Sobre la Libertad de Cátedra en la Universidad actual

El dinero es más atractivo que la libertad. 
Y no solo para los idiotas. 


(CC BY 2.0) alfonsobenayas - candado
Como todo el mundo sabe, la denominada Libertad de Cátedra es un concepto que apela al derecho de los miembros de una institución académica para desarrollar de forma racional y libre su investigación científica y crítica, frente al poder de leyes coercitivas procedentes de instituciones ajenas al mundo académico. Pero no procedentes del propio mundo académico. Y aquí reside precisamente, a día de hoy, el Talón de Aquiles de esta Ley[1].
El principal enemigo de la Libertad de Cátedra no está ya fuera de la Universidad, sino dentro de ella. Los enemigos de la Universidad están dentro de la Universidad: están gestionándola. Y son, indudablemente, los administradores de su libertad. De una libertad que cada día es menos científica y más burocrática. Y la libertad burocrática es como la libertad religiosa: una contradicción entre sus propios términos.
Ocurre además, a día de hoy, que fuera de la Universidad hay más libertad que dentro de ella. Tradicionalmente se presentaban las cosas justo al revés: amparada por la Libertad de Cátedra, desde la Universidad se hacía creer que en ella había más libertad mejores conocimientos, que fuera de ella…, más calidad de pensamiento que en el resto de la sociedad. Lo cierto es que en la Universidad nunca ha habido demasiada libertad para nada. Jamás. La libertad universitaria es un mito. Y lo ha sido siempre. Como un mito es también la idea de que la Universidad es un lugar de sabiduría y conocimientos y, sobre todo, de crítica. Quien habla de la Universidad como de una institución en la que se ejerce la crítica no tiene ni idea de lo que es una Universidad.
La Universidad es una institución conservadora, proteccionista y endogámica, muy impermeable a la sociedad, enclaustrada sobre sí misma y extremadamente recelosa de toda relación con el exterior: nunca jamás ha estado en la vanguardia, a veces ni siquiera en la retaguardia, de ningún tipo de crítica. No conviene confundir una, o dos, o trescientas, revueltas o fiestas callejeras con lo que realmente sucede dentro de una Universidad.
No deja de ser curioso que, al menos en el ámbito de las Letras universitarias, de sus antiguas Facultades de Letras, hoy sucedáneos de lo que fueron en el pasado, la mayor parte del profesorado, que cita y estudia a posmodernos como Foucault, y que con él condenan los instrumentos y procedimientos represores del poder, sean precisamente, irónicamente, o no sabré ya cómo decir, quienes ejercen con devota minuciosidad y entrega cotidiana esa represión que en teoría dicen condenar. Hoy son los propios profesores de Universidad quienes voluntariamente sirven al poder político que reprime esa Libertad de Cátedra que ellos mismos, como docentes e investigadores, deberían preservar. Pero les gusta más —mucho más— el poder de la burocracia que la libertad de la ciencia.
¿Cómo sirven a este poder político y burocrático? Pues es evidente: se prestan de forma libre y voluntaria a ser administradores de la Universidad, rectores de ella, decanos, directores de departamento, coordinadores de grado, secretarios de departamento, etc. Nadie está obligado a desempeñar esos puestos, por los que la gente se pelea y compite, sacrifica su carrera investigadora e hipoteca los mejores años de su vida académica, deforma y envenena relaciones sociales y laborales, traiciona amistades que podrían ser valiosas y se convierte ante sí mismo y sus colegas en un infidente profesional. Pero sobre todo se convierte en un esbirro de la burocracia académica, en un eslabón operativo de la sumisión diferida en la cadena de mando. Lo que más ignora el burócrata universitario es cómo su actividad administrativa lo va degradando como profesional de la ciencia y de la investigación. Y cómo se aleja, sin consciencia alguna de ello, de la realidad humana y social a la que un día perteneció.
Sin embargo, no hay apenas un colega al que no le encante venderse por un carguito. Todos condenan el sistema, pero (casi) todos se pelean por ocupar un puesto en él. Incluso exhiben el cargo como mérito curricular (algo que para muchos de nosotros, los otros, es un signo de impotencia científica y miseria investigadora).
Y los mismos que deterioran la Universidad y sus posibilidades de desarrollo y libertad desde sus posiciones burocráticas son los que, en cualquier momento, firman todo tipo de manifiestos, escritos o pasquines, en favor de la calidad de la educación universitaria, bla, bla, bla… (y todas esas cosas).
No es posible tampoco aceptar una división entre Ciencia y Política, y afirmar que la Política reprime la Ciencia, sin más, para concluir que Ciencia y Política son cuestiones diferentes, porque no es cierto, como tampoco es cierto que Deporte y Política nada tengan que ver. Las competiciones deportivas existen porque las sociedades organizadas políticamente las hacen posibles. Al margen de los Estados no habría ni Deporte, ni competiciones deportivas, ni relaciones internacionales, ni Economía, ni Ciencia, ni nada de nada, salvo vida salvaje, de la que mucha gente habla de forma irresponsable, recreándose en ella, jugando a la “nostalgia de la barbarie” (Bueno, 1971), pero sin el deseo explícito de vivir verdaderamente en un mundo abandonado a su suerte en manos del irracionalismo, el incivismo o la brutalidad primitiva más genuina.
