Autor

Glosario


Crítica del concepto de Autor: la falacia descriptivista.
La construcción de la literatura.
Contra el nihilismo mágico de la deconstrucción.



Cuando leemos el ‘Quijote’, leemos a Cervantes.
Francisco Rico

Al autor, como a la materia, le cuesta desaparecer.
Dámaso López García (1993: 64).


Julian Falat, Autorretrato (1873)
El autor es el ser humano artífice de las Ideas formalmente objetivadas en una obra literaria.
La figura del autor en la Literatura se ha recuperado inteligentemente en los últimos tiempos, superando la etapa estructuralista y neoformalista que decretaba de forma sofista su “muerte” (Barthes, 1968) o su disolución (Foucault, 1969). La deconstrucción postulaba de este modo una suerte de nihilismo mágico desde el que trataba de suprimir formalmente la presencia del autor. Pero como han señalado muchos críticos, entre ellos Dámaso López García, “al autor, como a la materia, le cuesta desaparecer” (1993: 64). Dicho de otro modo: el autor es una realidad ontológicamente inderogable. Y como tal, exige gnoseológicamente una formalización crítica capaz de explicarlo.
Uno de los últimos libros publicados a este respecto es el consagrado a El autor en el Siglo de Oro. Su estatus intelectual y social, a cargo de Manfred Tietz (et al. 2011). Este volumen contiene más de treinta contribuciones sobre el tema monográfico del autor en la literatura española aurisecular, y constituye una publicación de referencia en este campo[1].
En La deshumanización del arte (1925/1983: 35), Ortega recuerda etimológicamente que “autor viene de auctor, el que aumenta. Los latinos llamaban así al general que ganaba para la patria un nuevo territorio”. La autoridad del autor parece emanar de su capacidad para incrementar un poder efectivo sobre una parte inédita de la realidad. Sin embargo, como consecuencia de las ideas kantianas acerca de la autonomía de la obra de arte, el siglo XX irá introduciendo cada vez con mayor intensidad la deshumanización de los materiales literarios, y el primero de ellos será precisamente el autor. Así lo hicieron las vanguardias históricas durante el primer cuarto del siglo XX, y así lo hicieron también desde su segunda mitad las corrientes neoformalistas de teoría y crítica literarias[2]. La deshumanización del arte se saldó apenas dos o tres décadas después con la irrupción de teorías de la interpretación literaria desde las que se consideraba que deshumanizar consistía en suprimir al autor del campo categorial o científico de la investigación literaria. Situaron la deshumanización no en el método —científico—, sino en el objeto —de conocimiento—. Si la Medicina hubiera hecho lo mismo, habría prescindido del paciente. La Literatura, sin embargo, gracias a estos críticos idealistas y sofistas, quedó reducida —y desde entonces así ha permanecido para toda mentalidad neoformalista y posmoderna— a un único material literario: el texto. Un texto ideal (porque es ilegible, desde el momento en que hoy hay quien lo lea realmente), absoluto (porque no tiene límites), e ininteligible (puesto que si todo es texto y todo es soluble en la retórica de la textualidad, incluyendo incluso realidades como Auschwitz o las monstruosas guerras contemporáneas, entonces no hay nada que interpretar, porque “no hay hechos”).
Desde el punto de vista del Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, el autor es el artífice de los contenidos lógico-materiales, ideas y conceptos, objetivados formalmente en un texto que, de ser literario, interpretamos como literatura. Esto significa que el autor exige ser interpretado como materia y como forma, es decir, desde criterios gnoseológicos (lógico-materiales), y no desde una perspectiva meramente epistemológica (idealista), que enfrenta, tras haberla reducido psicológicamente a un puro Objeto de conciencia, la figura del autor a la figura de un Sujeto receptor, ambos retóricamente aderezados.
El enfoque gnoseológico identifica en el autor una realidad lógico-material de componentes materiales y formales, inseparables en sí mismos (ontológicamente), pero disociables en la medida en que pueden analizarse mediante conceptos (gnoseológicamente). Por su parte, el enfoque epistemológico, seguido de forma acrítica desde el idealismo kantiano prácticamente hasta nuestros días, ofrece una idea de autor por completo idealista, como no puede ser de otro modo, al manipularlo como una figura construida desde la conciencia de un sujeto receptor que, cuanto más cualificado y modélico se presenta, más irreal y metafísico resulta. El autor no puede reducirse, pues, a una dimensión exclusivamente formal o textual, como han pretendido tantos idealistas de la cultura, fenomenólogos de la literatura y teólogos de la escritura, ignorantes “de lo que pasa en la calle”, desde el momento en que el autor es una persona materialmente física, psicológica y lógica, es decir, pertenece materialmente al mundo físico (M1), al mundo psicológico (M2) y al mundo lógico (M3), y por lo tanto es autor de materialidades físicas, psicológicas y lógicas, esto es, artífice de formas o textos, experiencias o hechos reales o ficticios, e ideas o conceptos racionalmente analizables. El autor, pues, no es autor exclusivamente de formas o textos. Esta paupérrima y grosera noción de Autor es la que, desde una suerte de primer mundo retórico y tercer mundo semántico, han