Lo numinoso y el desengaño en el Quijote

Respuestas a cuestiones y preguntas



  • ¿Qué viene después de la constatación de lo numinoso [en el Quijote] y que da pie al desengaño? ¿Quizá Gracián? ¿Quizá Calderón? [F. J. B. R.]


La presente pregunta está relacionada con la conferencia pronunciada por Jesús G. Maestro el 1 de diciembre de 2014 en la Universidad de Roma, La Sapienza, sobre El lugar del Quijote en la genealogía de la literatura. Idea de Religión en Cervantes, y que puede verse íntegramente en el siguiente vídeo.








Respuesta
Según mi interpretación, después de la experiencia de lo numinoso en el Quijote, que desemboca en el desengaño de don Quijote ―el resto de los personajes no necesitan de lo numinoso para desengañarse―, no sobreviene un Gracián, ni tampoco un Calderón (este mucho menos que el otro). No sobreviene nada que no estuviera ya presente antes del Quijote, porque lo numinoso remite a la literatura anterior, esto es, a los libros de caballerías, desautorizados por el racionalismo de la Edad Moderna.
Lo numinoso, en el Quijote, es una experiencia exclusiva de don Quijote. Solo don Quijote dice ver gigantes donde hay molinos, yelmo de Mambrino donde solo hay bacía de barbero, ejércitos donde hay rebaños, magos y encantadores donde real y efectivamente no hay nada. Don Quijote diseña una experiencia numinosa, como motor de su locura, a fin de asegurarse los fueros que, gracias a esta locura, le permiten actuar como actúa: apalear a frailes, libertar a galeotes, sustraerse de la Santa Hermandad, etc. La numinosidad del Quijote es obra exclusiva de don Quijote. Otra cosa es que a esta numinosidad, una vez en marcha, se sumen otros personajes, por cierto con mucha cara dura, al menos inicialmente, como el cura, el barbero, más adelante Sansón Carrasco, y muy puntualmente el ama o la sobrina.
Digo que lo numinoso es preexistente al Quijote porque don Quijote lo toma, literalmente, de los libros de caballerías, donde reside el intertexto literario desde el que Alonso Quijano construye la locura y el personaje de don Quijote. Lo numinoso dispone el camino de don Quijote hacia el desengaño, porque entre la realidad, tal como es, y la mente de don Quijote, tal como él es, solo se interponen los númenes, como auténticos nutrientes (entre otros elementos) de su locura.
Por otro lado, lo numinoso no agota en el Quijote la interpretación de los mitos, de los personajes mitológicos que aparecen a lo largo de la novela. El mito es superior e irreductible al numen en esta novela cervantina. Y además, lo numinoso, en el Quijote, no desemboca en ningún destino ni interpretación religiosos, ni, desde luego, teológicos. La religión que desde el Quijote se toma como referencia, es decir, el racionalismo católico, considera lo numinoso como un tercer mundo semántico, una suerte de fabulación intrascendente: duentes, ficciones, encantadores, figuras propias de un mundo infantil, senil y desde luego irreal. Un mundo, en suma, inocente, ridículo e inofensivo. Como en cierto modo es el propio don Quijote.
Pero que el desengaño de don Quijote venga promocionado por el fracaso de lo numinoso no significa que lo mismo ocurra con el resto de los personajes, los cuales, en su mayoría, no conciben su vida personal como un fracaso en absoluto. Ni mucho menos. Casi todo acaba bien para buena parte de ellos.
Tras lo numinoso, don Quijote descubre el desencanto y el desengaño. Tras lo mitológico, el narrador ―un gran cínico― descubre al lector el teatro y la farsa (sobre todo en los episodios de los duques). Y tras lo teológico, Cervantes, el autor, nos pone delante un mundo sin Dios, un mundo en el que Dios, o no está, o no interviene. Y en el que, con toda franqueza, la mayor parte de los personajes ni siquiera le esperan. Todo lo que ocurre en la literatura de Cervantes ocurre sin necesidad de que Dios lo organice y disponga. Los seres humanos se enfrentan contra sí mismos, desde los poco ideales pastores de la Galatea hasta los farsantes y mentirosos peregrinos del Persiles, pasando sobre todo por los numantinos contra los romanos. No hay Dios. Numancia es tragedia deicida. La idea de Dios de Cervantes es la misma idea de Dios que sistematizará Baruch Spinoza en su filosofía: la causa primera no es humana, no tiene sentimientos y, aunque sea racional (logos) en su despliegue en el Mundo, ni siquiera es consciente de ese racionalismo que solo el ser humano puede atribuirle.
Para Cervantes en literatura, como para Spinoza en filosofía, Dios no es una realidad espiritual, es decir, no es, como diría Gustavo Bueno, un «espíritu» o forma incorpórea operatoria, porque, simplemente, no es. Una forma corpórea operatoria es el Inconsciente tal como lo concibe Freud, por ejemplo, es decir, el último fantasmón posmoderno (me refiero al mito del Inconsciente, no a Freud).
Por todas estas razones siempre he dicho que Cervantes es el Spinoza de la literatura: un racionalista y un ateo. Cervantes no es soluble en agua bendita.
La numinosidad, al desembocar en el desengaño ―siempre desde la perspectiva de don Quijote―, no nos conduce a nada nuevo, sino que nos retrotrae al contexto utópico y al intertexto literario precedente de la literatura caballeresca, es decir, a la utopía demencial, loca, ilusa, de un mundo imposible por irreal. El desengaño de lo numinoso es, en el Quijote, retrogresivo, no progresivo. Sirve de soporte a su locura. Otra cosa es el desengaño de lo teológico, que desembocará en la secularización, o en la sustitución de la teología religiosa no por el ateísmo, sino por formas muchas veces retrógradas de mitología o incluso de numinosidad (no por casualidad hay gente que trata a los animales como criaturas divinas, sobre todo a los perros).
En realidad, no hay casi nada en Cervantes que nos conduzca a Calderón. Calderón escribe para la Contrarreforma. Cervantes no es soluble en ella. El teatro español del Siglo de Oro no presta atención al sistema de pensamiento de Cervantes objetivado en el Quijote. La herencia de Cervantes solo comienza a apreciarse en la Edad Contemporánea, y muy mitificada. El Idealismo alemán lo exalta y mixtifica, pero no lo explica. Goethe admira a Cervantes: pero leyendo a Goethe sobre Cervantes no aprendemos nada sobre Cervantes ni sobre el Quijote. En cuanto a Gracián: es, en cierto modo, el Feijoo del siglo XVII.

Jesús G. Maestro


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