La Ciencia es inseparable de la Política. Y en este contexto, la pregunta que hago es, ¿en qué estado se encuentran actualmente los derechos de Libertad de Cátedra de un profesor universitario en España? Mi respuesta, avalada por la realidad social, académica y política, que estamos viviendo a día de hoy, es que este derecho está disminuyendo peligrosísimamente, y que en estos momentos desarrollamos nuestra labor docente e investigadora con menos libertad académica de la que disponíamos hace apenas cinco años.
¿Por qué? Porque el Programa de Bolonia ha impuesto una serie de exigencias al desarrollo de la vida académica que suponen un recorte creciente de las libertades del profesor en el ejercicio de su actividad profesional como docente y como científico o investigador[2].
No me refiero a limitaciones presupuestarias, es decir, a la falta de dinero: no sé de ninguna época en la que no faltara dinero a la investigación, y sí puedo citar muchos proyectos de investigación que se han gastado el dinero recibido del Estado en lo que no se sabe ni se dice, alguno de ellos incluso tras haber manejado la cifra de dos millones de euros… Me refiero a imposiciones racionalmente intolerables en el modo de ejercer la docencia y en la forma de administrar sus contenidos científicos. Imposiciones que nada tienen que ver con el dinero, sino con la libertad.
La nula respuesta de la mayor parte del profesorado ante estos recortes —no presupuestarios—, sino de Libertad de Cátedra, que el propio profesorado asume desde una especie de impotencia inconsciente, de irresponsabilidad no reconocida pero acaso complaciente, o incluso de obsecuencia envilecida, resulta extraordinariamente peligrosa. Por lo común, la gente se manifiesta en público más por lo que oye de los demás que por lo que realmente le afecta y le ocurre, y no por solidaridad con el prójimo, sino por ignorancia frente a sí misma.
El dinero es más atractivo que la libertad. Y no solo para los idiotas. Los inteligentes también se saben vender, aunque no siempre al mejor postor ni al mejor precio. El dinero se usa más para vender la libertad a terceros que para preservarla de injusticias y tropelías. Es la esencia de la prostitución, y, en suma, de toda forma de trabajo. En realidad, todo ejercicio laboral es una forma sutil y sublimada —y también hasta cierto punto consentida y pactada— de prostitución. Trabajo es todo aquello que se hace solo por dinero.
El placer en el trabajo tiene más que ver con la ilusión que con la realidad. El miedo y la esperanza no solo son los cercos de la religión: son también los mojones del reino del trabajo. Uno de los objetivos fundamentales de todo imperio laboral es hacer creer que el trabajo nos mejora, nos enriquece, nos hace felices, nos da seguridad o, simplemente, nos libera. Solo por dinero la gente renuncia a su libertad con una facilidad que, a poco que lo pensemos, nos deja estupefactos. La tan cacareada (en nuestro tiempo) libertad se vende y se compra como un pañuelo lleno de mocos.
¿Cómo es posible que ante los recortes políticos, administrativos y burocráticos de la Libertad de Cátedra, el profesorado de las Universidades españolas no haya dicho nada? Es más, ¿cómo es posible que haya sido precisamente el profesorado universitario el que se haya prestado a servir y a ejercer de verdugo de sí mismo, aceptando asumir puestos administrativos creados solo para sistematizar la sumisión diferida, y la transmisión en cadena, de órdenes destinadas a limitar en su propia profesión la Libertad de Cátedra?
Sin duda porque desde hace bastantes años el profesorado de universidad ya no se toma en serio su trabajo, y en realidad ni quiere ni necesita la libertad de cátedra para nada, porque no la usa. La mayor parte tiene como objetivo no la investigación, sino la ganancia de dinero desempeñando puestos administrativos, pero no dedicándose a la ciencia. Prefieren la burocracia a la investigación. Desarrollan un currículum para la administración, no para la ciencia. Los más jóvenes llevan esto en la sangre: muchos papeles y certificados en su disco duro portátil, pero muy poca ciencia en la mollera. Lo saben, pero también saben que crecerán en un mundo universitario donde la ciencia no tiene valor. Porque importan los certificados, no los conocimientos. El curriculum vitae es una papelería. Nada más. Las “ciencias humanas” están en manos de grupos mayoritarios de burócratas encargados sistemáticamente de la falsificación del conocimiento científico mediante la expedición de todo tipo de certificaciones oficiales.
Hasta tal punto esto es así, que la Aneca, una de las instituciones a mi juicio más nocivas que para el desarrollo de la Universidad española han existido jamás, postula como méritos para la promoción del profesorado la actividad administrativa y burocrática, y la utiliza malévolamente —es decir, la utilizan de forma subversiva los colegas de turno— para impedir que determinadas personas no sean promovidas como científicamente merecen. No hay que sorprenderse, es el arma de los burócratas[3].
La propia Aneca ha sido considerada por algunos especialistas del Derecho como una institución presuntamente promotora de limitaciones de Libertad de Cátedra:

Si las directrices de la ANECA recogen criterios sustantivos que afectan al contenido de la enseñanza universitaria, en el sentido de obligar a las Universidades a qué debe enseñarse (debe justificarse la relevancia del título que se propone), para qué (deben establecerse los objetivos generales y las competencias que va a adquirir el alumno) y cómo (planificación de las enseñanzas, metodología y evaluación), parece que toda esta reglamentación supone una limitación de la autonomía universitaria y en última instancia de la libertad de cátedra (Álvarez González, 2010: 77) (cursiva mía).

Adviértase además lo siguiente. En el borrador del Estatuto del Personal Docente e Investigador se decía esto, en el art. 8.1.a, al referirse al Derecho del profesorado relativo

al ejercicio de sus funciones con plena libertad académica, de acuerdo con los derechos fundamentales de libertad de pensamiento y expresión, libertad de investigación y libertad de cátedra y con sujeción a lo previsto en la Constitución y en el resto del ordenamiento jurídico.

Pero ya en el texto de 2015 del Estatuto del Personal Docente e Investigador se dice esto (nótese que ya ni se habla de Libertad de Cátedra, expresión que no aparece en ninguna parte del documento legal finalmente aprobado), al referirse al Derecho del profesorado

a ejercer sus funciones con libertad académica, según el principio de libertad de pensamiento y expresión, siempre que no contravenga el ordenamiento jurídico, los principios éticos generales y la ética profesional.

