Imperios generadores e Imperios depredadores



Iván VÉLEZ,
Sobre la Leyenda Negra,
Madrid, Ediciones Encuentro, 2014, 328 pp.
Prólogo de Pedro Insua.
ISBN 978-84-9055-029-8

Reseña de Jesús G. Maestro



Escudo de armas de los Reyes Católicos
Una de las grandes aportaciones de este libro de Iván Vélez es la de basarse, a la hora de interpretar la mitología de la Leyenda Negra antiespañola, en la dialéctica que es necesario establecer entre imperios generadores e imperios depredadores. Esta interpretación se la debemos al filósofo Gustavo Bueno, artífice del Materialismo Filosófico como sistema de pensamiento. En particular, esta dialéctica está perfectamente expuesta en su libro ―libro clave― España frente a Europa (Bueno, 1999). 
Siguiendo a Bueno y a Vélez, imperios generadores son aquellos que comparten con las sociedades humanas intervenidas las tecnologías ―políticas, lingüísticas, culturales, económicas, mercantiles, religiosas, etc.― de la sociedad humana invasora. Depredadores son aquellos imperios que no solo no comparten la tecnología propia, sino que la usan en exclusiva para exterminar la realidad que habita en el territorio intervenido. Un rasgo fundamental del imperio depredador es el de no mezclarse jamás biológicamente con la población aborigen del espacio ocupado, algo que ha caracterizado puritanamente al imperio inglés, que colonizó Norteamérica “en familia”, al viajar los colonos siempre con sus esposas, y mantener en reservas, recintos o guetos a la población nativa. Imperios depredadores han sido el inglés, el francés, el holandés y el portugués, entre otros varios (de sobra está mencionar el Nazismo [González Cortés, 2007]). Imperios generadores han sido el de Alejandro de Macedonia, el Imperio Romano, el de Carlomagno y el español, y en cierto modo también el de la Rusia soviética, sin cuyo potencial industrial muchos de los antiguos países satélites no habrían podido disponer, en su momento, de la expansión económica de que disfrutaron, si bien de forma fugaz. 
El tema no es trivial, porque uno de los rasgos identificativos de todo imperio depredador es la prohibición de los denominados “matrimonios mixtos” (blanco / negro en los Estados Unidos proesclavistas; judío / ario en la Alemania nazi; colonizador / colonizado, etc…). No por casualidad el término bastardo, vocablo de ascendencia inglesa (bastard), penetra en el español a través del francés (bastart). Los vocablos genuinos españoles para designar a un descendiente natural o a un hijo o hija de español e indígena son, respectivamente, alnado y criollo. Por lo que respecta a España siempre se han silenciado estos hechos y estos datos. Léase a Iván Vélez. Nótese cómo obra el Protestantismo en la configuración negrolegendaria antiespañola:

Alemania y los Países Bajos recogerán el testigo italiano, intensificando y ampliando las acusaciones contra España, siendo en principio los viajeros y comerciantes que anduvieron por España quienes comenzaron a construir los primeros relatos en los que se irían fijando las cualidades que para los alemanes tenían los españoles. Tras este inicio en el que se señalaba a los españoles como astutos y codiciosos, fundamentalmente los ataques tendrían un trasfondo racial y religioso. La presencia de judíos y sarracenos en España espanta a estos cronistas germanos tanto como el hecho de que los españoles contrajeran matrimonio con indias o negras, circunstancia que obtuvo la cobertura legal cuando el día 14 de enero de 1514 se permite, por Real Cédula, el matrimonio entre españoles e indias. Este permiso se suma, en la línea proteccionista e igualitaria, a la prohibición, expresada el 20 de junio de 1500 por la reina Isabel, de traer indios a España o someterlos a servidumbre. El mestizaje hispano ya lo habría impulsado oficialmente Isabel I en 1503, al ordenar al gobernador Nicolás Ovando ―agente introductorio del orden hispánico― que fomentara matrimonios mixtos, «que son legítimos y recomendables porque los indios son vasallos libres de la Corona española» (Vélez, 2014: 76-77).

