Las Casas frente a la jurisprudencia de Francisco de Vitoria



Iván VÉLEZ,
Sobre la Leyenda Negra,
Madrid, Ediciones Encuentro, 2014, 328 pp.
Prólogo de Pedro Insua.
ISBN 978-84-9055-029-8

Reseña de Jesús G. Maestro

Francisco de Vitoria
Cuando, a propósito de la leyenda negra antiespañola se habla de Las Casas, no se contrasta la obra de este clérigo con la de otros de sus contemporáneos, como Sepúlveda o Vitoria. Tampoco se contrasta con profundidad las causas y relaciones de su escrito, tan promocionado por la industria holandesa y protestante, acerca de su Brevísima (ultimada en Valencia en 1542 e impresa en Sevilla en 1552 por Jacome Cromberg como editor), traducida inmediatamente al holandés, al francés, al inglés y al italiano, con todo tipo de grabados e ilustraciones detalladas sobre el martirologio indígena llevado a cabo por los crudelísimos españoles. 
Lo que Las Casas plantea, al igual que los difusores de su Brevísima, es una dialéctica simple y falsa, que enfrenta, sin más, a españoles depredadores contra nativos indefensos, y tras la cual se ocultan dialécticas más complejas: las poblaciones precolombinas no formaban sociedades compactas, solidarias y humanitarias. Mantenían entre sí feroces enfrentamientos, y estaban muy lejos de ser el ideal del buen salvaje inventado por Montaigne y confitado por Rouseeau ―y revitalizado por Foucault y los posmodernos contemporáneos bajo el mito del multiculturalismo (González Cortés, 2010)―. Pero esto es algo que los promotores de la Leyenda Negra antiespañola siempre han silenciado, como bien señala Iván Vélez en diferentes puntos de su libro. Y cito para corroborar esta argumentación al antropólogo Marvin Harris:

La religión precolombina de los aztecas constituye la gran excepción a la que aludí antes. A diferencia de otras deidades eclesiásticas, los dioses del Estado azteca tenían ansia de carne humana, sobre todo de corazones humanos frescos. Según la creencia azteca, no satisfacer este ansia podía acarrear la destrucción del mundo. Por esta razón, el sacrifico humano se convirtió en la función más importante de la casta sacerdotal azteca. La mayoría de los hombres sacrificados eran prisioneros llevados a Tenochtitlán, la capital azteca, por los comandantes militares. Se obligaba a la víctima a ascender las pirámides truncadas, que dominaban los recintos sagrados de la ciudad; allí la agarraban cuatro sacerdotes, uno por cada extremidad, y la colocaban boca arriba sobre un altar de piedra. A continuación, un quinto sacerdote abría el pecho de la víctima con un cuchillo de obsidiana, le extraía el corazón que aún latía y lo restregaba por la estatua de la divinidad que presidía la ciudad. Luego los ayudantes echaban a rodar el cuerpo peldaños abajo. Otros ayudantes cortaban la cabeza, la atravesaban de lado a lado con una vara de madera y la exponían en una gran estructura enrejada preparada al efecto, junto a los cráneos de las víctimas anteriores […].
El banquete redistributivo antropofágico de los aztecas proporcionaba a los guerreros cantidades sustanciales de carne en recompensa de su éxito en el combate. Los miembros de la expedición de Cortés encontraron en el tzompantli principal, situado en la plaza mayor de Tenochtitlán, los cráneos de 136.000 víctimas. Sin embargo, no pudieron hacer el recuento de otro grupo de víctimas cuyas cabezas se habían amontonado en dos altas torres hechas enteramente de cráneos y mandíbulas, ni tampoco contaron los cráneos expuestos en dos estructuras más pequeñas erigidas en esa misma área central. Según uno de mis detractores, el tzompantli principal no podía contener más de 60.000 cráneos. Aún si estuviera más próxima a la realidad esta cifra más baja, la escala del sacrificio humano practicado en Tenochtitlán sigue sin tener parangón en la historia de la humanidad (Harris, 1989/2008: 390-392)[1].

