La literatura infantil no ha existido nunca

Sobre la supuesta «literatura infantil» 

y los géneros literarios en el Quijote


Otra cuestión que afecta a los géneros literarios en el Quijote es la denominada “literatura infantil”, cuya existencia, desde los presupuestos del Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, se niega rotundamente. A este respecto, Emilio Martínez Mata interpreta con rigor el papel del lector del Quijote desde el punto de vista de los comentarios cervantinos objetivados formalmente en la novela. Una de las primeras observaciones de Martínez Mata está apuntando precisamente a la negación de la “literatura infantil”, si juzgamos la valoración que hace de las palabras de Cervantes: “Los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden…” (II, 3), y su posterior glosa: “los niños apenas pueden pasar más allá de hojearla, los mozos, en cambio, “la leen”, pero sólo los adultos (“los hombres”) “la entienden”, es decir, son capaces de comprender en su complejidad su sentido” (Martínez Mata, 2008: 77). 
Afirmar que la “literatura infantil” no existe es algo que disgusta a mucha gente. Sobre todo, a la mucha gente que vive de la llamada “literatura infantil”, autores y editores, principalmente. Del mismo modo que no hay una “ingeniería para niños”, ni una “termodinámica para ancianos”, “ni una literatura para mujeres” —por más que se empeñe el gremio feminista en afirmarlo—, tampoco hay una “literatura infantil”. Estas formas “adjetivas” de literatura son invenciones del mercado editorial, cuyo objetivo fundamental es hacer negocio, es decir, vender libros, y, en todo caso, explotar —mientras dure— la fuerza de los prejuicios sociales y de las ideologías gremiales, de cuya clientela se abastecen. De “literatura infantil” sólo cabe hablar en términos editoriales y comerciales. Y también académicos, en la medida en que éstos se introducen en el circuito comercial y mercantil. A partir de este hallazgo industrial, tan propicio a la sociedad de consumo y de masas, expandido en nombre de la cultura del bienestar y de la inclinación de los niños (y de las niñas) a la lectura, sociólogos, psicólogos, economistas, editores, e incluso críticos literarios, pueden ocuparse profesionalmente de la “literatura infantil”. 
Lo cierto es que no conviene confundir la denominada comercialmente “literatura infantil” con las interpretaciones infantiles de la literatura. Porque la literatura, si es “infantil”, no es literatura, y si es literatura, no podrá ser interpretada como tal por un niño (o una niña, que en este punto el autor no establece diferencias), desde el momento en que el hecho literario, para serlo, habrá de objetivar formalmente un complejo sistema de ideas que resultará ilegible e inasequible para una inteligencia infantil (no me atrevo a calificarla de “inocente”, aunque en rigor así debería ser), por muy desarrollada que se encuentre. En el mejor de los casos, la llamada “literatura infantil” no es sino un discurso en el que se objetiva una interpretación infantil (a veces incluso infantilista) de la literatura, esto es, asequible a una inteligencia propia de un niño, pero no de un adulto. La literatura se reduce así a un hecho que, en el mejor de los casos, deja de ser percibido como tal en la medida en que se percibe, es decir, se desvanece en la medida en se hace comprensible, cuando no resulta ser, en el peor de ellos, una historieta lamentablemente concebida y, si cabe, aún peor escrita. 
Es obvio que Cervantes no concibió su obra para que la leyeran los niños, quienes, como el propio autor escribió, y como lo interpreta a su vez el autor del libro al que me refiero, podrán “manosearla” (Cervantes), esto es, “hojearla” (Martínez Mata), pero no leerla, ni aún menos entenderla. El Quijote para niños no responde a las concepciones de la obra, sino a la explotación editorial de un mercado moderno y contemporáneo. La infantilización de la literatura es una facultad del mercado, no una potencia de la literatura. Y lo mismo afirmo respecto a la “feminización” de la literatura. La adjetivación de la literatura, en “infantil” o en “feminista”, entre otras adjetivaciones, en las que cabría incluso hablar de la “religiosa” o la “militar” (¿por qué no calificar a la Ilíada —y a toda la épica, en general— de “literatura miliciana”?), es con frecuencia una invención del intérprete o transductor, excelentemente bien recibida por las finanzas de un mercado pletórico de prejuicios ideológicos que satisfacer y de intereses económicos que explotar. 
Aparte de los niños, a quienes Cervantes excluye explícitamente de la lectura literaria, pero no del interés por la literatura como referente que manosear, el autor del Quijote plantea una teoría de la recepción que encuentra, como explica Emilio Martínez Mata, dos polos fundamentales en las figuras del vulgo y del discreto. Esta discriminación no tiene valor de estamento social, sino de cualificación intelectual: “que todo aquel que no sabe, aunque sea señor y príncipe, puede y debe entrar en el número de vulgo” (II, 16). Discreto será el lector capaz de interpretar adecuadamente un texto literario. La interpretación discreta será racional y lógica, prudente, sobria y sin afectación, y, sobre todo, inteligente y crítica. Frente a esta figura, y en relación dialéctica, está el vulgo, el lector que interpreta neciamente, es decir, de forma acrítica e insipiente, desde la nesciencia y la indiscreción. El vulgo, que hoy identificaríamos con la masa receptora y acrítica de cuanto la sociedad de consumo fabrica para él.




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