No toda forma de lenguaje es una ficción

Sobre la ficción y la literatura


© Alex Alemany, Proyecto para ser
La ficción es probablemente la forma de expresión más recurrente y poderosa del ser humano. Es, desde luego, la más exuberante y atractiva. Dicen los sofistas que la realidad se oculta, se nos sustrae; la ficción la sustituye y la transforma. Se nos invita a prestar más atención a la ficción que a la realidad. La ficción es mejor: está mejor construida, no resulta tan imperfecta ni tan fatigante. La ficción dispone entre sus objetivos principales la confirmación de su percepción. Dispone también, y exige, además, su propia interpretación. La ficción es siempre una ficción de diseño. Pero hay algo esencial que los sofistas, y también los poetas ―que tiene muchísimo de sofistas―, callan: la ficción forma parte esencial de la realidad. Ficción y realidad no son términos dialécticos ni opuestos, son términos conjugados (Bueno, 1978a). Toda ficción brota siempre de la realidad. Y solo es interpretable gracias a ella. Sin realidad, la ficción es imposible e ilegible.
La ficción es un espejismo de la realidad. Brota de ella, forma parte de ella y jamás se disocia ni separa de ella.
El organismo humano genera inmediatamente las consecuencias de esta experiencia interpretativa. Aquí comienza la aventura. Alguien trata siempre de controlar esta peripecia: en primer lugar, el autor de la ficción y, en segundo lugar, in auctoris absentia, el intérprete, quien se erige en portavoz del significado posible de esa ficción. Este intérprete es siempre un transductor, es decir, alguien que interpreta para otros el sentido de un discurso previamente elaborado por un autor que ya no está presente. Conocemos el esquema real de la comunicación real:

