La Literatura y la Teoría del Cierre Categorial

Glosario


La teoría del cierre categorial pretende estar en condiciones para aclarar muchos puntos acerca del “Estatuto” de las llamadas “ciencias humanas”.
Gustavo Bueno (1978d: 2).

La teoría del cierre categorial parte de la concepción de que son las operaciones prácticas (tecnológicas —de la poiesis— o prudenciales —praxis—) aquellas que están en el origen de los conocimientos científicos y, en general, de todo conocimiento.
Gustavo Bueno (1991: 65).



(CC BY 2.0) KaCey97078 - Origami Half Amazing Circle
Con anterioridad me he referido a la Ontología de la Literatura, y a sus fundamentos, esto es, los materiales literarios como términos constituyentes del campo categorial de la Literatura y como referentes constituidos desde su delimitación como terreno categorial de estudio para la Teoría de la Literatura. A continuación me referiré a la Gnoseología de la Literatura, como sistema de procedimientos formales, conceptuales y lógicos, destinados a la interpretación científica o categorial (Teoría de la Literatura), y también filosófica y dialéctica (Crítica de la Literatura), de los materiales literarios.
La Teoría del Cierre Categorial es la teoría de la ciencia que desarrolla de forma específica el Materialismo Filosófico como sistema de pensamiento. Ha sido construida por Gustavo Bueno en la obra titulada precisamente Teoría del Cierre Categorial (1992), de la que hasta el momento se han publicado 5 volúmenes.
Según explica Bueno en su obra, la Teoría del Cierre Categorial concibe las ciencias como sistemas racionales y lógicos, constituidos por materiales que se identifican e interpretan como tales en la medida en que son formalmente conceptualizados y categorizados, es decir, en la medida en que la materia ontológica que constituye el campo de una ciencia determinada se formaliza y conceptualiza categorialmente dentro del campo gnoseológico de esa ciencia. En el caso de la Química, por ejemplo, la realidad física del agua (M1) se formaliza o conceptualiza en la fórmula H2O. El conjunto completo de los diferentes elementos químicos, codificados y organizados en la tabla periódica de Mendeléiev, constituye el campo categorial de la Química como ciencia, es decir, delimitan el cierre de la Química como categoría científica. De este modo puede afirmarse que el cromo, el vanadio o el titanio, son tres de los términos que, junto con los demás elementos químicos, cierran categorialmente esta disciplina. Lo mismo puede decirse de la Teoría de la Literatura, cuyo campo categorial está cerrado circularmente en la constitución de los términos que aquí se han señalado reiteradamente, como constitutivos y constituyentes de su Ontología: autor, obra, lector e intérprete o transductor.
Como explica Bueno (1992), las ciencias son construcciones materiales formalmente organizadas en categorías, cuya interpretación gnoseológica se lleva a cabo mediante la consolidación de sistemas estables y cerrados, pero no clausurados, lo que permite hacer del Mundo (M) un Mundo Interpretado (Mi). En consecuencia, siempre de acuerdo con el Materialismo Filosófico de Bueno (1992), las ciencias son construcciones categoriales de la realidad, que permiten además su interpretación. Tales categorías científicas, esto es, los ámbitos o dominios de las ciencias, sus parcelas o regiones, constituyen campos gnoseológicos. Dentro de cada campo se sitúan los materiales que son específicos de cada ciencia, porque solo una determinada ciencia —Medicina, Física, Historia, Lingüística, Química, Veterinaria, Teoría de la Literatura, Geología…—puede formalizarlos de modo específico dentro de su propia categoría científica. El concepto de Libertad, por ejemplo, no es objeto de la misma conceptualización, formalización, interpretación o categorización, en Química que en Derecho Internacional. Del mismo modo, el concepto de Intervalo no tiene la misma interpretación o categorización en Teoría de la Música que en Economía. Igualmente, el concepto de Transductor no es categorizable del mismo modo en Teoría de la Literatura (Teatro), que en Medicina (Biogenética) o que en Física (Óptica), por ejemplo.