sostenido sofistas como Barthes, Derrida o Foucault, entre muchos otros posmodernos y preposmodernos (por llamarlos de alguna manera, como Eliot, Forster, Wimsatt o Beardsley). Pero no es esta noción la que sostenemos quienes, siguiendo los presupuestos del Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, reconocemos la evidencia de que el autor de obras literarias es un ser humano, esto es, un sujeto operatorio, que es Autor precisamente porque lo es de formas verbales estéticamente relevantes (M1), de experiencias psicológicas esencialmente humanas (M2), y de ideas y conceptos lógicos absolutamente inderogables (M3), todo lo cual exige una interpretación humana y normativa. Si para lectores como Barthes, Derrida o Foucault, la autoría de ideas y conceptos lógicos formalmente objetivados en las obras literarias es algo que, en su indefinida, acrítica y acientífica noción de “texto”, les resulta ilegible, sua culpa est. No me cabe duda de que los seguidores de estos escribas posmodernos adolecerán de la misma miopía a la hora de leer las ideas objetivas contenidas formalmente, esto es, estéticamente, en los textos literarios. Si el autor no es autor de ideas, no habrá ideas legibles para ningún lector. Solo habrá formas, indudablemente, vacías de contenido, que el lector ignorante de ideas podrá henchir con alegre arbitrariedad —es decir, sin dar cuenta de sus actos interpretativos a ningún código racional o científico— de psicologismos e ideologías del más variado pelaje. Pero la interpretación científica de la Literatura no puede convertirse en un vertedero histórico de ideologías.
El concepto de autor que sostiene el Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura —el autor como artífice de contenidos materiales, ideas y conceptos, objetivados formalmente en una obra literaria— exige considerar la Idea de Autor desde la cuádruple perspectiva que ofrecen el espacio antropológico, el espacio ontológico, el espacio gnoseológico y el espacio estético (Maestro, 2009a).
A lo largo de la Edad Contemporánea, la figura del autor ha sido objeto de dos tipos de falacias. Así, la falacia descriptivista sometió al autor a un creacionismo teológico, de modo que postuló su descripción como si se tratara de un dios, es decir, de una divinización del yo del artista, del poeta, del creador. Fue el procedimiento de la crítica tradicional, prácticamente desde la Edad Moderna hasta la culminación del Romanticismo y la intervención de las vanguardias históricas y los formalismos teórico-literarios del siglo XX. En el otro extremo del péndulo se sitúa la falacia negacionista, una suerte de nihilismo mágico diseñado por la posmodernidad, de la mano de figuras como Barthes, Derrida o Foucault, quienes proclamaban de forma retórica e imaginaria la “muerte del autor”, a imitación neonietzscheana de la “muerte de Dios”. Ninguno de los dos extremos son aceptables, el primero por su idealismo descriptivista y teológico, y el segundo por su negacionismo, deconstructivismo o nihilismo igualmente idealista y falaz[3].
Como se sabe, el espacio ontológico es el espacio en el que se sitúa formalmente la materia del Mundo Interpretado (Mi). Lo no conocido, lo no explicado racionalmente, aunque forme parte del Mundo (M), no forma parte del Mundo Interpretado (Mi) o categorizado por las ciencias, y en consecuencia no constituye realidad ontológica de facto. Se trataría de una materia indeterminada, frente a la materia determinada y formalizada, la cual constituye la ontología del Mundo Interpretado. La verdad está en los hechos —verum est factum—, no en los hechos no interpretados.
Lo hemos dicho y hemos de reiterarlo: el ser, o es material, o no es. El espacio ontológico es tridimensional. Es posible distinguir tres tipos de materia determinada en el Mundo Interpretado (Mi): la materia estrictamente física (los objetos físicos, los minerales, la bomba atómica, sillas, mesas, etc.), que constituye la materia primogenérica o M1; la materia psíquica, interpretada siempre por sus causas y consecuencias materiales (miedo, celos, ambición, locura, felicidad, enamoramiento, hipocondría...), que constituye la materia segundogenérica o M2; y la materia lógica o conceptual (las ciencias categoriales, los ordenamientos jurídicos, la métrica, la teoría de la música, el imperativo categórico kantiano, el teorema de Pitágoras, la fórmula del sodio...), que constituyen la materia terciogenérica (M3). Estos tres tipos de materia se dan en symploké, están relacionados entre sí, y no existen aisladamente. Si uno de los tres se nos presenta sin alguno de los tres, quien nos habla es un sofista. Porque nada está en el intelecto si antes no está en alguna de las formas de la experiencia sensible, y porque nada es sensible al ser humano si antes no es materialmente factible. Lo que no tiene causas materiales solo puede tener causas psicológicas. Es el caso de Dios o del Unicornio, cuyo M1 es en uno y otro caso igual a 0. Nada de esto sucede con el autor de obras literarias.
