La obra literaria

Glosario


Crítica del concepto de Texto: la falacia teoreticista.
El texto literario como sistema de ideas
objetivadas formalmente en los materiales literarios.


Supone, finalmente, Maimónides que nos está permitido explicar y forzar las palabras de la Escritura según nuestras opiniones previas y negar el sentido literal, por más evidente y explícito que sea, y cambiarlo en otro cualquiera. Semejante licencia, aparte de contradecir de plano lo que hemos demostrado en este y otros capítulos, resulta excesiva y temeraria a los ojos de todos. Concedámosle, sin embargo, tal libertad: ¿qué consigue con ella? Nada en absoluto. […] Por consiguiente, dicho método es completamente inútil. Añádase a esto que Maimónides suprime de esta forma toda certeza del sentido de la Escritura […]. Nosotros rechazamos la opinión de Maimónides como perjudicial, inútil y absurda.
Baruch Spinoza, Tratado teológico-político, vii, 4 (1670/1986: 219).


Rembrandt, detalle de Erudito
El Materialismo Filosófico considera el texto de la obra literaria como aquel material ontológico inderogable en el que se objetivan formalmente Ideas que, en toda investigación de la Literatura, pueden y deben analizarse en términos conceptuales, categoriales y lógicos. El texto u obra literaria será, pues, la realidad material en la que se objetivan formalmente las Ideas de la Literatura. De este modo, el texto literario solo podrá concebirse como resultado de la actividad de uno o varios artífices, que reconocemos como autores, y resultará destinado, como material fundamental de la ontología literaria, a la lectura y a la interpretación críticas de las Ideas formalmente en él objetivadas. No hay texto, y no cabe hablar de texto literario, si no hay ideas formalizadas en su realidad material. Al margen de las Ideas no es posible concebir un texto. No bastan, pues, las formas, para hablar de texto: es también imprescindible un contenido material inteligible. La Teoría de la Literatura analiza el texto literario con la intención de interpretarlo como lo que es: un sistema de Ideas formalmente objetivadas, es decir, literariamente materializadas.
Como sistema de ideas verbalizadas formalmente, todo texto, y por supuesto el texto literario, que añade a las formas y signos verbales un valor estético y un estatuto ficcional, es susceptible de ser analizado desde la cuádruple dimensión que ofrece el espacio antropológico, el espacio ontológico, el espacio estético y el espacio gnoseológico (Maestro, 2009a).
Este es el concepto de texto, en tanto que obra literaria, que sostiene el Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, y que se opone abiertamente a toda interpretación que, como las estructuralistas y también posmodernas, lo reducen formal o materialmente a un idealismo falaz. En sus procesos de interpretación del texto, la crítica ha incurrido en dos tipos de reducción o jibarización de la obra literaria. En ambos casos se ha servido de la falacia teoreticista, que consiste en hipostasiar la forma por encima de la materia, hasta el punto de desarrollarla imaginariamente de espaldas a la realidad. En el extremo de esta tendencia, idealista y purista, está la teoría de los polisistemas (Even-Zohar, 1990), auténtico canto del cisne de una fenomenología derivada de la estética de la recepción jaussiana y, en suma, del simbolismo alemán que se desvanece con Cassirer (1923-1929). En la misma región hiperformalista podrían situarse los trabajos de Petöfi y García Berrio (1979) sobre la lingüística textual y las TeSWeTS ampliada I y ampliada II.
