Wolfgang Iser


La falacia adecuacionista 
en la estética de la recepción alemana


Wolfgang Iser, foto de Ivo Hadzhimishev
Voy a considerar ahora el modelo hermenéutico de Wolfgang Iser. A diferencia de Jauss, Iser incurre completamente en el psicologismo más grosero. Sus teorías precipitan el acceso hacia el formalismo metafísico de la posmodernidad. Los hechos subjetivos de la conciencia de su concepto de lector no regresan nunca de los estadios más psicologistas de la mente humana. El “lector” de Iser jamás alcanza a proyectar sobre la realidad de los materiales literarios el fruto de sus experiencias psicológicas. El modelo de Iser resulta ser de un idealismo estéril. Su teoría es pura especulación. Vamos a verlo.

Interpretación y lectura se configuran en la teoría de Iser (1972, 1972a, 1976) como procesos de creación de sentido de la obra literaria, de modo que el acto de recepción se convierte en la fase esencial de la pragmática de la comunicación literaria, al determinar según las competencias del lector la constitución interna de la propia textualidad. Si para Ingarden el lector cumplimentaba una estructura esquematizada y abierta de la obra literaria, para Iser el lector reconstruye fenoménicamente la textualidad del discurso que comprende. La reducción psicologista es en Iser un callejón sin salida.
Entre los principales elementos de una fenomenología de la lectura, desde la teoría de la recepción de Iser, figuran los conceptos de lector implícito (Iser, 1976/1987: 55-70), como “modelo transcendental” que representa la totalidad de las “predisposiciones necesarias” para que una obra ejerza su efecto; repertorio, o universo referencial del texto —adviértase la concomitancia de nomenclatura con la teoría de los polisistemas—; estrategias, u ordenación formal de los materiales o procedimientos mediante los cuales el texto dispone su inmanencia; punto de vista errante (wandernder Blickpunkt, wandering viewpoint), que se refiere a la multiplicidad de lecturas posibles, variadas y sucesivas de que puede ser objeto una obra literaria; blancos o vacíos (Leerstellen, Blanks), noción iseriana muy afín al concepto ingardeano de “indeterminación”, y que sin duda resulta de lo más ambigua, al admitir múltiples acepciones (segmentos que pueden ser conectados en la cohesión textual, composición de fragmentos que exigen presuposiciones o reflexiones por parte del lector, rupturas en la continuidad de la narración, etc.), las cuales en todo caso sitúan el proceso de lectura en una búsqueda dinámica de sentido; y la síntesis pasiva, que designa la construcción de imágenes que, consciente o inconscientemente, desarrolla el lector durante el proceso de lectura, las cuales suponen una idealización de objetos imaginarios, que nunca puede ser reproducida con exactitud. Iser nos ofrece en su metodología una amalgama de figuras retóricas (lector implícito, repertorio, blancos...) y de figuras fenomenológicas (punto de vista errante, síntesis pasiva...), pero no de figuras gnoseológicas, conceptuales o científicas. Los criterios que maneja Iser despegan de los materiales literarios, ciertamente, pero no vuelven a aterrizar sobre ellos jamás. Es un regressus sin progressus. Un despegue sin aterrizaje. Se trata de un viaje hacia formas nunca verificadas conceptual o gnoseológicamente sobre los materiales literarios. Un viaje a ninguna parte. Metafísica pura. Retórica disfrazada de ciencia. Sin embargo, estas formas sufren lo que se denomina “retroalimentación positiva”, o “amplificación de la desviación”, al multiplicarse innecesariamente (como de hecho va a suceder con la interminable lista de lectores implícitos, explícitos, modélicos, informados, intencionales, etc.): es el proceso que se produce cuando las instalaciones de micrófonos y altavoces recogen y amplifican de nuevo sus propias señales acústicas.
En su obra de 1970, Die Appellstruktur der Texte, Iser ofrece planteamientos que con el paso del tiempo resultarán cada vez más populares y característicos de una visión simplista de las teorías de la recepción literaria. Iser comienza a hablar con metáforas. Afirma que el acto de lectura se configura como un proceso de “diálogo” entre el texto y lector, de modo que el análisis de la recepción literaria se convierte en un proceso de creación de sentido a partir de los materiales textuales, cuyo sujeto es el lector o intérprete. Así es como Iser incurre en la hipóstasis del texto, primero, y en la hipóstasis del lector, inmediatamente después. El texto deja de ser un material literario para convertirse en una suerte de ser antropomorfo capaz de “sostener” un diálogo con un lector ideal, el cual, como se verá, mantiene relaciones y propiedades implícitas en el propio texto. La falacia adecuacionista, esto es, la creencia o “ilusión fenomenológica” de que puede articularse una relación de adecuación o correspondencia entre el texto como materia literaria y el lector como agente formalizador de ella, adquiere en los escritos de Iser su máxima expresión. En muchos casos, la teorías de Iser son puro ilusionismo fenomenológico.
Entre los diferentes elementos que toma Iser de la fenomenología de Ingarden debe insistirse en los conceptos de indeterminación, aspectos esquematizados y concreción, a los que el autor alemán involucra resueltamente en el proceso de la pragmática de la comunicación literaria. Desde el punto de vista de Iser, al lector corresponde la “concreción” de las “indeterminaciones” del texto, como proceso lectorial de creación de sentido, en el que es posible distinguir tres niveles o estructuras: 1) repertorio, o sistema de normas y convenciones literarias, culturales y científicas, referidas a cualquier dominio o grado del conocimiento humano (sociedad, política, filosofía, literatura, religión...); 2) estrategias textuales, como conjunto o sistema de elementos formales que intervienen en la estructura de la obra literaria, y le confieren una determinada disposición y sentido, según su modalidad, perspectiva, recurrencia, técnica narrativa, etc.; y 3) realización, u operación que designa el proceso de creación de sentido del texto por parte del lector, en un sentido afín al concepto de “concreción” manejado por Ingarden. La teoría de los aspectos esquematizados, que procedente de Ingarden encuentra en la formulación iseriana el apoyo de la semiótica americana, al distinguir entre “language of statement” y “language of performance” (Austin, 1961), trata de objetivar los espacios vacíos o “blancos” (Leerstellen) del texto literario, así como la actividad interpretativo-creadora del lector, sujeto capaz de cumplimentar con su propia competencia la indeterminación de los espacios abiertos de la obra literaria, inherentes al discurso estético por su naturaleza ficticia y su polivalencia y ambigüedad semánticas. En consecuencia, el lector de Iser dispone de absoluta amplitud para introducir en la fenomenología de la interpretación literaria las figuras que desee su psicología más personal. Desde el punto de vista del materialismo filosófico como teoría de la literatura, la teoría de Iser constituye un retroceso respecto a los logros proporcionados por la poética de Jauss.
 “El proceso de lectura” (1972a) es un ensayo sobre estética de la recepción en el que Iser describe en términos husserlianos los mecanismos de la interpretación literaria, y se ocupa de tres aspectos fundamentales de la fenomenología literaria: la reducción fenomenológica, que Iser concibe como un proceso de retención y adecuación; la formación de consistencia, frente a la polivalencia de la obra literaria; y la implicación del lector, que añade en cada lectura un sentido diferente a la experiencia estética. Éste es probablemente el trabajo de Iser que mejor expresa su caída en la falacia adecuacionista. Su teoría fenomenológica del arte considera la interpretación de la obra literaria como un proceso determinado por dos hechos fundamentales: el texto en sí mismo, y el conjunto o sistema de actos por los que el lector se relaciona con él. Iser sigue aquí la terminología de Ingarden, pero reinterpretada desde la semiología de la literatura, al distinguir en la pragmática de la comunicación literaria la estructura del texto artístico (polo artístico: creado por el autor) y los modos por los que éste puede ser “concretado” (konkretisiert) (polo estético: creado por el lector).

