El «Mito del reino celeste»

Corte hetita de Boghazkale, antigua Hattusa, 
escritura cuneiforme (ca. 400-1200 a.n.E.)


Tratado de Qadesh* 
Cabe preguntarse qué es lo que ocurre, en este estadio primigenio de la Genealogía de la Literatura, en el paganismo heleno, que desde el Renacimiento de la Edad Moderna tratará de emerger como alternativa profana frente a la cultura religiosa. Sin duda la obra homérica, Ilíada y Odisea, puede y debe aducirse como ejemplo fundacional de la Literatura y como testimonio, entre los helenos, de una Literatura primitiva o dogmática, con no pocos ingredientes de Literatura crítica o indicativa, según las propiedades de esta segunda secuencia genealógica, de la que se da cuenta en el capítulo siguiente. Ilíada y Odisea, por su complejidad y riqueza, rebasan la secuencia genealógica primigenia y primitiva. La obra homérica no se construye sobre saberes pre-racionales y acríticos, sino sobre conocimientos que disponen un racionalismo poético y una crítica de ideas capaz incluso de irritar a un filósofo como Platón o de incomodar a un piadoso y fideísta tragediógrafo como Sófocles. En consecuencia, el principal representante de la Literatura primitiva o dogmática en el mundo heleno no es Homero, sino Hesíodo.
No por casualidad la Teogonía es una obra en la que Hesíodo, a través de una suerte de panteísmo antropológico, propio de la mitología de las religiones secundarias (Bueno, 1985), viene a proclamar que “todo está lleno de dioses” (Tales), en consonancia con el monismo axiomático de la sustancia de algunos presocráticos de la Escuela de Mileto. La vida de Hesíodo se sitúa entre la segunda mitad del siglo VIII y el primer tercio del siglo VII a.n.E., y su Teogonía se inscribe en la familia de obras literarias que tratan de describir la génesis del mundo.
Junto a la relación genealógica de dioses que ofrece Hesíodo en su Teogonía, Trabajos y días recoge una serie de referentes y materiales religiosos que, característicos de las religiones segundarias o mitológicas (Bueno, 1985), están muy presentes en las tradiciones orales y escritas de Asia Menor. En su introducción a la obra hesiódica, Pérez Jiménez y Martínez Díez (Hesíodo, 1983/1997: 30 ss.) se han referido a las fuertes relaciones intertextuales que pueden establecerse entre varios testimonios de las literaturas antiguas, en concreto con el denominado Mito del reino celeste, la Canción de Ullikimmi y el poema babilonio Enuma Elish.
La primera de estas composiciones, conocida como el Mito del reino celeste, procede de unas tablillas de arcilla pertenecientes a la corte hetita de Boghazkale, en la antigua Hattusa, cuya escritura cuneiforme se sitúa entre los años 1400-1200 a.n.E., período que correspondería en Grecia al apogeo de la cultura micénica. Alberto Bernabé, en su obra Textos literarios hetitas, ofrece la siguiente versión de este fragmento, cuyo paralelismo con el pasaje de la Teogonía sobre el mito de la castración de Urano (vv. 155-210) es explícito:

Antes, en los antiguos años, fue rey en los cielos Alalu.
Alalu está sentado en el trono
y el poderoso Anu, el primero de los dioses, se hallaba ante él,
se prosternaba ante sus pies
e iba poniéndole en la mano las copas para beber.

Nueve años contados fue Alalu rey en el cielo.
Pero al noveno año, Anu entabló combate contra Alalu.
Derrotó a Alalu, éste huyó corriendo ante él
y descendió a la negra tierra,
y en el trono se sentó Anu. Anu está sentado en el trono
y el poderoso Kumarbi le daba de comer,
se prosternaba ante sus pies
e iba poniéndole en la mano las copas para beber.

Nueve años contados fue Anu rey en el cielo.
Al noveno año, Anu entabló combate contra Kumarbi;
Kumarbi, descendencia de Alalu, entabló combate contra Anu.
Ante los ojos de Kumarbi ya no resiste Anu,
se zafó de sus manos, voló Anu
y subía al cielo.

Por detrás se le acercó Kumarbi,
cogió por los pies a Anu
y tiró de él desde el cielo hacia abajo.

Le mordió los muslos,
y su virilidad se mezcló, con el bronce,
con las entrañas de Kumarbi.

Cuando Kumarbi había tragado en sus entrañas
la virilidad de Anu,
se regocijaba y reía.

