La religión en La Galatea de Cervantes

Del canto de Calíope al ateísmo de Cervantes


Charles Meynier, Calíope
Desde el libro segundo de La Galatea —“a todos nos pareció volvernos al aldea a hacer en el templo los solemnes sacrificios” (83)—, Cervantes habla de la religión utilizando siempre el lenguaje de las religiones secundarias o mitológicas (Bueno, 1985), por más que en su tiempo, el Siglo de Oro español, la religión efectivamente existente sea siempre terciaria o teológica (Catolicismo, Protestantismo, Anglicanismo, Islam). Lo mismo sucede en el libro tercero, en el episodio de las bodas del rico Daranio y la hermosa Silveria, cuando el narrador describe la ejecución del himeneo en términos que podrían pasar por paganos: “Y así, llegados al templo y hechas en él por los sacerdotes las acostumbradas ceremonias, Daranio y Silveria quedaron en perpetuo y estrecho ñudo ligados” (181). No se habla aquí del matrimonio como sacramento cristiano, es decir, en términos teológicos, sino que se exponen los hechos en un lenguaje propio de las religiones secundarias o mitológicas, esto es, paganas.
Sin embargo, la idea de la religión alcanza en La Galatea su máxima expresión al final del libro quinto y a lo largo del libro sexto y último, en el relato de la glorificación elegíaca y sacra destinada a la memoria del pastor Meliso, trasunto literario del poeta Diego Hurtado de Mendoza. Este episodio, preludiado desde el final del penúltimo libro, no solo no es gratuito ni inocente, desde la poética literaria del Siglo de Oro (Ruiz, 2005), sino que tampoco lo es desde el punto de vista de la idea de la religión en Cervantes. Los pastores, dirigidos por uno de ellos, Telesio, que hace las veces de sacerdote, visitan el sepulcro de un venerado pastor, Meliso, enterrado en el valle de los cipreses. Así, quien les convoca es

un antiguo sacerdote, que luego conoscieron ser el anciano Telesio; y, habiendo uno de los pastores tocado otra vez la bocina, todos tres se bajaron del recuesto y se encaminaron hacia otro que allí junto estaba, donde subidos, de nuevo tornaron a tocarla, a cuyo son de diferentes partes se comenzaron a mover muchos pastores, para venir a ver lo que Telesio quería, porque con aquella señal solía él convocar todos los pastores de aquella ribera cuando quería hacerles algún provechoso razonamiento, o decirles la muerte de algún conoscido pastor de aquellos contornos, o para traerles a la memoria el día de alguna solemne fiesta o el de algunas tristes obsequias (348).

Telesio se nos presenta como un pastor que hará las veces de sacerdote, organizando y presidiendo un ceremonial característico de las religiones míticas o secundarias, pero en un contexto histórico dominado por el dogma teológico de las religiones terciarias. Telesio se comporta en todo momento como el oficiante de las religiones mitológicas (secundarias), esto es, paganas. La religión es aquí una religación al culto que profesar a los difuntos. No es un dogma, no se articula en una teología y no postula la inmortalidad del alma, sino la memoria de la fama póstuma reconocida por los vivos.

Págueos el cielo, pastores —respondió Telesio—, la sinceridad de vuestras intenciones, pues tanto se conforman con la de aquel que solo vuestro bien y provecho pretende. Mas, por satisfacer el deseo que tenéis de saber lo que quiero, quiéroos traer a la memoria la que debéis tener perpetuamente del valor y fama del famoso y aventajado pastor Meliso, cuyas dolorosas obsequias se renuevan y se irán renovando de año en año tal día como mañana, en tanto que en nuestras riberas hubiere pastores y en nuestras almas no faltare el conoscimiento de lo que se debe a la bondad y valor de Meliso. A lo menos, de mí os sé decir que, en tanto que la vida me durare, no dejaré de acordaros a su tiempo la obligación en que os tiene puestos la habilidad, cortesía y virtud del sin par Meliso; y así, agora os la acuerdo, y os advierto que mañana es el día en que se ha de renovar el desdichado, donde tanto bien perdimos, como fue perder la agradable presencia del prudente pastor Meliso. Por lo que a la bondad suya debéis, y por lo que a la intención que tengo de serviros estáis obligados, os ruego, pastores, que mañana, al romper del día, os halléis todos en el Valle de los Cipreses, donde está el sepulcro de las honradas cenizas de Meliso, para que allí, con tristes cantos y piadosos sacrificios, procuremos alegerar la pena, si alguna padece, a aquella venturosa alma, que en tanta soledad nos ha dejado (349).

