El conocimiento inútil

Jean-François Revel
(1924-2006)


Jean-François Revel
La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira. La civilización del siglo XX se ha basado, más que ninguna otra antes que ella, en la información, la enseñanza, la ciencia, la cultura; en una palabra, en el conocimiento, así como en el sistema de gobierno que, por vocación, da acceso a todos: la democracia. Sin duda, igual que la democracia, la libertad de información está en la práctica repartida de manera muy desigual en el planeta. Y hay pocos países en los que una y otra hayan atravesado el siglo sin interrupción, e incluso sin supresión durante varias generaciones. Pero, aunque incompleto y sincopado, el papel desempeñado por la información en los hombres que deciden los asuntos del mundo contemporáneo, y en las reacciones de los demás ante esos asuntos, es incontestablemente más importante, más constante y más general que en épocas anteriores. Los que actúan tienen mejores medios para saber sobre qué datos apoyar su acción, y los que experimentan esa acción están mucho mejor informados sobre lo que hacen los que actúan.
Es, pues, interesante investigar si esta preponderancia del conocimiento, su precisión y su riqueza, su difusión cada vez más amplia y más rápida, han aportado, como sería natural esperar, una gestión de la humanidad por sí misma más juiciosa que antaño. La cuestión importa aún más puesto que el perfeccionamiento acelerado de las técnicas de transmisión, y el auténtico continuo del número de individuos que de ella se aprovecharán, harán aún más del siglo XXI la época en que la información constituirá el elemento central de la civilización.

En nuestro siglo se encuentran a la vez más conocimientos y más hombres que conocen esos conocimientos. En otras palabras, el conocimiento ha progresado, y aparentemente ha sido seguido en su progreso por la información, que es su diseminación entre el público[…]. ¿Podría ser que la misma abundancia de conocimientos asequibles y de informaciones disponibles excitara el deseo de esconderlos más bien que de utilizarlos? ¿Podría ser que el acceso a la verdad desencadenara más resentimiento que satisfacción, la sensación de un peligro más que la de un poder? […]. Las sociedades abiertas, para utilizar el adjetivo de Henri Bergson y de Karl Popper, son a la vez la causa y el efecto de la libertad de informar y de informarse. Sin embargo, los que recogen la información parecen tener como preocupación dominante el falsificarla, y los que la reciben la de eludirla. Se invoca sin cesar en esas sociedades un deber de informar y un derecho a la información. Pero los profesionales se muestran tan solícitos en traicionar ese deber como sus clientes tan desinteresados en gozar de ese derecho […].
La democracia no puede sobrevivir sin una cierta dosis de verdad. No puede sobrevivir si esa verdad queda por debajo de un nivel mínimo. Este régimen, basado en la libre determinación de las grandes opciones por la mayoría, se condena a sí mismo a muerte si los ciudadanos que efectúan tales opciones se pronuncian casi todos en la ignorancia de las realidad, la obcecación de una pasión o la ilusión de una impresión pasajera. La información en la democracia es tan libre, tan sagrada, por haberse hecho cargo de la función de contrarrestar todo lo que oscurece el juicio de los ciudadanos, últimos decisores y jueces del interés general. Pero, ¿qué sucede si es la misma información la que se las ingenia para oscurecer el juicio de los jueces? Ahora bien, ¿acaso no se ve muy a menudo que los medios de comunicación que cultivan la exactitud, la competencia y la honradez constituyen la porción más restringida de la profesión, y su audiencia, el más reducido sector del público? ¿No se observa que los periódicos, emisiones, revistas o debates televisivos, las campañas de prensa que agitan las profundidades y originan los más poderosos oleajes, se caracterizan, salvo excepciones, por un contenido informativo cuya pobreza corre parejas con su falsedad? […]. Que nuestras opiniones, aunque sean desinteresadas, proceden de influencias diversas, entre las cuales el conocimiento del sujeto figura demasiado a menudo en último lugar, detrás de las creencias, el ambiente cultural, el azar, las apariencias, las pasiones, los prejuicios, el deseo de ver cómo la realidad se amolda a nuestros prejuicios y la pereza de espíritu , no es nada nuevo, desde el tiempo en que Platón nos enseñó la diferencia entre la opinión y la ciencia […].
La tendencia a reivindicar la diversidad, la particularidad y la “identidad” culturales, como se acostumbra ahora a decir, ha prevalecido, desde mediados del siglo XX, sobre la aceptación de criterios universales de civilización, aunque sean vagos […]. No parece, pues, el momento adecuado para hablar de una civilización común, cuando la humanidad se lanza de nuevo deliberadamente hacia la fragmentación, glorifica la incomprensión recíproca y voluntaria de las culturas […]. La destrucción de la información verdadero y la construcción de la información falsa derivan, pues, de análisis muy racionales y perfectamente conformes al “modelo occidental” que se supone que rechazan. Occidente ha comprendido desde hace tiempo que en una sociedad que respira gracias a la circulación de la información, regular esta circulación constituye un elemento determinante del poder. En ese punto, por lo menos, los protectores de la identidad cultural no han tenido ningún reparo en seguir las enseñanzas de la “racionalidad” occidental.
En cuanto a la irracionalidad de Occidente, si fuera preciso citar una de sus manifestaciones, bastaría con mencionar nuestras controversias sobre el racionalismo. Que después de tres milenios de adiestramiento en la discusión filosófica los espíritus educados en la tradición occidental no hayan perdido el vicio de disertar sobre nociones abstractas sin haberlas definido, confirma que una civilización puede estar enteramente construida sobre métodos de pensamiento que no obstante no son efectivamente practicados más que por una ínfima minoría de sus miembros […]. Pero a partir de la crítica de esa visión se pasaría demasiado fácilmente a la tesis más o menos confesada según la cual no existiría, en resumidas cuentas, ninguna diferencia entre las conductas racionales y las otras; o, por mejor decirlo, que no existirían conductas realmente racionales ni conocimientos realmente científicos. Todas las conductas serían irracionales y todos los conocimientos serían maneras de ver de igual valor. Las conductas llamadas racionales no lo serían más que en apariencia y las maneras de ver se derivarían de una opción siempre pasional e ideológica […].
Hoy, como antaño, el enemigo del hombre está dentro de él. Pero ya no es el mismo: antaño era la ignorancia, hoy es la mentira.

Jean-François Revel (1988), Le connaissance inutile, Paris, Editions Grasset and Fasquelle; trad. esp. de J. Bochaca, El conocimiento inútil, Barcelona, Planeta, 1989, págs. 9-21.



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Bibliografía

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