Las ciencias, en consecuencia, se organizan en campos gnoseológicos o categorías lógico-materiales, es decir, en sistemas de materiales formalmente conceptualizados o interpretados. Las formas hacen que la materia sea legible sensorial e intelectualmente. Se dice que una ciencia está cerrada porque su campo gnoseológico está delimitado y definido por un conjunto sistemático de materiales que se han interpretado de forma racional y lógica, de acuerdo con los principios y los modos de cada ciencia en cuestión. Ha de subrayarse que los materiales que integran un campo categorial, científico o gnoseológico, están relacionados entre sí de forma racional y lógica, es decir, de forma sistemática y en symploké (Platón, Sofista 259 c-e). Se habla de cierre categorial, o cierre científico, porque el campo categorial o científico está sistemáticamente delimitado y establemente definido por una serie de materiales, cuya formalización o conceptualización es constitutiva de la ciencia dada, y porque hay otros materiales cuya formalización o conceptualización no compete ni es objeto de esa ciencia en concreto. Cada ciencia es un sistema cerrado a la interpretación de materiales que no forman parte de su campo categorial, y que por tanto no constituyen ni ontológicamente ni gnoseológicamente parte de esa ciencia, esto es, parte de su dominio o categoría. Por ejemplo, el endecasílabo es un material de la Teoría de la Literatura (Métrica), pero el fémur de un mamut o las moléculas de carbono contenidas en el benceno no lo son, porque estos dos últimos términos son materiales que pertenecen respectivamente a los campos categoriales de la Paleontología y de la Química, y que en la medida en que pertenecen a ellos los constituyen ontológicamente y gnoseológicamente. El cierre categorial de una ciencia, o categoría, se consuma —se cumple, podríamos decir—, cuando el científico (sujeto operatorio) trabaja (relaciona y opera) con la totalidad de los materiales (términos) del campo categorial, o espacio gnoseológico, que constituye su ciencia, como categoría específica. Una ciencia no está cerrada si no tiene su campo categorial delimitado, definido o cerrado, a partir de la totalidad de los materiales sobre los cuales esa ciencia está construida, materiales de los que tendrá que dar una explicación formalmente conceptualizada y críticamente sistematizada.
No se puede ejercer una ciencia al margen de la totalidad de sus contenidos materiales o términos. No se puede hacer Química solo con el benceno, o solo con el sodio. Del mismo modo, no se puede ejercer la Medicina ocupándose solamente del corazón o los pulmones, e ignorando el hígado o los riñones. Una ciencia solo puede ejercerse correctamente teniendo en cuenta la totalidad de los materiales o términos que la constituyen y, además, teniendo en cuenta la forma en que estos materiales o términos se relacionan entre sí, es decir, conceptualizándolos debidamente. Por esta razón no puede concebirse la Teoría de la Literatura  al margen de uno solo de sus cuatro términos constituyentes fundamentales, es decir, al margen de su Ontología: autor, obra, lector e intérprete o transductor.
