Sófocles, Antígona

La literatura brota de la razón humana


Charles Jalabert, Edipo y Antígona, 1842
La Literatura es una construcción genuinamente humana, que brota de la razón exclusiva del ser humano, desde la cual se exige también su interpretación reglada y normativa, y que se abre camino, a lo largo de la geografía y de la historia, a través de una idea de libertad característica de las sociedades políticas organizadas como Estado.
Es una construcción humana (eje circular) porque ni los animales ni las plantas, ni ninguna otra criatura de la naturaleza viva o muerta (eje radial) es capaz de escribir obras literarias, y porque tampoco los dioses (eje angular) —hasta el momento presente al menos— se han manifestado como autores de poemas, narraciones, ensayos u obras teatrales. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura no puede aceptar de ninguna manera la idea de “textos sagrados”, inspirados por dioses, númenes o ficciones metafísicas. Nada más lejos de la Literatura que la experiencia psicológica de lo sagrado. Desde el más ancestral pensamiento pagano, los filósofos epicureístas y naturalistas ya habían explicitado este tipo de ideas.

Jamás cosa alguna se engendró de la nada, por obra divina. Pues ésta es la razón del temor que a todos los mortales esclaviza, que ven acaecer en la tierra y en el cielo muchos fenómenos cuyas causas no pueden comprender en modo alguno, e imaginan que son obra de un poder divino. Así, una vez persuadidos de que nada puede crearse de la nada, podremos descubrir mejor lo que buscamos: de dónde puede ser creada cada cosa y cómo todo sucede sin intervención de los dioses (Lucrecio, De la naturaleza, I, 150-158)[1].

Mientras que determinadas culturas primitivas, como la hebrea, atribuían a su dios personalista y monista la creación de todas las cosas y, particularmente, la inspiración de las escrituras, siempre sacralizadas, la donación de las leyes y la imposición del más estricto orden moral, los filósofos naturalistas de la Antigüedad derogaban, como demuestran estas palabras de Lucrecio, la intervención de toda divinidad en cualquier forma de actividad humana.
Sea cual sea el planteamiento de la cuestión, lo cierto es que la Literatura se constituye como tal siempre en el eje circular o humano del espacio antropológico, y desde él se desarrolla territorialmente, esto es, geográficamente, por todas, o casi todas, las culturas de la tierra, tanto bárbaras como civilizadas, y también se desenvuelve cronológicamente, es decir, históricamente, a lo largo de relaciones transgeneracionales, de unas a otras épocas, períodos o etapas, de la evolución social humana.
Y no faltan, desde la más temprana Literatura, testimonios de exaltación de la intervención humana en los diferentes órdenes de la actividad social y política. Así lo explicita incluso un tragediógrafo tan poderosamente creyente en los dioses griegos como lo fue Sófocles, al poner en boca del coro de Antígona estas palabras de exultación de la obra racional humana sobre la tierra:

Muchas cosas asombrosas existen y, con todo, nada más asombroso que el hombre. Él se dirige al otro lado del blanco mar con la ayuda del tempestuoso viento Sur, bajo las rugientes olas avanzando, y a la más poderosa de las diosas, a la imperecedera e infatigable Tierra, trabaja sin descanso, haciendo girar los arados año tras año, al ararla con mulos.
El hombre que es hábil da caza, envolviéndolos con los lazos de sus redes, a la especie de los aturdidos pájaros, y a los rebaños de agrestes fieras, y a la familia de los seres marinos. Por sus mañas se apodera del animal del campo que va a través de los montes, y unce al yugo que rodea la cerviz al caballo de espesas crines, así como al incansable toro montaraz.
Se enseñó a sí mismo el lenguaje y el alado pensamiento, así como las civilizadas maneras de comportarse, y también, fecundo en recursos, aprendió a esquivar bajo el cielo los dardos de los desapacibles hielos y los de las lluvias inclementes. Nada de lo por venir le encuentra falto de recursos. Sólo del Hades no tendrá escapatoria. De enfermedades que no tenían remedio ya ha discurrido posibles evasiones.
Poseyendo una habilidad superior a lo que se puede uno imaginar, la destreza para ingeniar recursos, le encamina unas veces al mal, otras veces al bien. Será un alto cargo en la ciudad, respetando las leyes de la tierra y la justicia de los dioses que obliga por juramento.
Desterrado sea aquel que, debido a su osadía, se da a lo que no está bien. ¡Que no llegue a sentarse junto a mi hogar ni participe de mis pensamientos el que haga esto! (Sófocles, Antígona, vv. 331-375, 1993: 261-262).

No por casualidad los griegos no ceden a los dioses la invención humana del alfabeto, del lenguaje y del pensamiento racionalista: “Se enseñó a sí mismo el lenguaje y el alado pensamiento”. He aquí el derecho de propiedad intelectual más genuinamente humano.
Si la Literatura se desenvuelve, por así decirlo, gracias a la actividad humana ejercida en el eje circular, no es menos cierto que su expansión geográfica e histórica es posible gracias a los recursos técnicos y tecnológicos que el mismo ser humano extrae de una naturaleza que le permite inicialmente servirse de la oralidad para la difusión y preservación de los materiales literarios. A la oralidad seguirá la escritura, en los más diferentes soportes físicos, naturales y artificiales, desde la litografía hasta la informática, pasando por las tablillas de cera o plomo, el papiro, el códice, el pergamino, el libro, etc. Este uso de las fuentes naturales que permiten al ser humano construir y promover los diferentes soportes de los materiales literarios se explicita en el eje radial o de la naturaleza, el cual se desarrolla, indudablemente, merced al avance de los recursos científicos que hacen posible la explotación y el conocimiento de tales medios. De lo contrario, a día de hoy seguiríamos escribiendo sobre piedra en lugar de hacerlo ante la pantalla informática de un ordenador cada día más sofisticado.

Jesús G. Maestro, Genealogía de la Literatura, 2012, pp. 58-60.



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Bibliografía






[1] “Nullam rem e nilo gigni diuinitus umquam. / Quippe ita formido mortalis continet omnis, / quod multa in terris fieri caeloque tuentur / quorum operum causas nulla ratione uidere / possunt ac fieri diuino numine rentur / Quas ob res ubi uiderimus nil posse creari / de nilo, tum quod sequimur iam rectius inde / perspiciemus, et unde queat res quae creari / et quo quaeque modo fiant opera sine diuom” (Lucrecio, 1985: 88-89; De rerum natura, I, 150-158).


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