La obra es más que el texto, pues el texto solamente toma vida cuando es concretizado, y además la concretización no es de ningún modo independiente de la disposición individual del lector, si bien ésta a su vez es guiada por los diferentes esquemas del texto. La convergencia de texto y lector dota a la obra literaria de existencia, y esta convergencia nunca puede ser localizada con precisión, sino que debe permanecer virtual, ya que no ha de identificarse ni con la realidad del texto ni con la disposición individual del lector (Iser, 1972a/1987: 216-217).

La concreción o determinación de la que habla Iser es pura ilusión fenomenológica. Es la psicología del lector la que genera “los diferentes esquemas del texto” por los que el propio lector, implicado en el mismo texto, cree ser guiado. Semejante adecuación o correspondencia entre el texto, que en la realidad del análisis resulta anulado como materia literaria, y el lector, que queda hipostasiado en una suerte de forma conceptualizadora global, psicológicamente devoradora del texto mismo, es una falacia, resultante de la ilusión metodológica que aplica Iser. Su análisis fenomenológico, que se nos presenta como el más apropiado para la descripción de los procesos interactivos existentes entre texto y lector, postula una adecuación o correspondencia falaz entre el texto, como materia, y el lector, como forma, que no se da de ninguna manera en la realidad de la interpretación literaria. Porque el lector no es una forma aislada de una realidad humana concreta, es decir, de un sujeto operatorio, con intenciones prolépticas inderogables, competencias operatorias (convierte fenómenos en conceptos) y relatoras (transforma conceptos simples, de una clase determinada, en conceptos de otra clase más compleja), y expuesto científicamente a las normas, dialogismos y autologismos propios del eje pragmático del espacio gnoseológico. Y porque además el texto es un material literario ontológicamente irreductible a la materia de que está constituido. El texto es una realidad corpórea de la ontología especial, es decir, es una realidad fisicalista (M1), fenomenológica (M2) y lógica (M3) del Mundo Interpretado (Mi), y sólo formalizable en la medida en que un sujeto operatorio lo manipula, sea el autor, sea el lector, sea el crítico o transductor. Pero Iser concibe el texto como una materia que sólo se conceptualiza en el “lector implícito”. Dicho groseramente: habla del texto como si éste hubiera nacido en la conciencia de un intérprete autotextualmente concebido.
En primer lugar, una de las principales conexiones que Iser postula entre la entropía del texto literario y la competencia del intérprete o lector la toma de los llamados por Ingarden “correlatos oracionales intencionales” (intentionale Satzkorrelate), o espacios textuales sintetizables a través de los cuales el lector es capaz de comprender la obra de arte verbal. Se trata de una más de las figuras fenomenológicas manipuladas por Iser, la cual pretende apoyarse en figuras retóricas textuales concretas, en este caso, segmentos oracionales a los que el lector atribuirá psicológicamente un “valor intencional”. Ese lector ilusionista de la obra literaria, desde las posibilidades de su imaginación, y según sus propias competencias y modalidades en el momento de la recepción, dará forma a la interacción de correlatos prefigurados en la secuencia de oraciones, las cuales “crearán” —suponemos que excitadas por el lector— diferentes expectativas o “pre-intenciones” (Husserl hablaba de “juicios previos”) a lo largo de la lectura, que en los textos literarios no suelen cumplirse de la forma prevista inicialmente por el receptor.

