Numancia, la secularización de la tragedia

Cuando dioses y númenes no intervienen en la literatura


La realidad trascendente a la que se enfrenta Numancia en la tragedia homónima cervantina está representada por una fuerza humana, demasiado humana ―un ejército romano dirigido por Escipión―, y quizá por eso mismo sus posibilidades antropomórficas de crueldad son mucho más dramáticas que las imaginables por un dios. El mundo trascendente al ser humano pierde, en la Numancia, su poder antiguo y genuino. Hemos pasado en esta tragedia de la expresión de inmutabilidad, fundada en la divinidad trascendente, a la experiencia de lo fatalmente inevitable en virtud de la superioridad y crueldad del hombre. Cervantes expresa en la tragedia el paso de lo trascendente a lo humano, es decir, de la katharsis que provocan los infortunios de los dioses a la aisthesis que experimentan los hombres ante su propia crueldad: la tragedia moderna evoluciona al pasar de las arbitrarias exigencias de lo metafísico al desarrollo de acciones humanas, que son resultado de la coacción de un poder humanamente semejante y físicamente superior[1].
El valor del destino y de las fuerzas supranaturales se encuentra en la Numancia formalmente referido, pero funcionalmente muy atenuado. Las invocaciones al mundo metafísico y suprasensible desempeñan en la tragedia un valor emotivo, formal o retórico, antes que discursivo o funcional; el resultado de las experiencias agoreras y adivinatorias no influye decisivamente en el curso de los acontecimientos ni en las decisiones de sus protagonistas. Más tienen a veces de escenas costumbristas que de hechos auténticamente reveladores de las secuencias funcionales de la acción[2].
Son numerosos los momentos en los que, a lo largo de la Numancia, se alude a una realidad trascendente en la que no se identifica ni reconoce de forma explícita un poder superior, capaz de intervenir funcionalmente en el curso de los acontecimientos y acciones humanas[3].
El propio Escipión, en su arenga a los soldados romanos, advierte, con claridad sorprendente para la época, que la fortuna nada tiene que ver con el desenlace del enfrentamiento que mantienen contra los numantinos, sino que es más bien el poder de la voluntad humana, la diligencia frente a la pereza[4], lo que ha de determinar, en el cerco de Numancia, el triunfo o la derrota de las tropas romanas. Incluso se llega a afirmar algo semejante a que cada ser humano es en cierto modo dueño de su propio destino, desterrando así la influencia de una realidad metafísica en el desarrollo de los asuntos humanos:

                        Cada cual se fabrica su destino,
                        no tiene aquí Fortuna alguna parte:
                        la pereza fortuna baja cría;
                        la diligencia, imperio y monarquía.                         [I, 157-160]

El discurso que inicialmente Escipión dirige a sus soldados constituye todo un alegato en favor del ejercicio y el poder de la voluntad como una de las principales fuerzas humanas en la consecución de objetivos bélicos y políticos. El resultado de esta arenga no deja de resultar singularmente irónico al espectador, así como decepcionante para el propio Escipión, desde el momento en que la destrucción de Numancia no se ha debido en ningún momento a la decisión ni al esfuerzo de los romanos, sino a la propia voluntad de los numantinos. Sólo la grandeza heroica de la acción que llevan a cabo los habitantes de Numancia responde dignamente a las exigencias de Escipión, dirigidas a un ejército que en ningún momento, desde la llegada del general, dispone de ocasiones en las que demostrar su valor ante al enemigo numantino, quien finalmente le supera en fuerza de voluntad y altura moral.
La escena inicial de la jornada segunda, en que Teógenes, Marquino y Corabino, junto con cuatro numantinos anónimos, se reúnen en consejo con el fin de hallar una solución al cerco al que les han sometido los romanos, es una de las secuencias que contiene mayor número de alusiones a un mundo metafísico y suprasensible, poblado de dioses y poderes trascendentes, nunca perfectamente definidos a lo largo de la tragedia, y a los que los numantinos citan o invocan circunstancialmente con la intención de verificar o descubrir el desenlace de una acción, mas no como objeto de adoración, deseo o reverencia. De existir, la inquietud religiosa de los numantinos se identifica más bien con un conjunto abierto de sueños y mitos, antes que con un sistema disciplinado de normas; su visión metafísica, su religión, en todo caso, se explica en el mito, en el discurso imaginario de una revelación posible, y nunca en la creencia normativa y subyugante.

