Lector

Glosario


Crítica del concepto de Lector: la falacia adecuacionista.
Contra el idealismo metafísico de la teología de la recepción.
Idea de Lector en el concepto de espacio estético.


Pluralitas non est ponenda sine neccesitate[1].
Guillermo de Occam, Logica maior o Summa logicae (1324-1328).

Entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem[2].
Clauberg, Logica vetus et nova, 1654.


Teodoro Cytajaca-Axentowicz,
Mujer leyendo
En su Retórica (1358b) Aristóteles había formulado la idea esencial de la pragmática literaria a la que Jakobson dará forma estructuralista en su célebre ponencia de Indiana en 1958, y a la que apenas una década después Jauss convertirá en la fenomenología causalista del hecho literario: “Tres son los elementos ―escribe Aristóteles (Retórica, 1358b)― que entran en todo discurso: el que habla, el tema sobre el que se habla y el oyente a quien se habla. Y el fin es el oyente”. Jauss convertirá la conciencia del oyente, una figura en la que Aristóteles objetivaba la teleología del discurso en general y de la literatura en particular, en una conciencia causal y productora de la literatura como hecho significante. Jauss, acaso sin saberlo, está reduciendo la literatura a un epifenómeno de la conciencia subjetiva. De este modo, el lector se convierte en el nuevo dios de la teoría literaria, haciendo de la Rezeptionsästhetik una suerte de teología de la recepción, merced al idealismo metafísico con el que se inviste la nueva figura incorpórea de un lector implícito, virtual, modélico y, ante todo, irreal, porque ni es humano ni es operatorio. Muy lejos de hacer de la obra de arte verbal un objeto de conocimiento crítico y objetivo, propio de una conciencia lógica y trascendental, Jauss la convierte en un estímulo fenomenológico y acrítico de la conciencia psicológica de cada lector individual. Tras la estética de la recepción alemana, la interpretación literaria queda una vez más a merced de los hermeneutas de la psicología egoísta y de la ideología gremial, cuyo límite es el autismo individual y gregario. Por tales caminos discurre actualmente la “teoría literaria” posmoderna. Seguramente sin proponérselo, Jauss es el Lutero de la teoría literaria de finales del siglo XX.
No se equivoca Germán Gullón cuando, en su obra Una venus mutilada. La crítica literaria en la España actual, advierte cómo en la interpretación de los hechos literarios siempre ha dominado la polarización o focalización en torno a un material literario particular, y cómo del encumbramiento de la figura del autor, endiosado y celebrado, que reducía el papel del lector a un mero consumidor, hemos pasado, por reacción masiva, a hacer lo mismo con la idea y concepto de lector, quien pasó de ser un “paria” a ser la nueva divinidad de la interpretación literaria:

La tradición crítica occidental pasó veinticinco siglos justificando su existencia dedicada a la explotación del efecto causado por las obras en los lectores y de las relaciones pragmáticas del texto con la realidad donde nacía. Hacia 1800, la crítica dio un giro radical, y empezó a fijarse en el autor, en el escritor, y posteriormente en el texto mismo, dejando huérfana la atención de su interlocutor natural, el lector. Durante el último siglo y medio, la Edad de la Literatura, el autor encumbrado a la categoría de artista adquirió un estatus de oráculo; los libros renombrados fueron denominados obras de arte. Este cambio de estatus devaluó al lector común, que excluido de la audiencia selecta, pasó a ser un paria, un desatendido (Gullón, 2008: 74).

