Gonzalo Torrente Ballester

Ifigenia


Contemporáneo de Sócrates, Calcas hubiera bebido, también, la cicuta. Nacido unos cientos de años antes, la gente se limitó a encogerse de hombros ante su ciencia; un encogimiento de hombros universal, desde el rey al esclavo, desde la Magna Grecia al misterioso Egipto. Ante tamaño fracaso, Calcas había tenido que falsificar su sabiduría, convirtiéndola en superchería, que era lo que la gente respetaba y pagaba. Ateo, se hizo sacerdote de cualquier dios; racionalista, se reputó a sí mismo de zahorí, intérprete de señales y clarividente del futuro; pedante, transfiguró su oratoria de lógica en patética, y su ademán, de solemne en teatral. Tenía una figura enteca y arrugada, ojos vivaces y envidiosos, sonrisa amarga y falsa. Cargado con sus chirimbolos profesionales, iba de santuario en santuario, de plaza en plaza, de palestra en palestra, y en todas partes sorprendía al auditorio y le sacaba para vivir (Torrente Ballester, Ifigenia, 1987: 19).



Gonzalo Torrente Ballester, en su relato Ifigenia (1987), ofrece un ejemplo admirable y singularmente valioso de Literatura crítica o indicativa, pese a que esta novela corta resulta en su apariencia un testimonio de Literatura sofisticada o reconstructivista. Fijémonos en la presentación de Calcas, arriba citada, el personaje que asume el papel de hechicero.
Calcas no es el bulero de Los cuentos de Canterbury, ni la Celestina que invoca convictamente a Plutón, ni el Hamlet shakesperiano que oye la voz del espectro paterno. No. Este figurín tampoco es el simulacro de la sabiduría, ni la parodia del conocimiento fingido. Calcas es la realidad humana que expresa un resultado tan amargo como imprescindible en la vida social contemporánea: la represión que se ejerce sobre la razón humana y la proscripción que se impone sobre la crítica científica.
Desde Nietzsche, y sobre todo desde Freud, se nos ha educado en la obligatoriedad de asumir, sin que nadie ose discutirlo, que la razón reprime los deseos, como si la mayor parte de los deseos humanos no fueran racionales, o como si fuera posible establecer una radical dicotomía entre lo que se razona y lo que se desea. Freud, a partir de Nietzsche, y este a partir de Rousseau, obliga a creer a sus lectores que cualquier deseo es más valioso y genuino en la medida en que es más natural y más irracional, es decir, más salvaje y más instintivo o fideísta. El hombre supremo sería el más sensible y el menos inteligible. Torrente Ballester, en su literatura de desmitologización, sostiene precisamente la idea contraria: los deseos humanos son impulsos absolutamente racionales, y, lejos de ser el racionalismo humano la fuente de la represión, es la falta de conocimiento y de sentido crítico lo que más somete, oprime y degrada al ser humano, pues es la supresión de la ciencia lo que convierte la sabiduría en superchería —“lo que la gente respeta y paga”, dirá Torrente—, es la negación de la razón lo que convierte al ateo en feligrés de cualquier dios, es la degradación de los métodos científicos lo que hace del meteorólogo un intérprete de la ornitoscopia, es la interdicción de la crítica lo que convierte a un dialéctico en un retórico, es decir, a un filósofo en un sofista.
¿Qué reprime a la razón humana? ¿Quiénes son sus enemigos? Lo cierto es que no estamos acostumbrados a que se formulen preguntas tan explícitamente antifreudianas. Innumerables elementos muy bien asentados en todas las épocas, y no menos en nuestro mundo contemporáneo reprimen la razón humana y actúan como sus enemigos: el miedo y la fe, el prejuicio y la violencia, la locura y la guerra… Incluso podríamos decir también que la Universidad y el colega son dos figuras que contribuyen en demasía a reprimir la razón e imponer un desenlace completamente irracional en muchas ocasiones. Sin embargo, la mayor parte de los impulsos naturales humanos, aquellos que Freud identificaba como irracionales, suelen ser habitualmente los más racionales, pues nada hay más racional que el deseo de placer sexual, con o sin fines reproductivos, entre otros innumerables placeres igualmente racionales, desde el enriquecimiento pecuniario —lícito o no— hasta el ansia de fama y celebridad —merecida o indigna—. Los deseos más racionales son precisamente los más humanos, es decir, los más castigados y reprimidos por el irracionalismo de todas las sociedades y de todas las épocas. No es la razón humana la que reprime los deseos humanos: es el irracionalismo de las colectividades e individuos lo que agrede, destruye y lesiona intimidatoriamente las facultades racionales y críticas del ser humano.
Determinadas sociedades y épocas obligan al científico a callarse o a retractarse (Galileo), al crítico a exiliarse (Unamuno), al artista a obedecer (Shostakóvich), al sabio a comportarse como un charlatán (mejor no dar aquí nombre alguno, dada la altísima competencia de concurrentes), y al profesor universitario a reemplazar la actividad docente e investigadora por la labor burocrática y administrativa, cada día más valorada ad maiorem mediocritatis gloriam.
Con todo, la crítica que distingue y caracteriza la literatura de Torrente Ballester, bajo la cobertura lúdica y recreativa de los mitos clásicos, es precisamente su desmitologización y su implantación dialéctica en un presente contemporáneo, de modo tal que quedan al descubierto las contradicciones, incoherencias e incluso deformidades de nuestro mundo más actual y moderno.

Jesús G. Maestro, Genealogía de la Literatura, 2012, pp. 283-285.



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Bibliografía



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