También será acertado que Marquino,
pues es un agorero tan famoso,
mire qué estrella, qué planeta o signo
nos amenaza muerte o fin honroso,
y si puede hallar algún camino
que nos pueda mostrar si del dudoso
cerco cruel do estamos oprimidos
saldremos vencedores o vencidos.
También primero encargo que se haga
a Júpiter solene sacrificio,
de quien podremos esperar la paga
harto mayor que nuestro beneficio;
cúrese luego la profunda llaga
del arraigado acostumbrado vicio:
quizá con esto mudará de intento
el hado esquivo y nos dará contento.
[II, 625- 640]

Como sucedía en la mayor parte de las religiones del mundo antiguo, politeísmo y antropomorfismo son las cualidades básicas que definen el conjunto de divinidades invocadas por los numantinos. Al igual que en la Grecia clásica, los dioses de Numancia no proyectan sobre el mundo un programa teológico, ni se muestran dispuestos a juzgar a la humanidad destinándola hacia una salvación o condenación post mortem; es más, ni tan siquiera están presentes a diferencia de la literatura helénica en el desarrollo de la acción humana, encarnada en los personajes, con objeto de subrayar o intensificar su importancia. De los dioses numantinos podemos decir tan sólo que simplemente son evocados o consultados. De los elementos esenciales que configuran la imagen de una divinidad nombre, iconografía, mitología y culto, los numantinos apenas nos proporcionan detalles. Los dioses y númenes que presenta Cervantes en la Numancia son, antes que agentes o co-protagonistas de la acción, destinatarios mudos a veces también imperceptibles de un diálogo en el que sólo intervienen interlocutores humanos.
Por otro lado, sus invocaciones al mundo suprasensible, a través de la experiencia con el cuerpo muerto, y de la “ciencia” de Marquino, muestran más bien un carácter consultivo, informativo, una satisfacción de la curiosidad o una exigencia de conocimiento, pero en ningún momento responden directamente a la actitud del que espera recibir órdenes tajantes de un superior. Los numantinos no interrogan el parecer de los hados para obedecer ciegamente a sus resoluciones, sino que los consultan únicamente para mejorar sus condiciones de conocimiento frente a la acción que, reflexiva, voluntaria y libremente, se proponen ejecutar. En la Numancia, a diferencia de lo que sucedía en la tragedia antigua, la realidad trascendente no da órdenes al género humano, sino que, en todo caso, proporciona un conocimiento que apenas satisface la curiosidad; el mundo de los hados no ordena imperativamente el destino de los mortales numantinos, sino que simplemente lo revela. Así lo declara al pueblo un ciudadano anónimo[5], así se lo comunica Leoncio a Morandro[6], y así lo confirma Marquino a la asamblea de gobernadores numantinos:

Háganse sacrificios y oblaciones
y póngase en efeto el desafío;
que yo no perderé las ocasiones
de mostrar de mi ciencia el poderío:
yo sacaré del hondo centro escuro
quien nos declare el bien o el mal futuro.
[II, 651-656]

Un discurso de estas características atenúa el poder de toda realidad trascendente a la existencia humana. La experiencia trágica que se concibe, como sucedía en la Antigüedad, como un saber, en cierta coexistencia, sobre dioses y númenes, tiene sentido únicamente cuando se tiene fe en tales dioses, y se confía en la existencia de una realidad suprasensible. Cervantes parece estar en este sentido muy alejado de la genuina metafísica de la tragedia antigua; los personajes de la Numancia pueden comprender determinados valores rituales y religiosos, pueden ofrecer todavía sacrificios en los altares de sus dioses, pero no estamos seguros de que se esfuercen demasiado en comprender qué tipo de valores teológicos operan en ellos; no hay en sus ritos una religión constituida; en el cumplimiento del culto se observa ante todo una atracción por las formas que algunos numantinos contemplan como un espectáculo puramente teatral, al margen de todo valor funcional en una realidad metafísica auténticamente existente. Las palabras de un numantino anónimo restituyen a la voluntad del hombre la facultad de actuar sobre el curso de los acontecimientos, modificando incluso la evolución de los mismos siempre que determinadas circunstancias lo hagan materialmente posible.