Por lo que se refiere a la Teoría de la Literatura, como ciencia de la interpretación de los materiales literarios, esta solo puede ejercerse plenamente si se tienen en cuenta todos los materiales literarios efectivamente existentes, que son los cuatro de referencia: autor, obra, lector y transductor. Es tan absurdo hablar de una teoría literaria reducida al autor, o al texto, o al lector, como hablar de una Medicina limitada al riñón o a la uretra, o como de una Química circunscrita al hidrógeno o al selenio, o como de una Teoría de la Música limitada a los sonidos naturales, y que prescindiera de los tonos bemolizados o sostenidos. El cierre categorial de la Teoría de la Literatura, y por tanto su consolidación y operatividad como ciencia, solo se produce cuando se trabaja con los cuatro elementos fundamentales de su campo categorial o gnoseológico —autor, obra, lector y transductor—, los cuales están relacionados en symploké, como ya se ha explicado. Prescindir de uno de estos términos a la hora de interpretar la Literatura será tan irracional como ejercer la Oftalmología ignorando la existencia del corazón o del páncreas. Porque no se puede ignorar la relación efectivamente existente entre las partes que constituyen una misma totalidad atributiva, es decir, entre los términos que —ontológica y gnoseológicamente— cierran una categoría, como puede ser el cuerpo humano, para la Medicina, o como, en su caso, lo es para la Teoría de la Literatura la Literatura escrita por un Autor, codificada en un Texto, leída por un Lector e interpretada por un Crítico o Transductor.
El cierre categorial de la Teoría de la Literatura es el resultado de una doble trayectoria, de orden genealógico, en la que se explicita su Ontología —la constitución de los materiales literarios (Genealogía de la Literatura)—, y de orden histórico, en la que se objetiva su Gnoseología —la formalización y conceptualización científica de tales materiales (Historia de la Teoría de la Literatura)—. En primer lugar, la Ontología de la Literatura se constituye a lo largo de una Genealogía a través de la cual la Literatura se ha ido expandiendo estructuralmente, desde un genesíaco y religioso núcleo angular hasta su despliegue radial y tecnológico más desbordante, que culmina, como institución académica, política y mercantil, en el cierre circular característico y operatorio de las sociedades humanas que emergen en las Edades Moderna y Contemporánea. En segundo lugar, la Gnoseología de la Literatura, esto es, la constitución de una Teoría de la Literatura como ciencia categorial destinada al conocimiento científico de los materiales literarios, es resultado de una trayectoria histórica cuyo inicio tiene como referencia la Poética de Aristóteles, y la teoría de la mímesis como principio generador y explicativo del arte verbal (siglo IV a.n.E. hasta la Ilustración). Este principio mimético se ha visto reemplazado, más que sucedido, por el progresivo —y relativamente integrador— desarrollo de sistemas teórico-literarios de interpretación, los cuales se han objetivado en las denominadas poéticas de autor (siglo XIX), en las poéticas formales y funcionales (1900-1967), en las poéticas de la recepción (último tercio del siglo XX), y finalmente en las poéticas de la transducción o intermediación (finales del siglo XX y comienzos del XXI). Del cierre categorial de los materiales literarios, y de la construcción de la Teoría de la Literatura como ciencia, justificada desde los criterios del Materialismo Filosófico de Gustavo Bueno (1992), he dado cuenta en mi libro Los materiales literarios. La reconstrucción de la Literatura tras la esterilidad de la “teoría literaria” posmoderna (2007b), dedicado específicamente a la Ontología de la Literatura: autor, obra, lector e intérprete o transductor.