Sin embargo, desde fines del pasado siglo XX, la figura del lector, quien interpreta para sí, ha sido reemplazada a todos los efectos, salvo los relativos al mero consumo mercantil, por la figura, mucho más poderosa y efectiva, del crítico o transductor, quien interpreta para los demás. Pero de esta figura, del intérprete como transductor, me ocuparé inmediatamente después de referirme al lector, desde el momento en que aquel presupone siempre la presencia de este último. El lector constituye el campo de operaciones del transductor.
En definitiva, el Materialismo Filosófico define conceptualmente la figura del lector literario como aquel ser humano o sujeto operatorio ―nunca ideal ni imaginario― que interpreta para sí mismo y de forma efectiva las Ideas objetivadas formalmente en los materiales literarios. El lector se considera, en el contexto determinante de los materiales literarios, como un núcleo ontológico fundamental, relacionado o concatenado en symploké con otros núcleos ontológicos igualmente esenciales, como el autor, la obra literaria y el crítico o transductor.
En su pensamiento literario, Hans-Robert Jauss expone una idea por completo psicologista del lector de obras literarias, explicitada fenomenológicamente, esto es, en M2, en la experiencia estética de la recepción, propia de todo ser humano, dotado de unas mínimas competencias, y un concepto formalista, estructuralista y teoreticista de “lector ideal”, objetivado en la figura de un “lector trascendental”, al que su teoría literaria concibe como una propiedad y una exigencia inmanentes del texto literario.
Sucede, sin embargo, que si el concepto de lector no es asimilable en una teoría de la literatura capaz de dar cuenta de los materiales empíricos sobre los que tal teoría está gnoseológicamente construida, difícilmente cualesquiera ideas que se aduzcan respecto al lector, la lectura, o incluso la interpretación misma de la literatura, podrán considerarse críticamente. A las teorías literarias de la recepción, y de forma muy concreta a Jauss (1967, 1970), se atribuye el hecho de sistematizar un concepto de interpretación literaria basado en una determinada idea de lector. Pero en Jauss el lector es una propiedad inmanente del texto. En Iser, a su vez, el lector es una entidad implícita, dada como epifenómeno en la conciencia de un receptor. Es como si el lector real tuviera en su mente un lector implícito que el texto explicitara, a veces incluso solo de forma virtual. Desafortunadamente, ni Jauss ni Iser fundamentaron sus teorías sobre la idea y el concepto de un lector real, corpóreo, gnoseológico, operatorio. El suyo es un lector ideal, formal, teórico, trascendental, kantiano, luterano incluso, y dado al entendimiento en condiciones apriorísticas y acríticas.
Uno de los mayores contestatarios que en este punto ha tenido el concepto de lector propuesto por Jauss ha sido Karlheinz Barck, quien en su artículo “El redescubrimiento del lector. ¿La estética de la recepción como superación del estudio inmanente de la literatura?”, ha puesto de manifiesto la incapacidad de la rezeptionsästhetik jaussiana para superar los modelos de la crítica inmanentista, de la que procede y de la que dice distanciarse, sin lograrlo, desde el momento en que su idea de lector es por completo estructuralista, formalista y fenomenológica. Barck objeta a Jauss el hecho de no definir los hechos literarios según “la praxis y la experiencia social de lectores y grupos de lectores concretos”, sino según formas “intra-literarias” o inmanentes (Barck, 1987: 175). Barck tiene razón. El error de Jauss ha sido el mismo error de Husserl, de quien lo hereda el artífice de la Rezeptionsästhetik, error que está

…en la concepción del Ego trascendental como un Ego incorpóreo o, al menos, tal que puede «poner entre paréntesis» a la misma corporeidad subjetiva (Ideas, §54). A partir de semejante Idea del Ego trascendental, no será posible pensar los procesos de constitución más que como procesos operatorios «mentales», como operaciones similares a aquéllas que los aristotélicos atribuían al entendimiento agente, o los kantianos a la subjetividad pura, es decir, como operaciones de un sujeto meta-físico. Ahora bien, las operaciones del sujeto gnoseológico, tal como las entiende la teoría del cierre categorial, son operaciones corpóreas, eminentemente «manuales», operaciones «quirúrgicas», manipulaciones, en su sentido literal y no metafórico […]. La «puesta entre paréntesis» del sujeto corpóreo pretendida por la «reducción fenomenológica» podría acaso dejar intactos todos los componentes materiales de este sujeto, menos uno: la practicidad efectiva de las operaciones manuales. Pero el sentido de una operación es su propio ejercicio y una «puesta entre paréntesis» de este ejercicio (de esta praxis) corroe su misma significación (Bueno, 1984: 12-13).