Al igual que sucede en La Numancia, pieza coetánea de La Galatea, Cervantes amalgama en el relato materiales antropológicos propios de las religiones primarias (numinosas) y secundarias (mitológicas), pese a escribir su obra en una época de poderosa presencia dogmática de las religiones terciarias o teológicas (Cristianismo e Islam). Examinemos, pues, en qué consiste exactamente este ceremonial.
La ceremonia que organiza Telesio es, evidentemente, multipersonal y espectacular. Se sitúa en el ámbito del agere, es decir, del eje circular, social, humano, sin apenas implicaciones o inferencias en el facere, que nos conduciría al eje radial, propio de la naturaleza y de los objetos inhumanos e inanimados. Telesio no construye, no fabrica (facere) nada específico durante el proceso de la ceremonia, sino que ejecuta (agere) y cumple determinados ritos. Su ceremonia no es propiamente un ritual vinculado a la naturaleza, la estación del año, o las circunstancias meteorológicas, etc., sino estrictamente civil, determinado por el cumplimiento del aniversario de la muerte del poeta venerado, Meliso. La sociedad de la que aquí forman parte los pastores se comporta como una sociedad ceremoniosa y civil, capaz de atenerse a una serie causal de normas, incluidas en su propio sistema social. Las pautas de Telesio, que la sociedad pastoril sigue cuidadosamente —desde “el lastimero son de su bocina” (355)[1]—, aseguran la ejecución de la ceremonia como una figura antropológica esencial.
Charles Meynier, Polimnia
Sin embargo, ha de advertirse, desde el punto de vista de los materiales religiosos aducidos en este episodio, y sobre los cuales se construye la ceremonia, que ni Telesio es un cura, es decir, un sacerdote de las religiones teológicas o terciarias, ni los pastores que asisten al ritual constituyen una asamblea de creyentes. Paralelamente, han de subrayarse dos hechos relevantes: ni se adora deidad alguna (requisito imprescindible de las religiones mitológicas y teológicas), ni el ritual se celebra en un templo (lo que nos sitúa en el ámbito de las religiones primarias o numinosas). En el lugar del dios teológico o mítico se halla el cuerpo muerto e inhumado de un pastor venerado por la calidad de su persona y de sus versos; asimismo, el lugar que correspondería al templo está aquí suplantado por la presencia de un camposanto. No cabe tampoco hablar de religión natural para explicar lo que aquí relata Cervantes, a través del narrador de La Galatea, desde el momento en que ninguno de los personajes representa o testimonia la religión como actitud innata al ser humano, exigida por el naturalismo religioso, en virtud de la cual habrá de intuirse que el Mundo responde a la razón trascendente de una inteligencia superior y racional (Fernández Tresguerres, 1995). Lo que el lector de Cervantes encuentra en este episodio de La Galatea es un ritual antropológico, en formato pagano y sofisticadamente pseudo-religioso, cuyo núcleo es en realidad la secularización del culto a los muertos. Diríamos, en palabras ordinarias, que se trata de un funeral civil. La Arcadia cervantina excluye la Teología cristiana, y las honras fúnebres de la gentilidad pastoril ignoran cualesquiera formas dogmáticas de exequiar a sus difuntos. Del mismo modo que La Numancia constituye la secularización de la tragedia (Maestro, 2004), La Galatea representa la secularización de la muerte, a la que habrá que añadir el triunfo post mortem de la celebridad humana. Podrá aducirse que en el caso de La Numancia es la Historia la que sirve de pretexto a la secularización de la fábula, del mismo modo que también podrá añadirse que, en el caso de La Galatea, es la Arcadia, con todos sus quebrados y fracturados idealismos, la que sirve de excusa para justificar este ceremonial pagano y secular. De un modo u otro, tales pretextos o excusas no son lo suficientemente lenitivos como para invalidar las consecuencias de la lectura secular que aquí se propone. Meliso, o si se prefiere, Diego Hurtado de Mendoza, no es un santo, es decir, no es un valor sagrado en formato humano, sino una celebridad secular, en el más pleno sentido de la palabra. Meliso no representa aquí la figura de un numen, ni tampoco la de un mito, ni mucho menos la de un dios. Al margen incluso de sus referencias extraliterarias, Meliso es el nombre de un hombre físicamente muerto, inexistente, y al que ha sobrevivido la celebridad de su obra poética. No cabe, por parte de Cervantes, mayor exaltación del ser humano frente a cualquier forma de mito, numen o dios. No cabe, pues, conferir mayor expresividad a la secularización de la vida y de la muerte, y hacerlo precisamente en uno de los períodos históricos más intensamente teologizados de la Historia de Occidente (por el momento).
Los diferentes accesorios utilizados en el ritual de esta ceremonia son característicos del paganismo, es decir, en términos religiosos, pertenecen a las religiones secundarias o míticas. El narrador de La Galatea demora largamente la revelación de estos accesorios, y mantiene en la ambigüedad, o incluso en eclipse, su descripción física, a la cual reemplaza con una vaga referencia proléptica sobre las consecuencias funerarias de la convocatoria de Telesio:

Salieron, pues, todos juntos de la aldea, fuera de la cual hallaron a Telesio con otros muchos pastores que le acompañaban, todos vestidos y adornados de manera que bien mostraban que para triste y lamentable negocio habían sido juntados. Ordenó luego Telesio, porque con intenciones más puras y pensamientos más reposados se hiciesen aquel día los solemnes sacrificios (356).

El profundo y “maravilloso silencio” (356) que domina la marcha de la fúnebre comitiva pastoril hacia el utópico y sacro Valle de los Cipreses se ve interrumpido por las palabras de Timbrio y Elicio, que suponen una suerte de exaltación panteísta de la naturaleza visible en torno al Tajo, locus amoenus selecto para el autor al emplazar la fábula de La Galatea. Las riberas del Tajo se describen como un escenario olímpico capaz de acoger y abastecer la crema y nata de la mitología clásica, es decir, el cuerpo mitológico de las religiones secundarias:

Aquí se vee en cualquiera sazón del año andar la risueña primavera con la hermosa Venus en hábito subcinto y amoroso, y Céfiro que la acompaña, con la madre Flora delante, esparciendo a manos llenas varias y odoríferas flores. Y la industria de sus moradores ha hecho tanto, que la naturaleza, encorporada con el arte, es hecha artífice y connatural del arte, y de entrambasados se ha hecho una tercia naturaleza, a la cual no sabré dar nombre. De sus cultivados jardines, con quien los huertos Hespérides y de Alcino pueden callar; de los espesos bosques, de los pacíficos olivos, verdes laureles y acopados mirtos; de sus abundosos pastos, alegres valles y vestidos collados, arroyos y fuentes que en esta ribera se hallan, no se espere que yo diga más, sino que, si en alguna parte de la tierra los Campos Elíseos tienen asiento, es, sin duda, en esta (358).