En algunas guías docentes de algunas universidades se exige al profesorado y al alumnado que, en el ejercicio de su docencia y actividad profesional, hagan su trabajo cumpliendo con estos imperativos: “desde una perspectiva que tenga en consideración los valores democráticos, de igualdad social, de género, raza y orientación sexual, así como de una cultura para la paz”. Se obliga al alumnado —al alumnado universitario (como si la Universidad fuera un centro de terapia de grupo)— a “participar en debates y actividades en grupo, desarrollando un pensamiento autónomo y crítico, realizando contrastes críticos y respetuosos, y mostrando actitudes de tolerancia hacia la diversidad social y cultural de los países de las diversas lenguas extranjeras, de defensa de derechos fundamentales, de principios de igualdad y de valores democráticos”. ¿Esta es labor de un profesor o de un catequista especializado en “fundamentalismo democrático”? Como señala Gustavo Bueno, “el fundamentalismo democrático oculta la corrupción de la democracia” (Bueno, 2010: I).
¿Cómo explicar, bajo tales imperativos, física nuclear, dados los peligros de una bomba atómica? ¿Cómo explicar la literatura misógina de los cínicos griegos y modernos? ¿Cómo referirse a la execración de los judíos de la literatura quevedesca? ¿Cómo explicar la antidemocrática y espartana República de Platón?
La Ciencia no es democrática y no lo ha sido nunca. Y no lo será. La Ciencia no es el resultado de lo que, en un momento dado, decide la mayoría. La Ciencia no cabe en lo políticamente correcto. La Ciencia no cambia cuando cambian las Ideologías. Solo la Justicia, y la Política —que es la madre que parió a la Justicia—, cambian cuando cambian las Ideologías, que están siempre en la matriz y el mal parto de todos y cada uno de los más violentos conflictos humanos.
Subordinar la Ciencia a la Ideología es la misión inmediata de la Universidad posmoderna actual. Una Universidad que ya no cuida ni de las élites (abandonadas a su corrupción), que ya no prepara científicos para empresas (porque cada empresa tiene que preparar a los suyos con cursos propios y específicos), y que en suma ya no forma a la gente para el trabajo, sino para pasto del paro o de lo que toque: la Universidad expide visados para entrar, o no, en un mercado laboral muy enfangado y turbio, prepara técnicos para la administración del Macro-Estado europeo, de hechura anglosajona y francoalemana, y mantiene aislados del mundo real a muchos de cuantos en ella trabajan como funcionarios y de cuantos estudian —ilusos— engañados por la imagen de un mundo feliz, con derecho a todo, y espejismos de una “vida a la carta”. Hasta que terminen sus estudios y entren en la realidad, en medio de las fauces de lo que realmente el mundo es.
La realidad se convierte en esta sociedad en un sentimiento, de modo que uno puede sentirse Napoleón siendo un cretino, desde el momento en que se legaliza lo que uno siente, y no lo que uno es. Se puede ser hombre y sentirse mujer, se puede ser catalán y sentirse escocés, se puede ser un asesino y sentirse inocente, etc., porque lo que cuenta es el sentimiento y no la realidad. Admirable idealismo posmoderno. Ser es Sentir, no Estar. La ontología es un estado de ánimo. Naturalmente variable a lo largo del día.
La democracia se convierte así en una organización sectorial o gremial de poderes, es decir, de lobbies, que se presentan y representan formalmente a sí mismos como alegorías de individualidades, bajo la forma de arquetipos humanos respetables y unanimistas (el ejecutivo, el obrero, el empresario, el homosexual, el parado, el nacionalista, el indigente, la mujer maltratada, el estudiante, el ecologista, el jubilado, el funcionario, etc...), cuando en realidad, es decir, materialmente, todos estos individuos y colectivos tienen en común la competencia por el mismo objetivo: la organización y el uso en exclusiva de un poder que nunca se alcanza de forma plena. El resultado es una relativa neutralización depredatoria de poderes sectoriales en conflicto, en connivencia con un —más o menos espeso— magma de corrupción.

