Sobre la mitología del buen salvaje en las culturas primitivas



HARRIS, Marvin (1989), Our Kind. 
Who we are, where we came from, where we are going
New York, Harper & Row. 

Trad. esp. de Gonzalo Gil, Joaquín Calvo, Isabel Heimann: 
Nuestra especie, Madrid, Alianza Editorial, 2008.



§ 
Celtas

Los celtas de la Europa septentrional y occidental practicaban el sacrificio humano con frecuencia, aunque preferían la modalidad de confeccionar una cesta alrededor de la víctima y prenderle fuego. En otras ocasiones desentrañaban o apuñalaban a los prisioneros para que los druidas pudieran predecir el futuro a partir del estado de las entrañas o de la posición de los miembros una vez acabado el tormento (Harris, 1989/2008: 383).



§ 
Aztecas

La religión precolombina de los aztecas constituye la gran excepción a la que aludí antes. A diferencia de otras deidades eclesiásticas, los dioses del Estado azteca tenían ansia de carne humana, sobre todo de corazones humanos frescos. Según la creencia azteca, no satisfacer este ansia podía acarrear la destrucción del mundo. Por esta razón, el sacrifico humano se convirtió en la función más importante de la casta sacerdotal azteca. La mayoría de los hombres sacrificados eran prisioneros llevados a Tenochtitlán, la capital azteca, por los comandantes militares. Se obligaba a la víctima a ascender las pirámides truncadas, que dominaban los recintos sagrados de la ciudad; allí la agarraban cuatro sacerdotes, uno por cada extremidad, y la colocaban boca arriba sobre un altar de piedra. A continuación, un quinto sacerdote abría el pecho de la víctima con un cuchillo de obsidiana, le extraía el corazón que aún latía y lo restregaba por la estatua de la divinidad que presidía la ciudad. Luego los ayudantes echaban a rodar el cuerpo peldaños abajo. Otros ayudantes cortaban la cabeza, la atravesaban de lado a lado con una vara de madera y la exponían en una gran estructura enrejada preparada al efecto, junto a los cráneos de las víctimas anteriores […].

El banquete redistributivo antropofágico de los aztecas proporcionaba a los guerreros cantidades sustanciales de carne en recompensa de su éxito en el combate. Los miembros de la expedición de Cortés encontraron en el tzompantli principal, situado en la plaza mayor de Tenochtitlán, los cráneos de 136.000 víctimas. Sin embargo, no pudieron hacer el recuento de otro grupo de víctimas cuyas cabezas se habían amontonado en dos altas torres hechas enteramente de cráneos y mandíbulas, ni tampoco contaron los cráneos expuestos en dos estructuras más pequeñas erigidas en esa misma área central. Según uno de mis detractores, el tzompantli principal no podía contener más de 60.000 cráneos. Aún si estuviera más próxima a la realidad esta cifra más baja, la escala del sacrificio humano practicado en Tenochtitlán sigue sin tener parangón en la historia de la humanidad (Harris, 1989/2008: 390-392).



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