Poco después la comitiva fúnebre llega, en dos columnas sexualmente separadas, al “sagrado valle” de los cipreses. Este valle es un cementerio de lujo, un camposanto de alto standing. Es, por supuesto, un escenario que desempeña funcionalmente el papel del templo. Sin embargo, como no podía ser de otro modo en un mundo arcádico, el valle de los cipreses es un templo construido por la naturaleza, y no por la mano del hombre. Aún menos por la mano de un dios. El templo es el lugar sagrado de las religiones positivas. En las religiones primarias o numinosas el templo es el lugar habitado por el numen (la cueva, el bosque, la montaña, el mar, el volcán, las nubes...), ajeno a la mano civilizadora del ser humano, y de constitución exclusivamente natural. En las religiones secundarias o numinosas, el templo es el lugar al que acude el dios mitológico para recoger las ofrendas, exequias o invocaciones de sus adoradores, y ya se trata de una construcción humana (los zigurats babilónicos en cuya cúspide se posa la paloma que el cristianismo convertirá en espíritu santo). En las religiones terciarias o teológicas, los templos son construcciones humanas muy sofisticadas, en los cuales no se espera la visita de ningún dios —pues los dioses teológicos son, aunque personales, etéreos, invisibles, insípidos, inodoros...—, porque solamente se conciben como escenarios asamblearios, sinagogas, en el sentido más etimológico del término, es decir, como lugar de reunión de los fieles. En el caso de La Galatea, el valle de los cipreses es un lugar natural, propio de religiones numinosas (primarias), que sirve funcionalmente a prácticas rituales propias de religiones mitológicas (secundarias)[2]:

Levántanse en una parte de la ribera del famoso Tajo, en cuatro diferentes y contrapuestas partes, cuatro verdes y apacibles collados, como por muros y defensores de un hermoso valle que en medio contienen, cuya entrada en él por otros cuatro lugares es concedida, los cuales mesmos collados estrechan de modo que vienen a formar cuatro largas y apacibles calles, a quien hacen pared de todos lados altos e infinitos cipreses, puestos por tal orden y concierto que hasta las mesmas ramas de los unos y de los otros paresce que igualmente van cresciendo, y que ninguna se atreve a pasar ni salir un punto más de la otra. Cierran y ocupan el espacio que entre ciprés y ciprés se hace, mil olorosos rosales y suaves jazmines, tan juntos y entretejidos como suelen estar en los vallados de las guardadas viñas las espinosas zarzas y puntosas cambroneras. De trecho en trecho destas apacibles entradas, se ven correr por entre la verde y menuda yerba claros y frescos arroyos de limpias y sabrosas aguas, que en las faldas de los mesmos collados tienen su nascimiento. Es el remate y fin destas calles una ancha y redonda plaza, que los recuestos y los cipreses forman, en medio de la cual está puesta una artificiosa fuente de blanco y precioso mármol fabricada, con tanta industria y artificio hecha, que las vistosas del conoscido Tíbuli y las soberbias de la antigua Tinacria no le pueden ser comparadas. Con el agua desta maravillosa fuente se humedecen y sustentan las frescas yerbas de la deleitosa plaza; y lo que más hace a este agradable sitio digno de estimación y reverencia es ser previlegiado de las golosas bocas de los simples corderuelos y mansas ovejas, y de otra cualquier suerte de ganado: que solo sirve de guardador y tesorero de los honrados huesos de algunos famosos pastores que, por general decreto de todos los que quedan vivos en el contorno de aquellas riberas, se determina y ordena ser digno y merescedor de tener sepultura en este famoso valle (359-360).

