Miguel de Unamuno

Es de noche, en mi estudio


Unamuno en su estudio [*]
La obra lírica de Miguel de Unamuno (1867-1936) ofrece numerosos testimonios de poesía autobiográfica, al recoger en sus poemas diferentes experiencias de momentos vitales de su autor (Maestro, 1994). Voy a referirme ahora a dos de estos poemas autobiográficos, correspondientes a la producción lírica de su primer período, anterior a la producción del poemario Teresa, publicado en 1924. Se trata de los poemas que comienzan “Es de noche, en mi estudio”, de Poesías (1907)[1], y “Vuelven a mí mis noches”, de Rimas de dentro (1923).
El primero de estos poemas se escribió en la Nochevieja de 1906, justo treinta años antes del día en que habría de producirse la muerte de su autor. El discurso lírico describe in fieri el acto de escritura mismo del poema, desde un procedimiento que, sin ser metaliterario, hace pensar en cierto modo en el “Soneto de repente” de Lope de Vega. El autor ocupa en este proceso de escritura un lugar primordial, al convertirse permanentemente en el protagonista de una naturaleza materialmente amenazada por la idea y la inquietud de la muerte.
Al igual que en el poema de Quevedo escrito “Desde la Torre” de Juan Abad, el autor parece yacer en su estudio rodeado de “pocos, pero doctos libros juntos”, profundamente inquietado por el paso del tiempo —“en fuga irrevocable huye la hora”—, en un camino inalterable hacia el instante final: “tiemblo de terminar estos renglones...” La soledad, el silencio y la noche sugieren permanentemente la idea de la muerte, y en medio de este contexto, inerme, yace el sujeto vivo, el propio autor en el acto mismo de escritura, rodeado de un conjunto de objetos pletóricos de atributos antropomórficos: “los libros callan”, se nos repite dos veces, y en su silencio parecen observar al poeta; paralelamente, en el entorno que ilumina tenuemente una lámpara de aceite ronda “cautelosa la muerte”; el autor no demora decisivas declaraciones biográficas —“pienso en mi edad viril; de los cuarenta / pasé ha dos años”—, en un afán por apurar la vida más allá de toda existencia temporal en la escritura de los versos, que atraviesan, antes de concluir, en la imaginación de la propia muerte: “Los terminé y aún vivo”.

Es de noche, en mi estudio.
Profunda soledad; oigo el latido
de mi pecho agitado
—es que se siente solo,
y es que se siente blanco de mi mente—
y oigo a la sangre
cuyo leve susurro
llena el silencio.
Diríase que cae el hilo líquido
de la clepsidra al fondo.
Aquí, de noche, sólo, este es mi estudio;
los libros callan;
mi lámpara de aceite
baña en lumbre de paz estas cuartillas,
lumbre cual de sagrario;
los libros callan;
de los poetas, pensadores, doctos,
los espíritus duermen;
y ello es como si en torno me rondase
cautelosa la muerte.
Me vuelvo a ratos para ver si acecha,
escudriño lo oscuro,
trato de descubrir entre las sombras
su sombra vaga,
pienso en la angina;
pienso en mi edad viril; de los cuarenta
pasé ha dos años.
Es una tentación dominadora
que aquí, en la soledad, es el silencio
quien me asesta;
el silencio y las sombras.
Y me digo: “Tal vez cuando muy pronto
vengan para anunciarme
que me espera la cena,
encuentren aquí un cuerpo
pálido y frío
—la cosa que fui yo, éste que espera—,
como esos libros silencioso y yerto,
parada ya la sangre,
yeldándose en las venas,
bajo la dulce luz del blando aceite,
lámpara funeraria”.
Tiemblo de terminar estos renglones
que no parezcan
extraño testamento,
más bien presentimiento misterioso
del allende sombrío,
dictados por el ansia
de vida eterna.
Los terminé y aún vivo[2].

