Feminismo y antropología


HARRIS, Marvin (1989), Our Kind. 
Who we are, where we came from, where we are going
New York, Harper & Row. 

Trad. esp. de Gonzalo Gil, Joaquín Calvo, Isabel Heimann: 
Nuestra especie, Madrid, Alianza Editorial, 2008.


Una respuesta que no puedo aceptar es que la naturaleza femenina impide a las mujeres hacer a los hombres lo que éstos les han hecho a ellas. Esta idea (que, dicho sea de paso, sirve de inspiración común a sociobiólogos y feministas radicales) la desmiente el comportamiento de las mujeres respecto de los enemigos cautivos en sociedades matrilocales. Por ejemplo, los tupinambás del Brasil torturaban, desmembraban y devoraban a sus prisioneros de guerra. Esta práctica servía a varios propósitos: era una forma de guerra psicológica encaminada a desmoralizar al enemigo; endurecía a los futuros guerreros, acostumbrándoles a la situación de infligir dolor y sufrimiento a otros seres humanos, y desalentaba toda idea de rendición en los guerreros, ya que se podría esperar que el enemigo fuese igual de brutal. Las mujeres participaban con entusiasmo en estas muertes por tormento: insultaban a los prisioneros atados, acercaban tizones a sus genitales y reclamaban a gritos trozos de carne cuando finalmente expiraban y eran cortados para ser devorados. Por lo tanto, dudo mucho que la ausencia del matriarcado tenga algo que ver con la existencia de «frenos femeninos» a la crueldad y la falta de piedad. Mientras los hombres monopolizaron las armas y las artes de la guerra, las mujeres carecieron de los medios para mandar, degradar y explotar a los varones, en una imagen simétrica del patriarcado. Fue una falta de poder, no de rasgos masculinos, lo que impidió que las mujeres volvieran las tornas. Porque al igual que produjo las condiciones que dieron origen a la matrilocalidad, la guerra puso también límites a la capacidad de las matronas matrilocales para subordinar a los hombres sin suplantarlos en el campo de batalla (Harris, 1989/2008: 296).
           
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Para las feministas, que aducen que las mujeres son víctimas del sexismo, el hecho de que éstas sobrevivan a los hombres es poco conveniente desde el punto de vista político. ¿Quién oyó jamás hablar de siervos, campesinos, esclavos, pueblos colonizados, parias o proletarios oprimidos que fueran más longevos que sus opresores? […]. Independientemente de cómo se decida explicar la infravaloración de la diferencia de longevidades en cuanto cuestión social, reviste importancia, a mi juicio, que tanto los hombres como las mujeres comprendan lo que en realidad representa: no el precio que los varones pagan por nacer con cromosomas XY, sino el que tienen que pagar para poder cumplir con las expectativas de la imagen machista, culturalmente determinante, de lo que debe ser el varón (Harris, 1989/2008: 313).

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Si alguien aún duda del poder de la cultura para hacer y deshacer el mundo en que vivimos, que reflexione sobre lo siguiente: mientras que en Occidente las feministas han estado luchando por liberarse apareciendo en público con el pecho descubierto, las mujeres de la India se han liberado negándose a aparecer en público con éste descubierto (Harris, 1989/2008: 337).




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