Autor → mensaje → transductor → receptor

En las secuencias impares de este proceso de comunicación recae la acción de construir genuinamente un sentido (autor), y de interpretarlo (transductor), debidamente transformado, a una comunidad de receptores. Estos últimos no están autorizados para dar una respuesta inmediata al discurso del transductor. Carecen de medios para llevarla a cabo, y a veces incluso carecen de competencias comunicativas adecuadas. Es lo que sucede con el lector de periódicos, el espectador de televisión, el oyente de una emisión radiofónica, es decir, con cualquiera de nosotros como destinatarios de un medio de comunicación de masas. Sólo podemos ser consumidores individuales, e insignificantes, de unos sistemas de comunicación y de discurso que, previamente manipulados, no podemos contrarrestar. Volveremos sobre este aspecto en el apartado siguiente, pero antes vamos a plantear algunas observaciones sobre el discurso ficticio y sus fuerzas de convicción.
No hay nada más ficticio que el lenguaje. Dígase lo que se quiera. Sin el lenguaje los dioses ―la metafísica― no existirían. Sin el lenguaje el verbo nunca se haría carne. Es propio de los dioses mostrar la fuerza de su poder, de su ira o su misericordia, de su capacidad de sacrificio incluso, pero muy pocas veces nos dan muestras de su inteligencia. Sobrevivientes en la nada, desde una soledad eterna y poderosa, dominan el todo. A veces, algunos de sus súbditos primigenios, los ángeles por ejemplo, traicionan incomprensiblemente su magnificencia; el hombre y la mujer por él creados no tardan en engañarle y mostrarse desagradecidos...; como consecuencia de ello disponen un mundo deliberadamente imperfecto, cuyo resultado es el caos más irremediable. ¿Es ésta una labor de la que se deba estar especialmente orgulloso? Los dioses, pues, hacen alarde de su poder, pero pocas veces de su inteligencia. Todo se reduce para ellos a una cuestión moral. No entienden, diríamos, de epistemología. Sólo de normas y moralidades. De una moral que descarta, por supuesto, cualquier experiencia cómica. Por el uso de la inteligencia los dioses se asemejan a lo más rupestre de los seres humanos; y por una ambición desmesurada los propios seres humanos acaban por creerse, fraudulentamente, semejantes a un dios. Los númenes no ofrecen pruebas de inteligencia, sino simplemente de poder o de sacrificio, según pretendan deslumbrarnos o seducirnos. Sus obras son obras de fuerza, no de sabiduría. No en vano la inteligencia se orienta esencialmente hacia la persuasión y la crítica, actividades sin duda mucho más humanas que divinas. La inteligencia hace al ser humano; la ficción, a los dioses. Sin embargo, ambos están unidos, por el deseo, en una relación trágica. Ansiedad humana de trascendencia y deseo divino de posesión y dominio sobre lo terrenal. Todos los dioses necesitan hacer milagros para revestirse periódicamente de cierta autoridad, pero sólo los seres humanos son capaces de contar esos milagros. Los númenes necesitan de profetas y narradores para articular su propio discurso. ¿Quizá la modestia les impide hablar de sí mismos? Lo cierto es que los dioses necesitan la escritura. El fruto de la más humana de las invenciones: dar nombre y sentido a las cosas. He aquí la acción primigenia y adánica de ese primer hombre. Los dioses que no están en los libros, que no están en las escrituras, no existen. En consecuencia, residen en la lectura, y se confirman en la experiencia trágica —y espectacular—, para sublimarse en ella ante los ojos mortales. Los dioses son fugitivos y persistentes visitantes de la literatura. Toda su mitología está destinada a poblar un mundo visible, que la ficción poética ha hecho muchas veces comprensible y verosímil en su fuerza y sensorialidad. Sin embargo, la poética no es la casa de los dioses, sino su laico camposanto, su cementerio civil. La literatura, discurso pagano y secular por excelencia, no habla su mismo lenguaje, normativo y moralista, sino que instituye una voz de libertad y laicismo, de heterodoxia y desmitificación, que ha hecho de los númenes su principal osamenta. La poética ha convertido a todos los dioses en el osario de la literatura. Sin duda un enriquecido tesoro de influencias trascendentes.
En la tragedia clásica, los principales homicidas eran los dioses. La muerte violenta confirma una autorización o un designio divinos. En una tragedia moderna —La Numancia de Cervantes es la primera en que esto sucede con el silencio de los dioses—, los únicos homicidas son los propios seres humanos. La estética cervantina muestra cómo la modernidad toma conciencia de lo que habrá de ser para el futuro la interpretación de la experiencia trágica: el reconocimiento de la crueldad del hombre contra sí mismo. Más precisamente: contra seres inocentes de su misma especie. Desde la Numancia de Cervantes, el sufrimiento de los seres humildes, así como la crueldad ejercida contra criaturas inocentes, alcanza un estatuto de dignidad estética y de legitimación laica que conservará para siempre. La poética de la Edad Contemporá­nea encuentra aquí una de sus dimensiones más fundamentales: Büchner, Valle-Inclán, Pirandello, Lorca, Brecht, Beckett, Dürren­matt... En la poética cervantina lo cómico se disocia por completo de la humildad social, que ocupa ahora un lugar nuclear en la tragedia, subrogando el hombre común a los antiguos atridas y a los modernos aristócratas, antaño protagonistas exclusivos de la fábula trágica. Simultáneamente, la religión no desempeña en La Numancia ningún valor funcional. Pese a la apoteosis contrarreformista, todo transcurre en un mundo pagano. Un mundo gentil que habrá de ser sacrificado por completo, y por la mano del hombre. Sin dioses. Sin profetas. Sin ministros de religiones normativas. Numancia es una tragedia deicida (Maestro, 2000, 2004). Los numantinos fueron capaces de profanar, con su incredulidad en los númenes y su convicción ante el suicidio, todo el dogmatismo de la Contrarreforma. Numancia es ante todo una profanación. Es la secularización de la tragedia. Es la modernidad. Conciencia de libertad contra corriente. La divinidad advierte a los héroes de su destino. No para que modifiquen su conducta, determinada inalterablemente por los dioses, sino para que lo sepan, simplemente, de modo que las consecuencias de sus humanas decisiones resulten todavía mucho más irónicas.
La vida nos enseña que forma parte de la realidad todo aquello que altera de modo irreversible (el desarrollo funcional de) nuestra existencia. Sin embargo, y de acuerdo con esta declaración, la ficción formaría parte de la realidad: forma parte esencial de la realidad. La literatura, pura ficción, está hecha enteramente de realidades. El lenguaje, esa ficción a la que se atribuye un estatuto de realidad, es nuestro principal instrumento de expresión, comunicación, interpretación y traición de ideas y sentimientos. La invención más decisiva de la historia de la Humanidad ha sido y sigue siendo el alfabeto, cosmos del lenguaje en el caos de la experiencia humana.
Ficción debería ser todo aquello que no altera de forma esencial e irreversible nuestras funciones somáticas. Sin embargo, aunque muchas cosas resultan trastornadas por la ficción, ninguna de ellas lo es de forma irreversible, con la excepción de lo que ocurre corporalmente en la mente en un loco. El ser humano es una criatura especialmente asustadiza y frágil, que muere y sobrevive desde sus orígenes gracias a la ficción, y a pesar de la realidad. Solo los locos pueden interiorizar corporalmente la realidad de la ficción y sus consecuencias somáticas. Ficción es todo aquello que no altera de forma irreversible nuestra existencia operatoria. Porque la ficción solo dispone de existencia estructural. La ficción es acto sin potencia. Un hecho sin posibilidades. Es algo que los teóricos de la literatura deberían saber desde Aristóteles.



Bibliografía

  • Véase la sección correspondiente AQUÍ.



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