Carta abierta a Margarita García Canceiro

Sobre su reseña a la Genealogía de la Literatura


Las críticas son cartas al público
que ningún autor tiene que abrir ni leer.
Rainer-Maria Rilke


Estimada Margarita:
Muchas gracias por tu reseña de mi libro Genealogía de la Literatura. De los orígenes de la Literatura, construcción histórica y categorial, y destrucción posmoderna, de los materiales literarios (Editorial Academia del Hispanismo, 2014, 700 pp.)
Tu reseña plantea temas y conceptos de análisis que merecen una atenta consideración. Normalmente casi nadie se toma en serio hoy día el género de la reseña científica, y por lo común la mayoría de las recensiones académicas suelen ser mera propaganda, publicidad editorial, o incluso escritos resultantes de una actividad endogámica entre sus autores. No es sorprendente, pues el ámbito del trabajo es el terreno donde la cobardía suele alcanzar sus cotas más intensas, y el ser humano común soporta muy mal el miedo. Particularmente en el ámbito laboral, donde el miedo suele ser bastante más que una mera experiencia psicológica, y la egolatría está muy por encima de los objetivos científicos. Y no se olvide que el cobarde es, por naturaleza, carroñero antes que cazador.
Desde un punto de vista personal y científico agradezco tu reseña, que sin duda es del máximo interés. Invito a las personas interesadas a leerla, en Cuadernos de Aleph (vol. 6, pp. 191-196).  
De todas las cuestiones que planteas hay dos que pueden resultar a día de hoy de gran actualidad.
La primera de ellas es la que mencionas en relación con mi «Diabriba contra la Universidad actual», texto ampliamente comentado por numerosos lectores, y que constituye, si no recuerdo mal, uno de los apartados finales de la Genealogía de la Literatura.
              
Emprende ―escribes en las pp. 195-196 de tu reseña― en este punto una diatriba literal contra los males que aquejan a nuestra academia, tanto contra aquellos endémicos como contra otros sobrevenidos, como el actual sistema de evaluación investigadora. Sin duda le asiste la razón en muchas de sus argumentaciones sobre unas fórmulas que pretenden embutir el pensamiento humanístico en los ritmos y reglas de las ciencias experimentales, pero uno no puede dejar de interrogarse acerca de su pertinencia, pues imprimen un sesgo un tanto circunstancial a un volumen programático que aspira a un recorrido y vigencia dilatado.