Los correlatos oracionales de los textos literarios no se suceden de este modo tan rígido, pues la expectativas que evocan tienden a invadirse el terreno unas a otras, de tal manera que se ven continuamente modificadas a medida que avanza la lectura. Simplificando se podría decir que cada correlato oracional intencional abre un horizonte concreto, que es modificado, si no completamente cambiado, por oraciones sucesivas. Mientras que estas expectativas despiertan un interés por lo que ha de venir, la modificación subsiguiente de ellas tendrá también un efecto retrospectivo en lo que ya había sido leído, lo cual puede ahora cobrar una significación diferente de la que tuvo en el momento de leerlo [...]. De este modo, el lector, al establecer estas interrelaciones entre pasado, presente y futuro, en realidad hace que el texto revele su multiplicidad potencial de conexiones (Iser, 1972a/1987: 220).

En segundo lugar, Iser concede una enorme importancia al concepto de ilusión —no podría ser de otro modo—, como actividad de representación que permite conformar en la imaginación del lector la Gestalt del texto literario. La experiencia ofrecida por el texto se hace accesible a través de “ilusiones”, pese a que las posibilidades semánticas de un discurso verbal siempre serán superiores a las que ofrezca cualquier sentido elaborado durante el proceso de lectura. Ya que

la formación de ilusiones va constantemente acompañada de ‘asociaciones extrañas’ que no pueden ponerse de acuerdo con las ilusiones, el lector constantemente tiene que levantar las restricciones que aplica al ‘significado’ del texto [...]. A medida que vamos elaborando un esquema coherente en el texto, encontraremos nuestra ‘interpretación’ amenazada, por así decir, por la presencia de otras posibilidades de ‘interpretación’, y por ello surgen nuevas áreas de indeterminación (Iser, 1972a/1987: 232-233).