El elemento central de la universidad postmoderna, así como el concepto de libertad de cátedra que de este deriva, transita en torno a la siguiente cuestión: la misión de la universidad ya no es la verdad trascendente, como en la clásica, ni la verdad inmanente, como en la moderna. Tampoco es el servicio al Estado o a la comunidad a través de la formación de profesionales de excelencia. El objetivo de la nueva universidad es ser expresión de la democracia a través de la afirmación de lo individual sin jerarquía (como la antigua relación de profesor y alumno). Esto trae como consecuencia la concepción de la universidad, más que como una institución con finalidad propia, como una simple estrategia de poder. Por esto se sostiene que repensar la universidad implica, necesariamente, poner en cuestión las relaciones de poder que la atraviesan, coartando su creatividad, su responsabilidad y, esencialmente, la libertad de profesores y alumnos (Raúl Madrid, 2013: 1).

Si aceptamos las antemencionadas ideas de Raúl Madrid, sucede que la Universidad actual es una neutralización de ciencia y nesciencia. La Libertad de Cátedra deja de tener efecto y valor en nuestro tiempo porque todo está permitido, y en consecuencia no es necesario vindicar o exigir una libertad en la Universidad cuando la propia Universidad concede incluso al ignorante el derecho a igualarse con el profesor. Y el profesor se siente feliz de no tener que compararse con Aristóteles…, y de trabajar como colega del alumno, de ser guay, y de comportarse como un gilipollas para así tener más público, evitar problemas y adecuarse a lo “políticamente correcto”.
Cuando el bobo o simple es nuestro colega, la razón deja de ser un criterio operativo y útil. Porque la razón no se hizo para que los necios pudieran entenderse y admirarse entre sí y legitimar de este modo institucionalmente su necedad. No cabe hablar en tales casos de Libertad de Cátedra, sino de libertad para ser un memo, y para comportarse legalmente como tal y ser además respetado por ello.
La Libertad de Cátedra es un concepto completamente arcaico, inoperante en las democracias en que hoy vivimos, desde el momento en que todo el mundo, incluso los necios, protegidos por lo políticamente correcto, disponen de toda la libertad del mundo para decir, en condiciones de igualdad con el propio Aristóteles, lo que quieran.
La Libertad de Cátedra se ha desvanecido no por presiones antidemocráticas o tiránicas, sino porque ha ingresado en el radio de una circunferencia democráticamente infinita y fundamentalista, de modo tal que la ciencia y la nesciencia valen lo mismo. No hay diferencia entre ellas. Lo hemos dicho: la Ciencia no es democrática, porque no es resultado de lo que decida o acuerde la mayoría. El teorema de Pitágoras no cambia con cada nuevo gobierno heleno. La Ciencia no cambia cuando cambian las mayorías absolutas. La Ciencia no es como la Justicia. Ni como la prensa o los intelectuales, principales rameras de toda democracia.
Esta absoluta isovalencia u omnivalencia, legitimada por una democracia acrítica, hace del derecho a la Libertad de Cátedra algo por completo inútil o incluso ridículo. Si todo el mundo tiene libertad de decir lo que quiera, y el profesor y el alumno son lo mismo, es decir, colegas, entonces no cabe hablar de libertad, porque no habrá ningún terreno, ningún conocimiento, ningún sistema de aprendizaje y de enseñanza, sobre el que ejercer y medir la libertad de aquello a lo que se enfrenta lo que se enseña. La democracia, así concebida, es el principal enemigo de la libertad.
Y la Universidad, así concebida, es una institución burocrática, cuya actividad consistirá en expedir visados —llamados títulos o grados— para acceder a un mercado laboral, es decir, funcionará, de cara a la galería, como una escuela de formación profesional, y de puertas a dentro como una cloaca de ideologías.
