Teoría de los Géneros y Teoría de las Esencias

Glosario

El concepto de Género Literario en la Teoría de las Esencias


(CC BY 2.0) ciokkolata - Alien Landscape 1
A Gustavo Bueno corresponde la reinterpretación contemporánea de las esencias  porfirianas y plotinianas, como procedimientos de clasificación de las partes constituyentes de una totalidad, con el fin de agotar todos los contenidos dados, todos los materiales efectivamente existentes, de modo que no se escape nada, y que ningún elemento en juego pueda sustraerse a un examen holótico y completo. En consecuencia, Bueno consigue que todo lo que se estudia quede encerrado en una categoría, inventariado minuciosamente, fruto de una relación sistemática ―dispuesta en symploké―, de modo que ningún término del campo de investigación quede sin interpretar. No hay términos fuera del mundo interpretado (Mi), porque todo ocupa su lugar dentro de la categoría en la que cada una de las partes está encerrada, esto es, ordenada y codificada. De ahí el orden lógico reinante en todo cierre categorial (Bueno, 1992).
Bueno se sirvió de la teoría de la esencias porfirianas y plotinianas, como procedimientos de interpretación, en obras clave de su sistema de pensamiento, como El animal divino (1985) y el Primer ensayo sobre las categorías de las ‘Ciencias Políticas’ (1991), entre otros muchos de sus escritos, para llevar a cabo una crítica de la Religión y de la Política, respectivamente. Así distinguió, según las esencias plotinianas, un núcleo, un cuerpo y un curso, de modo que el núcleo identifica una realidad material primigenia, que en el caso del origen de la religión serían los animales numinosos, tratados como auténticos dioses vivos; el cuerpo dispone el desarrollo estructural de los materiales (religiosos, políticos, literarios, químicos, etc., constituyentes de esa realidad primigenia o nuclear); y el curso daría cuenta de la historia y evolución de los respectivos hechos, propios de cada ámbito o categoría científica (Religión, Política, Medicina, Física, Termodinámica, Literatura, Derecho…). Ahora bien, ¿por qué estas esencias son plotinianas? ¿Por qué hablar de núcleo, cuerpo y curso? Porque a lo largo del núcleo, el cuerpo y el curso se mantienen estables ―esenciales― elementos que están en su constante relación, interacción o incluso dialéctica con otros elementos más inestables y cambiantes ―accidentales―. Hablamos, sin duda, de la persistencia y preservación de componentes generadores y evolutivos.