Finalmente, Iser menciona el concepto de acto de recreación con objeto de referirse al proceso de creación de sentido que protagoniza el lector ante el texto literario, y que se encuentra determinado por las sucesivas interrupciones de expectativas que su propio desarrollo exige para que su resultado sea eficaz. Conducen este proceso dos elementos estructurales, es decir, inmanentes, que desde el interior del texto configuran, en primer lugar, un repertorio de esquemas verbales conocidos y de temas literarios recurrentes, en relación con determinados contextos sociales e históricos, y que, en segundo lugar, desarrollan diversas técnicas y estrategias utilizadas para situar lo convencional y conocido frente a lo desautomatizado y variable. El único inconveniente es que tanto los repertorios como las estrategias, tal como los concibe Iser, no son elementos estructurales ni inmanentes del texto, sino de la conciencia del lector. Son una construcción fenomenológica del intérprete. El “acto de recreación” de Iser es una ilusión trascendental, más concretamente, una ilusión subjetiva que pretende ser trascendental.
Como sabemos, las obras clave de Iser, El lector implícito (1972) y El acto de leer (1976), estudian las posibilidades y efectos del texto literario en su interacción histórica con el sujeto receptor, y en ellas se introducen dos categorías de enorme importancia para nuestra crítica: el concepto de “lector implícito” y la noción de “punto de vista errante”.
Como sabemos, las obras clave de Iser, Der implizite Leser (El lector implícito, 1972) y Der Akt des Lesens (El acto de leer, 1976), estudian las posibilidades y efectos del texto literario en su interacción histórica con el sujeto receptor, y en ellas se introducen dos categorías de enorme importancia para nuestra crítica: el concepto de “lector implícito” y la noción de “punto de vista errante”. 
El concepto de “lector implícito” está expuesto en la obra de Eduard von Hartmann, tal como ha demostrado Pedro Aullón de Haro (2001, 2010), particularmente en los dos volúmenes de su Ästhetik (Die deutsche Ästhetik seit Kant: historisch-kritischer Theil, I. Die Philosophie des Schönen, II), de 1886-1887, cuyos contenidos han sido puntualmente traducidos al español en Filosofía de lo bello: una reflexión sobre lo inconsciente en el arte (2001). Muy seguramente Iser toma de Hartmann esta noción, fuertemente anclada en una de las más psicologistas interpretaciones de la estética, y lo presenta en especular correspondencia con el concepto de Wayne C. Booth (1961) de “autor implícito” (implied autor). Así remite Iser a la idea metafísica de un lector ideal, el cual, según autores y escuelas, ha recibido múltiples denominaciones y funciones: “archilector” (Riffaterre), “lector modelo” (Eco), “lector intencional” (Wolff), “lector informado” (Fish), “lector implicado” (Genette), etc... El lector se convirtió de este modo en un género de muy diversas especies. Desde una diversidad de figuras retóricas se trataba de apelar a una suerte de “lector textualizado”, con el fin de designar la textualización de que podían ser objeto diferentes especies —y funciones— de lector de obras literarias, según los múltiples modos y procedimientos que concurran en el sentido de su disposición formal: imagen autorial del lector real, lector ideal, narratario, sujeto interior del poema lírico, destinatario inmanente del enunciado, etc... Pierre V. Zima (1991) fue uno de los primeros autores en criticar el modelo de Iser, al observar en él un excesivo eclecticismo de fuentes que, desde su punto de vista, hacía muy discutibles algunos aspectos de su teoría acerca de las indeterminaciones textuales y de su concepción del “lector implícito”. ¿Es el “lector implícito” algo mucho más amplio y orgánico de lo que Iser (1976/1987: 55-70) trató de designar inicialmente bajo esta expresión? ¿Cuál es la realidad ontológica del “lector implícito”? Lo más probable es que su ontología (material) se limite a la tropología (de la forma) literaria, es decir, a ser una figura retórica de determinados discursos literarios, pero no a ser una figura gnoseológica, propia de una Teoría de la Literatura, capaz de sustentar interpretaciones científicas acerca de los materiales literarios. Según W. D. Wilson, “we must not claim that our interpretation of the implied reader is anything more than our interpretation” (apud Gnutzmann, 1994: 226).
