Literatura crítica o indicativa

Glosario


[...] echando a perder con sus mentiras e ignorancias 
la verdad maravillosa de la ciencia.
Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha (II, 25).



Quijote I, 6 (Cervantes Project)
Literatura crítica o indicativa es aquella literatura cuyos tipos y modos de conocimientos son, respectivamente, racionales y críticos, es decir, cuyos saberes, característicos de sociedades políticas estatales (Estados) o supraestatales (Imperios), se basan en el racionalismo, la desmitificación, la Ciencia y la Filosofía. Los ejemplos más sobresalientes y representativos de Literatura crítica o indicativa son las obras constituyentes de un Canon literario. Evidentemente esto no significa que haya obras literarias que, sin haber formado nunca, por el momento, parte de un Canon literario, no contengan fragmentos o intertextos que puedan citarse como ejemplo de valores críticos o indicativos constituyentes de un logos literario de reconocidas repercusiones.
Este tipo de Literatura es resultado explícito del racionalismo crítico y dialéctico. Incide de forma específica en el eje circular o humano del espacio antropológico, desde el momento en que sus valores literarios se objetivan ante todo sobre un racionalismo antropológico, frente al irracionalismo de las culturas preestatales o bárbaras, y frente al racionalismo teológico de las sociedades políticas confesionalizadas, en nombre de un credo religioso o de un fideísmo gremial e ideológico más o menos sofisticado. El protagonismo de esta Literatura no recae en los dioses (eje angular) ni en la naturaleza (eje radial), sino en el ser humano (eje circular). Por ello precisamente se trata de una Literatura indicativa, explicativa e interpretativa de sí misma, como hecho estético, y de la complejidad de la vida humana real y efectivamente existente que, como material literario, en ella se objetiva. No es una literatura esencial o exclusivamente idealista, confesional, bucólica, o comprometida. No. Es una literatura crítica y dialéctica, en la que se sustantivan componentes basales, los cuales preservan y codifican propiedades que determinan el núcleo, cuerpo y curso de la ontología literaria, esto es, de valores literarios constituyentes de cánones[1].
La Literatura crítica o indicativa es una apuesta firme y convicta por el racionalismo humano y por la crítica que enfrenta el conocimiento de la literatura a la realidad de los hechos políticamente vividos, cuyos protagonistas operatorios son los autores y agentes literarios que intervienen en su transmisión e interpretación (lectores, editores, críticos, transductores, profesores…). No se trata de una “literatura comprometida” —algo que en sí mismo es un mito, como se explicará más adelante—, o adjetiva, ya que no es mero soporte de una ideología, es decir, de un contenido acrítico, aunque racional, y por ende sofista, sino que en ella se objetivan interpretaciones críticas y dialécticas de la realidad, interpretaciones que son superiores e irreductibles a una creencia social, o a un psicologismo colectivo, desde el momento en que apelan a una Poética y a una Política, esto es, respectivamente, a un conocimiento científico y crítico de los materiales literarios, y a una compleja symploké (Platón, Sofista; Bueno, 1987), o sistema de relación de ideas, relativa a la operatividad de la vida del individuo en el seno de la vida social de un Estado.
Un conjunto de obras literarias que representa con meridiana claridad lo que es la Literatura crítica o indicativa es el que proporcionan las Novelas ejemplares de Miguel de Cervantes. Esas doce complejas y breves narraciones constituyen la expresión formalmente ortodoxa de un contenido funcionalmente intolerable, por heterodoxo y subversivo, para el dogmático y teológico siglo XVII: las Novelas ejemplares constituyen y contienen el triunfo del discurso antropológico frente al discurso teológico. Son el triunfo de lo humano frente a lo divino, son la secularización de todos valores, son la heterodoxia con piel de cordero, son la libertad frente al determinismo cósmico y en contra de la causalidad teológicamente anunciada, son la desmitificación del miedo y la anulación de la esperanza como cercos que conducen al ser humano a los dominios de la religión, son el triunfo de la razón frente a los disparates de la superstición, son el éxito de las posibilidades humanas en su intervención frente al imperativo de las leyes del honor aurisecular; son la racionalización de la guerra y de la paz; son la dialéctica entre el Cristianismo y el Islam; son la conjugación sofística entre un autor que aporta mordazmente materiales muy conflictivos y un narrador que los presenta formalmente desde el idealismo moral de un mundo satisfecho y feliz; son las ascuas de un Imperio cuya eutaxia y artificios políticos comienzan a resultar insostenibles; son la afirmación de un espacio antropológico unidimensional, en el que el ser humano gestiona, para bien y para mal, todos los movimientos y prolepsis; son la razón humana ridiculizada, cuestionada y delatada por un sofisticado y antropomórfico racionalismo “animal”, de inspiración en la filosofía cínica; son la disimulación provechosa, son el engaño a los ojos de la moral seiscentista, son el triunfo de la heterodoxia y del deicidio, son la antesala del ateísmo espinosista, son el triunfo del Hombre sobre Dios. Ni una sola idea metafísica actúa causalmente a través de las ideas corpóreas y operatorias que mueven el universo de las Ejemplares. Cervantes construye un discurso literario en el que el Hombre es un Dios para el Hombre y un lobo para Dios. Cervantes —lo he dicho con mucha frecuencia (Maestro, 2007)—, es el Spinoza de la literatura española. Un lobo para Dios (Homo Deo lupus).
La literatura crítica, pues, se desarrolla históricamente de forma solidaria y en consonancia con el racionalismo antropológico. Es la gran apuesta de la Literatura por el logos occidental, por el racionalismo de diseño griego. El resultado es una creación literaria que está deliberadamente al servicio de la razón. Por su naturaleza crítica, dialéctica y sustantiva, resulta fácilmente codificable en formas canónicas, indicativas de un desarrollo histórico objetivo a través de modelos y géneros literarios.
Ahora bien, ¿dónde se sitúa el artífice o Ego (E) de esta Literatura, respecto a la ontología especial del Mundo Interpretado (Mi), es decir, frente a los tres géneros de materialidad del campo de variabilidad empírico trascendental del mundo conocido (M1, M2, M3)? El autor, en funciones de Ego trascendental, se sitúa ahora en la secuencia central de un modelo de filosofía que ya no es el de la Literatura primitiva o dogmática, porque la Literatura crítica o indicativa tiene como premisa y punto de partida el Mundo interpretado por la razón y categorizado por las ciencias (Mi), y no una visión metafísica del Mundo (M). La Literatura crítica o indicativa sigue el mismo esquema y la misma secuencia que el Materialismo Filosófico (Bueno, 2004):