El panteísmo es aquí una suerte de antropomorfismo de la naturaleza. Se observará que el valle de los cipreses —con excepción de la “artificiosa fuente de blanco y precioso mármol fabricada”— parece haber sido construido por los mismísimos cipreses, cuyas ramas crecen al unísono, y cuyos troncos ordenan y organizan racionalmente la configuración y disposición de todo el valle, convertido en un santuario de la naturaleza y destinado a los más ilustres difuntos de la Arcadia. Estamos en el seno de un panteón natural. El antropomorfismo de la naturaleza es, en este punto, admirable. Natura —una vez más—, madre de todo[3]. No por casualidad el narrador insistirá más adelante en la participación de la propia naturaleza en el curso de los rituales: “resonaban los cercanos collados y apartados valles, y las ramas de los altos cipreses y de los otros muchos árboles de que el valle estaba lleno, heridas de un manso céfiro que soplaba, hacían y formaban un sordo y tristísimo susurro, casi como en señal de que por su parte ayudaban a la tristeza del funesto sacrificio” (361).
Charles Meynier, Clío
La ambigüedad religiosa domina la narración de este episodio, especialmente cuando el sacerdote Telesio comienza la ejecución de los rituales fúnebres, entonando “los sanctos himnos y devotas oraciones”, con una vela al dios teológico y terciario y con otra vela a los dioses míticos y secundarios, por decirlo con palabras convencionales.Conviene en este punto distinguir las figuras del sacerdote, como especialista religioso, del chamán, como especialista que pone en contacto a los vivos y a los muertos, y del hechicero o mago, como especialista en el manejo de objetos a los que atribuye poderes sobrenaturales. Sucede, de este modo, que el sacerdote se define en función de númenes divinos; el chamán, en función de las ánimas de los antepasados; y el mago o el hechicero —como indica la etimología de su propio nombre (facticĭus)—, en función de los fetiches impersonales. De acuerdo con estos criterios, Telesio, que en absoluto es un hechicero, simula comportarse como un chamán que nunca llega a actuar como un sacerdote, pues ni como chamán revela misterio alguno, ni como sacerdote articula o sostiene ningún discurso teológico. Telesio es la poética y la retórica del oficiante propio de una Arcadia. Es el simulacro literario del chamán y del sacerdote, que asumiendo las formas de uno y otro no es funcionalmente ninguno de los dos. La experiencia religiosa, de existir, queda reducida aquí a un culto honroso motivado exclusivamente por una de las actividades más seculares del ser humano fallecido —el cultivo de la poesía—, y referido esencialmente a ella como la más sobresaliente cualidad de su vida.

Y, en diciendo esto, se llegó [Telesio] a un ciprés de aquéllos, y, cortando algunas ramas, hizo dellas una funesta guirnalda con que coronó sus blancas y veneradas sienes, haciendo señal a los demás que lo mesmo hiciesen; de cuyo ejemplo movidos todos, en un momento se coronaron de las tristes ramas, y, guiados de Telesio, llegaron a la sepultura, donde lo primero que Telesio hizo fue inclinar las rodillas y besar la dura piedra del sepulcro. Hicieron todos lo mesmo, y algunos hubo que, tiernos con la memoria de Meliso, dejaban regado con lágrimas el blanco mármol que besaban. Hecho esto, mandó Telesio encender el sacro fuego, y en un momento, alrededor de la sepultura, se hicieron muchas, aunque pequeñas, hogueras, en las cuales solas ramas de ciprés se quemaban; y el venerable Telesio, con graves y sosegados pasos, comenzó a rodear la pira y a echar en todos los ardientes fuegos alguna cantidad de sacro y oloroso incienso, diciendo cada vez que lo esparcía alguna breve y devota oración, a rogar por el alma de Meliso encaminada, al fin de la cual levantaba la tremante voz, y todos los circunstantes, con triste y piadoso acento, respondían: “Amén, amén” (361).