La noción de wandernder Blickpunkt o “punto de vista errante” postula que todo lector de una obra literaria se sitúa dentro del texto objeto de su lectura —de nuevo se incurre aquí en la falacia adecuacionista—, de modo que la comprensión que el intérprete hace del texto resultará siempre parcial y segmentada, al igual que sucede con la percepción humana cuyos contenidos no se sistematizan categorial o científicamente, esto es, en un discurso lógico (M3). Quien contempla un espejismo y desconoce las leyes de la óptica, nunca sabrá explicar por qué la realidad ontológica de lo que ve es igual a cero, aunque su percepción fenomenológica sea la de un oasis en medio del desierto (o la un vello púbico femenino allí donde Cervantes describe una celosía de la que sobresale una caña que habrá de alcanzar un capitán cautivo[1], como advirtió psicoanalíticamente un célebre cervantista norteamericano). La percepción de los fenómenos se produce siempre de modo discreto o discontinuo, como he tratado de explicar en otro lugar (Maestro, 1994) según el principio de discrecionalidad (A = a1, a2, a3... an). Pero los fenómenos que resultan de la percepción han de ser convertidos en conceptos, a los cuales se llegará sólo a través de una interpretación, mediante operaciones y relaciones llevadas a cabo por un sujeto operatorio, que actuará, en el caso de la interpretación literaria, desde saberes científicos y categoriales, es decir, mediante el uso de figuras gnoseológicas, y no desde figuras retóricas. El “punto de vista errante” de Iser nos remite a los extremos más libérrimos de una interpretación fenomenológica de los materiales literarios, que sitúa en el más puro psicologismo una serie de hechos que exigen ser conceptualizados de acuerdo con una sistematización científica, categorial y lógica. Iser reduce de este modo la lectura literaria a una experiencia psicológica, y aleja definitivamente su concepto de lector, metafísico e ideal, de toda posibilidad de hacer de esa lectura literaria una interpretación científica ontológicamente fundamentada[2].
Las diferentes tipologías del lector, consecuencia de las teorías psicologistas de Iser, son con frecuencia tropos o figuras que sólo formalmente consiguen explicar e ilustrar determinados elementos relativos al conocimiento de la obra literaria.
En este sentido, numerosos teóricos de la literatura se han entregado en las últimas décadas a la búsqueda y captura del “lector ideal”, del lector propio de una época o de un texto específico, o incluso del autor de un texto literario como su más idóneo lector[3]. El lector de época es una de las categorías de la recepción que se ha querido identificar como modelo ideal, desde el punto de vista de la historia social de la literatura, de sus efectos en el gusto del público receptor, y del conjunto de normas y valores culturales vigentes en cada período literario. Éste fue en cierto modo el camino que siguió Jauss, evitando el psicologismo e incurriendo en el sociologismo.
Sin embargo, el lector ideal del que nos hablan las teorías de Iser reside en un estatuto mucho más abstracto, heterogéneo y metafísico, y en su ilusionismo conceptual intervienen múltiples elementos ideales y formales, que no empíricos ni ontológicos. El propio Iser (1976/1987: 58) ha llegado a escribir que “el lector ideal, a diferencia de otros tipos de lectores, es una ficción. Como tal, carece de fundamento; sin embargo, en ello basa su utilidad. Pues como ficción tapona los agujeros de la argumentación que constantemente se abren en el análisis del efecto y recepción de la literatura. El carácter fictivo permite dotar al lector ideal con cambiantes contenidos, según la clase del problema que deba ser resuelto con la apelación que se le hace”. Iser nos está exponiendo un lector que es un puro concepto teológico. En este sentido, y por esta razón, dado semejante idealismo, su teoría de la recepción podría considerarse definitivamente como un auténtico fraude gnoseológico. Subrayo estas palabras de Iser, con las que él mismo desautoriza los fundamentos de su propia teoría de la recepción literaria: “el lector ideal, a diferencia de otros tipos de lectores, es una ficción. Como tal, carece de fundamento”.
Iser examina los conceptos de archilector (Riffaterre, 1971), lector informado (Fish, 1970) y lector pretendido (Wolff, 1971), a los que identifica respectivamente con modelos metodológicos destinados a superar las limitaciones de la estilística estructural, la gramática generativa-transformacional y la sociología de la literatura. Sin embargo, lejos de superar tales limitaciones, Rifaterre, Fish y Wolff incurren en psicologismos e idealismos cada vez más sofisticados. Añadiré, en la crítica a estos ideales fenomenológicos, el concepto de “lector modelo” de Eco.
Riffaterre (1971) define el archilector como un “grupo de informadores” que convergen en los “pasajes nodales del texto”, con el fin de objetivar en la coincidencia de sus reacciones la existencia de un hecho lingüístico. El archilector de Riffaterre pretende ser, pues, un principio de conocimiento textual destinado a la comprensión del estilo, al que trata de objetivar mediante la información suplementaria que procede del nivel lingüístico, teniendo en cuenta que la constitución de un “hecho estilístico” sólo puede realizarse mediante la acción de un sujeto que lo perciba. He aquí la reducción fenomenológica y psicologista aplicada a la lingüística y a la estilística estructural.