En suma, la perspectiva del Materialismo Filosófico, desarrollada gnoseológicamente en la Teoría del Cierre Categorial, considera la ciencia como un conjunto sistemático, abierto e ilimitado, de teoremas, a la vez que concibe el campo gnoseológico de cada ciencia concreta como un conjunto sistemático de armaduras o contextos determinantes, como partes materiales genuinamente suyas (Bueno, 1992). Desde tal perspectiva gnoseológica, la ciencia equivale a una construcción en la que los teoremas se articulan progresivamente, entretejiéndose unos con otros, sistematizándose y reorganizándose en la inmanencia de un campo cerrado, pero nunca definitivamente clausurado. Las construcciones científicas parten de núcleos originarios bien definidos —teoremas o células gnoseológicas— que van desarrollándose en un cuerpo científico, al margen de cualquier dirección prefijada o predeterminada, y a lo largo de un curso histórico y social, en cuyas circunstancias, diferentes factores pueden interactuar con los procesos de construcción científica, lo que nos exige tener en cuenta los contextos de descubrimiento y los contextos de justificación (Reichenbach, 1938).
Ahora bien, desde el punto de vista de la gnoseología materialista, una ciencia no puede reducirse a una teoría, ni a un conjunto de teorías, por muy organizados que esta o este se presenten. Es decir, no podemos hacer de la estética de la recepción, por ejemplo, la Ciencia única de la literatura, porque precisamente la Rezeptionsästhetik limita a un único término, el lector, al que subordina todos los demás, la esencia de lo que la literatura es. Dicho de otro modo, convierte una estructura dada en symploké en una totalidad monista, en la que una parte o término (el lector) domina y subsume a todos los demás (autor, obra e intérprete). Algo así sería incurrir en un teoreticismo popperiano, en un formalismo cuyo límite sin duda es metafísico, dada su desvinculación de la materia, desde el momento en que, en última instancia, toda forma se desvanecería. Es el caso de la Teología, que es especulación pura, es decir, retórica, o en el mejor de los casos racionalismo idealista, porque su objeto de conocimiento, Dios, no existe materialmente. Su M1 es igual a 0. Una ciencia es una construcción operatoria, una construcción ejecutada por sujetos que actúan, y no solo desde teorías que formalizan realidades materiales y efectivamente existentes. Las ciencias trabajan con el M1 de sus objetos de conocimiento, los términos o materiales que componen físicamente su campo categorial, cerrado, pero no clausurado, para dar de ellos interpretaciones explicitadas de forma racional y lógica (en M3), al margen de las preferencias o inquietudes psicológicas y anímicas (M2) de los investigadores. Las ciencias son construcciones en las que se conjugan solidariamente, circularmente, elementos formales y materiales. Cuando las teorías se desvinculan de las realidades materiales, cuando pierden toda posibilidad de conjugación formal con la materia, entonces degeneran en especulaciones, en hipótesis, es decir, en formas completamente desconectadas de la realidad física y material del mundo real. Las ciencias son superiores e irreductibles a las teorías, porque ―como ha escrito Bueno (1992)― las ciencias comportan y movilizan arsenales físicos de múltiples términos, operaciones y relaciones (sintaxis), fenómenos, esencias y referentes (semántica), sujetos, colectividades y pautas de interpretación y actuación (pragmática), sobre cuya complejidad se construye el Mundo Interpretado (Mi), y al margen del cual el Mundo (no interpretado) permanece como una realidad ilegible e inerte (M), es decir inoperable.