La falacia teoreticista procede según dos tipos de reducción: la formalista y la materialista. La reducción formalista consiste en reducir la ontología especial del Mundo interpretado (Mi) al tercer género de materialidad (M3), es decir, a conceptos puros, cuya correspondencia con la realidad es inapreciable y resulta desvanecida. Se trata de una reducción formalista terciogenérica, muy en la línea teoreticista de Popper. En extremo, esta tendencia puede llegar a afirmar que si la teoría falla, la culpa la tiene la realidad. Desde esta perspectiva, completamente formalista, neoestructuralista y posformalista, cabe explicar la multiplicación de conceptos, neologismos y términos supuestamente “científicos” con los que las innúmeras “teorías” de la literatura nos han bombardeado durante las últimas décadas. No nos engañemos, la mayor parte de estos términos carecen de sentido porque carecen de realidad. Por su parte, la reducción materialista consiste en reducir la ontología general (M), esto es, la materia del Mundo, al primer género de materia de la ontología especial (M1), es decir, a la materialidad sensible de los objetos físicos que nos rodean. Esta reducción equivale a afirmar que todo es materia física, y a negar los componentes psicológicos (M2) y conceptuales (M3), imprescindibles para interpretar la realidad humana y mundana, y constituyentes además del Mundo interpretado (Mi) en que vivimos. El Materialismo Filosófico considera esta reducción de un materialismo grosero inaceptable, por idealista, dogmática y monista. En esta reducción materialista incurre Sigfried H. Schmidt (1980) en las premisas de su teoría sobre la incomprensiblemente denominada por él mismo “teoría empírica de la literatura”, desde el momento en que no hay tal empirismo por ninguna parte. Y en esta misma reducción materialista incurren, en sus consecuencias y desenlaces, las ideologías y retóricas posmodernas, casi todas ellas con pretensiones de “teorías literarias”, al reducirlo todo a pura textualidad, y afirmar que “todo es texto”, de modo que Auschwitz, un cáncer hepático o la primera guerra del golfo Pérsico ―que “nunca tuvo lugar”, como declaró Baudrillard en 1991 sin empacho alguno―, son “textos”. Este tipo de reducciones son artificios retóricos, sobre los cuales no es posible fundamentar nada más que sofismas, cuya única utilidad es el rédito editorial y mediático del que goza el oportunismo de sus autores ante la nesciencia y la actitud acrítica de sus lectores y propagadores.
Quien ignora los principios de la Geometría no será capaz de distinguir un redondel de una circunferencia, del mismo modo que quien ignora la Teoría de la Literatura no será capaz de distinguir una obra literaria de un código de barras, pues supondrá derridianamente que todo es “texto”.
Considerado desde el espacio antropológico, el texto literario se sitúa inequívocamente en el eje circular, es decir, en la dimensión humana, social, histórica y política, en cuyo contexto tiene lugar la construcción, comunicación e interpretación de la literatura. Cualquier concepción exclusivamente radial del texto literario, es decir, cualquier concepción que lo reduzca a una expresión cósmica o panteísta de la naturaleza incurrirá en un reduccionismo corporeísta, cuyo límite es, por ejemplo, el formalismo materialista de Siegfried S. Schmidt (1980), y en una falacia descriptivista, cuya expresión más representativa es sin duda la teoría de la mímesis aristotélica, que identifica en la idea de Naturaleza, así como en sus modos y medios de imitación, el principio generador del arte. Finalmente, no cabe implantar el texto literario en el eje angular del espacio antropológico, a menos que pretendamos hacer de la teoría de la literatura una teología de la escritura, bien de signo religioso y fideísta, como es el caso de numerosas interpretaciones literarias llevadas a cabo por críticos católicos, como Alexander A. Parker (1983) y sus estudios sobre el teatro calderoniano, por ejemplo, bien de signo secular y psicologista, como sucede con las lecturas que las ideologías posmodernas hacen de la literatura, al reducirla a una suerte de escritura trascendente, cuyos “profundos significados” solo son asequibles a la psicología individual a través de la destrucción del conocimiento racional.