Desde los criterios de la ontología materialista, el autor es el ser humano que existe físicamente (M1), y que escribe la obra de arte literaria, reflejando en ella una estructura psicológica (M2) y objetivando formalmente un sistema de ideas y conceptos (M3) que como tales pueden y deben interpretarse. El autor, como he indicado, no solo es el artífice de una forma específica de expresión, comunicación e interpretación —la forma literaria—, sino que es ante todo el artífice de las ideas y de los conceptos objetivados materialmente en esa forma literaria. Reitero una vez más que la autoría no se puede reducir a una cuestión formal, porque es sobre todo una realidad material de la que depende la objetivación de ideas y conceptos que exigen al lector ser interpretados de forma sistemática, racional y lógica. El autor es, ante todo, un sujeto corpóreo y operatorio.
Es evidente que mientras el autor está vivo y escribe su obra pertenece al mundo físico, y él mismo es una materia primogenérica (M1). Y como materia primogenérica puede ser objeto de investigación categorial por parte de diversas ciencias, entre ellas la Medicina, por ejemplo. No han faltado diagnósticos a la muerte de Cervantes: diabetes. También hay dudas acerca de algunas partes de su M1: no se sabe si perdió o no su mano izquierda en Lepanto, o si simplemente conservó la mano, pero perdió su movilidad, etc. Y también se ha estudiado, aunque más bien psicológicamente, la orientación sexual de su M1. Sin pruebas positivas, no ha faltado quien le asigne una homosexualidad a la altura de nuestro tiempo, muy al estilo de los ideales posmodernos. De un modo u otro, todas estas cuestiones a las que estoy aludiendo, de dudoso interés científico para literatura, tienen como referente fundamental el cuerpo físico de Cervantes[4], esto es, en términos de Materialismo Filosófico, su M1.
Tampoco han faltado, especialmente tras la obra freudiana, los acercamientos psicologistas a la figura del autor literario. Todas aquellas ramas del saber humano que siguen estos caminos se concentran en el autor como objeto de experiencias psicológicas dignas de consideración, es decir, se ocupan del autor en tanto que M2 o materia segundogenérica. El psicoanálisis, la mitocrítica, la poética de lo imaginario..., reducen la idea de autor a la organización, más o menos compleja y definida, de su mundo psicológico. En este ámbito neorretórico, que pretende integrarse en la Medicina como ciencia categorial, cabe situar, sin duda, la obra de Freud, Jung y Lacan, especialmente. En los márgenes retóricos de este ensayismo habrán de situarse también los escritos de Bonaparte, Mauron, Bachelard, Starobinsky, Frye, etc., entre tantos otros. Y sucede que ha habido numerosos lectores o pseudo-críticos, mucho más cercanos a nosotros en el tiempo, que tras haber negado al autor como materia psíquicamente analizable, han reducido la interpretación de su “escritura” a una interpretación puramente psicologista. Con frecuencia, esta “psicología”, resultante de la lectura acrítica del “crítico”, es ideología de la más simple y plana elaboración. La posmodernidad constituye la principal fuente de producción de este tipo de discursos ideológicos, psicologistas, simples y planos. Barthes, Derrida, Foucault..., tras haber renunciado a la Idea de Verdad en la interpretación, y al haber sustituido toda actividad hermenéutica por un acto de retórica sin fin, irracionalmente han negado a la forma la existencia de un artífice, es decir, han negado a la literatura la existencia de un autor. Y no se han detenido en este nihilismo mágico, sino que han ido más lejos, afirmando un más irracional, si cabe, nihilismo gnoseológico, al negar la existencia de ideas y conceptos, no solo en el artífice —el autor—, sino en la literatura —que en su miseria conceptual denominan acríticamente “escritura”—. Dicho en términos de Materialismo Filosófico: en primer lugar, han negado al autor como M1, esto es, como materia física, lo cual ya nos sitúa en un discurso por completo irracional y fuera de toda coherencia, y en segundo lugar lo han negado como artífice de ideas y conceptos lógicos, es decir, como materia terciogenérica o M3, algo que en sí mismo supone la clausura de la Teoría de la Literatura como disciplina académica y como ciencia categorial. Por esta razón no puede considerarse a Barthes, ni a nadie que siga sus ideas, como un teórico de la literatura, sino como un retórico de la escritura. Como un sofista de la posmodernidad, cual Gorgias o Protágoras de la segunda mitad del siglo XX. El hecho de que muchas de las ideas irracionales e incoherentes de figuras como Barthes, Derrida o Foucault, no hayan sido criticadas suficientemente revela no solo la capacidad acrítica de sus lectores, sino sobre todo el estado actual de la teoría literaria, y el grado de saber crítico de la mayor parte de cuantas personas a ella se dedican. La única dimensión del autor que la posmodernidad ha dejado, digna de manipulación, a merced del lector es la que corresponde a su mundo psicológico (M2). Pero lo ha hecho sin respetar su denominación de origen, es decir, lo ha entregado de modo acrítico a un lector deliberadamente ideologizado y acientífico: la posmodernidad ha reducido la figura del autor literario y su complejidad lógico-formal a la psicología vulgar de un lector inocuo. La symploké del autor (M1, M2, M3) es, para el discurso posmoderno, la psicología del lector (M2).
Muy al contrario, el Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura considera al autor como el artífice de las ideas objetivadas formalmente en los materiales literarios, y por consiguiente como un término ontológico fundamental del campo categorial de la Teoría de la Literatura.