El archilector de Riffaterre es ciertamente un concepto-test para captar “el hecho estilístico”; pero a la vez contiene la decisiva indicación de que la deficiente capacidad referencial del “hecho estilístico” necesita del lector para su recepción. Pero el mismo archilector como descripción de un grupo de informantes no queda inmune ante el error. Pues la expectativa de contrastes intratextuales presupone competencias de distinto tipo, y no únicamente depende de la proximidad o lejanía histórica en la que el grupo-test se sitúa con respecto al texto. De todos modos, el modelo de Riffaterre muestra que para la fijación de las cualidades estilísticas ya no basta el instrumental de la lingüística (Iser, 1976/1987: 60).

El propio Iser imputa al modelo de Riffaterre errores de bulto: “el mismo archilector como descripción de un grupo de informantes no queda inmune ante el error”, ya que este modelo de lector no agota las competencias que le exige y presupone el texto. Naturalmente que no. Con todo, y de acuerdo con las palabras de Iser, en adelante, no serán los criterios formales, sino los psicológicos, los responsables de determinar las cualidades estilísticas de un texto. La psicología de un lector ideal se convierte así en algo superior y trascendental a la ontología de los materiales literarios. Desde el punto de vista del espacio estético, se produce de este modo un reduccionismo de la obra de arte en particular, y de los materiales estéticos en general, al sector autologista del eje pragmático, de modo que el arte será, en adelante, lo que el lector o receptor considere “artístico”, al margen de teorías objetivas y sistemas categoriales de interpretación (normas), y en contra incluso de la interpretación que pueda dar una sociedad determinada (dialogismo).
Por su parte, el concepto de “lector informado”, propuesto por S. Fish (1970), trata de describir, en términos igualmente psicologistas, los procesos de elaboración e interpretación de que es objeto el texto literario por parte de sus lectores, y se caracteriza por su triple competencia lingüística (conocimiento de la lengua en que está construido el texto), semántica (posee la cultura adecuada para su interpretación), y literaria (es capaz de interpretaciones textuales coherentes). La verdad es que, definida en tales términos, la competencia literaria de Fish debería denominarse simplemente “competencia textual”, pues en realidad no da cuenta de una ontología literaria, sino de una mera realidad textual. Además, tales funciones pueden identificarse fácilmente con las facultades de un lector real, empírico, concreto, mucho mejor que con una abstracción o un lector puramente ideal, por muy “informado” que lo imaginemos. Con todo, en su concepto de “lector informado”, Fish nos presenta como esenciales los procesos de aprendizaje y comprensión del texto, registrados en la observación de los efectos y sentidos provocados durante el acto de lectura, mediante los cuales el lector trata de adquirir la mayor competencia estética posible, es decir, de alcanzar las mejores condiciones informativas respecto al texto. Uno de los principales cometidos del “lector informado” de Fish consistiría en reorganizar mediante su propia competencia la estructura formal, semántica y literaria del texto, a través de un proceso de lectura en el que se registra la generación de diferentes acciones de sentido y comprensión, cuyo desarrollo puede explicar una gramática transformacional generativa. Sin embargo, el límite de este modelo teórico se encuentra en los intentos de aclarar rigurosamente cada uno de los procesos de reelaboración del discurso, lo que empobrecería notablemente la entropía inherente al acto de recepción. “El problema del concepto de Fish —objeta el propio Iser (1976/1987: 62)— consiste en que, en primer lugar, se desarrolla en un modelo gramatical, pero con toda razón lo abandona en un determinado punto para apelar a una experiencia indiscutible que parece cerrarse a la acción teórica”. Iser reprocha ahora a Fish —con razón— un psicologismo del que el mismo Iser ha sido muy responsable, desde el momento en que su propia teoría de la recepción, como su concepto mismo de “lector implícito”, es profundamente psicologista. Fijémonos además en que las competencias que exige Fish a su “lector informado” son lingüísticas, semánticas y literarias. Es decir, y digámoslo sin ser groseros, su “lector informado” es un lector que sabe leer y escribir, que conoce el significado de las palabras (parece que no se le exige que conozca también el sentido), y que dispone de “competencia literaria”, facultad esta última que acaba por disolverse en una suerte de hermenéutica fenomenológica nunca analizada en profundidad por el propio Fish. Es muy lamentable, en suma, tener que reconocer que Fish no dice más que obviedades. Naturalmente que un buen lector es aquel que dispone de “competencia literaria”. El problema está en cómo adquirirla y en cómo ejecutarla, modos de construcción e interpretación de los que Fish habla en términos retóricos, pero no gnoseológicos. Y por último, conviene recordar que información no es conocimiento. La información requiere de una experiencia gnoseológica, que sólo puede ejecutar un sujeto operatorio, capaz de convertir los términos, los fenómenos y los referentes (datos, hechos, objetos...), en esencias, conceptos e ideas, desde criterios científicos, categoriales y lógicos.