En efecto, como tú misma señalas, me “asiste la razón”. Con todo, no cabe cuestionar su pertinencia en esas páginas, en el curso final de una obra sobre la Genealogía de la Literatura, porque el papel de la Universidad, como institución científica destinada, en sus facultades, a la interpretación científica ―y subrayo lo de científica― de la Literatura, es absolutamente clave, fundamental e insustituible. Y hasta tal punto lo es, que su desaparición de los estudios universitarios, como actualmente está ocurriendo, es un hecho gravísimo, no tanto porque ponga en riesgo de supervivencia la creación literaria, que no dejará de existir (la Literatura existió muchísimo antes que sus intérpretes), sino porque destruye, o deconstruye, por utilizar el término posmoderno, la formación de nuevos intérpretes de materiales literarios. Dicho de otro modo: porque la supresión de la enseñanza de la literatura y de sus posibilidades de interpretación supone, de forma efectiva, la muerte del intérprete (permítaseme la paráfrasis de Barthes, cuya “muerte del autor” es a su vez otra paráfrasis de Nietzsche, concretamente del fragmento 125 de Die fröhliche Wissenschaft [1882], sobre la retórica y posromántica “muerte de Dios”). La literatura puede sobrevivir sin lectores, pero no sin intérpretes. El intérprete es un lector “artifical” de la literatura, porque el lector natural ha dejado de existir ante un material literario que solo sobrevive ante la inspección crítica, científica, artificiosa, del ser humano que interpreta los hechos literarios. Nadie lee hoy día solo por placer, gratuitamente, el Cantar de mio Cid, Cárcel de Amor o Los trabajos de Persiles y Sigismunda.
En consecuencia, la inclusión de esta explícita «Diabriba contra la Universidad actual», es absolutamente necesaria, no solo por razones críticas, sino también, y de forma no menos imperativa, por razones críticas muy actuales.
El Materialismo Filosófico, que es el sistema de pensamiento sobre el que se fundamenta mi obra, es una filosofía concebida por Gustavo Bueno, como bien se sabe, y se orienta, entre otras muchas cosas, a la crítica del presente, desde criterios sistemáticos de ideas construidas a partir de conceptos explicitados en ámbitos categoriales o científicos. Lo contrario ―una crítica orientada hacia el pasado inerte, y de espaldas a saberes científicos― equivale a incurrir en doxografía, es decir, en esterilizar o anestesiar el valor de las ideas, preservando al presente de todo juicio de valor, y perpetuando de este modo un sentido acrítico del statu quo. La crítica siempre es pertinente, y no cabe hablar de sesgos circunstanciales en su ejercicio vivo y presente. Y menos aún cuanto esta crítica se ejerce sobre una institución tan decisiva para el desarrollo de la ciencia y del mismísimo conocimiento crítico como es ―y debe ser― la Universidad.
Ocurre, además, que la Universidad actual es una institución extremadamente ruinosa, por muchas razones. Con todo, lo grave no es la ruina en medio la cual subsiste de forma tan agónica como rentable para algunas élites gremiales que habitan en ella, depredándola, sino la supuesta ignorancia de la que la propia comunidad académica hace alarde respecto a su manifiesta necrosis.
Cuando escribí y publiqué la «Diabriba contra la Universidad actual», incontables colegas me escribieron para alabarme, elogiarme y hacerme patéticamente la pelota por haber sido tan “valiente” ―decían― al señalar lo que allí señalo. (Lo cierto es que poco sabe de valentía quien solo se dedica a escribir... Los valientes no se pasan la vida entre libros ni entre letras). Pero la mayor parte de esos mismos colegas negaban ―y niegan― en público conocer ese texto, o, más sencillamente, lo desestiman de forma tan superferolítica como especiosa allí donde les conviene hacerlo. No hay lugar a la sorpresa, porque el ser humano es así. El elogio es, como la amistad, la matriz en que mejor germinan la traición y la mentira.
La Universidad es una institución que debe y puede ser criticada. Y hacerlo es una irrenunciable demostración y confirmación de libertad. Sin embargo, y contra toda apariencia, casi nunca se critica verdaderamente, esto es, de forma efectiva, de iure incluso, a la Universidad.
En primer lugar, porque está muy mal visto. Corporativamente, criticar la Universidad es un atentado contra todos sus miembros. Y un desprestigio por el que esta actualmente jactanciosa institución no desea pasar. De hecho, en un momento como el presente, en el que todo parece estar tocado por la necrosis de la corrupción y la descomposición, la Universidad parece preservar intacta su falsa inocencia. De forma automática, quien hace manifiesta una experiencia crítica contra la Universidad se convierte en objeto de recelo.
Y en segundo lugar, esta institución no se critica de iure porque no interesa a nadie resolver problemas que, universitariamente, son muy rentables. El principal de ellos es la endogamia. Si algo une sin fisuras a todos los clanes universitarios, enfrentados entre sí por la lucha y la administración del poder, es la preservación, a toda costa, de la endogamia. La endogamia es la principal y nuclear regla de juego en la Universidad actual. Sin ella, los clanes están perdidos. Todo vale excepto poner coto o límite a la endogamia.
La crítica a la Universidad nunca está fuera de lugar ni fuera de tiempo, y menos en la exposición de una genealogía de la literatura, que debe dar cuenta del estado actual de los sistemas de interpretación literaria operativos en una sociedad organizada políticamente como Estado. Pues como tú misma has observado en tu reseña, la literatura se origina en un eje angular (mito, magia, religión…), se despliega en un eje radial (el uso de los recursos y soportes naturales que la civilización va desarrollando: litografía, papiro, pergamino, códice, libro, medios digitales…), y se cierra en un eje circular (las sociedades humanas organizadas políticamente, en la cadena que constituyen los materiales literarios nucleares: autor, obra, lector e intérprete o transductor). La Universidad es el principal transductor ―y fábrica de transductores― en cuanto a interpretación de la literatura se refiere.
Y en apariencia, sin embargo, se critica mucho a la Universidad, pero siempre a través de una “crítica de hostelería”, es decir, de barra de bar verborreico. En otros casos, muchas veces, ciertamente, la crítica que se vierte sobre la Universidad española es muy benévola con la Universidad extranjera. ¿Por qué? Porque en la Universidad extranjera, en particular en la anglosajona y anglogermana, la crítica está tácitamente proscrita. Hablar mal de la Universidad supone sabotear la Universidad. Y algo así, en un mundo dominado por la retórica de la imagen y el clientelismo empresarial, es en la práctica una suerte de delito. Esto lo saben muy bien quienes trabajan en Universidades de esta naturaleza, en la que la imagen ―esto es, la apariencia― lo es (casi) todo. ¿Cuántos profesores universitarios españoles se han suicidado por razones laborales?... A más de una persona, en privado, esta desagradable pregunta le resultará ridícula. Sin embargo, ¿quién se atreve a responderme a esta otra?: ¿Cuántos profesores universitarios se han suicidado por razones laborales en Estados Unidos?[1] La Universidad, en las sociedades anglosajonas, es más intocable ―y hermética― que la monarquía en España, cuyas críticas son actualmente muy superiores a las que ha recibido la Universidad en décadas.
No escatimo críticas a la Universidad española, pero las condiciones de libertad en las que ―por el momento, y subrayo por el momento― desarrollamos aquí nuestro trabajo no tienen equivalente en otros países de América del Norte, o de la misma Europa del Norte. El mito de la fuga de cerebros es, hoy más que ayer, un mito extraordinario. Créalo quien no conozca la realidad universitaria extranjera.
En segundo lugar, otra de las cuestiones que merecen particular consideración es la que apela a los contenidos del siguiente párrafo:
                                         