Desde el punto de vista del espacio ontológico, el texto literario adquiere tres dimensiones inderogables, al delimitar el lugar que ocupa la literatura en la ontología especial del Materialismo Filosófico. El texto literario es una realidad materialmente corpórea, hecha de palabras, orales o escritas, es decir, de signos verbales, gráficos o acústicos, que podrán ser, y de hecho son, objeto de una filología, de una ecdótica, y también de una retórica y de una poética literarias. Todo texto posee siempre una dimensión corpórea, cuya materialidad es estrictamente física o primogenérica (M1), asegurando de este modo nuestra percepción sensorial. El texto literario queda así configurado como un conjunto coherente de signos o formas verbales. En segundo lugar, es evidente que todo texto literario contiene formalmente objetivadas una serie de experiencias psicológicas a las que el lector accede a través de la lectura, la audición o la representación. Son los contenidos segundogenéricos, que el Materialismo Filosófico identifica con la materia psicológica o fenomenológica (M2), y que constituyen el referente primordial de ejercicios hermenéuticos como el psicoanálisis, la psicocrítica, la poética de lo imaginario o la mitocrítica, por ejemplo. Finalmente, hay que constatar que un texto literario se singulariza específicamente por el sistema de ideas formalmente objetivadas en su discurso. Quiere esto decir que el signo literario no es simplemente una forma estética, ficticia y pragmática, sino que es, además y ante todo, la forma de un sistema de ideas. La literatura objetiva formalmente en sus textos sistemas de ideas que, elaborados por un autor —¿quién si no ha de ser el artífice de tales ideas?—, exigen la interpretación y la crítica de múltiples lectores. No hay literatura sin ideas, ni es concebible un texto literario al margen de las ideas de su autor y de las interpretaciones críticas de varios lectores. Como veremos en su momento, el lector no es lector de formas, simplemente, es ante todo lector de Ideas, es decir, intérprete. Del mismo modo que el autor no es un mero retor, un simple autor de formas, más o menos bonitas o provocativas, y mejor o peor combinadas entre sí. El autor es el artífice de las ideas objetivadas formalmente en el texto literario. De este modo, la literatura se convierte en un discurso de dimensiones ontológicas terciogenéricas (M3), al mismo nivel que la Filosofía y que las Ciencias categoriales, si bien diferenciándose de estas últimas en el uso referencial y ficticio de las formas lingüísticas. Pero esta cuestión es ya una cuestión gnoseológica, que no ontológica, que abordamos en el capítulo destinado al concepto de ficción en la literatura.
Para concluir con esta tríada, he de referirme al texto considerado desde la dimensión del espacio gnoseológico. En este dominio, el texto literario funcionará, en primer lugar, dentro del eje sintáctico, como un término o parte formal fundamental del campo categorial de la literatura, es decir, como un objeto conceptualizado sobre el que ha actuado operatoriamente el autor y sobre el que habrá de trabajar en términos igualmente operatorios el lector e intérprete. En este sentido, el texto está sujeto a las operaciones que en el eje sintáctico ejecutarán el autor y el lector, y especialmente el transductor, en su papel de filólogo y editor, fijador del texto y responsable de su expresión ecdótica. Del mismo modo, el texto literario es susceptible de múltiples relaciones, dadas sintácticamente, con otros términos categoriales del campo de la literatura, siempre a partir de un contexto determinante. Si tomamos como referencia el texto del Quijote, y lo utilizamos como contexto determinante de un eje sintáctico, es indudable que estamos operando con él como un término relacionable con otros términos, como por ejemplo su autor, Cervantes, el año histórico de 1605, la imprenta de Sancha, el conflicto de los cristianos cautivos en Argel, la relación intertextual con obras como La Galatea o el Entremés de los romances, etc. En segundo lugar, dentro del eje semántico del espacio gnoseológico, el texto literario constituye el referente inexcusable, único incluso en su especie, que asegura físicamente la existencia de la obra literaria