El “lector modelo” de U. Eco no resulta en este contexto en absoluto novedoso ni heterodoxo. Las obras en que Eco expone inicialmente su teoría de la recepción son Obra abierta (1962) y Lector in fabula (1979). Sus estudios sobre la recepción constituyen un planteamiento de la interpretación de la obra literaria, desde el punto de vista del lector, que sigue un modelo fundamentalmente semiótico, en el que están presentes los elementos formales y semánticos de la retórica y la poética literarias, frente a la visión histórica y sociológica de Jauss o a los presupuestos hermenéuticos y fenomenológicos de Iser. La teoría de la recepción de Eco se articula en torno a los siguientes planteamientos sobre las operaciones de lectura y los procesos pragmáticos que disponen su elaboración y comprensión. 1) La lectura o recepción es una confirmación de la textualidad, y no su negación. 2) Eco se distancia, especialmente a partir de la publicación de Lector in fabula (1979), de una teoría del uso para situar sus estudios sobre la interpretación de la obra literaria en una teoría de la interpretación de textos. 3) Se distancia también de la deconstrucción y se aproxima a la semántica y la pragmática del texto (Petöfi). 4) Introduce el concepto de cooperación interpretativa, con el que designa la implicación del lector modelo en el mecanismo de interpretación, o estrategia textual, de modo que las categorías de textualidad y estructura adquieren relaciones de interdependencia con las propiedades semánticas de infinitud y apertura, como consecuencia de lo cual acaba por incurrir una vez más en lo que el materialismo filosófico denomina la falacia adecuacionista. 5) Finalmente, Eco se propone, en su Lector in fabula (1979), “definir la forma o la estructura de la apertura”, ofreciéndonos metáforas y estrategias interpretativas del más alto interés lúdico-metodológico. El texto es según él una realidad compleja que se encuentra llena de blancos, o elementos no dichos, que la competencia del lector debe determinar y dotar de sentido a través de los sucesivos procesos de lectura. Lo sabemos desde Ingarden (1931). Iser (1976) también lo había dicho, siguiendo a Ingarden de forma casi literal. Para Eco el texto es un mecanismo reticente que, como proceso semiósico de significación, ha previsto una plusvalía o entropía de sentido que el destinatario introduce o identifica en él —de nuevo la reducción fenomenológica—. Por estas razones, todo texto deberá prever un lector modelo capaz de disponer y cooperar en la actualización y comprensión del discurso, de modo que éste ha de ser ante todo una estrategia de lectura, constituida por el conjunto de las interpretaciones autorizadas por los diferentes procesos de recepción. La falacia adecuacionista está, de nuevo, servida. Eco nos cuenta lo que ya sabíamos, si bien nos lo comunica desde la retórica de su propio idiolecto.
Finalmente, el “lector pretendido” es aquella “idea del lector que se ha configurado en el espíritu del autor” (Wolff, 1971: 166, cursiva mía), y que puede asumir en el texto diferentes formas: horizonte de expectativas del lector contemporáneo, ideologemas de lectores concretos, hipóstasis del lector, etc. Bien, desde el punto de vista del materialismo filosófico como teoría de la literatura se considera que una declaración de este tipo es, directamente, una tomadura de pelo. Reducir la realidad de lo que es un lector literario, es decir, un material ontológico constitutivo de lo que la literatura es, a una idea configurada “en el espíritu del autor”, supone incurrir en el más grosero psicologismo y en el más rupestre idealismo metafísico. Wolff, con su declaración hipostática del lector, se sitúa en la máxima amplitud de la falacia adecuacionista, al describir una relación de correspondencia en la que quedan comprendidos los extremos últimos de la comunicación literaria: autor y lector. Hechos ambos espíritu puro. Sin duda Wolff se ha dejado embargar por una ilusión fenomenológica que le parece indiscutible: la existencia de una relación o adecuación mutua entre la forma de expresión retórica de un texto y la imagen de sus posibles lectores intencionales. Es una forma retrógrada de incurrir en la falacia intencional, objetada por Wimsatt y Beardsley (1954), a través de las teorías de la recepción literaria, y concretamente gracias a la figura hipostasiada de un lector imaginario, que sería algo así como la simiente del autor espiritualmente inoculada en el texto literario, y por obra y gracia de un lector ilusionista. De modo muy ingenuo, el propio Iser (1976/1987: 63) se pregunta a este propósito “por qué un lector, por encima de la distancia histórica, es capaz todavía de captar un texto, aunque ciertamente ello no se encontraba en la intención de ese texto”. La respuesta podría darla cualquiera: porque el texto literario carece de voluntad antropomórfica para declarar sus “intenciones personales”. Sólo el lector, es decir, un lector de carne y hueso, que es el único lector realmente existente, puede, como sujeto operatorio, seleccionar un texto literario, entre muchos, e interpretarlo de acuerdo con una intención proléptica, con una teleología o finis operantis, indisociable de cualquier actividad humana. La noción de “lector pretendido” o intencional puede adquirir cierto interés desde el punto de vista de determinados modelos retóricos de hermenéutica literaria, destinados a reconstruir el horizonte de expectativas de una obra de arte verbal, insistiendo en aquellas condiciones históricas que han hecho posible su elaboración y recepción literarias, y que han determinado para la posteridad un modelo de comprensión que puede verse alterado o ratificado en el tiempo a través de lecturas sucesivas, pero no deja de ser un tropo, una figura retórica sin ninguna relevancia gnoseológica.
Como resulta fácilmente observable, el lector se ha convertido en las últimas décadas en una referencia constante de la teoría de la literatura, que ha evolucionado por caminos psicologistas, idealistas y metafísicos. En resumen, puede decirse que el “lector implícito”, en la teoría de la estética de la recepción de Iser, es —y hace referencia a— una triple dimensión, retórica, psicológica y teológica del texto literario, pues no sólo es una estructura tropológica inscrita en los textos, como lo son también la anáfora, el poliptoton o la onomatopeya, por ejemplo, sino que encarna además la totalidad de las orientaciones y juicios previos que un texto de ficción puede ofrecer a sus posibles lectores, además de convertirse en una figura trascendental en la interpretación metafísica e ilusionista de los materiales literarios, al quedar reducido a una simple forma teórica desposeída de realidad efectiva. El “lector implícito” no será nunca un referente gnoseológico, ya que a su forma conceptual no corresponde ningún correlato materialmente existente. Es, en suma, una categoría o modelo trascendental, que permite describir la estructura general del efecto psicológico que determinados críticos experimentan ante un texto de ficción, o que simplemente se sienten en condiciones de atribuirle. El “lector implícito” es una pura y todopoderosa ilusión fenomenológica. En palabras de Iser:

Es un concepto que dispone el horizonte referencial de pluralidad de actualizaciones del texto, históricas e individuales, a fin de poderlas analizar en su particularidad [...]. La estructura del texto establece el punto de visión para el lector [...], en cuanto que nuestros accesos al mundo sólo y siempre poseen una naturaleza significada por un carácter perspectivista [...]. El concepto de lector implícito circunscribe, por tanto, un proceso de transformación, mediante el cual se transfieren las estructuras del texto, a través de los actos de representación, al capital de experiencia del lector (Iser, 1976/1987: 70).

Dueño de todas las perspectivas de acceso al texto, el “lector implícito” es una suerte de Dios de la interpretación literaria, un demiurgo de la hermenéutica en el que se ejecutan y registran todas las posibilidades de comprensión de una obra literaria. Una maravilla del psicologismo. Iser escribe desde el corazón del Idealismo alemán. Parece que estamos leyendo a Ortega, a Cassirer, a Fichte incluso, acaso al último Hegel.
Conviene, sin embargo, pensar teniendo en cuenta la realidad, y no la psique. Ni el deseo. La simplicidad es sólo relativa a una multiplicidad dada, es decir, sólo puede predicarse y justificarse desde una multiplicidad de hechos, referentes o fenómenos materiales, pero nunca desde un inventario especulativo de postulados, y aún menos desde un abanico de posibilidades retóricas o inventivas. No se puede multiplicar irrealmente el número de lectores de una obra literaria sólo por adjudicarles identidades formales del tipo “lector real”, “lector ideal”, “archilector”, “lector modelo”, “lector implícito”, “lector explícito”, “lector implicado”, “lector intencional”, “lector informado”, “lector textualizado”, etc., porque el único lector posible, real y efectivamente existente, es el lector de carne y hueso. Es decir, un sujeto operatorio. No hay más. Porque lo demás es retórica y formalismo, metafísica de la lectura y teología de la recepción. Una supuesta teoría o poética de la recepción no puede basarse en una configuración idealista de lectores, cuya única existencia es formal y retórica, porque al hacerlo así dejará de ser una teoría de la literatura para convertirse en una teología de la recepción, una suerte de idealismo metafísico de la lectura, cuyo reino, naturalmente, no será de este mundo.
En consecuencia, como teoría literaria, el materialismo filosófico evita términos tales como “lector ideal”, “lector modelo”, “archilector”, “lector implícito”, “lector explícito”, “lector implicado”, etc., al considerarlos invenciones retóricas de determinados “teorizadores” o especuladores de la literatura. Son figuras retóricas, pero no figuras gnoseológicas, ya que carecen de contenido material. En realidad funcionan como una añagaza, o una simple falacia, detrás de la cual la única realidad existente es la del crítico literario, quien propugna, por un lado, “la muerte del autor” y, por otro, el idealismo de un receptor modélico con el que el propio crítico acaba siempre por identificarse. El único lector, posible y factible, es el lector real, apelación en sí misma pleonástica, pues no hay lectores irreales, si exceptuamos los inventados por Iser, Wolff, Fish, Riffaterre o Eco —por el propio Gadamer desde su hermenéutica y por el mismo Genette en sus análisis estructurales—, entre otros, para justificar el idealismo formalista de sus interpretaciones literarias, cuyo objetivo último consistió en instaurar la supremacía del crítico como intérprete y del intérprete como transductor (Maestro, 1994a, 1996, 2001, 2002, 2002a).
Una teoría que aumenta los entes sin necesidad, es decir, sin contrapartida empírica, sin correlatos referenciales efectivamente existentes, no es que sea falsa, es que simplemente no es teoría de nada. Es retórica. Entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem. Una teoría que no se basa en referentes materiales es lo mismo que una falsa partitura musical: la escritura de los signos musicales no se corresponde con ninguna realidad instrumental que haga factible su interpretación. Acaso un “músico ideal”, o un “músico implícito”, podría ejecutar la escritura musical plasmada en un pentagrama de esta naturaleza, pero también un “geómetra ideal”, y sin duda también “modélico”, podría trazar una circunferencia cuyo radio es infinito.

Jesús G. Maestro, Los materiales literarios, 2007, pp. 136-151.




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Bibliografía

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[1] “Digo, pues, que encima del patio de nuestra prisión caían las ventanas de la casa de un moro rico y principal, las cuales, como de ordinario son las de los moros, más eran agujeros que ventanas, y aun estas se cubrían con celosías muy espesas y apretadas. Acaeció, pues, que un día, estando en un terrado de nuestra prisión con otros tres compañeros, haciendo pruebas de saltar con las cadenas, por entretener el tiempo, estando solos, porque todos los demás cristianos habían salido a trabajar, alcé acaso los ojos y vi que por aquellas cerradas ventanillas que he dicho parecía una caña, y al remate della puesto un lienzo atado, y la caña se estaba blandeando y moviéndose, casi como si hiciera señas que llegásemos a tomarla” (Quijote, I, 40).

[2] Sin duda el concepto iseriano de “punto de vista errante” guarda relaciones con la idea de semiosis ilimitada de Peirce (1987). Pero el semiólogo americano fue en este punto muchísimo más riguroso que el fenomenólogo alemán. El concepto peirceano de semiosis ilimitada remite a la lógica de una interpretación científica, donde el primer sentido o lectura (interpretante) resulta modificado por el segundo, que introduce una nueva situación de complejidad, la cual será transformada a su vez por una tercera interpretación, y así ilimitadamente. La totalidad del objeto de conocimiento, así como su pretendida comprensión absoluta, sólo se consigue mediante sucesivas e ilimitadas síntesis de lecturas y puntos de vista. El circuito es inagotable, pero siempre discurre dentro de la lógica de una ciencia categorial y sobre una realidad ontológicamente definida.

[3] La hipótesis según la cual el autor es su propio lector ideal sería la falacia intencional impostada desde la recepción literaria. Incluso admitiendo que el autor es, o puede actuar, como el primero de los lectores de su propia obra, no es menos cierto que, como lectores de sus propios textos, los autores no reciben los efectos de forma inmediata. Aun después largos períodos posteriores a la elaboración de su obra continúan con frecuencia refiriéndose a determinados procedimientos de estrategia, composición, intencionalidad..., o a aquellas consecuencias que alguno de estos aspectos ha podido adquirir en su vida de escritor tras el proceso de gestación y redacción de la obra.


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