En ese contexto, la Libertad solo sirve para obedecer. Esa es la Idea de Libertad de Lutero, del Protestantismo, de la Ilustración, de USA y, ahora, también, de nuestra Universidad posmoderna. Ser libre para obedecer. Ser libre para ser esclavo. Sé libre trabajando —es el nuevo imperativo categórico.
No por casualidad el país del mundo que más limitaciones y restricciones impone al derecho de Libertad de Cátedra es Estados Unidos. No es una sorpresa para nadie. En España, en Europa, nada se ha hecho para evitar esta depredación académica, importada del mundo anglosajón.
La forma de interpretar el derecho de Libertad de Cátedra ha sido y es muy aleatoria. Y jurídicamente se puede perder de inmediato todo litigo pese a lo que diga el artículo 20.1.c de la Constitución Española, porque ya se advierte que este derecho está restringido por “los derivados de la organización de las enseñanzas de la Universidad”, literalmente[4]. Cualquier asesor jurídico de cualquier universidad, por parvo que sea, podría ganar de entrada cualquier contencioso o litigio acogiéndose a este articulado. Cualquier comisión de calidad de cualquier universidad española tiene absoluta libertad política para imponer, prácticamente sin límites, cualquier absurdo científico, siempre que lo apadrine desde el fundamentalismo democrático de los derivados de la organización de las enseñanzas en sus Universidades. Pero la Libertad de Cátedra no se agota en la L.O. 6/2001, de 21 de diciembre, de Universidades (modificada por la L.O. 4/2007, de 12 de abril). La historia no termina ahí.
Sin embargo, se mire como se mire, por razones más sociales que legales, la Universidad ya no es un lugar para la Ciencia, sino para el Fundamentalismo burocrático. Nadie tiene razones para sorprenderse: la Universidad nunca ha sido matriz de descubrimientos científicos. No hay que confundir un taller, un laboratorio, o incluso una biblioteca, con un criadero de funcionarios.
Entre tanto, la Universidad calla y sonríe, ocultando sus realidades como vergüenzas —que no desea se conozcan—, como un cuerpo público y complacido, y amancebadamente feliz, entre incontables rufianes.
Desde hace años mis alumnos en la Universidad no tienen interés ni por mis explicaciones ni por mis clases. No soy nada original en este sentido, porque lo mismo les ocurre a mis colegas, de mi propia universidad y de otras también. Al alumnado al que yo accedo no le interesa el contenido de mis investigaciones ni de mi docencia. No lee libros, no asiste a clase, no sigue las exigencias de cursos y materiales docentes que con puntualidad les remito, y su picaresca es extraordinaria para no asumir nunca la responsabilidad que le compete, mínima, por cierto, ya que las Universidades actuales ofrecen a los estudiantes una vida académica a la carta para que no dejen las aulas definitivamente vacías... Así se prostituye la Universidad. No nos engañemos: la gente joven ya no va a la Universidad a estudiar Letras. Saben que es perder el tiempo. Se puede mirar para otro lado, se puede disfrazar la realidad, se puede edulcorar lo que nos rodea, se puede uno engañar a sí mismo, y buscar apoyos colectivos para sobrellevar el engaño, se puede falsificar la imaginación propia y ajena... Y se pueden hacer muchas más cosas para seguir trabajando en el vacío. Pero no me da la gana.  
También se puede disentir de mis argumentos: pero no se puede disentir de la realidad. La realidad no admite a quien no es compatible con ella 
La solución no está en hacernos idealistas para vivir en el engaño, y tolerar así las irresponsabilidades y farsas ajenas. Todo lo contrario: cualquier negociación pasa porque los irresponsables que nos acompañan en nuestra vida laboral acepten el orden operatorio de una realidad que —a diferencia de la Justicia— es igual para todos. 
La Libertad comienza donde termina la Universidad. Y la Ciencia, también.