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Bibliografía

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Ontología de la Literatura


Los materiales literarios: 

Autor, Obra, Lector e Intérprete o Transductor








[1] Entre los diferentes hispanistas que intervienen, Claudia Hammerschmidt ha sintetizado valiosamente algunas de las contribuciones que sobre el autor se han publicado en los últimos años: Para un concepto del autor escolástico medieval: Minnis (1984); para el desarrollo del concepto de autor profesional en el Siglo de Oro español: Strosetzki (1987); para la autoconciencia poética de Boscán a Góngora y las estrategias editoriales: Ruiz Pérez (2009); para una sociología del autor en el siglo XVII francés: Viala (1985); para una historia de la autoconcepción del autor desde 1630 a 1900: Goulemot y Oster (1992); desde la Ilustración hasta la actualidad (sobre todo en la literatura alemana): Selbmann (1994)” (Hammerschmidt, 2011: 157-158). En la misma dirección cabe situar el trabajo de Pedro Ruiz, al advertir que el proceso de recuperación del autor “fue estudiado por Chartier (2000) y desmontado por Burke (1992) y López García (1993), a los que siguió el rotundo libro de Bernas (2001). Mientras Bénichou (1996) o Couturier (1995) reconstruían desde distintas perspectivas la figura del autor y su discurso, se desarrollaban numerosos estudios centrados en la constitución del autor, la formación de su conciencia y la proyección de su discurso en las prácticas literarias y la formalización de los textos en diferentes espacios históricos y culturales, no faltaban revisiones de conjunto, como las recopiladas en los volúmenes de Jacques-Lefèvre (2001) y Brunn (2001), o reconstrucciones de este proceso en el marco jurídico y legal (Edelman, 2004)” (Ruiz Pérez, 2011: 360). Sobre el autor como “material literario”, vid. mi monografía al respecto (Maestro, 2007b).

[2] La tropológica muerte del autor, tan cacareada por las teorías neoformalistas, estaba trazada ya en las vanguardias históricas de comienzos del siglo XX: “¿Qué puede hacer entre estas fisonomías el pobre rostro del hombre que oficia de poeta? Solo una cosa: desaparecer, volatilizarse y quedar convertido en pura voz anónima que sostiene en el aire las palabras, verdaderos protagonistas de la empresa lírica. Es pura voz anónima, mero substrato acústico del verso, es la voz del poeta, que sabe aislarse de su hombre circundante. Por todas partes salimos a lo mismo: huida de la persona humana. Los procedimientos de deshumanización son muchos” (Ortega, 1925/1983: 35-36).

[3] “Si se tomara por la palabra a algunos representantes de la deconstrucción, se les podría devolver su actitud teórica sobre el concepto de autoría haciendo entrar en contradicción su práctica con sus propias ideas. Se podría describir en sus textos el concepto de autoría como concepto reprimido, desplazado, aniquilado; incluso se podría pensar que el tratamiento que hace Derrida del concepto de autoría lleva sobre sí la marca del logocentrismo” (López, 1993: 31).

[4] De especial interés es el proyecto de localización e identificación de los restos del cadáver de Miguel de Cervantes, propuesto por Fernando de Prado Pardo (2013).


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