Conviene, pues, pensar teniendo en cuenta la realidad, y no la psique. Ni el deseo. La simplicidad es solo relativa a una multiplicidad dada, es decir, solo puede predicarse y justificarse desde una multiplicidad de hechos, referentes o fenómenos materiales, pero nunca desde un inventario especulativo de postulados, y aún menos desde un abanico de posibilidades retóricas o inventivas. No se puede multiplicar irrealmente el número de lectores de una obra literaria solamente por el afán de adjudicarles identidades formales del tipo “lector real”, “lector ideal”, “archilector” (Riffaterre, 1971), “lector modelo” (Eco, 1979), “lector implícito” (Iser, 1972, 1976), “lector explícito”, “lector implicado”, “lector intencional” (Wolff, 1971), “lector informado” (Fish, 1970), “lector textualizado”, etc., porque el único lector posible, real y efectivamente existente, es el lector de carne y hueso, es decir, un sujeto corpóreo y operatorio (gnoseológico): el ser humano. No hay más. Lo demás es retórica y formalismo, metafísica de la lectura y teología de la recepción. Una supuesta teoría o poética de la recepción no puede basarse en una configuración idealista de lectores, cuya única existencia es formal y retórica, porque al hacerlo así dejará de ser una teoría de la literatura para convertirse en una teología de la recepción, una suerte de idealismo metafísico de la lectura, cuyo reino, naturalmente, no será de este mundo.
Una teoría que aumenta los entes sin necesidad, es decir, sin contrapartida empírica, sin correlatos referenciales efectivamente existentes, no es que sea falsa, es que simplemente no es teoría de nada. Es retórica. Es un discurso formalista que evita encontrarse con la realidad y para ello multiplica idealmente los entes sin necesidad alguna. Entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem. Una teoría que no se basa en referentes materiales es lo mismo que una falsa partitura musical: la escritura de los signos musicales no se corresponde con ninguna realidad instrumental que haga factible su interpretación. Acaso un “músico ideal”, o un “músico implícito”, podría ejecutar la escritura musical plasmada en un pentagrama de esta naturaleza, pero también un “geómetra ideal”, y sin duda también “modélico”, podría trazar una circunferencia cuyo radio es infinito. Es lo mismo que si un médico diseñara un recetario impracticable, repleto de medicinas inexistentes o imposibles. De hecho, el lector de Jauss, que ha servido de referencia a todos los prototipos de lectores planteados por las poéticas de la recepción, es una suerte de comensal imposible, porque, como lector, es de un idealismo tan absoluto que no tiene ninguna posibilidad de existencia, corporeidad y operatoriedad. El lector de Jauss es una ficción pura.
Por todas estas razones el Materialismo Filosófico delimita conceptualmente la figura del lector literario en los términos reales de un ser humano o sujeto operatorio que, corpóreo y efectivamente existente, interpreta para sí mismo ―no para los demás― las Ideas objetivadas formalmente en los materiales literarios. Cuando interpreta para los demás el lector se convierte en un transductor. Pero para interpretar para los demás, como se explicará en su momento, hay que disponer de determinados medios, instrumentos, autorizaciones, recursos, poderes institucionales y políticos... El concepto de lector que sostiene el Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura exige además la existencia de un espacio estético, realidad al margen de la cual no cabe hablar de obra de arte ni de posibilidad alguna de interpretación (Maestro, 2007b). Porque si el lector no interpreta Ideas, objetivadas formalmente en los materiales literarios, entonces no actuará como lector de literatura, sino como un simple registrador de experiencias, sensaciones, ilusiones, sensorialidades, inquietudes, imaginaciones arbitrarias, impulsos, estímulos, figuraciones libérrimas, “cosas” en general, podríamos decir, que emanan o brotan, según el día, la temperatura o la lista de la compra, de su relación, por completo fenomenológica, psicológica, e incluso meramente animal o etológica, con la literatura, desde el momento en que renuncia a usar la razón para abordar la interpretación de Ideas, interpretación que exigirá una formación, una educación, sin duda científica, crítica y dialéctica, es decir, una paideía.