Un ejemplo muy visible es el relativo al ser humano. Cuando nos engendran somos el resultado de la unión de dos células, que constituyen el núcleo de un cigoto, de un futuro embrión, de un feto en ciernes. Este feto se desarrolla corporalmente, estructuralmente, hasta que nace, y sigue creciendo, es decir, sigue su curso. Desde muy pronto la estructura supera la génesis. Cada uno de nosotros es siempre la misma persona, desde que nace hasta que muere, a través de nuestro propio núcleo, cuerpo y curso, es decir, a lo largo de nuestra concepción, desarrollo estructural y desenvolvimiento histórico. Sufrimos cambios, pero conservamos elementos, órganos y partes que son siempre los mismos en el funcionamiento del todo en el que se integran.
Tomemos ahora el ejemplo de la literatura, de gran rendimiento en la teoría de los géneros literarios. ¿Qué ocurre, por ejemplo, con la novela? El núcleo apela indefectiblemente al narrador que cuenta una fábula; el cuerpo, a la estructura a través de la que formalmente se objetivan sus diversos materiales, incluida la genealogía de la que estos elementos pudieran proceder o haber brotado (épica, epopeya, relato de aventuras, cuentos maravillosos, romances, novela bizantina, novela autobiográfica, novela lírica, novela cortesana, Bildungsroman, novela epistolar, novela picaresca…); por último, el curso exigirá la interpretación histórica de la novela como género literario, examinando todas y cada una de sus manifestaciones a lo largo de la historia y geografía literarias. La suma de todos estos elementos ―la totalidad de todas estas partes― constituirá la esencia de la novela, es decir, su Ontología.
Los ejemplos pueden multiplicarse. Así, en el caso de la Genealogía de la Literatura, el núcleo estará constituido por el eje angular: las creencias numinosas, mágicas, religiosas, irracionales, de las que en conjunto brota lo literario; el cuerpo remite al soporte en el que se expresa la literatura, desde la oralidad del verbo hasta la tableta que hace legible el libro digital, pasando por la litografía, las tablillas enceradas o de plomo, el papiro, el códice, la imprenta, el libro encuadernado, etc..., como resultado de la expansión de los materiales literarios en el eje radial o de la naturaleza, dado que esos materiales proceden siempre de materiales inertes e inanimados (piedra, papel, plástico...); finalmente, el curso está constituido por el espacio a través del cual circula la literatura, esto es, el lugar por donde se cursa su itinerario (geográficamente, históricamente, pragmáticamente, políticamente...), su praxis, es decir, su construcción, comunicación, recepción e interpretación, protagonizada por el autor, la obra, el lector y el crítico o transductor. He aquí los materiales literarios. He aquí también el cierre categorial de la literatura (Bueno, 1992; Maestro, 2007a). Es un cierre circular, porque necesita de la sociedad humana, organizada políticamente (en una tribu no hay imprentas, ni comercio, ni moneda acuñada...) y dada en el eje circular del espacio antropológico (Bueno, 1978).
De este modo procede toda interpretación plotiniana de la teoría de las esencias, es decir, toda interpretación plotiniana del desarrollo del ser, que es material, o no es. Ahora bien, ¿en qué se basa esta articulación plotiniana de las esencias o materia esencial ―nuclear, corporal o estructural y cursal o histórica― de la materia, o sea, del ser? Se basa en los rasgos del género, es decir, en los rasgos constituyentes de lo que, en el contexto que nos ocupa, podemos denominar genoma literario
Las esencias plotinianas definen las partes que constituyen una totalidad desde el punto de vista de su genoma, esto es, desde el punto de vista del género, considerando que los cambios del género ―lo que hace cambiar el género― forman parte del género (antes que de la especie), proceden del género (pero no de la especie) y potencian el género (que no la especie). Dicho de otro modo: los cambios del género están determinados por propiedades y características genéricas, troncales, o procedentes del genoma, y no por características específicas, ramales, o procedentes de las especies. Las esencias plotinianas son interpretaciones troncales y genéricas, y no específicas o diferenciales. Adviértase que las específicas o diferenciales son las desarrolladas según las esencias porfirianas, esto es, las que interpretan los cambios que sufre el género como fenómenos propiciados por las especies o diferencias específicas (y no por las cualidades genéricas propiamente dichas, sino por las cualidades específicas).
En términos de esencia porfiriana, la más común definición de ser humano es “bípedo implume”, porque bípedo es el género próximo, es decir, la apelación a la totalidad de los géneros afines o próximos a los que pertenecen los seres bípedos. Y dentro de este amplio conjunto genológico de bípedos, en el que se concitan diferentes especies, la única implume es la constituida por el ser humano, es decir, que el hombre y la mujer son los únicos seres que, perteneciendo al género de los bípedos, se caracterizan por esa diferencia específica, diferencia dada en su especie (no en el género de los bípedos): pues entre todas las criaturas englobables en el género de los bípedos, la diferencia de la especie humana es la de no tener plumas. De este modo, las esencias porfirianas definen el género desde el punto de vista de la especie, esto es, tomando como referencia lo diferente de la especie, la diferencia específica.
¿Qué ocurriría si aplicásemos sistemáticamente la teoría de las esencias porfirianas a los géneros literarios? Ocurriría que las consecuencias serían escolásticamente muy estériles, cuando no aberrantes. Si definimos una novela según las esencias porfirianas, el resultado sería este: novela es el relato de un narrador escrito en un lenguaje no metrificado, es decir, es un relato narrado por alguien que no habla en verso, o sea, una narración no metrificada, donde “narración” es el género próximo y “no metrificada” es la diferencia específica. Pero esta no es una definición correcta de novela, porque en esta definición la novela queda reducida a un rasgo distintivo o diferencia específica, de naturaleza privativa y negativa, y no siempre invulnerable ―lo que no se expresa en verso―, y dentro de una totalidad genológica ―lo narrativo― que se impone y se mantiene exenta de explicaciones desde el punto de vista de su procedencia troncal, esto es, nuclear (¿de dónde viene o nace la novela?), corporal o estructural (¿cuáles son sus manifestaciones materiales y formales?), y cursal o histórica (¿cómo identificar la totalidad de sus especies y variantes individuales a lo largo del tiempo y del espacio, en su evolución histórica y geográfica?).