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Mi Ì E Ì M

Con la llegada de la Modernidad, como señala Bueno, la ordenación gnoseológica de estas Ideas fundamentales —Mundo, Ego y Mundo interpretado (M, E y Mi)— da lugar a dos Modelos de Filosofía que resultan determinantes en nuestro mundo contemporáneo: el Idealismo y el Materialismo. Ambos comparten el mismo esquema, pero harán de él lecturas diferentes, ya que los idealistas parten del Mundo (M) metafísico, al contrario que los materialistas, cuyo punto de partida es el Mundo interpretado (Mi) terrenalmente.
Las filosofías idealistas toman siempre como premisa el Mundo en su concepción más trascendente y metafísica (M), en el que estaría implantado un Ego o consciencia trascendental (E), en cuya mente tiene lugar la construcción del Mundo interpretado (Mi). Para los idealistas, este Ego ya no es Dios, sino el Ser humano, en cuya conciencia —o inconsciencia, según Freud— está contenida la interpretación del Mundo (Mi). Frente a semejante idealismo trascendental, las filosofías materialistas toman como premisa el Mundo interpretado (Mi) por un Ego (E) que no será trascendental, en tanto que metafísico y espiritual, sino corpóreo y operatorio, esto es, terrenal y humano. Este último modelo es el asumido por el Materialismo Filosófico, como sistema de pensamiento (Bueno, 1972) y como Teoría de la Literatura (Maestro, 2006, 2007b), y es también el modelo filosófico formalmente objetivado en la Literatura crítica o indicativa, canónica o sustantiva.
Materialismo Filosófico y Literatura crítica o indicativa constituyen respectivamente un modelo de Filosofía y un modelo de Literatura que comparten la misma premisa de partida en su interpretación de la realidad: el Mundo interpretado (Mi) por la razón y categorizado por las ciencias. Esta es la ordenación gnoseológica del racionalismo moderno de fundamento materialista, y también de la Literatura crítica o sustantiva, es decir, es la ordenación de quienes toman como punto de partida fundamental la realidad efectivamente existente, construida, transformada e interpretada por el ser humano en tanto que ser corpóreo y operatorio. El Mundo interpretado (Mi) no es un conjunto de fenómenos destinados a la descripción o explicación de una conciencia individual, relativa y sin fundamento. No. El Mundo interpretado (Mi) es obra del ser humano (E), y uno y otro están en el Mundo (M), un mundo material que no es creación de seres divinos ni trascendentes (teológicos, mitológicos o numinosos). Ha de insistirse en que este es el sistema de pensamiento subyacente a una Idea de Literatura determinada por el ejercicio crítico, indicativo y explicativo de la complejidad de la vida humana real: una realización de la Literatura capaz de objetivar, mejor que ninguna otra, la sustantividad de las formas canónicas del arte verbal, histórica y geográficamente reconocido como tal.
Desde este modelo filosófico, la realidad del mundo sensible, terrenal y humano, se concibe como superior e irreductible a toda conciencia individualista, y exige un sistema normativo capaz de interpretarla más allá de la voluntad individual (autologismo) y de la voluntad gremial (dialogismo). El conocimiento y sus soluciones no están en la conciencia de un yo ideal, luterano o kantiano, sino en la legitimidad y la coherencia de un sistema de normas de validación e interpretación, sistema siempre trascendente a los impulsos individuales (autologismo del yo) y a los intereses gremiales (dialogismo del nosotros). Este sistema de valores normativos es algo insoportable e inaceptable para los afanes egoístas, gregarios e insolidarios de los movimientos posmodernos, articulados en lobbies y colectivos gremiales de orden ideológico, artificial y retórico, y constituidos con el fin de satisfacer intereses económicos inmediatos, en nombre del feminismo, la homosexualidad, la etnocracia, el ecologismo, la tolerancia indefinida, el primitivismo disfrazado de indigenismo, la defensa nesciente de los animales (de unos más que de otros), el nacionalismo, la confusión o alianza acrítica entre civilización y barbarie, etc.