La proyección del yo del poeta sobre los objetos que forman parte de su vivencia existencial, en la evolución literaria unamuniana, de Poesías (1907) al Cancionero (1936), acaba por proyectarse reflexivamente sobre el propio sujeto, hasta concluir con frecuencia en la expresión de un yo dramáticamente fragmentado, débil, escindido en múltiples posibilidades existenciales, cuando no deconstruido o simplemente negado en su propio lenguaje. De hecho, en el Cancionero el lector se halla definitivamente ante una identidad desmembrada, cuya unidad resulta irreconocible, y cuyas partes permanecen irreconciliables. La imagen especular del sujeto, en la que el propio autor se desdobla, aparece ya prefigurada en poemas como el que acabamos de leer (vv. 31-41). Toda esta retórica del yo no cabe interpretarla sino como un lúdico autologismo poético, por más que autores como Unamuno lo presenten como una auténtica “tragedia existencial”.
No es casualidad que Rimas de dentro, que inaugura en la trayectoria poética unamunianael aislamiento del sujeto en la expresión dialógica, introduzca en sus poemas la autonominación como signo explícito de desdoblamiento textual. El autodiálogo sólo necesita la presencia textual de un yo empírico para iniciar su propia y sofisticada deconstrucción. Si Teresa (1924) representa un largo discurso autodialógico cuyos interlocutores, Rafael y Teresa, no son sino denominaciones formales de un desdoblamiento textual del yo unamuniano, el Cancionero no representa sino la supresión de las primitivas formas de ese yo, y de cuantas notas intensivas había sido depositario a la largo de la lírica unamuniana, con objeto de resolver en el autodiálogo, para deconstruirlas definitivamente, las condiciones plurales de su identidad (Maestro, 1994).
Rimas de dentro representa la introducción de Unamuno como objeto de reflexión dialógica en su propio discurso lírico. En la novela ya se había introducido como persona ficta mucho antes, con motivo de la fábula de Niebla (1914) y su encuentro con Augusto Pérez, el protagonista de la nivola. En el poema VI de las Rimas..., que comienza “Vuelven a mí mis noches”[3], el autor trata de evocar su personalidad tal cual era veinte años atrás, y dispone en el poema la proyección del yo que fue a los veinticinco años (v. 42), al regresar a la casa en que vivió durante su infancia y adolescencia, y volver a pernoctar en el que fuera entonces su dormitorio, con la subsiguiente evocación y semantización de sus objetos más personales; se cumple así el aislamiento del sujeto en su expresión dialógica, frente a un mundo de objetos como testigos mudos de su vivencia, expresión lírica que alcanzará en el Cancionero su estadio más avanzado.

Vuelven a mi mis noches,
noches vacías,
rumores de la calle,
las pisadas tardías,
rodar de coches,
conversaciones rotas
y desgranadas notas
de un pobre piano,
viejo y lejano.
Hundióse así el tesoro de mis noches,
en esta misma alcoba,
aquí dormí, soñé, fingí esperanzas
y a recordarlas me revuelvo en vano...,
no logro asir aquel que fui, soy otro...[4]


Jesús G. Maestro, Genealogía de la Literatura, 2012, pp. 588-591.



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Bibliografía

  • Véase la sección correspondiente AQUÍ.






[*] «Unamuno en su mesa de trabajo». O/L. 169 x 120. Al dorso sello de la testamentaría del pintor. Bibliografía: Francsico Garfias, Vida y Obra de Vázquez Díaz, Ibérico-Europea de Ediciones, Madrid, pág. 200 (fragmento). Exposiciones de Vázquez Díaz del Ministerio de Cultura, Palacio de Velázquez, Parque del Retiro, Madrid, celebrada en 1982, según etiqueta al dorso. Catálogo exposición de Vázquez Díaz en Caja Salamanca y Soria.

[1] Poesías (1907) de Unamuno, en A. Suárez Miramón (ed.), Madrid, Alianza, 1987, vol. 1, pp. 209-210.

[2] Miguel de Unamuno (1987: I, 209-210), “Es de noche en mi estudio”, de Poesías (1907).

[3] Miguel de Unamuno (1987: II, 79-81), poema VI de Rimas de dentro (1923).

[4] El yo lírico habla de sí mismo, como objeto del enunciado, donde se nominaliza, y lo hace para sí mismo, como consecuencia del desdoblamiento textual, y desde sí mismo, como sujeto de la enunciación lírica; la disposición de la expresión dialógica es completamente centrípeta, de modo que la persona gramatical que recibe la proyección del yo es el propio yo; este último se encuentra en sincretismo con todos los posibles actuantes de la expresión dialógica del discurso (autor, sujeto poético, sujeto interior, sujeto gramatical...), y proporciona en consecuencia un mensaje de lo más compacto desde el punto de vista del poeta y su autorrepresentación polifónica en el discurso. El desdoblamiento se explicita mediante la deixis espacial (el poeta escribe en el cuarto en que vivió su mocedad, y es consciente de cuanto ha cambiado) y temporal (la juventud pretérita resulta inasible desde la madurez presente). El sujeto lírico se desdobla por relación a la temporalidad del discurso: “miro como se mira a los extraños / al que fui yo a los veinticinco años”; la deixis temporal no se expresa mediante lexemas plenos tales como “ayer / hoy”, “pasado / presente”..., sino mediante palabras que adquieren un valor semántico que connota tiempo pretérito (“auroral fragancia”, “mi verde primavera”, “mi infancia”), y a través de la perspectiva establecida en las categorías verbales, que excluyen del marco temporal presente en el que se sitúa el sujeto de la enunciación sus vivencias de mocedad: “no logro asir aquel que fui, soy otro [...]. / La realidad presente me las roba. / Los días que se fueron, ¿dónde han ido? / De aquel que fui, ¿qué ha sido?...”


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