Si tiene el Cielo dada la sentencia
de que en este rigor fiero acabemos,
revóquela, si acaso lo merece
la justa enmienda que Numancia ofrece.
[II, 677-680]

La intención de un planteamiento de este tipo confiere al sujeto, a diferencia de la tragedia griega, y frente al poder de un orden trascendente, una supremacía frente al mythos o fábula, como explicación imaginaria de una acción cuyos acontecimientos, ordenados causalmente según la inamovible disposición de los dioses, se encontraban orientados hacia un desenlace trágico, así como hacia la consecución de una experiencia catártica en el ánimo del espectador, en cierto modo tan aleccionadora como amenazante. No pretende Cervantes en la Numancia el amedrantamiento popular, ni tan siquiera la catarsis purificadora o moralizante del clasicismo, sino muy probablemente la dignificación del sufrimiento trágico en seres completamente humildes e inocentes. Era esta una experiencia inédita en el género de la tragedia.
En la escena segunda de la jornada central de la Numancia, las señales y agüeros son interpretados inmediatamente como signos inequívocos de fracaso numantino. Sin embargo, esta lectura de los augures, indicativa del desenlace trágico, se interpreta no como un hecho inevitable, por imperativo de los dioses, sino como consecuencia de la superioridad material del ejército romano. Los dioses no se presentan como mandatarios de una realidad trascendente, sino como intérpretes, o intermediarios reveladores, de sus secretos; diríamos incluso que los dioses desempeñan en la Numancia una “función hemenéutica”: “que Júpiter soberano / nos descubrirá el camino” [II, 773-774]. Júpiter asume, pues, las funciones de Hermes. Su alta divinidad desciende reveladoramente, en la tragedia cervantina, a los límites de la percepción humana.

¿No miras cómo el humo se apresura
a caminar al lado del poniente,
y la amarilla llama mal sigura
 sus puntas encamina hacia el oriente?
¡Desdichada señal! ¡Señal notoria
que nuestro mal y daño está presente!
… … … … … … …. … … … … … … … … …
¡Mal responde el agüero: mal podremos
ofrecer esperanza al pueblo triste,
para salir del mal que poseemos!
[II, 816-842]

Percatado de los funestos augurios, el pueblo numantino no se revela ante los númenes, simplemente comunica entre sus conciudadanos el resultado de los oráculos, que asume con inquietud y resignación. Numancia no exige del poder de los dioses un cambio en el destino, pues no hay clemencia posible al no haber solución posible, ya que ante el poder romano, real y efectivamente existente, poco puede hacer el poder numinoso. Tal parece ser el mensaje de Cervantes en esta tragedia. Los dioses no pueden ayudar a los numantinos; los númenes no sirven al hombre. En este sentido, es la de Cervantes una tragedia profundamente humana, y por ello mismo, moderna. Hombres luchan contra hombres, sin intermediarios ni aliados divinos, en una guerra laica. Se observará una vez más que el cerco de Troya no es el cerco de Numancia. Una característica esencial del mundo homérico, es decir, de buena parte de la literatura de la Edad Antigua, consistía en hacer de la acción, y de sus episodios más significativos, una fábula cuyo resultado dependía de una intervención divina y de una responsabilidad humana. Desde el punto de vista de la poética, la Numancia cervantina se distancia de la primera de estas exigencias: los dioses son simplemente divinidades a las que se atribuyen agüeros en los que creen -o no creen- los personajes de la tragedia, pero en ningún momento los númenes intervienen directa o individualmente en el poema, ni de obra ni de palabra. Sin duda su silencio es, en la concepción cervantina de un mundo trágico, mucho más expresivo que su verbo. En la modernidad es central el problema de la secularización: es época de dioses huidos. Aquí radica, sin duda, una más de las cualidades que hacen de la Numancia una de las primeras tragedias de la modernidad, al proponer una concepción del hecho trágico profundamente diferente a la exigida por la poética antigua. La existencia humana no está ya determinada por una realidad metafísica.
El propio Escipión confía únicamente en el poder de la voluntad humana para superar los obstáculos. No hay por parte de los romanos invocaciones a los dioses, y cuando pudiéramos sospecharlas hallamos en sus palabras un mero recurso retórico y formal. No olvidemos que para Escipión “cada cual se fabrica su destino”, pues “no tiene aquí Fortuna alguna parte” (I, 157-158). Desde el punto de vista romano no existe poder superior al representado por su propio imperio; la realidad trascendente a la que se enfrenta Numancia no pertenece al mundo mítico de los dioses, ni está sancionada por sus leyes supuestamente inmutables, como exigía la tragedia antigua, sino que se encarna en hombres análogos a ellos, es decir, los romanos, quienes en este caso representan el poder de una fuerza que, si bien meramente humana, se muestra negadora y destructora de cualquier otra forma de vida que ose enfrentarse a ella o interponerse en su camino.
La secuencia protagonizada por Leoncio y Morandro, que sucede a la comprobación oficial de los augurios que acaba de llevar a cabo la comunidad del pueblo numantino, confirma, desde el ámbito de la experiencia humana individual, la intención cervantina de contraponer al poder de los dioses y la superstición metafísica la solvencia de la razón y la voluntad del hombre.