Las filosofías materialistas hacen una lectura progresiva de la fórmula antemencionada, porque parten siempre de la realidad del mundo, es decir, del terrenal mundo de los fenómenos (Mi), en el que vivimos, y que se va construyendo como una racionalidad ligada al ser humano, como sujeto corpóreo y operatorio, pero nunca limitada o reducida a la experiencia psicológica individualista de un sujeto exclusivo y excluyente, lo que sí hace, en efecto, el idealismo, al recorrer de forma regresiva el sentido de la secuencia gnoseológica. En palabras de Bueno, el idealismo es “aquella filosofía que, partiendo de un concepto indeterminado, de un absoluto, de una necesidad indeterminada (M), se apoya en la conciencia (E) para resolver en el mundo (Mi)” (Bueno, 1974: 33). Dicho de un modo más expresivo, respecto a las ideologías posmodernas: el idealismo contemporáneo construye su supuesta racionalidad a partir de una conciencia subjetiva cada vez más irracional, cuyo referente último es un mundo no interpretado, donde los contenidos son formas o conjuntos vacíos (tolerancia, paz, justicia, amor, armonía, solidaridad, libertad, felicidad, ecologismo…). El idealismo posmoderno tiende, en suma, al monismo axiomático de la conciencia, cuyas formulaciones sobresalientes se manifiestan en las formas más simples del pensamiento, el lema o la consigna: “no a la guerra”, “sí al aborto”, “no al hambre en el mundo”, “sí a la huelga”, “probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta la vida”, “nucleares, no gracias”, “otan no”, y otros pensamientos de análoga profundidad. Baste añadir aquí que el pensamiento simple se caracteriza esencialmente por la pérdida de toda dialéctica. Sustituye, de hecho, la dialéctica materialista por una dialógica idealista. Piénsese, por ejemplo, que la Literatura crítica o indicativa es inconcebible e ininterpretable al margen de la dialéctica[2].
Esta es la razón fundamental por la cual la Literatura canónica y crítica ha sido siempre una literatura profundamente racionalista. Porque no se puede ser dialéctico siendo idealista. El idealismo no permite rebasar los límites de la dialogía, es decir, de un diálogo que siempre resulta autológico, desde el momento en que nunca llega a enfrentarse dialécticamente con ninguna realidad material y operatoria. Lo he dicho con anterioridad: un marxista que haya dejado de ser dialéctico es como un payaso que ha perdido el sentido del humor. Es un absurdo. Esta evidencia resulta completamente inasequible a la mentalidad posmoderna, cuyo discurso sofista se desarrolla de espaldas a todo racionalismo crítico y dialéctico, y en busca de un diálogo indefinidamente retórico entre cualesquiera experiencias o vivencias psicológicas que nunca rebasen los límites de la conciencia ideológica y gremial que las hace posibles. Es el discurso de los utopistas, de los sofistas y de cuantos nescientes hablan y escriben de espaldas al conocimiento científico de aquello a lo que se refieren, al reemplazar los contenidos de la ciencia por la seducción verbal o emocional del mito, la ideología, la fe, la religión, el animismo, el sobrenaturalismo, la numinosidad...
Una Literatura crítica o indicativa apunta a la desmitificación de todos estos referentes, se basa en conocimientos racionalistas acumulados a lo largo de la historia —esto es, en componentes basales que preservan valores y elementos nucleares de los materiales literarios—, sitúa su horizonte de saberes en el contexto de la Ciencia de su tiempo, a la que no da la espalda, al igual que a la Filosofía, a la que se atiene de forma no idealista, lo que exige, entre múltiples consecuencias, una reacción dialéctica frente a todo contenido religioso, sea numinoso, mitológico o teológico, al que responde desde una secularización crítica. Dicho de otro modo, toda Literatura canónica o crítica supera y tritura el mito, la magia, la religión y la técnica de la Literatura primitiva o dogmática, respectivamente, desde la desmitificación, el racionalismo, la filosofía y la ciencia de su tiempo, en cuyo horizonte de expectativas se sitúan los agentes literarios que la construyen, comunican, consumen e interpretan. Se trata, en suma, de los mismos modos y formas de conocimiento con los que, simultáneamente, reacciona esta Literatura crítica frente a los presupuestos ideológicos, pseudocientíficos, teológicos y tecnológicos, de los que se sirve la Literatura programática o acrítica, a la que me refiero en el apartado siguiente.
Así es como la Literatura explicativa o indicativa se sustantiva en la construcción crítica de cánones y modelos literarios, e instaura siempre de forma diacrítica y dialéctica nuevos horizontes literarios de expectativas. Este tipo de Literatura es el que ha construido históricamente la Idea de Razón que hoy es característica y específica de las formas y materiales literarios. En la Literatura crítica o indicativa se objetiva, por excelencia, la Idea de Razón Literaria.






