Jaime Siles, «El lugar del poema», Himnos tardíos (1999)

«De vita philologia» y «Dios en la biblioteca» 


Jaime Siles
Con todo, la mayor fuerza de la literatura crítica o indicativa la alcanza en Himnos tardíos «El lugar del poema». Estamos ante una pieza clave en la dilatada trayectoria poética de Jaime Siles. La literatura no es solo forma, expresión, ludismo, vanguardia. Tampoco es compromiso, sin más, ni colaboracionismo intelectual con las circunstancias políticas de cada momento. No. La poesía, como la ficción, como el amor, exige la realidad. No le bastan las palabras, quiere la realidad. La poesía tiene sentido porque hay una realidad a la que se dirige y sobre la cual —a veces incluso contra ella— está intencionadamente construida y diseñada. La poesía es una respuesta a la realidad y una expresión crítica de ella[1]. Es constituyente de realidad y está constituida desde la realidad. Pese a todo el arsenal imaginario que puede movilizar y promover, y acaso quizás por ello mismo, la lírica brota de un mundo real y efectivamente existente. Un mundo humano y, por supuesto, también dramático. Y en todo momento vivo.

El lugar del poema

No está el poema
en las oscuridades del lenguaje
sino en las de la vida.
No está en las perfecciones de su cuerpo
sino en las hemorragias de su herida.
No está donde creíamos que estaba
ni es una imagen única ni fija.
Está por donde huye lo que amamos:
está en su despedida.
Es decirnos adiós nosotros mismos
al cruzar cada vez la misma esquina.
Es la página que mueve sólo el tiempo
con su tinta igual pero distinta.
No está el poema, no, en el lenguaje
sino en el alfabeto de la vida.

El alfabeto es, indudablemente, el código de la vida, esto es, aquello que permite hacer de la vida humana una experiencia sensible e inteligible. La vida del hombre no se agota en las formas, por muy artísticas, poéticas o sofisticadas que estas sean. No basta la belleza para expresar y comunicar la complejidad objetivada en la realidad de la vida. Y la poesía ha de dar cuenta de esa complejidad y de ese racionalismo. En consecuencia, el fin del arte no será la contemplación, sino la interpretación humana y normativa. Dicho de otro modo, el arte no busca el idealismo subjetivo, sino la crítica de la interpretación objetiva, más allá de los placeres personales del yo del autor o del lector. El arte exige una interpretación cuyas consecuencias rebasan ―y sorprenden― la voluntad de autores y lectores particulares. Toda norma supera deseos y voluntades individuales. La poesía es superior e irreductible al lenguaje. Y la poesía —este es el mensaje de Siles— nos dice que hay que salir del lenguaje para interpretar la literatura.


«De vita philologia» y «Dios en la biblioteca» son dos poemas constituyentes de lo que puede denominarse incluso poesía explicativa, expositiva, con instantes ciertamente narrativos, donde lo reflexivo, lo filosófico y lo crítico configuran la materia de la forma poética.
«De vita philologia» (Siles, 2010: 312-316) propone una reducción formalista del mundo a lenguaje, y del lenguaje a una experiencia subjetiva y fenomenológica: “y la idea de que todo lenguaje / es ―y es solo― un acto de pensar”. Y lo cierto es que en esta reducción formalista el poeta llega incluso a apurar la metáfora fundamental ―el Yo es un Texto―, de modo que esta trayectoria existencialista frisa incluso los límites del nihilismo formalista: “Yo he perdido mi texto”. Semejante interpretación filológica de la vida, evocada en el mismo título del poema, no puede leerse exenta de valores críticos (existenciales), pero tampoco de componentes lúdicos (la textualización del yo del poeta no deja de ser un juego verbal, porque el ser humano no puede reducirse a palabras, desde el momento en que es superior e irreductible a cualesquiera formas tropológicas, aunque sea fuente, causa y artífice de todas ellas). Con todo, los límites de ese juego terminan allí donde a la vida “le faltan páginas” esenciales:

Nuestra vida es un texto al que le faltan páginas
y las lagunas existentes dejan
no solo abierto el blanco de los márgenes
sino que, hasta en el mismo texto conservado,
surgen siempre imprevistos vacíos que hay que completar.

