La Leyenda Negra en el seno de España



Iván VÉLEZ,
Sobre la Leyenda Negra,
Madrid, Ediciones Encuentro, 2014, 328 pp.
Prólogo de Pedro Insua.
ISBN 978-84-9055-029-8

Reseña de Jesús G. Maestro


Goya, Capricho 37, Si sabrá más el discípulo?
Lo que desde sus orígenes renacentistas hasta prácticamente mediados del siglo XX fue solo una Leyenda Negra antiespañola es hoy material emporofóbico que, desde las ideologías posmodernas, sirve para combatir toda actividad imperialista, de forma muy particular contra Europa y Estados Unidos. Ni un solo país europeo se libra actualmente de su particular leyenda negra. Lo que en su tiempo fue un invento contra España es hoy una tiranía de penitencia también para sus propios promotores genuinos (Bruckner, 2006). Pero, ¿persiste aún la leyenda negra antiespañola? Sí, ¿dónde?, en la propia España, y en concreto en las ideologías destinadas a promover el negocio de los nacionalismos subestatales de nuestro tiempo. El nacionalismo sobrevive porque es, ante todo, un negocio. Nada más ―y nada menos― que un negocio. Su base ha sido siempre la oligarquía de una limitada geografía. Su ideología, la extrema derecha. El púlpito eclesiástico, una de sus principales cajas de resonancia. La prensa, en nuestros días, su mejor placenta. La prensa, en cierto modo, es la ramera imprescindible de toda democracia. 
Esta es la razón también por la cual en España no prospera en estos momentos un partido político visible de extrema derecha, como puede suceder en Francia, con el Frente Nacional. Porque en la España actual, en la España desvertebrada por las autonomías, la extrema derecha son los nacionalismos, los cuales, ante la ignorancia colectiva, se disfrazan de mitología de izquierdas. Los únicos responsables actuales de la Leyenda Negra son los españoles que promueven la destrucción de su propio Estado. En palabras de Baruch Spinoza: “Es malo lo que introduce la discordia en el Estado” (Ética, 4, XI). Y en palabras de Vélez:

Se trata, en definitiva, de la aplicación de los componentes de la Leyenda Negra a partes formales y constitutivas de una España de la que se reniega, y de cuyo influjo, uno vez perdidos los restos del Imperio en los que tantos intereses tenía la burguesía catalana, se intenta escapar (Vélez, 2014: 246).

Unamuno, Ganivet, Altamira…, fueron algunos de los numerosos intelectuales que desde fines del siglo XIX observaron cómo la Leyenda Negra iba instalándose en las ideologías nacionalistas y separatistas. Entonces se hablaba de cantonalismo, de atomización, de federalismo ―ignorando que federar es establecer uniones y alianzas, es decir, que federar es unir, no separar, es agrupar, no desmembrar―[1]. 
Se hace inevitable reconocer que la segunda restauración borbónica, implantada políticamente en la Transición de 1978, y de raíces explícitamente franquistas, se basó, entre otras muchas cosas, en el negocio de los nacionalismos subestatales, ejecutado todo este vasto programa por una generación de españoles que, nacidos en torno a 1950, y procedentes en su mayor parte de las élites del régimen dictatorial y golpista, esquilmaron corporativa y solidariamente el país, dejando a las siguientes generaciones los restos consumados de su ambición y de sus prejuicios. Esa generación, que hoy frisa los 70 años de edad, y vive su estertor, nos ha legado sus ruinas. Es la generación que más poder y mayor ambición ha acumulado en la historia reciente de España. Su herencia, a la vista está: una Universidad corrompida y degenerada, inútil; una Justicia que es una prolongación de la Política del régimen actual; una economía basada en la especulación, que no en el trabajo; una seguridad social y un sistema de pensiones desintegrados; una izquierda indefinida e ideológicamente sin contenidos (Bueno, 2003); un sistema educativo especializado en la organización y promoción del analfabetismo colectivo; y un raquitismo explícito en el desarrollo intelectual de sus descendientes, quienes no tienen empacho en identificarse a sí mismos como la generación más preparada de la historia de su país, cuando ni siquiera son capaces de encontrar trabajo, ni fuera ni dentro de España. El trabajo prepara más y mejor que el estudio, porque el trabajo supone y exige un enfrentamiento con el entorno social, laboral y tecnológico del que el estudio nos mantiene muy preservados. Estudiar es como jugar a trabajar... No es posible madurar, ni hacerse adulto, sin enfrentarse al mundo laboral: quien no trabaja no madura. Envejece siendo niño o adolescente. 
Y voy a poner un ejemplo concreto de cómo ha empleado su vida, su poder y su ambición esa generación del entorno de 1950. El 28 de junio de 2014 tuvo lugar en la emisora Radio Gramsci un programa sobre el tema Podemos y la Nación, en el que, entre otros interlocutores, intervenían Iván Vélez, autor del libro que reseño, y José Luis Villacañas Berlanga[2]. Solo destacaré algo que me parece capital: en un momento dado de las intervenciones José Luis Villacañas afirma que “España es una nación tardía”. Si esto es lo que declara, y he de suponer que lo que piensa, todo un profesor universitario, entonces ―permítaseme la franqueza, y la piedad―, el último que salga que apague la luz. Semejante afirmación pone los pelos de punta al más retrasado de los ignorantes. José Luis Villacañas Berlanga nació en 1955. ¿Qué debe España a esta generación?





Bibliografía






[1] Federalismo es, pues, todo lo contrario de lo que creen promover los separatistas. Por eso sorprende que determinados partidos, como el PSOE, actualmente en estado tan crítico dada la vacuidad de su supuesta ideología y la indefinición de sus presuntos líderes, propugne la federación de naciones en España, algo que en sí es un absurdo superlativo: solo se puede federar, es decir, unir, algo que está separado, es decir, partes desunidas que, federadas, formarían un todo. Federar es un proceso de agrupamiento, no de desmembración. Quien identifica federar con organizar una separación demuestra no solo que ignora el significado de la palabra que usa, sino que además no sabe consultar ni leer un diccionario. Dicho de otro modo, ni siquiera es consciente de su propia ignorancia: no sabe que no sabe.


[2] Este programa puede oírse reproducido en el siguiente enlace de Radio Gramsci. La sorprendente afirmación de Villacañas tiene lugar en el minuto 24.


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