Anu se volvió hacia él
y comenzó a decirle a Kumarbi:

«Te regocijaste en tus entrañas
porque tragaste mi virilidad.
¡No te regocijes en tus entrañas!
En tus entrañas he puesto una carga.
En primer lugar, te he preñado con el pesado Tesub…»[1]

En todos estos ejemplos de Literatura primitiva, lo irracional y lo acrítico discurren en coalición. Cualquier lector de estos versos podrá hallar en la Teogonía el visible paralelismo entre Anu, Kumarbi y Tesub, por una lado, y Urano, Cronos y Zeus, por otro, así como el motivo de la piedra fertilizante. En segundo lugar, la Canción de Ullikummi, uno de los poemas mejor conservados de la literatura hetita, pone de manifiesto un nuevo paralelismo entre el Tifón de la Teogonía hesiódica y el acto de venganza que trama Kumarbi contra Tesub: engendra un hijo de piedra volcánica que amenaza la existencia de los dioses, quienes solo podrán vencerlo usando la sierra que hizo posible la separación de los cielos y la tierra. La fenomenología radial —dos criaturas monstruosas y sobrenaturales hechas de materia volcánica— está en la base del intertexto genealógico y vengativo de esta saga de dioses. En tercer lugar, el poema babilonio Enuma Elish —que toma título de sus primeras palabras (“Cuando en un principio…”)— vuelve a resultar influyente en una obra como la de Hesíodo (Thompson, 1967), desde el punto de vista de la recreación del mito oriental de Apsû y Tiâmat, que encuentra en la Teogonía un paralelismo con Urano y Gea: sendas parejas engendran criaturas que permanecen en el seno materno ante el aborrecimiento del padre y el temor que este les infunde. Ea y Cronos se enfrentan a la figura paterna, la derrotan y asumen su poder.
Las historias genesíacas que buscan desenvolverse y preservarse en las formas literarias del mundo antiguo, y en las cuales se trata de objetivar o codificar el origen del Universo y de la realidad humana, amalgaman, como se observa, una relación de términos humanos (personas y héroes), mitológicos (dioses antropomorfos) y naturales (fenómenos terrestres, marinos y atmosféricos) cuya solución o disolución siempre tiene lugar en eje angular o religioso del espacio antropológico. Este es el escenario en el que, genuinamente, nace la Literatura. Un escenario determinado por el mito, la religión, la magia y la técnica de las sociedades arcaicas y preestatales. Un escenario determinado, en suma, por el predominio del irracionalismo acrítico, del que progresiva y genealógicamente la Literatura se irá disociando, al contraer alianzas cada vez más profundas y sofisticadas con el racionalismo humano, frente al teológico, y con el ejercicio de las facultades críticas, frente a las voliciones de la sofística y los imperativos programáticos de las ideologías y utopías.
Al igual que ocurre con la literatura de temática cosmogónica, sea judía, babilonia o helena —Génesis, Enuma Elish, Teogonía…—, la formas didácticas y sapienciales encuentran en toda Asia Menor una importante tradición, bien nutrida de fuentes y referencias, especialmente en Egipto y Babilonia (Long, 1963). En la literatura didáctica egipcia se han señalado fuentes de los Trabajos y días de Hesíodo, en obras como Instrucción de Ptah-hotep y, sobre todo, Instrucciones de Amen-em-Opet, repertorios de consejos de un padre a un hijo sobre formas de conducta útiles y virtuosas para abrirse camino en la vida. En cuanto al didactismo literario babilonio, la obra de referencia es Consejos de sabiduría (1500-1200 a.n.E.), cuyas ocho partes —excepto la sexta— coinciden temáticamente con esta obra hesiódica. En consecuencia, una y otra tienen su antecedente en las Instrucciones de Shuruppak, texto sumerio que llega a nosotros a través de una traducción babilonia, la cual también puede considerarse de referencia en la composición de la literatura sapiencial hebrea (Libro de Job, Salmos y Proverbios).

Jesús G. Maestro, Genealogía de la Literatura, 2012, pp. 116-118.



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Bibliografía








[*] Tratado de Qadesh (c. 1258 a. C.) entre Hattusil III y Ramsés II, primer tratado de paz escrito conocido. Museo arqueológico de Estambul.

[1] Apud. Pérez Jiménez y Martínez Díez (Hesíodo, 1983/1997: 31).


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