como realidad material, desde el momento en que el texto es la formalización de la literatura en algún tipo de soporte material, desde la litografía y el papiro hasta la imprenta y el Internet. Sin abandonar el eje semántico, el texto literario opera como un fenómeno, esto es, en términos de Materialismo Filosófico, como un objeto que se manifiesta a la sensibilidad humana de modo distinto según el sujeto que lo percibe. El mismo texto literario tendrá un significado fenoménico diferente de acuerdo con los diferentes receptores que lo perciban. Tales diferencias fenoménicas se atenuarán, sin embargo, en el momento de articular las interpretaciones científicas, es decir, en el momento de convertir el texto literario en esencia o estructura gnoseológica de la investigación teórico-literaria. Este es el momento de convertir el fenómeno en concepto, al hacer de la percepción una interpretación, es decir, el momento en que el lector se convierte en crítico. El texto (T) se convierte entonces en un texto interpretado (Ti). Las esencias o estructuras, como he indicado, resultan de la eliminación, por neutralización o segregación, de los sujetos operatorios, en la medida de lo posible. Por último, dentro del eje pragmático del espacio gnoseológico, el texto literario está sometido a un sistema de normas de interpretación, históricamente desarrolladas por la poética o la teoría de la literatura, en una evolución que continúa siendo abierta y cambiante. A su vez, como objeto de operaciones humanas, el texto literario está sometido a dialogismos (las relaciones cognoscitivas que mantienen entre sí, y que comparten, los sujetos operatorios) y autologismos (los conocimientos de que dispone individualmente un científico particular) de los lectores, críticos e intérpretes de sus formas verbales y signos literarios, de sus contenidos psicológicos y fenomenológicos, y sobre todo de sus Ideas objetivas.
Tal es, en suma, el concepto de texto que sostiene el Materialismo Filosófico como teoría de la literatura. Veamos ahora cuáles son las reducciones, limitaciones y simplificaciones, en que con frecuencia han incurrido, cuando se refieren al texto literario, la mayor parte de las teorías literarias desarrolladas hasta el presente.
La obra literaria nos sitúa inequívocamente ante la cuestión de la ontología literaria. Las teorías de la literatura, especialmente a lo largo del siglo XX, han adoptado ante la cuestión ontológica posiciones muy diferentes, que en realidad pueden reducirse a tres: reducción, anulación y desviación o transmutación. En primer lugar, la reducción ontológica de la literatura ha sido con frecuencia una reducción formalista, en virtud de la cual el texto literario se considera en términos puramente formales o funcionales. En segundo lugar, la anulación ontológica se ha desarrollado sobre todo de la mano de movimientos deconstructivistas, como una forma de negación de realidades literarias inextinguibles, cuyo nihilismo se decreta mágicamente (la muerte del autor, por ejemplo). Lo mismo cabe decir de la afirmación absoluta según la cual todo es texto: si todo es texto, esencialmente nada es texto, porque la pantextualidad es la forma más elemental de nihilismo textual. En tercer lugar, la desviación o transmutación ontológica se manifiesta cuando determinadas corrientes de interpretación se sirven del texto literario como pretexto para desviar o transmutar ciertos códigos o referentes literarios, a los que, desde argumentaciones formuladas sobre prejuicios ideológicos manifiestos (cuestionar la literatura española al negar la existencia de España, desautorizar los valores de la literatura escrita o interpretada por hombres blancos y heterosexuales...), objetan inexactitudes científicas.
Si examinamos, sin afán de exhaustividad, y a título de ejemplo, la valoración que en el siglo XX han hecho de la ontología algunas de las corrientes de pensamiento de las que han brotado varias de las teorías literarias que aún estaban en boga hace apenas unas décadas, no debería sorprendernos en absoluto la tendencia al reduccionismo formalista, al nihilismo destructivista y al desviacionismo ideológico que domina hoy en los departamentos de lengua y literatura de casi todas las universidades del mundo. 