Dentro de un explícito marco existencialista ―“Vivir consiste solo en sucederse”―, construido sobre el postulado metafórico de que lenguaje y ser humano están hechos de la misma fragilidad sustancial, el poema expone una muy considerable dosis crítica, que nos retrotrae al mito del lenguaje mismo como fuente de todo saber, cuyo desenlace resulta progresivamente decepcionante, pues condena al ser humano “a carecer de significación”:

Por eso he amado el río de la lengua
y he recorrido a pie casi todo su curso
en un fallido intento de llegar a sus fuentes
y beber la primera palabra originaria
por si en ella se oía, sin manchar por el hombre,
un sonido perdido, algo
que todavía pudiera valer como verdad.

Y en medio de tales observaciones, un tanto fáusticas en tanto que recrean una búsqueda frustrada de conocimiento, se impone una desmitificadora definición de hermenéutica que no puede dejar de señalarse críticamente:

La hermenéutica es una ciencia pía: una
experiencia casi religiosa,
cuya praxis consiste en alterar el orden
de la sintaxis órfica
y convertir el sentido del mundo
en un catálogo de frases de liturgia
y en el ficticio orden de un ritual.

Por su parte, «Dios en la biblioteca» intensifica las posibilidades de poemas anteriores de Himnos tardíos: la filología como una forma de vida superior a la propia existencia, la reducción formalista del ser humano, objetivable en un lenguaje poético, la esencia como existencia verbal y verdadera… En concreto este poema añade a la búsqueda un referente trascendente, un Dios, en una biblioteca. Pero la biblioteca no es el templo de Dios, y seguramente no es el lugar más adecuado para una divinidad religiosa. El poema, de hecho, no es en absoluto religioso, ni teológico, pero sí trascendente. Busca la mística de las palabras, a través de la poesía y de abundantes juegos de términos que se desenvuelven a lo largo de abundantes versos. Es crudo acaso aceptar que no se observa en el poema una exaltación del conocimiento, sino más bien un derrumbe y una impotencia ante él, en medio de la biblioteca: “papel vencido”, “luz de tarde”, “lástima, curiosidad y horror”, son los referentes que sirven de pórtico contextual al poema. El escenario fundamental, la Universidad, adquiere por momentos el aspecto o apariencia de un velatorio, cuyo recogimiento inquieta e inmoviliza silenciosamente, como un cuerpo en estado de necrosis:

A fuerza de palabras estoy viviendo en mí
mientras leo el paisaje de esta mañana muerta
como todos los que estamos aquí,
en esta Universidad, en este país,
en este siglo, en esta biblioteca.

A todo esto hay que añadir la consideración de que cualquier tiempo vivido fue mejor, en una infancia, una adolescencia, una juventud, que remiten a “días [que] pasaban sin su dificultad”. El resultado final es la bien conocida metáfora en que se objetiva la reducción formalista de la existencia humana: la vida es un lenguaje cuya verdad solo puede objetivarse, y hacerse inteligible, en la palabra poética. Todo es una apariencia excepto la realidad de la literatura:

porque la ilusión de vivir es la falacia de todo poema
como su máxima mentira es su lector.
Un poema es una forma de verdad
que necesariamente engendra su propio personaje:
quien lo dice, quien lo escribe, quien lo oye, quien lo lee.

El poema se desenvuelve en busca de la gran metáfora de Dios, metáfora borgeana, en este contexto, la biblioteca, donde Dios representa el deseo de una asequible referencia metafísica, de un teísmo capaz de nutrir un mundo terrenal y humano marcado por ausencias decisivas.

Jesús G. Maestro



Vídeo


Jaime Siles,
el neoexistencialismo formalista de Himnos tardíos




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Bibliografía








[1] Sobre este concepto de lenguaje y poesía en la obra literaria de Jaime Siles, vid. la entrevista publicada en Editorial Academia del Hispanismo (2011) al autor de Himnos tardíos. Vid. también en este sentido el trabajo de Rosa Navarro (2003) sobre Siles.


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