La finalidad de la literatura

Gonzalo Torrente Ballester

Léon Belly (1827-1877), Ulises y las sirenas
No sé si de verdad cree la gente que la felicidad se halla en el amor, y que el supremo símbolo de la dicha humana es la pareja que se encierra en un dormitorio, cuando no hace lecho del Universo entero, pero es el caso que desde Ruth y Booz, desde Dafnis y Cloé, los tiros van hacia esa parte, y mucho antes ya el lector de la Odisea cerraba el libro muy satisfecho porque, después de tanta desventura, Ulises entraba finalmente al tálamo con su Penélope. Casi toda la literatura, la más leída sobre todo, la más significativa también, está montada sobre ese mito de la aventura o desventura de la pareja, y debemos a la cultura céltica la introducción en el cotarro del amor ilegal, del adulterio, entendido precisamente como verdadero amor: Tristán e Isolda, Lanzarote y Ginebra, preludiaron a Emma Bovary. Es cierto que el respeto a los prejuicios, quién sabe si el temor a la ley, impidió a estos amantes ilegales alcanzar la cima del amor tranquilo, al modo como la lograron Flores y Blancafor y otros enamorados conformistas; pero no deja de ser sospechoso que, desde el principio, la literatura narre y describa los trámites que conducen a la felicidad, no la felicidad misma (Torrente Ballester, 1982/1998: 218).



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Bibliografía



  
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