Como ha señalado Bueno (1972, 1992) respecto a la ontología, el Materialismo Filosófico distingue dos dimensiones: el Mundo (M) y el Mundo Interpretado (Mi). El Mundo (M) corresponde a la denominada ontología general, que es la materia indeterminada. Solo hay materia (ontología general: M), pero esta materia, cuando se formaliza, es decir, cuando deja de ser indeterminada y resulta interpretada, se manifiesta de muchas formas, formas que constituyen la ontología especial del Mundo interpretado (Mi) en sus tres géneros de materia: física (M1), psicológica o fenomenológica (M2) y conceptual o lógica (M3). Añadamos ahora, siguiendo a Vidal Peña (1974), algunas apreciaciones decisivas.
Resulta innegable que el texto literario es una materia determinada, perteneciente a la ontología especial (Mi), y en la que están dados los tres géneros de materialidad antemencionados, al tratarse de una realidad material y efectivamente existente en la que se objetivan formalmente signos lingüísticos y literarios (M1), a los que se confiere un valor estético, junto con el reconocimiento de un estatuto ficcional y de un contenido psicológico (M2), así como un sistema de Ideas que pueden analizarse en términos conceptuales, categoriales y lógicos (M3). Contra estos tres géneros de materialidad presentes ontológicamente en el texto literario, numerosas teorías de la literatura o corrientes ideológicas de pensamiento han tratado de imponer reducciones, nihilismos y desvíos. Indicaré cómo.
En la mayoría de los casos se han servido de la forma más simple y grosera de incurrir en reduccionismos formalistas: la denominada metafísica corporeísta. Consiste este reduccionismo formalista, tal como advierte Vidal Peña (1974), en la hipóstasis de M1 y de su identificación con Mi. Es decir, que la totalidad de la materia ontológico-especial, o Mundo Interpretado (Mi), queda reducida a materia primogenérica o estrictamente física (M1). La materia primogenérica, vista como cosmos, invade totalmente el Mundo (incluso el Mundo no interpretado), es decir, el terreno de la ontología general, anulando las materias segundogenérica (M2) y terciogenérica (M3) de la ontología especial (Peña, 1974). En la falacia de la metafísica corporeísta incurren todas aquellas personas que no logran explicarse la materialidad de los contenidos fenomenológicos y lógicos de una obra literaria. Se puede creer en un Dios, que no existe físicamente, y que es puro psicologismo sin correlato real ni material posible, y a la vez negar, sin dudarlo en absoluto, la realidad de don Quijote, afirmando que se trata de una ficción literaria. Don Quijote no es una ficción literaria, sino una realidad literaria. La única ficción de la literatura consiste en la construcción de una existencia operatoria —la de los personajes— que es igual a 0. A nadie se le ocurre rezar a don Quijote para “pedirle toda clase de bienes”, pero millones de creyentes oran —e incluso se matan— todos los días ante dioses inexistentes, haciéndoles llegar toda clase de rogativas, ignorantes de que la existencia operatoria de un dios, como la de cualquier personaje literario, es igual a cero. La idea de materia ontológico-especial no puede reducirse al corporeísmo (M1), porque este alude a un género especial de materialidad (M1), y no el único, pues existen otros dos (M2 y M3)[1].
En muchos otros casos se ha acudido directamente al nihilismo mágico: la negación del texto como realidad material en la que se formalizan ideas objetivas. Es la negación de la evidencia. La negatividad de la materia terciogenérica (M3) de la ontología especial es inaceptable. El Materialismo Filosófico cuenta con el mundo de “lo que hay”, de lo efectivamente existente: el mundo de los fenómenos comprendidos en los tres géneros de materialidad de la ontología especial. El “alimento de la conciencia crítica” ―en palabras de Vidal Peña (1974)― son las formas de lo real (de la ontología especial), y desde ellas hay que volver (progressus: de las ideas a los fenómenos) en un incesante y circular esfuerzo de racionalización (regressus: de los fenómenos a las ideas) hacia la realidad.
Con todo, el reduccionismo de las dimensiones ontológicas del texto literario ha desarrollado en Filosofía y en Teoría de la Literatura dos versiones: la del reduccionismo formalista y la del reduccionismo materialista. El Materialismo Filosófico se opone a ambas tentativas de reducción ontológica.