Jesús G. Maestro



Bibliografía








[1] Cito a Álvarez González (2010: 71-72): “Pero, de otra parte, la libertad de cátedra en cuanto expresión de la dimensión personal de la libertad académica, encuentra sus límites en la propia autonomía universitaria. En la STC 179/1996, de 12 de diciembre, se recoge (FJ. 6): «En la sentencia 217/1992 (F.2) se declaró que la libertad de cátedra, en cuanto libertad individual del docente, es una proyección de la libertad ideológica y del derecho a difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones que cada profesor asume como propias en relación con la materia objeto de su enseñanza, presentando de este modo un contenido no exclusivamente, pero sí predominantemente negativo. Por ello mismo (STC 217/1992, F.3), la libertad de cátedra no puede identificarse con el derecho de su titular a autorregular por sí mismo la función docente en todos sus aspectos, al margen y con total independencia de los criterios organizativos de la dirección del centro universitario. Es a las Universidades, en el ejercicio de su autonomía, a quienes corresponde disciplinar la organización de la docencia. En consecuencia, los derechos de los arts. 20.1.c) y 27.10 CE, lejos de autoexcluirse se complementan de modo recíproco. El derecho a la autonomía universitaria garantiza un espacio de libertad para la organización de la enseñanza universitaria frente a injerencias externas, mientras que la libertad de cátedra apodera a cada docente para disfrutar de un espacio intelectual propio y resistente a presiones ideológicas, que le faculta para explicar, según su criterio científico y personal, los contenidos de aquellas enseñanzas que la Universidad asigna, disciplina y ordena (STC 106/1990, F.6)». En suma, la libertad de cátedra, en cuanto libertad intelectual del docente, no desapodera a los centros para disciplinar la organización de la docencia, de modo que aquélla no puede identificarse con el derecho de su titular a autorregular íntegramente y por sí mismo la función docente en todos sus aspectos, al margen y con independencia de los criterios organizativos de la dirección del centro universitario. Ahora bien, ¿puede la autoorganización de la Universidad condicionar imponiéndose en todo caso a la libertad de cátedra del profesor —en lo que antes definimos como contenido positivo—, es decir, imponiéndole el qué, el para qué y el cómo enseñar?”.

[2] Sobre esta cuestión y el Espacio Europeo de Educación Superior, es capital la lectura del trabajo de Álvarez González (2010). Cito la cita y la glosa que esta profesora de Derecho Adminsitrativo hace de la Exposición de Motivos del Real Decreto 1393/2007”, del “que podemos extraer que la organización de las enseñanzas universitarias en el nuevo sistema del EEES va más allá, y que sus planteamientos parecen abordar el qué, el para qué y el cómo ejercer la función de docente, lo que podría constreñir la libertad fundamental de enseñar. Así, podemos leer: «La nueva organización de las enseñanzas universitarias responde no sólo a un cambio estructural sino que además impulsa un cambio en las metodologías docentes, que centra el objetivo en el proceso de aprendizaje del estudiante, en un contexto que se extiende ahora a lo largo de la vida. Para conseguir estos objetivos, en el diseño de un título deben reflejarse más elementos que la mera descripción de los contenidos formativos. Este nuevo modelo concibe el plan de estudios como un proyecto de implantación de una enseñanza universitaria. Como tal proyecto, para su aprobación se requiere la aportación de nuevos elementos como: justificación, objetivos, admisión de estudiantes, contenidos, planificación, recursos, resultados previstos y sistema de garantía de calidad. Los planes de estudios conducentes a la obtención de un título deberán, por tanto, tener en el centro de sus objetivos la adquisición de competencias por parte de los estudiantes, ampliando, sin excluir, el tradicional enfoque basado en contenidos y horas lectivas. Se debe hacer énfasis en los métodos de aprendizaje de dichas competencias así como en los procedimientos para evaluar su adquisición»” (cursiva de Álvarez González, a la que me adhiero).

[3] De esto he hablado ya en Diatriba contra la Universidad actual.

[4] La L.O. 6/2001, de 21 de diciembre, de Universidades (modificada por la L.O. 4/2007, de 12 de abril), dice que la libertad de cátedra se ejercerá “sin más límites que los establecidos en la Constitución y en las leyes y los derivados de la organización de las enseñanzas en sus Universidades” (art. 33.2).


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