Sin embargo, las únicas oraciones y devociones de las que el narrador nos da cuenta son los tercetos que constituyen el poema elegíaco recitado por Tirso, Damón, Elicio y Lauso. Podría decirse que Cervantes ha dispuesto en La Galatea la secularización de los funerales de Diego Hurtado de Mendoza. Por su parte, mientras la Iglesia cristiana jerarquiza la vida y democratiza la muerte, Telesio parece haber hecho todo lo contrario.
La aparición sobrenatural de la ninfa Calíope, musa de la poesía, constituye una inferencia de lo maravilloso en la fábula de La Galatea[4]. Esta epifanía constituye sin duda una inferencia mitológica interpretable desde la filosofía de la religión y desde la teoría de la literatura.
Desde el punto de vista de los materiales antropológicos, Calíope no es simplemente una musa. Es ante todo una divinidad mitológica genuinamente característica de la más perfecta entre las religiones secundarias, la religión de la Grecia antigua. Calíope es una divinidad numinosa. Su aparición en la fábula de La Galatea constituye uno de los episodios sobrenaturales que, racionalmente inexplicable, resulta más llamativo en el conjunto de la obra literaria de Miguel de Cervantes, precisamente por su convivencia y connivencia operatoria en medio de sucesos y episodios naturales que vertebran la trama de la novela en que se inserta.
El lector de La Galatea se encuentra ante lo sobrenatural aceptado, ante lo imposible verosímil, ante lo racionalmente inexplicable:

En aquel instante, de la mesma sepultura de Meliso se levantó un grande y maravilloso fuego, tan luciente y claro que en un momento todo el escuro valle quedó con tanta claridad como si el mesmo sol le alumbrara; por la cual improvisa maravilla, los pastores que despiertos junto a la sepultura estaban, cayeron atónitos en el suelo, deslumbrados y ciegos con la luz del transparente fuego, el cual hizo contrario efecto en los demás que durmiendo estaban, porque, heridos de sus rayos, huyó dellos el pesado sueño, y, aunque con dificultad alguna, abrieron los dormidos ojos, y, viendo la estrañeza de la luz que se les mostraba, confusos y admirados quedaron. Y así, cuál en pie, cuál recostado, y cuál sobre las rodillas puesto, cada uno, con admiración y espanto, el claro fuego miraba (370).

Telesio se comporta ahora como un hechicero común: viste sus ropas de mago y, queriendo monopolizar las relaciones con lo trascendente, trata de exorcizar al numen. Sus inquisiciones reciben la indiferencia formal y funcional más absoluta. Todo prosigue como si Telesio ya no existiera.

Todo lo cual visto por Telesio, adornándose en un punto de las sacras vestiduras, acompañado de Elicio, Tirsi, Damón, Lauso y otros animosos pastores, poco a poco se comenzó a llegar al fuego, con intención de, con algunos lícitos y acomodados exorcismos, procurar deshacer o entender de dó procedía la estraña visión que se les mostraba (370).

Lo que surge de esa extraña visión no es una ilusión óptica, sino una realidad formal y funcionalmente muy bien objetivada en la novela: la musa Calíope, como sabemos, quien interpretará su célebre canto sobre la poesía y los poetas. Se desvanece así, aunque no definitivamente, como se verá, toda inferencia religiosa, y por supuesto teológica —apenas perceptible—, en el discurso de La Galatea: “yo soy una de las nueve doncellas que en las altas y sagradas cumbres de Parnaso tienen su propria y conoscida morada. Mi nombre es Calíope; mi oficio y condición es favorescer y ayudar a los divinos espíritus, cuyo loable ejercicio es ocuparse en la maravillosa y jamás como debe alabada sciencia de la poesía” (372). Oficio secular donde los haya, ejercido por una criatura numinosa y mitológica. En suma, como Orfeo con su música, Calíope no encanta, con su poesía, por ser divina, a los hombres, sino que es divina porque logra encantarlos[5].
Sin embargo, con la desaparición de Calíope, Telesio vuelve a cobrar protagonismo. Y sus palabras resultarán decisivas a la hora de sostener una interpretación secular de la idea de la religión en Cervantes:

