Más sobre la Ciencia de Ortega


(CC BY-SA 2.0) garlandcannon,
Time Begins in Our Universe with a Big Bang
La Idea de la Ciencia de Ortega, como bien señala Gustavo Bueno (2001b), no es gnoseológica, sino extragnoseológica. Porque es cogenérica, no transgenérica.
La Teoría del Cierre Categorial concibe la Ciencia como un hecho específico frente a otros hechos igualmente específicos (cultura, literatura, arte, religión, vida animal, etc.) De hecho, la Teoría del Cierre Categorial exige segregar de los campos categoriales o científicos todo aquello que sea disociable de ellos, es decir, todo aquello que no sea un término propio de su categoría y constituyente de su campo científico. Las ciencias están constituidas por múltiples componentes, de los que habrá que segregar o excluir, mediante procesos de regresión hacia sus estructuras más esenciales (regressus), aquellos que impidan conformar verdades científicas, es decir, identidades sintéticas. Los componentes fenoménicos, psicológicos y autológicos, que son siempre elementos de partida, ha de ser superados mediante el regreso a sus referentes esenciales, estructurales y normativos.
Toda Teoría de la Ciencia habrá de dar cuenta de una gnoseología general, que se ocupará en primer lugar de la totalidad de las ciencias, y de una gnoseología especial, que se referirá en su caso a cada especialidad científica, es decir, a cada campo categorial o ciencia particular. No cabe, desde presupuestos gnoseológicos, una interpretación cogenérica de las ciencias, como planteaba Ortega en obras como Misión de la Universidad (1930), En torno a Galileo (1942) o La idea de principio en Leibniz y la evolución de la teoría deductiva (1958).
Hemos dicho, siguiendo a Bueno, que la Gnoseología es una teoría ontológica de la ciencia, y hemos de insistir en que toda Gnoseología exige segregar los componentes psicológicos, fenomenológicos y autológicos del campo categorial o científico. El más psicológico de todos los componentes es el propio intérprete, es decir, el sujeto operatorio. En este sentido, es imprescindible literalmente des-humanizar las Ciencias, si lo que se pretende de verdad es no solo un conocimiento científico de la realidad, sino una construcción competente de esa realidad, es decir, una arquitectura gnoseológica de los medios que hacen posible su interpretación. Porque la verdad está en los hechos —verum est factum—, antes que en su interpretación gnoseológica, la cual, por otra parte, resulta indisociable de los propios hechos, porque está conjugada con ellos, es decir, con su Ontología. Gnoseología y Ontología son realidades conjugadas. La una no se concibe sin la obra. Forma y Materia son inconcebibles por separado. Ni hay formas incorpóreas —tesis espiritualista e idealista, de la que brota desde la Idea del Dios teológico hasta el mito del Inconsciente freudiano[1]—, ni el ser humano puede acceder de ninguna manera a una materialidad no formalizada.
Hablar de “ciencias humanas” es, desde la Teoría del Cierre Categorial, en cierto modo, una redundancia y una contradicción. Una redundancia porque todas las ciencias son, en definitiva, humanas, desde el momento en que están construidas por seres humanos operatorios, y no criaturas animales o divinas. Y es contradictoria, porque, en tanto que “humanas”, las ciencias dejan de ser estrictamente ciencias, al incorporar a sus campos categoriales términos fenomenológicos, psicológicos, autológicos, y en tanto que “ciencias”, exigen la depuración o esterilización de todo contenidos subjetivos de naturaleza humana. En este sentido, las Ciencias lo son en la medida en que sus procedimientos gnoseológicos sean capaces de procesar la neutralización o depuración de los componentes humanos, y de aproximarse a lo que, según la Teoría del Cierre Categorial aplicada a los materiales literarios, denominaremos, a partir de Bueno (1992), Ciencias de regresión extrema o metodologías α-1, frente a su contrapunto más distante, esto es, las Ciencias de progresión extrema o metodologías β-1.
Ocurre que las verdades científicas se alcanzan, a través de procesos de estructuración hacia sus contenidos esenciales (regressus), mediante contextos de justificación. A través de esta regresión hacia sus formulaciones esenciales o estructurales es posible la constitución de identidades sintéticas que permiten constituir verdades científicas, dentro de las cuales nada hay de “humano”, salvo los procedimientos de génesis, o contextos de descubrimiento, en todo caso, que, como puntos de partida, tienen siempre como premisa hechos psicológicos, fenomenológicos, autológicos, desde los que comienza a operar el sujeto gnoseológico o intérprete (sujeto operatorio). Nada hay de humano en la fórmula química de la glucosa (C6H12O6), como nada hay de humano en la definición del pentasílabo adónico (o - - o -), acentuado en primera y cuarta sílabas métricas, por mucha lírica que quepa observar en los versos que genuinamente evocaban al antiguo dios Adonis (O ton Adonin!), como nada hay de humano en el denominado acorde Tristán (fa, si, re sostenido, sol sostenido), con el que Wagner inicia su ópera Tristán e Isolda (1865).




La interpretación científica implica siempre una des-humanización, no del arte en sí mismo, sino de los fenómenos artísticos de los que partimos. Regresar a las estructuras esenciales de la ópera wagneriana, como regresar a las estructuras esenciales de la lírica griega o española compuesta en versos adónicos de cinco sílabas métricas, como regresar a las esencias que objetivan diabetes en un cuerpo humano por exceso de glucosa en la sangre, exige partir, respectivamente, de la melodía que oímos, de los versos que se recitan o leen, y del cuerpo de la persona que sometemos a una analítica —es decir, implica partir de los fenómenos— para retrotraerse (regressus) a las esencias, esto es, a una partitura musical interpretable solo desde la Teoría de la Música (y que permanecerá ilegible para quien desconozca esta ciencia, y la técnica del solfeo), a una estructura poética que sólo comprenderá quien conozca las leyes de la métrica, y a una formulación que solo podrá justificar racionalmente quien disponga de conocimientos químicos y médicos, al identificar en el referente de C6H12O6 un monosacárido de tal composición molecular.

Jesús G. Maestro

Glosario




Bibliografía

  • Véase la sección correspondiente AQUÍ.







[1] El Inconsciente freudiano es, además, una forma incorpórea dotada de competencias operatorias, a las que se atribuye, incluso, por si fuera poco, la capacidad de sustraerse a la razón, de ser superior al racionalismo humano, y de vencerlo y burlarlo en cualesquiera circunstancias y tesituras. El Inconsciente freudiano sería algo así como un Dios todopoderoso e inmutable, indomesticable e incognoscible, que todo ser humano lleva dentro, y del que resulta imposible desasirse o desligarse, que aflora sobre todo durante el sueño, y que, para terminar, o para empezar, nos tiene cogidos por los mismísimos genitales, núcleo energético fundamental de las actividades humanas todas. Indudablemente, semejante duende, demon o numen, tiene una gracia extraordinaria. Lástima que solo exista en la imaginación de los relatos freudianos, y en la mente de sus creyentes lectores. Si Nietzsche hubiera podido leer los escritos de Freud solo habría reconocido en ellos la expresión más caricaturesca y épica de sus propios escritos. Cuando no un plagio de aspectos esenciales de su propio pensamiento.


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