Por esa razón las esencias porfirianas jamás pueden dar cuenta eficiente de una Genealogía de la Literatura (Maestro, 2012), ni tampoco, de hecho, de una Genología de la Literatura (Maestro, 2009). Una teoría de los géneros literarios que pretenda ser efectivamente completa y global, capaz de comprender la totalidad de los materiales literarios, y en consecuencia holótica, ha de basarse siempre en una interpretación plotiniana ―y no porfiriana― de estos materiales literarios.
Y sin embargo, todas las clasificaciones que se han hecho de los géneros literarios siguen acríticamente, casi diríamos inconscientemente, el modelo de las esencias porfirianas. Todas excepto la que aquí se propone, y que con anterioridad se ha aplicado a una crítica de los géneros literarios en el Quijote (Maestro, 2009).
En suma, las esencias plotinianas conciben el género como un “género generador”. ¿Generador de qué?, de especies diferentes (novela de aventuras, novela epistolar, novela de formación o Bildungsroman, novela lírica, novela autobiográfica, novela fantástica, novela sentimental o cortesana, etc...) dentro del mismo género ―la novela―, y de obras singulares o únicas (Oficio de Tinieblas 5, de Cela, por ejemplo, o el Innombrable, de Samuel Beckett) igualmente dentro del mismo género ―la novela―.
Pero aún hay más: las esencias plotinianas revelan, indican, explican, constituyen, totalidades atributivas, aquellas cuyas partes desempeñan una función, un atributo, en tanto que participan en el todo del que forman parte. El cuerpo humano es una totalidad atributiva: sus partes desempeñan funciones genéricas insustituibles. El hígado es una parte del todo (cuerpo) que pertenece al género de los órganos que metabolizan proteínas, no de los que ven (ojos) u olfatean (nariz). El hígado, en consecuencia, no puede desarrollarse genéricamente a través de diferencias específicas, es decir, el hígado no puede andar jugando a ver (como si fuera un ojo) o ir por libre por ahí, a oír lo que se dice (como si fuera un oído) ―es decir, no puede hacer cosas específicamente diferentes a las asignadas por su naturaleza genérica―, porque entonces el cuerpo humano se estropearía y dejaría de funcionar como una totalidad de partes atributivas (cada parte ejecuta su propias funciones y atributos).
En términos plotinianos, el género avanza porque la especie se transforma potenciando los rasgos del género. La narración jamás prescindirá del narrador, de modo que aunque deje de ser épica, seguirá siendo narrativa en formas nuevas y diversas, como el cuento maravilloso o la novela antiheroica, la novela lírica o la picaresca, el relato autobiográfico o la novela bizantina. A su vez, en términos porfirianos, el género avanza porque la especie se transforma alejándose o segregándose de los rasgos del género. Pero en este caso, por ese camino, el género puede avanzar hacia su desvanecimiento, porque la esencia, el núcleo, la estructura, puede fugarse a través de un rasgo de la especie, es decir, a través de un rasgo específico que genere una estructura resultante disociada del género originario (es como si un hígado se convierte en otra cosa, y deja de metabolizar proteínas). Algo así, en Medicina, puede ser el origen de un tumor ―maligno o benigno―. En Teoría de la Literatura, el mismo procedimiento puede dar lugar a nuevos géneros literarios. Nada más. Nada menos. De hecho, los sucesivos géneros literarios son siempre destrucciones y transformaciones ―transducciones o tumoraciones (con metástasis), en suma― de otros géneros precedentes.
Las esencias porfirianas remiten a clasificaciones de conjuntos distributivos, donde las partes de una totalidad se distribuyen en las mismas condiciones (isológicamente) en todos y cada uno de los casos, de forma que cada parte tiene el mismo valor que las demás. Todas las partes son iguales en sus valencias. Por ejemplo: 100 cerillas ordenadas en 10 cajas de 10 cerillas cada caja. Da igual donde las pongamos, siempre serán 10 cerillas en cada una de las 10 cajas, en total, 100 cerillas. Pero el cuerpo humano, como la literatura, no es así, no funciona así, y exige poner cada cosa en su sitio, porque no se puede emplazar el oído en el bazo ni el menisco en el esófago. Lo mismo ocurre con los materiales literarios: no es lo mismo el Quijote que el Fausto de Goethe. Ni en la novela de Cervantes Sancho Panza es isovalente a don Quijote, ni este a Dulcinea o al bachiller Sansón Carrasco. Los materiales literarios no son isovalentes, porque cada uno de ellos desempeña y posee su propia función atributiva, es decir, su propio valor, en el conjunto global del que forma parte esencial.
Una clasificación de los materiales literarios según las esencias porfirianas da lugar a una totalidad distributiva, es decir, a una arborescencia, de modo que la novela se clasifica según sus distintas especies: aventuras, epistolar, lírica, fantástica, autobiográfica, cortesana... Y ya está. Una clasificación de los materiales literarios según las esencias plotinianas exige dar cuenta de su núcleo originario (la narración, la diégesis, el epos), de su cuerpo estructural (épica, epopeya, novella, cuento, novela corta, novela moderna, etc.), y de su curso histórico (el heroísmo como característica de la épica que se desvanece cuando nace la novela posrenacentista, y convierte en protagonista al personaje antiheroico, como don Quijote, por ejemplo, etc.). Entremos en detalles.



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Bibliografía

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