La Brevísima de Las Casas no puede considerarse aisladamente. Ha de examinarse en relación dialéctica con la obra de Francisco de Vitoria, y en particular con su Relectio de Indis (1539). Mientras Las Casas diseñaba la mitología y la genealogía de la Leyenda Negra, Vitoria se devanaba los sesos para justificar, desde la Teología y el Derecho, las leyes que permitieran, en pleno siglo XVI, fundamentar lo que con el paso del tiempo se consideraría el Derecho Internacional. Kant aprendió mucha de su filosofía leyendo a Francisco de Vitoria. Al teólogo salmantino le mueve una idea absolutamente fundamental y práctica: “el deber de los españoles de proteger a los indios de su propio estado de atraso” (Vélez, 2014: 105). Y no menos interesante es la controversia entre Las Casas y Sepúlveda, cuidadosamente examinada por Vélez en páginas esenciales de su libro (vid. pp. 106 y ss)[2]. 
Dos nombres más han de citarse en oposición dialéctica a la Brevísima de Las Casas: Gonzalo Fernández de Oviedo, quien le replica desde México, y Francisco Álvarez de Toledo, quien lo hace desde Perú. De especial interés ―y objetividad― es la crítica del primero de ellos, pues al no formar parte del clero “ofrece otra perspectiva crítica solvente y ajena a las rivalidades existentes entre las órdenes religiosas” (Vélez, 2014: 112). Pero como advierte Vélez, la obra de Las Casas ha tenido una difusión extraordinariamente superior a la de sus críticos, un alcance promocionado por las potencias enemigas de España, particularmente por Holanda, Francia e Inglaterra, anhelantes por arruinar el imperio y la imagen de España. No es menor la responsabilidad española en este proceso, pues, como reconocía Menéndez Pidal en 1963, en su obra El Padre Las Casas. Su doble personalidad, los españoles tradicionalmente apenas se han enfrentado a sus críticos ni con argumentos ni con interés. Incluso a día de hoy se tolera abúlicamente la crítica ideológica contra España desde una irresponsabilidad increíble, seguramente porque todavía hoy día la gente teme ser calificada de “fascista” si lo hace. A veces han sido algunos hispanistas e historiadores extranjeros quienes han demostrado una claridad de ideas y de criterios, que no se hacen públicas en nuestro país, frente a la mitología negrolegendaria antiespañola:

Si el éxito de Las Casas ha sido rotundo en determinados ambientes, Vitoria comenzó a tener un reconocimiento universal de la mano de James Brown Scott (1866-1943), jurista norteamericano que se refirió a él como «padre y fundador del Derecho Internacional», anteponiéndolo al protestante Hugo Grocio (1583-1645), para proclamar el «origen español del Derecho Internacional» y la «concepción católica del Derecho Internacional». A la exaltación vitoriana se unió la rehabilitación del jesuita Francisco Suárez” (Vélez, 2014: 115).

Asimismo, uno de los capítulos más enriquecidos y originales del libro de Vélez es el dedicado a la construcción y diseño de las ciudades por parte de los colonizadores españoles de América. En contra de los contenidos de la Leyenda Negra, desde sus conocimientos universitarios y profesionales como arquitecto, Iván Vélez explica minuciosamente cómo la construcción de las ciudades de la América española no solo no obedece a los imperativos y exigencias de un imperio depredador ―como lo fueron el inglés, el francés y el portugués―, ubicando los emplazamientos en las zonas costeras para facilitar el esquilmado de los recursos coloniales, sino en lugares del interior, no siempre de fácil acceso para el tráfico marítimo[3]. El objetivo no era, pues, tanto la explotación cuanto la reproducción en el nuevo continente de los modelos urbanos de la España peninsular. En palabras de Vélez, de este y otros modos, “pudo construirse un Imperio cuyos restos, no solo arquitectónicos, sino también lingüísticos y filosóficos, persisten” (132). Las ciudades en los estados emancipados de España no brotan de las estructuras indígenas, sino del tejido conjuntivo, estructural, civilizador, desarrollado por los españoles.





Bibliografía







[1] En algunas de sus aberraciones, Las Casas llega a justificar este tipo de homicidios, protagonizados por los aborígenes, al sugerir que “la vida humana es lo máximo que se podía ofrecer a los dioses” (apud Vélez, 2014: 109).

[2] Altamente recomendable es en este sentido la obra del hispanista italiano Walter Ghia (2013), en relación con el pensamiento político de Juan Ginés de Sepúlveda, educado en Bolonia, y la obra de Nicolás Maquiavelo. Ghia examina las ideas de estos autores también en relación con la obra literaria de Miguel de Cervantes y el Derecho en la España de los Siglos de Oro.

[3] “Mientras, por ejemplo, Portugal establece factorías en las costas, España fundará ciudades en las que se asientan las principales instituciones imperiales ya en marcha en Castilla antes del Descubrimiento” (Vélez, 2014: 250).


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...