Y luego el venerable Telesio, puniéndose encima de la sepultura de Meliso, y rodeado de toda la agradable compañía que allí estaba, prestándole todos una agradable atención y estraño silencio, desta manera comenzó a decirles:
—Lo que esta pasada noche en este mesmo lugar y por vuestros mesmos ojos habéis visto, discretos y gallardos pastores y hermosas pastoras, os habrá dado a entender cuán acepta es al cielo la loable costumbre que tenemos de hacer estos anales sacrificios y honrosas obsequias por las felices almas de los cuerpos que por decreto vuestro en este famoso valle tener sepultura merescieron. Dígoos esto, amigos míos, porque de aquí adelante con más fervor y diligencia acudáis a poner en efecto tan sancta y famosa obra, pues ya veis de cuán raros y altos espíritus nos ha dado noticia la bella Calíope, que todos son dignos, no solo de las vuestras, pero de todas las posibles alabanzas (409).

Si prestamos atención a las palabras de Telesio comprobamos que habla ahora como un sacerdote de las religiones mitológicas o secundarias, es decir, genuinamente paganas, y no como un sacerdote de las religiones teológicas o terciarias. El cielo, los sacrificios anuales y las honrosas exequias, se identifican aquí con los dioses míticos a cuya familia pertenece la musa Calíope. De este modo confirma Telesio a las divinidades paganas, mitológicas, secundarias, como destinatarias fundamentales de los rituales celebrados por la sociedad pastoril. En La Galatea, como en La Numancia, no parece haber lugar para el Dios teológico y contrarreformista de las religiones terciarias.
No en vano las últimas palabras de Telesio despiden a los pastores “llevando en la memoria lo que la musa nos deja encomendado” (410). Palabra de Calíope. Amén.

Y, en diciendo esto, se abajó de la sepultura; y, tornándose a coronar de nuevas y funestas ramas, tornó a rodear la pira tres veces, siguiéndole todos y acompañándole en algunas devotas oraciones que decía (410).

Telesio ha secularizado todos los ritos. Así lo ha querido Cervantes. Por algo será. No en vano La Galatea, como La Numancia o el Quijote, es insoluble en agua bendita.

 Jesús G. Maestro



Entradas relacionadas en el GLOSARIO
                                     




1
La Galatea
(1585)



De cómo Cervantes preserva en La Galatea
a la Literatura de la Religión




Bibliografía

  • Véase la sección correspondiente AQUÍ.






[1] “Señal que movió a los que le escucharon a dejar el reposo de los pastorales lechos y acudir a lo que Telesio pedía” (355).

[2] Las inferencias de la religión teológica o terciaria apenas alcanzan las dos o tres apelaciones, nunca funcionales y siempre retóricas o formales: “creeré que Dios —dice Elicio—, por la mesma razón que dicen que mora en los cielos, en esta parte haga lo más de su habitación” (357). Habitación que habrá de suponerse en connivencia con el resto de la corte celestial, inmediatamente citada: Venus, Céfiro, Alcino, Flora y demás Hespérides...

[3] Lucrecio (I, 56; pág. 80): “La Naturaleza crea los seres” (unde omnis natura creet res...)

[4] Como advierten a este respecto Sevilla y Rey (1996: xxi), “aparte de ese instante final, toda la novela se explica por motivaciones exclusivamente humanas y realistas, sin interferencia alguna de lo sobrenatural”.

[5] Es aquí de obligado recuerdo el pasaje de la Teogonía de Hesíodo en que el poeta se refiere a las nueve musas, en el momento en que se le aparecen en las laderas del Helicón, diciéndole: “Sabemos decir muchas mentiras con apariencia de verdades; y sabemos, cuando queremos, proclamar la verdad” (Teogonía, 26-29). Como escriben al respecto Pérez Jiménez y Martínez Díez, “Hesíodo compartía las creencias religiosas de los campesinos de Beocia, los cuales, con cierta frecuencia, veían en los parajes agrestes a las Ninfas o quedaban nymphólēptoi, posesos por ellas; y conviene también no perder de vista que, como rapsoda, tenía la misma fe que Homero en las musas” (Hesíodo, 1997: 10).


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