Morandro, al que es buen soldado
agüeros no le dan pena,
que pone la suerte buena
en el ánimo esforzado;
y esas vanas apariencias
nunca le turban el tino:
su brazo es su estrella y signo;
su valor, sus influencias.
[II, 915-922]

Las palabras de Leoncio se encuentran, en cierto modo, muy próximas a las de la arenga de Escipión a sus soldados: la fortuna y los agüeros nada tienen que ver con la voluntad y el “ánimo esforzado” del buen militar. Una vez más la acción de una realidad trascendente queda excluida del ámbito de la acción del hombre. Sólo una voluntad humana puede vencer el poder de la voluntad humana. Una interpretación radical de estas palabras podría llegar a identificar en el discurso de Leoncio un fondo nihilista[7] inadecuado a la época en que escribe Cervantes; sin embargo, resulta imposible leer los enunciados de este personaje, concretamente en su diálogo con Morandro, sin percibir una declarada negación de la presencia del destino en la vida existencial del ser humano. El discurso de Leoncio enfrenta la voluntad humana con la metafísica, y niega el valor del destino y sus imperativos sobre las facultades volitivas del hombre, presididas siempre, desde el punto de vista cervantino, por el ejercicio de la libertad. Ni Edipo, ni Electra, ni Orestes, se atreverían jamás a repetir estas palabras sobre la existencia y el poder del orden moral trascendente que guiaba sus vidas:

Que todas son ilusiones,
quimeras y fantasías,
agüeros y hechicerías,
diabólicas invenciones.
No muestres que tienes poca
ciencia en creer desconciertos;
que poco cuidan los muertos
de lo que a los vivos toca.
[II, 1097-1104]

En toda experiencia trágica subyace con frecuencia una estructura característica de un proceso de conocimiento, desde el que se trata de verificar una y otra vez la irreversibilidad del hecho trágico. En la Numancia se suceden al menos dos situaciones en las que el ser humano trata de dialogar con una realidad trascendente con objeto de acceder a un conocimiento decisivo sobre el desenlace o desarrollo de su existencia. Este tipo de situaciones comunicativas, de la humanidad a la divinidad, de la autenticidad del hombre a la incertidumbre de una metafísica siempre enigmática, responden con frecuencia a dos impulsos básicos: el anhelo de conocimiento y la resignada imploración de piedad. He aquí la causa y el efecto que el judaísmo atribuye a los más incipientes orígenes de la conducta humana, en el momento de incurrir en el pecado original, tras el cual, al disponer el ser humano de la facultad del conocimiento, queda sujeto y sometido a la furia y piedad del Dios. En la Numancia, el anhelo de conocimiento por parte de los personajes prima sin duda sobre la resignada imploración de piedad ante los dioses, acaso no tan intensa ni perceptible como el deseo de saber cómo ha de acabar la situación que padecen. Así, por ejemplo, en su invocación al ánima del cuerpo muerto, Marquino exige conocimiento absoluto:

Y, pues ha de salir, salga informada
del fin que ha de tener guerra tan cruda,
y desto no me encubra o calle nada,
ni me deje confuso y con más duda:
la plática desta alma desdichada,
de toda ambigüidad libre y desnuda
tiene de ser ... [II, 977-984]

