Conciencia de la hispanofobia



Iván VÉLEZ,
Sobre la Leyenda Negra,
Madrid, Ediciones Encuentro, 2014, 328 pp.
Prólogo de Pedro Insua.
ISBN 978-84-9055-029-8

Reseña de Jesús G. Maestro



Caricatura del holandés Theodor de Bry  [*]
Vélez señala con frecuencia que muy pocos han sido los españoles que tomaron conciencia crítica de la hispanofobia (Gonzalo Jiménez de Quesada, Francisco de Quevedo, Juan Valera, Parzo Bazán, Julián Juderías, etc…) Sobre todo si tenemos en cuenta la cantidad de españoles que han profesado ―y profesan― en sus filas (en las de la hispanofobia). 
Un ejemplo reciente es el de Rafael Sánchez Ferlosio, quien a propósito de las efemérides del V Centenario del Descubrimiento de América escribe un texto titulado Esas Yndias equivocadas y malditas. Comentarios a la historia, en el que condena sin paliativos todo lo hecho por España en América, sin sentido crítico de la Historia y sin comparación alguna con lo ejecutado por imperios como el inglés o el francés, sin ir más lejos. En palabras de Vélez sobre Ferlosio:

Así, pues, la actuación española en América vendría impulsada por la voluntad de poder. Ello explicaría, siempre desde su perspectiva [la de Ferlosio], la indisposición para el trabajo manual de los españoles, cuestión que le sirve para elogiar, por contraste, a los puritanos que llegaron a Norteamérica, esos cuyos descendientes, y esto lo decimos nosotros [no Ferlosio], redactaron las leyes de remoción de los indígenas. La afirmación, sin embargo, es falsa, pues existen documentos que demuestran que personajes de la talla de Cortés, Pizarro o Valdivia se mancharon las manos no solo con sangre, suciedad harto denunciada por Ferlosio, sino también con otras sustancias más telúricas. Ferlosio, ajeno a la distinción que venimos empleando entre imperios generadores y depredadores, trata con mucha mayor suavidad la actuación holandesa (Vélez, 2014: 66-67).

Y como Ferlosio, varios más. Seguramente en busca de público y aplausos posmodernos. Pero dejemos por el momento a los españoles hispanófobos para hacer referencia a una figura a la que debemos la invención ―muy seguramente― del mito del buen salvaje, que más tarde patentará Rousseau en obras como Emilio, o de la educación (1762). Me refiero a Michel de Montaigne[1], un autor cuya obra contiene el diseño asistemático de las lisérgicas esencias posmodernas. Montaigne se inspira en la obra del italiano Girolamo Benzoni, Historia del Nuevo Mundo (1572). De aquí brotan los primeros gérmenes de esa figura ―silvestre, idealizada y narcotizante― que más tarde crecerá formateado por Rousseau, hasta convertirse en un ideal destruido por la labor de los españoles en América. Léase a Vélez (2014: 71 y ss).


Bibliografía







[*]  Caricatura del holandés Theodor de Bry (1528–1598) mostrando la supuesta quema de indios en América. La obra de Theodor de Bry es característica de la propaganda antiespañola que surgió en países protestantes como Holanda y el Reino Unido a finales del siglo XVI a raíz de la fuerte rivalidad comercial y militar con el Imperio español. Cito literalmente de la fuente: Wikipedia (07.07.2014).

[1] Una crítica detenida al sobrevaloradísimo Montaigne puede verse en mi Genealogía de la Literatura (“La crítica de la literatura ilustrada: Feijoo frente a Montaigne, con una nota sobre Gracián”, 2012: 258-269), sobre todo cuando se contrastan los escritos del francés con los ensayos verdaderamente ilustrados de un Feijoo y su Teatro Crítico Universal (1726-1740). Más de un detractor se ha sentido muy molesto con esta comparación mía entre Feijoo y Montaigne, a la que ha calificado de “injusta”. Yo, por mi parte, confieso desconocer la existencia de un Tribunal Penal Internacional sobre Literatura Comparada. Mea culpa.


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