Contra el reduccionismo materialista, que —tras las constatación y reconocimiento de la materia ontológico-general (M o Mundo no interpretado)— pretende su cancelación o supresión a través de alguno de los tres géneros de materialidad especial (Mi, o Mundo Interpretado en M1, M2 y M3), el Materialismo Filosófico arguye lo siguiente. La idea de materia ontológico-general (M) es un “producto” tal que niega la causa que lo produce como algo a lo que pueda “reducirse”, desde el momento en que tal materia general surge de la constatación de pluralidades, incompatibilidades e inconmensurabilidades en el Mundo (Peña, 1974). Pese a todo, los principales intentos de reducción materialista de la materia ontológico-general han sido de tres tipos:
a) Materialismo primario (reducción de M a M1): reduce la materia ontológico-general a un materialismo primogenérico. Es el caso del naturalismo y del panteísmo, entre otros.
b) Materialismo secundario (reducción de M a M2): reduce la materia ontológico-general a un materialismo segundogenérico. Es el caso del idealismo en su sentido más explícito y en todas sus variantes. Los máximos exponentes son sin duda el idealismo trascendental de Kant en su Crítica de la razón práctica o en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres —muy especialmente la formulación de su Idea de Libertad, que es puro psicologismo—, y la teoría de la ciencia de Fichte, cuyo concepto de yo es unidimensionalmente psicologista.
c) Materialismo terciario (reducción de M a M3): reduce la materia ontológico-general a un materialismo terciogenérico. Es el caso del esencialismo. Las ideas abstractas serían la verdadera realidad (“platonismo de las esencias”).
El Materialismo Filosófico choca con cualquiera de estas tres variantes reductoras de la idea de materia ontológica-general. Estas alternativas reductoras se basan en posturas autocontextuales, que ejercitadas desde el interior del Mundo Interpretado (físico, psicológico o lógico) conducen necesariamente fuera de él (Bueno, 1972; Peña, 1974), a un mundo indeterminado e ilegible, a un Limbo extramundano, a un espacio extraterrestre, descontextualizado de una o varias de las realidades y materialidades físicas, psíquicas y lógicas, al margen de las cuales no cabe hablar de ser humano. Son reducciones que desembocan en conceptos negativos de la realidad y del Mundo.
Contra el reduccionismo formalista, que tan negativamente ha influido en la concepción de texto manejada durante décadas por las teorías literarias más recientes, diré lo siguiente. Parto de la siguiente afirmación de Vidal Peña (1974), basada en la filosofía de Bueno: si el reduccionismo materialista (monismo de la substancia) es la contrafigura del Materialismo Filosófico en el plano de la ontología general (M), el reduccionismo formalista (monismo de las esencias) es la contrafigura en el plano de la ontología especial (Mi). En consecuencia, ha de calificarse de formal la reducción de uno a otro género de materialidad dentro de la ontología especial, porque tal reducción anula la significación material inherente a cada género, y lo convierte en pura forma sin correlato material alguno. Dicho de otro modo, el reduccionismo formalista solo puede darse en el Mundo Interpretado (Mi), puesto que solo en Mi la materia puede formalizarse o determinarse formalmente; por su parte, el reduccionismo materialista solo puede concebirse desde el Mundo (M), es decir, desde la materia indeterminada o no formalizada ni interpretada. Puede afirmarse, pues, siguiendo a Peña (1974), que la reducción materialista es metafísica pura, al hipostasiar la materia general del Mundo (M) en un género exclusivo de materialidad que nunca resulta formalizado o interpretado (ontología general) en Mi, mientras que la reducción formalista conduce a la metafísica, a través de la hipóstasis de uno de los tres géneros de materialidad formalizados o interpretados en Mi (ontología especial), pero al que se le ha desposeído de todo fundamento material. Si aplicamos estas consideraciones a los materiales literarios, se constata que tres tipos de reduccionismo formalista se han impuesto irracionalmente sobre el texto literario:
a) Formalismo primario: consiste en la reducción de los tres géneros de la ontología especial a M1, de modo que Mi es igual a M1. Es la reducción corporeísta o mecanicista. Su prototipo es el mecanicismo, atomístico y holístico. Este formalismo se presenta a sí mismo con frecuencia como el auténtico materialismo. En teoría de la literatura es el caso de Siegfried S. Schmidt (1980) y su autodenominada “ciencia empírica” de la literatura. Incurre en el puro monismo de las esencias. Para el Materialismo Filosófico, el “materialismo” de Schmidt es un “materialismo grosero”, ya que reduce la ontología especial a lo meramente corpóreo y fisicalista.