Piénsese que si los colonizadores españoles del Siglo de Oro hubiesen querido anular el progreso de las sociedades indígenas del continente americano, jamás les habrían enseñado a leer y escribir en español. Les habrían preservado en el uso de sus lenguas indígenas. Y de haber hecho algo así, habrían evitado y retrasado durante acaso algunos siglos más toda posibilidad de emancipación: porque, entre otras cosas, a Voltaire, a Rousseau, a Montesquieu…, los traducían al español, pero no al náhuatl, ni al quéchua. Lo que tienen las lenguas del imperio es que, con frecuencia, liberan de vivir recluido en un “tercer mundo semántico”. 
Adviértase que la Iglesia, a fin de mantener bien controlada a la población indígena, sí preservó las lenguas aborígenes[1]. Los curas hablaban latín, español y náhuatl, pero preferían que los aztecas solo hablaran náhuatl[2]. En palabras de Vélez:

Del polémico asunto de la lengua y de su implantación en las comunidades indígenas ―muchos clérigos, no sin la oposición regia, predicaron y preservaron las lenguas vernáculas― se ocupará el jurista Juan de Solórzano Pereira (1575-1655). El autor de Política indiana abogaba por obligar a los indios a aprender el español con un objetivo último: conseguir «hombres políticos», para lo cual debían ser atraídos a las ciudades e integrarse en instituciones hispanas de carácter civil y religioso. Los objetivos no eran nuevos, pues éstas eran las originarias indicaciones que se dieron con un objetivo: la construcción de un imperio generador, civilizador en suma (Vélez, 2014: 71).

A fin de demostrar la validez y coherencia de las tesis de Vélez en su monografía, léase esta cita del antropólogo Marvin Harris, quien demuestra bien a las claras las acciones de imperios depredadores como el portugués, el británico y el francés sobre el continente africano. Porque algo que no se dice habitualmente es que la Leyenda Negra que se vertió sobre España desde la Edad Moderna hasta hoy recayó desde la segunda mitad del siglo XX sobre la totalidad de los imperios depredadores europeos de la Edad Contemporánea ―los mismos que la diseñaron y promovieron contra España―, como bien ha sugerido Pascal Bruckner en su obra La tyrannie de la penitence. Essai sur le masochisme occidental (2006).

En el año 500 de nuestra era, los reinos feudales de África occidental (Ghana, Malí, Shanghay) se parecían mucho a los europeos, con la única diferencia de que el Sahara aislaba a los africanos de la herencia tecnológica que Roma había legado a Europa. posteriormente, el gran desierto impidió que se extendiesen hacia el sur las influencias árabes, que tan gran papel desempeñaron en la revitalización de la ciencia y el comercio europeo. Mientras que los ribereños de la cuenca mediterránea hacían en barco el comercio y la guerra, y se convertían en potencias marítimas, sus iguales de piel oscura que habitan al sur del Sahara tenían como principal preocupación cruzar el desierto y carecían de motivación para las aventuras marítimas. Por eso, cuando en el siglo XV los primeros barcos portugueses arribaron a las costas de Guinea, pudieron hacerse con el control de los puertos y marcar el destino de África durante los 500 años siguientes. Después de agotar las minas de oro, los africanos se pusieron a cazar esclavos para intercambiarlos por ropa y armas de fuego europeas. Esto ocasionó un incremento de la guerra y las rebeliones, así como la quiebra de los estados feudales autóctonos, con lo que se frustró prematuramente la trayectoria del desarrollo político africano y regiones enormes del interior se convirtieron en tierra de nadie cuyo producto principal era la cosecha humana que se exportaba a las plantaciones de azúcar, algodón y tabaco del otro lado del Atlántico.
Cuando terminó el comercio de esclavos, los europeos obligaron a los africanos a trabajar para ellos en los campos y en las minas. Entretanto, las autoridades coloniales hicieron todos los esfuerzos posibles para mantener a África subyugada y atrasada, fomentando las guerras tribales, limitando la educación de los africanos al nivel más rudimentario posible y, sobre todo, evitando que las colonias desarrollasen una infraestructura industrial que podría haberles permitido competir en el mercado mundial una vez que consiguiesen la independencia política (Harris, 1989/2008: 113-114).
           