En la acción que llevan a cabo los personajes de la Numancia, el conocimiento que progresivamente adquieren del hecho trágico constituye en sí mismo una experiencia trágica; el suicidio de Marquino, como consecuencia de la confirmación de la caída de la ciudad sitiada, es preludio y vivencia individual de la tragedia colectiva, como finalmente lo será también la muerte del último numantino, Viriato, confirmación y expresión, nuevamente individual, de la voluntad unánime de todos los sitiados. No caben dudas acerca de que en la tragedia de Numancia se busca constantemente el conocimiento, en algún caso ―quizá como el de Viriato―, hasta existencial, de la experiencia trágica, como acción del ser que decide destruir su propia vida. Hay una concepción de la vida humana ―y a ella se atiene toda exigencia de libertad― como una realidad controlada existencialmente por determinaciones e imperativos exclusivamente humanos y, en última instancia, debidos únicamente al ejercicio de la voluntad personal. El personaje cervantino está mucho más cerca del espectador que cualquier personaje de la tragedia ática; dicho de otro modo, en la tragedia moderna la experiencia existencial está mucho más cerca del espectador que la experiencia catártica. La verdad revelada y sus posibilidades de conocimiento no proceden tanto de la realidad trascendente, que para la Edad Moderna habla desde el lenguaje de los muertos, cuanto de la voluntad de los vivos y sus ansias de libertad. He aquí las palabras de un cadáver, portavoz que escoge Cervantes para expresar y comunicar el conocimiento que posee una realidad metafísica, y en consecuencia superior a la humana, acerca del destino de los numantinos:

Engáñaste si piensas que recibo
contento de volver a esta penosa,
mísera y corta vida que ahora vivo,
que ya me va faltando presurosa;
antes me causas un dolor esquivo,
pues otra vez la muerte rigurosa
triunfará de mi vida y de mi alma;
mi enemigo tendrá doblada palma.
El cual, con otros del escuro bando,
de los que son sujetos a aguardarte,
está con rabia en torno, aquí esperando
a que acabe, Marquino, de informarte
del lamentable fin, del mal nefando
que de Numancia puedo asegurarte;
la cual acabará a las mismas manos
de los que son a ella más cercanos.
No llevarán romanos la victoria
de la fuerte Numancia, ni ella menos
tendrá del enemigo triunfo o gloria,
amigos y enemigos siendo buenos;
no entiendas que de paz habrá memoria,
que rabia alberga en sus contrarios senos:
el amigo cuchillo, el homicida
de Numancia será, y será su vida.
[II, 1057-1080]

Añadiremos, por último, que el soliloquio final que sobre Numancia pronuncia la Fama (IV, 2408-2439), insiste igualmente en la idea clave de la acción trágica: “la fuerza no vencida”, es decir, la voluntad humana no transformada, ni por la acción de los dioses, hados, o demás trascendencias sobrehumanas, ni por la, meramente humana, opresión de Roma. Así concluye la tragedia: he ahí la última expresión de una fuerza humanamente intacta.
     
                         Hallo sola en Numancia todo cuanto
                         debe con justo título cantarse,
                         y lo que puede dar materia al canto
                         para poder mil siglos ocuparse:
                         la fuerza no vencida, el valor tanto,
                         dino de en prosa y verso celebrarse;
                         mas, pues de esto se encarga mi memoria,
                         dése feliz remate a nuestra historia.
                         [IV, 2432-2439]


Jesús G. Maestro, La escena imaginaria.
Poética del teatro de Miguel de Cervantes, 2000, pp. 173-183.
                                                                                                                  



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Bibliografía







[1] Las alusiones a la mitología romana, que Cervantes pone en boca de los numantinos, han sido consideradas por algunos estudiosos (Schevill y Bonilla, Marrast, Hermenegildo...) como un error histórico, o incluso poético; al margen de consideraciones de este tipo (Shivers), toda referencia a la mitología antigua como sistema de valores puede entenderse como la subordinación a un orden moral trascendente que, si bien no se presenta como católico, no por ello deja de ser inmutable en su constitución, y en todo caso siempre ofrece sugerentes posibilidades de evasión, sobre todo en una época dominada por la contrarreforma religiosa.

