¿Comités Científicos de «negros»?


El mito de las revistas académicas y científicas

NEGRO: 16. m. Persona que trabaja anónimamente para lucimiento y provecho de otro, especialmente en trabajos literarios. 
Diccionario de la Real Academia Española* 


Lo reitero: el Diccionario de la Real Academia Española, en su 23ª edición, define el término negro, en su decimosexta acepción, como “persona que trabaja anónimamente para lucimiento y provecho de otro, especialmente en trabajos literarios”.
Digo esto porque, desde hace mucho tiempo, desde diferentes revistas científicas internacionales, españolas y extranjeras, todas presuntamente muy famosas y de gran postín y pedigrí, me escriben con protocolaria cortesía para «invitarme» a evaluar, en esos célebres procedimientos de evaluación que anglosajonamente se llaman “por pares”, trabajos de investigación académica y científica.
La gracia —la gracia extrema— del asunto está en que, en varios casos, yo no soy —ni he solicitado ser— miembro del comité científico o editorial board de la revista académica o científica de turno, presuntamente muy famosa. Y de gran postín y pedigrí.
Al confesarles, con toda la inocencia que me caracteriza (la cual, según los casos, suele ser más o menos cuidadosa), que yo no soy miembro de su comité científico o editorial board —ni he solicitado serlo—, y que sin duda por un error me han encomendado a mí la ambiciosa y exigente labor de evaluar, nada menos que para su notabilísima revista, tan célebre —y de gran postín y pedigrí—, uno de sus artículos, la respuesta es admirable: el comité científico de la revista es “oficial”, pero no “ejecutivo”.
De tan inocente —o culpable— franqueza hay que deducir dos hechos decisivos, y reveladores de cómo funcionan algunas revistas científicas y académicas de nuestras universidades e instituciones igual de científicas y académicas:

1) Que sus comités científicos oficiales son una ficción más que presunta.
2) Que, ante la inoperancia que los miembros de los comités científicos oficiales, cuyos nombres son meros figurines propagandísticos, proponen el trabajo real de las evaluaciones científicas a terceras personas, cuya valoración no se reconoce, ni siquiera a título honorífico. Y no está, ni estará de hecho, nunca, acreditada como tal. Ni ante las personas evaluadas, ni ante nadie.

Me sorprende extraordinariamente que alguien pueda prestarse a hacer, a día de hoy, en el mundo académico contemporáneo, de “negro” como evaluador de trabajos académicos y científicos.
Pero más me sorprende la ingenuidad de quienes creen que pueden plantear —y plantearme— semejante tomadura de pelo.
Quien quiera creer en la calidad de las revistas académicas, en el peso de los comités científicos y en la valoración de los índices de impacto que tanto se promociona hoy día, sobre todo para quienes escriben lo que nadie leerá jamás, que celebre su festividad cada 28 de diciembre.
Y —además— el que quiera peces…, que se acuerde del refrán.

Jesús G. Maestro

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[*] 23ª edición, octubre de 2014.


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