El racionalismo político de Maquiavelo



Maquiavelo (1469-1527), retrato de Santi di Tito
El capítulo XV de El Príncipe de Maquiavelo es, pese a su brevedad, uno de los capítulos nucleares y esenciales de la obra, “De las cosas por las cuales los hombres, y mayormente los príncipes, son loados o vituperados”.
Maquiavelo afirma con claridad que su obra se opone explícitamente a toda utopía: 
Pero siendo mi intento escribir cosas útiles a quien las entendiere, me ha parecido más conveniente buscar la efectiva verdad de las cosas que no la imaginación de ellas. Muchos han imaginado principados o repúblicas que no se han visto jamás, ni se ha conocido ser verdaderos, porque hay tanta distancia de cómo se vive a cómo se debiera vivir, que aquel que deja lo que se hace por lo que se debiera hacer, antes se procura su ruina que su conservación (Maquiavelo, El Príncipe, XV, 1513/1976: 119-120).
La obra de Maquiavelo nunca formará parte del intertexto utópico de piezas como la República de Platón ―quien no concibió su obra precisamente como una utopía irrealizable: su modelo real era Esparta― o, más precisamente, la Utopía (1516) de Thomas More, impresa tres años después de El Príncipe. El racionalismo político de Maquiavelo se opone a toda ordalía de psicologismo.
Toda utopía, y así lo confirma la Literatura Programática o Imperativa, exige e impone siempre una relación ideal entre términos reales, de tal modo que los seres humanos ―términos reales― han de comportarse o relacionarse entre sí, como sociedad política o natural, en términos completamente ideales. Así actúa el marxismo, el socialismo utópico o la agustiniana ciudad de Dios. Maquiavelo, en este punto, adopta sin embargo una actitud propia de la Literatura crítica o indicativa, consistente en identificar, por supuesto críticamente, una relación real entre términos también reales, es decir, entre los seres humanos efectivamente existentes, por un lado, y la eutaxia del Estado, por otro. Maquiavelo no es un sofista ni un farsante. No hay nada más antipático que la verdad.
Su obra es una admirable demostración de lo imbécil que es el vulgo, la masa, diríamos, incapaz de comprender la vida de los poderosos y la ilegalidad de la realidad política a la que vive sometido. El Príncipe es una obra que jamás debería leer el vulgo ―algo así era impensable para Maquiavelo―, pues podría acceder a un conocimiento solo reservado al Jefe del Estado. Sin embargo, la chusma es tan idiota en sus torpezas y miserias que teniendo ante así, con pelos y señales, codificada la ilegitimidad de la política que limita la totalidad de sus formas de vida, la acepta sin que su crítica tenga consecuencias mayores, más allá de lo espectacular y callejero. El vulgo habla mucho, piensa torpemente y actúa siempre del mismo modo. Es el combustible preferido de la prensa y de la sociedad de la opinión, que no de la información.
Solo una nota más: el vulgo, en la posmodernidad contemporánea, no es una masa social anónima, que se comporta unanimistamente. El vulgo, hoy por hoy, está constituido esencialmente por los intelectuales. 


Jesús G. Maestro

Glosario




Bibliografía

  • Véase la sección correspondiente AQUÍ.


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