipulan como componentes arcaicos, propios de sus períodos históricos originarios. Otros de estos elementos son simplemente antiguos, como ocurre con los libros elaborados con posterioridad a 1440, tras los incunables, y los impresos en los siglos XVI, XVII y XVIII, principalmente. No obstante, del libro, ¿puede hablarse en realidad como de un concepto basal o crónico?, pues la idea de una escritura formalmente objetivada sobre un material que la hace legible, a través de líneas, páginas, secuencias o pantallas sucesivas, está presente, de modo más o menos explícito, desde las tablillas de cera hasta las tabletas informáticas. En términos basales, estamos hablando del mismo procedimiento: una tablilla o tableta que permite escribir, comunicar e interpretar de forma recurrente materiales gráficos y literarios, organizados, encuadernados, empastados o entablillados en conjuntos unitarios.


El libro, un artículo de lujo

Insisto: la revolución informática ha convertido al libro en un objeto de lujo. En un futuro nada lejano, conseguir publicar una obra en formato de libro impreso será un auténtico premio, porque solo estará al alcance de individuos o instituciones en quienes sea rentable invertir un bien que siempre escasea y por el que la gente puede perder la razón: el dinero.
Además, la publicación informática se presenta siempre en medio de un vasto conjunto de publicaciones internáuticas: bases de datos, repositorios académicos, páginas web de infinitas extensiones y ramificaciones, etc… La percepción de tantas y tales publicaciones hace que los contenidos resulten invisibles. Barnés lo sintetiza en una de las frases más citadas y célebres de su libro: “lo digital iguala lo desigual; el libro especifica lo diverso” (35).
Esta forma de exponerse, por parte del investigador actual, posmoderno, que cree que por publicar mucho sabe mucho, es, como se ha indicado anteriormente, puro exhibicionismo e incluso narcisismo. Hay que advertir que los descubrimientos verdaderamente importantes, decisivos, funcionales, se condensan en apenas una o dos obras, y no necesariamente de gran extensión. La mayor parte de los investigadores actuales publican incontables artículos, pocos libros y ninguna obra de referencia. Es muy probable que al final de su vida académica ―que con frecuencia se prolonga mucho más allá de la vida intelectual (porque esta es más corta que aquella…)― nadie pueda citar de ellos ni una sola obra o contribución que haya sido verdaderamente efectiva. El uso de internet, reducido a una rapsodia expositiva de publicaciones, instituye la imagen de un nuevo “investigador”, cuyo escenario es completamente farsesco y efímero. Porque este tipo de “investigador” no escribirá ―ni publicará nunca― ningún libro valioso.
El papel que en toda esta revolución informática desempeña hoy por hoy la Universidad es realmente penoso y patético. Barnés no oculta su decepción en este punto, especialmente en las páginas finales de su obra: “La universidad nació como un ayuntamiento de profesores y alumnos en torno al saber, al conocimiento (scientia, en latín). El objetivo de tal institución es la búsqueda, la adquisición y la integración de saberes frente a un conocimiento atomizado” (79). Sin embargo, a día de hoy, el conocimiento que generan las Facultades de Letras, en el caso de que sea conocimiento lo que generan, está absolutamente atomizado. Y es con frecuencia un conocimiento inútil. Se ha conseguido elevar lo relativo a la categoría de absoluto. El resultado es una farsa esperpéntica:

Un universitario que concluye la carrera sin haber comprado un libro, sin haber leído bastantes libros, sin tener pendiente la lectura de muchos libros… puede poseer un título, pero ha pasado por las aulas como el agua entre las piedras (98).

Sí, así es la Universidad en la que trabajamos. En España y en el extranjero. El mito de las universidades extranjeras, en materia de Letras, solo sirve para contárselo a quienes no han trabajado en ellas y no las conocen por dentro. 
Un libro que puede leer con provecho una persona joven es un tesoro que no envejece. 
Barnés ha escrito un libro que conviene dar a leer a nuestros hijos. Con esto está dicho todo.


Bibliografía




NOTAS



[1] Vid. los Ensayos materialistas (1972) de Gustavo Bueno.

[2] Barnés habla aquí de “la igualación de todos los textos, ubicados a la misma distancia” (21).

[3] No todas las sociedades primitivas han conocido la rueda. La invención de este artilugio se sitúa en Sumer antes del año 3.000 a.n.E.: “En Egipto no se conocería la rueda hasta el -1.600, y en la América prehispana, nunca” (Mosterín, 2006/2012: 86). La rueda solo llega a América con los conquistadores españoles, en 1492.



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