b) Formalismo secundario: consiste en la reducción de los tres géneros de la ontología especial a M2, de modo que Mi es igual a M2. Es la reducción subjetivista o animista. Y puede ser de dos tipos, como advierte Peña (1974), con toda precisión de detalles: Individual (solipsismo, empiriocriticismo) o Social (sociologismo). Este tipo de formalismo reduccionista es el que corresponde a las doctrinas de la verdad basadas en el consensus (Hempel) o en el diálogo (Habermas). Se trata de idealismo en su sentido más expresivo, sobre todo cuando va acompañado de la idea de materia ontológica-general, como sucede casi siempre. El caso extremo es, por ejemplo, el esse est percipi de Berkeley. La obra de Schopenhauer es ilustrativa, igualmente, a este respecto, desde el momento en que el mundo de los fenómenos, como mundo de la representación, se reduce a M2, pero dejando a salvo un trasfondo no representativo de la realidad (la “parte de la voluntad” que se sitúa en el puesto de la materia ontológico-general). En este sentido, Schopenhauer sería un “materialista idealista”. La obra de Nietzsche y el discurso de la posmodernidad son el progresivo resultado de una reducción psicologista de esta naturaleza. El formalismo secundario es la perspectiva psicologista en que se sitúan sin excepción todas las corrientes ideológicas características de la posmodernidad.
c) Formalismo terciario: consiste en la reducción de los tres géneros de la ontología especial a M3, de modo que Mi es igual a M3. La realidad de los fenómenos físicos y psíquicos se convierte en una serie de apariencias frente a las “esencias”, que constituirían la auténtica y verdadera realidad. Así, por ejemplo, en el platonismo, las esencias son la verdad de los fenómenos. En la fenomenología husserliana ―según Peña (1974)―, el “esencialismo” opera desde la crítica del psicologismo. De este modo, el platonismo tiende a reducir M1 a M3, y la fenomenología tiende a reducir M2 a M3. Este es también el caso de algunas teorías literarias basadas en la lingüística del texto, tal como las han formulado Petöfi y García Berrio (1979), entre otros.
Frente a las limitaciones de todos estos reduccionismos ―formalistas y materialistas―, el Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura postula que la obra literaria, en tanto que texto, es aquel material literario en el que se objetivan las ideas formalmente construidas por un autor, interpretadas por un transductor y consumidas por un lector, es decir, formalizadas en los materiales literarios.



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Ejemplos literarios o documentales




Bibliografía

  • Véase la sección correspondiente AQUÍ.



Ontología de la Literatura


Los materiales literarios: 

Autor, Obra, Lector e Intérprete o Transductor









[1] Como advierte Vidal Peña (1974), siguiendo a Bueno (1972), la idea de materia ontológico-general significa precisamente la negación de la posibilidad de que el entendimiento de la realidad quede definitivamente cancelado en virtud de cualquier explicación unívoca. Es un conocimiento negativo; pero “conocimiento negativo” no quiere decir “negación del conocimiento”. Muy al contrario: es conocimiento de que la hipótesis monista-cosmista es imposible; la realidad no es armoniosa ni está nunca clausurada.


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