Los cierres categoriales, aunque se mueven necesariamente en el plano operatorio de los fenómenos, terminan desbordándolo para establecer estructuras esenciales autónomas, en el mejor de los casos. Y si esto no es así no nos será posible establecer la correspondencia entre ciencia categorial y fenomenología […]. Las ciencias categoriales son cerradas (en sus realizaciones óptimas) y esto significa que sus conceptos (términos, relaciones y operaciones) tejen un orden inmanente al campo (Bueno, 1991: 124).

Todo concepto literario ha de fundamentarse en un material literario. Verum est factum: la verdad está en los hechos, es decir, en las operaciones que llevan a cabo la relación racional y lógica entre términos efectivamente existentes, y constituyentes de un campo categorial definido y ontológicamente delimitado.
Hay que reconocer en este punto que el pensamiento literario de Jauss ha contribuido de forma determinante y única a propiciar el cierre categorial de la Teoría de la Literatura como ciencia, cierre categorial que ha tenido lugar a fines del siglo XX y comienzos del XXI, y nunca antes en la historia de la investigación científica de la literatura. Jauss nos liberó de Jakobson. El adecuacionismo del alemán nos permitió superar el teoreticismo del moscovita. Dado este paso, el circularismo supone la consumación del cierre circular de los materiales literarios y, en consecuencia, de la Ontología de la Literatura: autor, obra, lector e intérprete o transductor. El Materialismo Filosófico de Gustavo Bueno ha resultado fundamental en su aplicación a la investigación literaria.
En primer lugar, siguiendo la Gnoseología Materialista de Bueno (1992), se confirma que el cierre categorial de una ciencia no es más que una delimitación ontológica (la de los materiales o términos que constituyen el campo de investigación de esa ciencia) y una circunscripción gnoseológica (la de los procedimientos operatorios lógico-formales y lógico-materiales llevados a cabo para interpretar científicamente los materiales identificados ontológicamente). Por eso el campo categorial de la Teoría de la Literatura lo constituyen cuatro términos o materiales fundamentales: autor, obra, lector e intérprete o transductor. No cabe hablar de literatura al margen de ellos o de espaldas a uno de ellos. Lo he dicho y hay que reiterarlo hasta la saciedad: estos cuatro términos cierran el campo categorial de la Literatura del mismo modo que los elementos químicos de la tabla periódica de Mendeléiev cierran el campo categorial de la Química. Desde el punto de vista de la Gnoseología, la Teoría de la Literatura, como ciencia de la literatura, conceptualiza material y formalmente tales términos ontológicos. Este es el cierre categorial dado en el campo de los hechos y materiales literarios.
En segundo lugar, hay que recordar que desde la Retórica de Aristóteles está formulada ya para la Teoría de la Literatura la idea esencial de la pragmática literaria que Jakobson reproducirá ―con bastante poca originalidad, hay que reconocerlo de una vez― en su mitificada ponencia de Indiana en 1958, y a la que apenas una década después Jauss convertirá en la fenomenología causalista del hecho literario: “Tres son los elementos —dice Aristóteles (Retórica, 1358b)— que entran en todo discurso: el que habla, el tema sobre el que se habla y el oyente a quien se habla. Y el fin es el oyente”. Los intérpretes del teoreticista Jakobson han hecho un flaco favor al descriptivista Aristóteles. Solo Jauss, desde el adecuacionismo posestructuralista, convertirá la conciencia del oyente, una figura en la que Aristóteles objetivaba la teleología del discurso en general y de la literatura en particular, en una conciencia causal y productora de lo literario como hecho significante. Jauss, acaso sin saberlo, estaba reduciendo la literatura a un epifenómeno de la conciencia subjetiva. Jauss se sitúan, otra vez más, en la más castiza tradición alemana, luterana, genealógicamente agustina y bibliomántica (tolle legere…): la conciencia del yo lector, constructor del sentido del texto (bíblico). Iser radicalizará las pautas jaussianas a lo largo de sus propias investigaciones. Muy lejos de hacer de la obra de arte verbal un objeto de conocimiento crítico y objetivo, propio de una conciencia lógica y trascendental, Jauss e Iser la convierten en un estímulo fenomenológico y acrítico de la conciencia psicológica de cada lector. Tras la estética de la recepción alemana, la interpretación literaria queda una vez más a merced de los hermeneutas de la psicología egoísta y de la ideología gremial, cuyo límite es el autismo individual y gregario (el yo y el nosotros). De aquellos polvos, estos lodos. El lector implícito de Iser es el último de los hijos naturales de Lutero. Por tales caminos discurre actualmente la “teoría literaria” posmoderna. En Babel cada cual puede decir lo que quiere porque todo es ilegible. Y también inútil. Vivir en la esterilidad es todo un lujo, para quienes pueden permitírselo.
De un modo u otro, a Jauss corresponde inequívocamente haber dado un paso decisivo en la codificación de la figura del lector como término registrado en el campo categorial de la Teoría de la Literatura. Que posteriormente tanto Jauss como sus discípulos, sobre todo Iser, hayan reducido, e incluso jibarizado, la figura del lector a una entidad psicológica, idealista y formalista, en nada minusvalora la decisiva aportación jaussiana, la cual hizo posible, a fines del siglo XX y comienzos del XXI, la introducción de la figura del transductor o intérprete al campo gnoseológico de la literatura, objetivando de este modo el cierre categorial de la Teoría de la Literatura como ciencia literaria, tal como expuse en 2007 en mi obra Los materiales literarios. La reconstrucción de la Literatura tras la esterilidad de la «teoría literaria» posmoderna (Maestro, 2007a).




Gnoseología de la Literatura: 
teoría del conocimiento literario
(tercera parte)


La Teoría de la Literatura frente a la Teoría del Cierre Categorial

Crítica de la Teoría de la Literatura
y Teoría del Cierre Categorial







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Bibliografía

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