He aquí, en consecuencia, el esquema en que se objetiva la genealogía de la Literatura crítica o indicativa, como resultado de la dialéctica que el racionalismo y la crítica de los saberes científicos y filosóficos provocan en los tipos de conocimiento propios de las sociedades bárbaras o preestatales, formadas en el mito, la magia, la religión y la técnica, y determinantes, como se ha visto, de una Literatura dogmática o primitiva. La Literatura crítica enfrentará la Filosofía a la superchería y el dogmatismo religiosos, la ontología de la Ciencia a las limitaciones de la técnica, la realidad del Racionalismo a las falacias de la magia, y las consecuencias de la Desmitificación a la simpleza o complejidad de todo tipo de mitos, de orden político, económico, histórico, etnocrático, indigenista, nacionalista o religioso.
La Literatura crítica o indicativa nace con la obra homérica, Ilíada y Odisea. En ellas se codifica la Idea de Literatura que se ha desarrollado a través de la denominada civilización occidental, y que desde Europa se ha exportado e impuesto al resto del mundo, no solo en cuanto a sus condiciones de construcción, sino sobre todo por sus sofisticadas modalidades de interpretación. Esta Idea de Literatura es, pues, genuinamente helénica, racionalista y crítica, y, como se ha explicado con anterioridad, se caracteriza por configurarse como una construcción humana libre, que utiliza signos del sistema lingüístico a los que confiere un estatuto ficcional y estético, y cuyos materiales se inscriben en un proceso comunicativo de naturaleza pragmática, histórica y política.
La Literatura crítica nace implicada en la Política, y esta cuestión no es en absoluto menor. La Política es resultado de una articulación institucional y sistemática de la actividad social humana. Sin Política no hay forma posible de Estado. Y al margen del Estado el ser humano no puede sobrevivir de forma civilizada. La Política es, por ello mismo, aquello que debiera protegernos de la religión y de la injusticia, así como de todas aquellas formas de conocimiento propias de una sociedad bárbara o incívica. Sin embargo, la Política tolera con frecuencia lo que de irracional exige la Religión y legitima indignantemente lo que de inevitable tiene la injusticia. También se sirve de innumerables mitos e ideologías reprobables, algunas explícitamente enemigas del género humano, a las que respeta de forma inconsecuente, al igual que hace con un sinnúmero de pseudociencias y fideísmos religiosos del más variado pelaje. Contra este tipo de planteamientos, sin duda políticos, la Literatura reveló, desde el racionalismo de su nacimiento homérico, una cita irreversible con la crítica.



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Ejemplos literarios o documentales




Bibliografía
  • Véase la sección correspondiente AQUÍ.




6
Genealogía de la Literatura
(segunda parte)


Literaturas Primitiva o Dogmática, Crítica o Indicativa, 
Programática o Imperativa y Sofisticada o Reconstructivista









[1] Para una crítica detallada de la idea y concepto de canon literario, vid. Idea, concepto ymétodo de la Literatura Comparada (Maestro, 2008).

[2] La izquierda marxista, de hecho, es también insostenible e inconcebible al margen de la dialéctica. Por eso resulta ridícula toda ideología que, declarándose de “izquierdas”, reemplaza la dialéctica por la dialógica. Una izquierda pacífica y acrítica es lo que siempre ha deseado una derecha neoliberal y depredadora. Dicho de otro modo: la izquierda posmoderna contemporánea es la más perfecta izquierda que ninguna derecha histórica haya preferido jamás.


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