He aquí la clave de todo imperio depredador: privar a la población de los territorios ocupados de la tecnología del colonizador. 
Pero el racionalismo de la documentación histórica se combate desde la psicología social de las ideologías, con frecuencia de signo neohistoricista. Como ordalía del psicologismo antioccidental, la retórica de la culpa y la sofística del arrepentimiento son de origen y tradición francesas: nacen con Montaigne y llegan hasta Sartre, pasado decisivamente por individuos como Rousseau (González Cortés, 2012). Vertidas originariamente en formato negrolegendario contra el imperio español y la envidiada empresa de descubrimiento, conquista y colonización de América, que Francia, Holanda e Inglaterra hubieran deseado protagonizar —con un potencial exterminador del que habría estado excluida la alianza sanguínea con la población colonizada—, la misma retórica confeccionada para la Leyenda Negra alcanza en el siglo XX a la Alemania que sobrevive al Nazismo, a la Francia que no sabe qué hacer tras la guerra de Argelia, a la Inglaterra que es artífice contemporáneo de incontables conflictos poscoloniales (Palestina, Israel, Afganistán, Corea, Irán, Irak, etc…), por no hablar de los Estados Unidos de América… A Pascal Bruckner le impresiona, sin sorprenderle, “el talento con el que la clase de los filósofos recrea e inventa la culpabilidad” (2006/2008: 28). Bruckner está pensando en “la fusión entre la extrema izquierda atea y el radicalismo religioso” (29). ¿Por qué?, porque “si la ultraizquierda corteja con semejante constancia a esta teocracia totalitaria, tal vez sea menos por oportunismo que por afinidad real. Ella, que no ha hecho jamás el duelo por el comunismo, demuestra una vez más que su verdadera pasión no es la libertad, sino la servidumbre en nombre de la justicia” (Bruckner, 2006/2008: 30). 
Bruckner critica insistentemente lo que califica la “contrición inextinguible” (33) de Europa, la rentabilidad de la autodenuncia, y el “orgullo singular de ser los peores” (37), a la vez que se silencia el hecho innegable de que si el Viejo continente “cometió las peores atrocidades”, también “habilitó los medios para erradicarlas” (33) a diferencia de lo que ha sucedido y sigue sucediendo en otros continentes. Europa, a diferencia de otros territorios, es consciente de su propia leyenda negra. Sin embargo, esta épica negrolegendaria proporciona posmodernamente un placer vanidoso, un narcisismo masoquista, que se objetiva en la supremacía de la expresión del odio hacia uno mismo, simulando de este modo una apariencia de virtud. Sin embargo, tras esta hipocresía de virtud se esconde el monopolio de la propia barbarie: Europa “sólo admite su propia barbarie, ésa es su arrogancia, pero se la niega a los demás, encuentra para ellos circunstancias atenuantes (lo cual sólo es una manera de negarlas toda responsabilidad)” (38). Y protagonismo en el crimen.

Son demasiados los países de África, de Oriente Próximo y de América Latina en los que se confunde la autocrítica con la búsqueda de un chivo expiatorio cómodo que explique sus desgracias. Nunca es culpa suya, siempre se atribuye a un tercero importante (Occidente, la globalización, el capitalismo) […]. Al negar a los pueblos de los trópicos o de ultramar toda responsabilidad en su situación, se los priva en consecuencia de toda libertad, se los devuelve a la situación de infantilismo que inspiró toda la colonización (Bruckner, 2006/2008: 43).

Señalo todos estos datos e ideas, porque su relación y pertinencia con las tesis de Iván Vélez es explícita en su coherencia y reconocimiento: la historiografía española ha tenido que soportar, políticamente, una falacia inadmisible desde todos los puntos de vista científicos. Y el propio Estado español ha hecho, históricamente, muy poco, como reconocía muy tempranamente el propio Quevedo ―uno de los primeros en hacerlo―, para contrarrestarla. España, en realidad, ha cuidado muy poco de sí misma. Y sigue sin hacerlo.



Bibliografía





[1] Adviértase que el imperio español mantuvo siempre una marcada independencia, cuando no una declarada oposición, frente al Vaticano y a la política papal, hechos estos que se silencian o se disfrazan ideológicamente, según tiempos, circunstancias e historiadores, a fin de dar una imagen de España completamente clerical y vaticanizada, cuando la realidad histórica fue en verdad muy diferente. Vid. al respecto la obra de Otto Carlos Stoetzer (1982).

[2] Sobre el tema, vid Suárez Roca (1992).

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