[2] Desde este punto de vista, autores como F. Sevilla Arroyo y A. Rey Hazas (1996: XXIV-XXV) confieren al honor un valor funcionalmente muy superior en el discurso de la Numancia al que adquiere el tratamiento del destino y sus supuestos imperativos metafísicos: “Se trata, pues, de una cuestión de honor colectivo, vista desde la perspectiva histórica de los años finales del siglo XVI español. Ahora bien, lo cierto es que el hado que amenaza la urbe de los arévacos era completamente nefasto, y que el vaticinio de Marquino había predicho la muerte de los numantinos a manos de ellos mismos, tal y como acaece, a la postre. Entonces, ¿qué fuerza predomina, la del sino o la del honor? ¿Se impone un móvil a otro? ¿Confluyen, sin más, el destino y la libertad honrosa? La cuestión es compleja, sin duda. En principio, parece que los dos motores básicos de la acción trágica se hermanan sin dificultad, puesto que la predicción del fatum coincide con la única salida honrosa que tienen los habitantes de la ciudad sitiada. Y así es, si analizamos únicamente el final de la obra, si enfocamos el problema sólo desde su resultado último. Pero no sucede lo mismo cuando estudiamos el proceso dramático en su conjunto, porque, de hecho, los numantinos, antes de conocer los agüeros, plantean las mismas decisiones que toman después de saberlos, y ponen su objetivo en saber exclusivamente qué tipo de muerte comporta más honor para ellos. Nada más. La honra, libremente elegida, es, en suma, la fuerza motriz decisiva que les impulsa a la autoinmolación. Si ello coincide con su destino, quiere decir que, como defendía Leoncio, los numantinos han sido capaces de superarlo con su valor, su fuerza y su voluntad libre; más aún, que han superado su adverso sino de la única manera posible, esto es, asumiendo su carácter inapelable en beneficio propio, como hacían los grandes héroes trágicos de la antigüedad, en bien de su honor, de su libertad y de su victoria. En consecuencia, si tuviéramos que jerarquizar ambos móviles de la acción dramática, diríamos que el principal motor trágico de La Numancia cervantina es el honor colectivo, más que el hado hostil, dado que su elección es libre, aunque coincida con el destino en el resultado final”.

[3] Una de las cualidades de la tragedia antigua consistía en presentar ante el espectador la experiencia trágica en toda su desnudez; en ella hacían acto de presencia recurrente los impulsos religiosos, los conflictos espirituales, la manifiesta injerencia de los dioses (deus ex machina), etc., frente a las circunstancias que caracterizan la tragedia moderna, en la cual la inferencia metafísica se muestra mucho más atenuada: “El individuo es obligado a refugiarse en sí mismo. Aparece la desesperación, se plantean preguntas desesperadas por el sentido, el fin y la naturaleza de los dioses. Los lamentos y las acusaciones saltan a primer plano. En algunos momentos parece hacerse sentir la paz de la oración, de la razón divina, para volver a desaparecer enseguida acosada por nuevas dudas. Ya no hay redención alguna. Los dioses son sustituidos por la tyché. Los límites y soledad del hombre se manifiestan de modo espantoso” (K. Jaspers, 1948 / 1995: 90).

[4] Sin duda la imagen de Marte a la que aquí alude Escipión preludia la pintura de Velázquez, en la que el dios de la guerra desmiente, con tu actitud distendida y abandonada, la expresión de cualquier acto heroico: “La blanda Venus con el duro Marte / jamás hacen durable ayuntamiento / […] hállase mal el trabajoso marte” (I, 89-90 y 154).

[5] “Quizá por ocultas vías / se ordena nuestro provecho; / que Júpiter soberano / nos descubrirá camino, / por do el pueblo numantino / quede libre del romano” (II, 771-776).

[6] “Marquino haga la experiencia entera / de todo su saber, y sepa cuanto / nos promete de mal la lastimera / suerte...” (II, 903-906).

[7] Contrástese este pasaje con la intervención nihilista del coro en Las Troyanas de Séneca, ed. cit., vs. 370-408, donde leemos: “Es verdad o es que engaña a nuestro miedo la historia / de que las sombras viven tras sepultar los cuerpos? / ... / ¿es inútil confiar el alma a un funeral / o queda aún una vida más larga en la desdicha? / ¿Morimos por entero, sin que ninguna parte quede de nosotros / ... / así corremos todos en busca de los hados / y el que alcanzó los lagos por los cuales suelen jurar los dioses / ya no está en ningún sitio / ... / Tras la muerte no hay nada y la misma muerte no es nada, / es la meta final de una veloz carrera: / que dejen de esperar los ambiciosos y de temer los que están angustiados, / el tiempo nos devora en su avidez, y el caos. / La muerte es una sola, ataca al cuerpo / y no perdona al alma...”


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