El lector al que se refiere Jauss en su pensamiento literario es un lector muy poco exigente. Es, en su virtualidad, un receptor o registrador de experiencias estéticas, pero no necesariamente de Ideas críticas. Esta exigencia no está en la Rezeptionsästhetik construida por Hans Robert Jauss. ¿Por qué? Porque Jauss reduce la interpretación a la lectura, y la lectura a la recepción, y la recepción a una experiencia fenomenológica, esto es, a lo que Iser (1976) denominará “el acto de leer”, y que debería haber estudiado como es debido, es decir, como el acto de interpretar ideas objetivadas formalmente en los materiales literarios. De este modo, maestro y discípulo habrían superado los límites del idealismo fenomenológico en que incurrieron de forma tan constante como definitiva, y que les impidió distinguir de un modo efectivo y gnoseológico la diferencia operatoria entre lector, quien interpreta para sí, y transductor o intérprete, quien interpreta para los demás. El lector de Jauss y de Iser es un lector que ni siquiera interpreta para sí, desde el momento en que actúa como un simple fenomenólogo, o registrador de experiencias estéticas. En su mente virtual los fenómenos persisten como fenómenos, sin llegar a convertirse en conceptos, de modo que la experiencia literaria se mantiene en un umbral profundamente psicologista y sociologista (M2), que no alcanza, ni siquiera lo pretende, formulaciones conceptuales o lógicas dadas en un tercer género de materialidad científica (M3). Frente al lector de Jauss y de Iser, el intérprete es un lector con criterios, y con poder y autoridad para hacerlos valer contra otros intérpretes. Interpretar es interpretar contra alguien (Bueno, 1992; Ongay, 2012). La interpretación es siempre dialéctica, o en caso contrario solo será una rapsodia descriptiva o una mera doxografía. Por otro lado, la lectura que no se convierte en interpretación, es decir, que no se hace pública, frente a otras interpretaciones, y en relación de analogía, paralelismo o dialéctica, no deja de ser un autologismo, esto es, la propuesta solipsista que alguien se hace para sí mismo. A su vez, la interpretación o transducción, por su naturaleza, es siempre dialógica y dialéctica, porque se enfrenta a otras interpretaciones y porque siempre nace en oposición a una proposición que trata de discutirse o negarse, la cual ostenta un carácter normativo, es decir, legible, transmisible y transformable, conforme a un sistema de normas, desde el momento en que no se puede articular una interpretación a partir de un conjunto nulo de premisas o conceptos.
La estética de la recepción jaussiana se ha construido ―y nadie lo ha observado ni criticado jamás― sobre la falcia adecuacionista, consistente en hipostasiar separadamente la forma (el lector) y la materia (la obra literaria), de tal manera que la idea de lector ―la forma― se construye como una superestructura virtual e ideal, absolutamente formalista y teoreticista, destinada a sublimar un modelo teórico de interpretación literaria, el cual, una vez construido, trata de adecuarse, coordinarse o yuxtaponerse, al texto u obra literaria ―la materia―, que se concibe como resultado de una descripción sintáctica o estructural de sus componentes semánticos, con frecuencia extraviados al albur de las potencias hermenéuticas al uso (Heidegger, Gadamer, Ricoeur, Habermas, Derrida, Foucault, De Man o Fernando Romo Feito). Lo cierto es que la estética de la recepción, lejos de haber reconocido en el lector de obras literarias al sujeto corpóreo, operatorio y gnoseológico que realmente es, lo ha reducido a un mero receptor y consumidor de productos literarios, absolutamente dominado y sometido a la poderosa voluntad del intérprete o transductor (Maestro, 1994).



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Ejemplos literarios o documentales




Bibliografía

  • Véase la sección correspondiente AQUÍ.


Ontología de la Literatura


Los materiales literarios: 

Autor, Obra, Lector e Intérprete o Transductor







[1] La pluralidad no debe postularse sin necesidad. Es el principio de la denominada “navaja de Occam”, en virtud del cual, en toda interpretación, hay que buscar el principio más simple capaz de generar y de explicar la mayor complejidad. La teoría de la recepción literaria ha incurrido precisamente en todo lo contrario: ha multiplicado estérilmente el número de lectores irreales (lector ideal, lector modelo, lector implícito, lector explícito, lector implicado, lector informado, etc…) en lugar de explicar coherentemente una Idea racional y empírica de lector real, expresión de por sí redundante, ya que el lector, o es real, o no lee, es decir, o es material, o no es.

[2] No hay que multiplicar los entes sin necesidad.


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