La connotación displicente ―escribes en la p. 196― con que se explica el surrealismo como una producción extremadamente elaborada de la razón quizás debería ser reemplazada por una admiración hacia este movimiento, justo por el malabarismo que, según esta misma lectura, la razón opera y logra. Surge además otra desventaja clave: la de deslucir valorativamente la producción más sugestiva y brillante de la modernidad, como puede ser la de Rilke, Kafka o Lorca, bajo la etiqueta de regresiva, acrítica o irracional. Quizás estas fisuras son inevitables en toda vocación sistematizadora, y sin duda no son óbice para encarecer el valor de la propuesta sisifiana de Maestro.

En realidad, no hay displicencia hacia el surrealismo, sino crítica. No puedo tampoco reemplazar la crítica hacia el surrealismo por una admiración hacia él, por una cuestión de pura lógica: el surrealismo es absolutamente indiferente a mi posible admiración hacia él. Del mismo modo que los planetas observados por el astrónomo no pueden sentir vergüenza ni vanagloria al ser objeto de atención por alguien que se fija en ellos o en sus trayectorias orbitales, el astrónomo no puede sentirse científicamente admirado por lo que hacen los planetas. El anatomopatólogo que examina una biopsia no puede sentir admiración ninguna por la forma en que las células cancerígenas invaden un páncreas. Simplemente las diagnostica para combatirlas. En términos propios de una filosofía como la de Spinoza, no habría nada más ridículo que mostrar ante una montaña, una nube o un río una emoción, o un amor, o un sentimiento, de veneración. Entre otras cosas evidentes porque a la montaña, al río o a la nube les trae absolutamente sin cuidado la emoción, el amor o el sentimiento que cualquiera experimente o manifieste por ellos. Este tipo de experiencias tienen que ver más con la mística, el panteísmo emocional o, simplemente, la autocomplacencia, que con cualquier otra cosa. Y desde luego no son nada científicas ni críticas. El “amor a la naturaleza”, por ejemplo, ha de expresarse en términos científicos para acabar con los gases contaminantes antes que en términos emocionales para disfrutar de ella, porque solo con el uso de la ciencia se puede preservar, primero, un medio ambiente, para, después, poder habitarlo.
Por otro lado, en ni una sola página de toda mi obra hay una sola palabra destinada a “deslucir valorativamente la producción más sugestiva y brillante de la modernidad, como puede ser la de Rilke, Kafka o Lorca, bajo la etiqueta de regresiva, acrítica o irracional”. ¿Conoces mi traducción al español de los poemas de Raine-Maria Rilke, llevada a cabo en colaboración con Maxi Pauser?[2]. Varios de ellos se han incorporado, con detenidos comentarios críticos, en la Genealogía de la Literatura. Las propias interpretaciones que he expuesto sobre el teatro de Lorca sitúan al racionalismo de este autor, por ejemplo, entre los más antifeministas de la literatura contemporánea, tal como puede leerse en la misma Genealogía de la Literatura[3].
El en Materialismo Filosófico, cuando se habla de regresión, se hace referencia, siguiendo a Gustavo Bueno, al concepto de regressus, que designa una interpretación orientada hacia la esencia a partir del fenómeno, por conjugación con la noción de progressus, que apela hacia la dirección inversa, de la idea esencial a la cobertura fenoménica. En el contexto de la genealogía de la literatura, las obras de Rilke, Kafka o Lorca se analizan como ejemplo de la denominada Literatura sofisticada o reconstructivista, es decir, aquella que, siendo crítica, se retrotrae o regresa a una idea artificiosa o sofisticadamente irracional de los hechos, a fin de sustraerse de este modo a un criterio de razón imperante en el momento de la escritura de la propia obra, y que limita al autor ―Lorca, Rilke, Kafka, Aleixandre…― en sus capacidades creativas. Por eso afirmo que el surrealismo no es un discurso artístico irracional, sino una manifestación estética y poética del más sofisticado racionalismo, esto es, de un racionalismo dado a una escala diferente, y en muchísimos casos superior, del racionalismo imperante en un horizonte de expectativas impuesto en el momento de la composición o ejecución de la obra literaria de referencia. No hay en esto displicencia ni admiración por el surrealismo: hay interpretación crítica desde criterios objetivos basados en el Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura.  
Muchas gracias una vez más por tu interpretación y reseña, que pone a disposición de los lectores nuevos puntos de vista y de análisis de una obra que tú has estimado digna de interés y comentario.
Cordialmente,
Jesús G. Maestro


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...