¿Líder motivador o profesor?

Contra la pedagogía rousseauniana y posmoderna
de la política contemporánea



Goya, Capricho 37.
¡Si sabrá más el discípulo!
Leo en un periódico de Galicia, en una entrevista con un responsable de política y educación, lo siguiente: “El profesor ha de dejar de transmitir conocimientos y ser un líder motivador”. Una declaración de esta naturaleza es absolutamente nociva desde el punto de vista de la educación intelectual del ser humano. Y lo es por las siguientes razones.
En primer lugar, la educación científica no puede estar basada en emociones, y aún menos en emociones lideradas por personas investidas de liderazgo: la educación científica debe estar basada en conocimientos críticos, y debe ser y estar impartida por personas cuya formación intelectual las acredita públicamente, por sus conocimientos solventes, para desempeñar tales funciones y cargos.
Un profesor es un conocedor crítico de los conocimientos que sabe y que sabe transmitir. Un líder motivador es un charlatán que vende un producto, sea una batidora o un coche (retórica y publicidad), sea un proyecto de nación o de imperio (Hitler), sea un credo o ideario religioso (profeta, místico, chamán…). Y así sucesivamente.
Los profesores no somos payasos, ni chamanes, ni actores de cine o televisión (al margen de que a varios de ellos les sobren más ganas que cualidades para serlo). Un profesor no es un duce, ni un Führer, ni un caudillo. Y nuestra profesión no tiene que ver con los contenidos ni de la religión ni de las ideologías políticas, nuestros principales enemigos, porque de ellos proceden las más influyentes mentiras de la sociedad en que vivimos. Si hay algo contrario a un profesor es un “líder motivador”. Los profesores no transmitimos emociones, sino conocimientos. Ignorar esto es ser un sofista o un incompetente. O un pedagogo, es decir, alguien que —desde mi punto de vista— enseña lo que no sabe.
En segundo lugar, la supresión del conocimiento en la educación científica equivale al exterminio del contenido mismo de la educación científica. Si esto es lo que se pretende, sin duda los políticos que nos gobiernan van por el mejor de los caminos posibles. Adelante, pues, con la supresión del conocimiento en los sistemas educativos. El conocimiento debe ser sustituido, según estos imperativos políticos de quienes nos gobiernan y piden su voto, por las emociones. Las emociones acríticas, naturalmente. Emociones ininteligibles, incluso para el propio emocionado, que no sabrá explicárselas, porque no dispondrá de conocimientos.
Según semejante pedagogía, la lección magistral debe ser abolida, pues es una exposición sistemática de conocimientos críticos, y en su lugar el profesor debe seguir otro procedimiento docente, destinado a emocionar al estudiantado, como un político en un mitin no transmite conocimientos, sino emociones a una masa cada día más y mejor aborregada.
La impresión que un profesor crítico tiene cuando lee a un político decir que “el profesor ha de dejar de transmitir conocimientos y ser un líder motivador” es que desea que la Escuela sea un emocionante lugar de analfabetización colectiva, y que la Universidad haga el trabajo restante. El resultado es una ignorancia de diseño estatal.
Primero, la Escuela prepara el rebaño: una sociedad ignorante, entretenida y sin capacidad alguna para el conocimiento, pero siempre en condiciones muy emocionantes (la emoción ante todo). Después, la Universidad prepara a los líderes motivadores que engañarán cómodamente a un rebaño cada vez más y mejor emocionado. ¿Ese es el modelo educativo que quieren todos nuestros políticos, verdad? ¿Es esa la “educación de calidad” por la que se manifiestan unos y otros? Pues adelante: lo están haciendo muy bien. Enhorabuena al rebaño, porque también lo está haciendo muy bien. No hay sociedad que no quiera ser engañada. No se olvide tampoco agradecer a aquellos profesores que, antes que estudiar y formarse en el ejercicio del conocimiento, prefieren entregarse al cultivo de las emociones. Es más fácil ser un charlatán que preparar una lección magistral, esas que lleva horas y días elaborar.
En tercer lugar, como consecuencia de este sistema educativo, basado en las emociones naturales y no en los conocimientos críticos, es decir, basado en Rousseau y no en Platón (autores a los que los políticos no han leído: ni siquiera sabrán decir en qué año han nacido o muerto, ni citar dos de sus obras, estoy seguro), la educación crítica se sitúa fuera de las instituciones del Estado. Sálvese el que pueda. Sálvese el que sepa.
La gente común y corriente recibe —hablo ya del presente, no del futuro— una educación rebañega, que la obliga a vivir en un tercer mundo semántico, es decir, en la ignorancia acreditada. Este es el principal objetivo de los políticos, que son nuestros maravillosos “líderes motivadores”.
Por mi parte, como profesor que ejerce la docencia desde hace más de dos décadas, en diferentes países europeos y americanos, y que ha conocido muy diversas sociedades y culturas de estudiantes y docentes, seguiré ejerciendo, hasta que el Código Civil y/o Penal me lo prohíba, el conocimiento crítico y científico, la lección magistral y el saber especializado y tecnológico en las áreas de conocimiento que me competen. He de confesar, con toda firmeza, que para el ejercicio de mi profesión docente dispongo de más libertad en España que en Estados Unidos.
Por último, si los políticos —y pedagogos, sus asistentes— desean proscribir y censurar el conocimiento crítico y el saber científico, ánimo: les invito a que redacten una Constitución donde el conocimiento quede explícitamente abolido. Y si lo que desean es convertir a los profesores en funcionarios serviles, en colaboracionistas, de sus ideologías rebañegas, se sentirán muy complacidos sin duda al comprobar que lo están consiguiendo. Lo están haciendo muy bien. El daño social que están causando al Estado en el que vivimos crece como un cáncer. La Escuela y la Universidad son hoy día criaderos de analfabetos y demagogos. Los políticos son sofistas que gobernarán con grandísima facilidad sobre un tercer mundo semántico.
Es lo único, entre otras cosillas de quítame allá esas pajas (de las que los juzgados andan llenas), que hacen bien los políticos: corromper la educación científica de la sociedad. La razón siempre ha sido algo políticamente muy débil. Y esta debilidad está creciendo peligrosamente, porque la Universidad, lejos de contrarrestarla, la potencia. Con el apoyo de los políticos.
Pedagogo y demagogo son términos casi sinónimos. Profesiones del presente. El profesor pertenece al pasado. Ha muerto. Viva la ignorancia. Es la experiencia más emocionante. Mucho más que el conocimiento. Lo dicen nuestros políticos (que nos piden el voto), no lo digo yo: yo solo soy un profesor de esos que transmiten conocimientos e imparten clases magistrales (que pueden verse libremente, porque están grabadas en vídeo y disponibles en la página web de la Universidad de Vigo). Y lo seguiré haciendo hasta que la Ley me prohíba explícitamente transmitir conocimientos.

Jesús G. Maestro


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