Cervantes y Apuleyo

La realidad de la ficción literaria

En el libro V del Viaje, Venus transforma a los malos poetas en odres y calabazas para salvaguardarlos de ese modo de la ira de Neptuno. Magna ridiculización, que hace afirmar a Cervantes lo siguiente:

Después desta mudanza que hizo el cielo,
o Venus, o quien fuese, que no importa
guardar puntualidad como yo suelo,
no veo calabaza, o luenga o corta,
que no imagine que es algún poeta
que allí se estrecha, encubre, encoge, acorta.
Pues ¿qué cuando veo un cuero? ¡Oh mal discreta
y vana fantasía, así engañada,
que a tanta liviandad estás sujeta!:
pienso que el piezgo de la boca atada
es la faz del poeta, transformado   
en aquella figura mal hinchada;
y cuando encuentro algún poeta honrado 
(digo poeta firme y valedero, 
hombre vestido bien y bien calzado),
luego se me figura ver un cuero,
o alguna calabaza, y desta suerte
entre contrarios pensamientos muero.
Y no sé si lo yerre o si lo acierte 
en que a las calabazas y a los cueros
y a los poetas trate de una suerte[1].


Semejante animismo mágico, tan propio de la fabulación milesia, está presente ya como recurso literario en el libro II de El asno de oro de Apuleyo, en términos tales que exigen citarse íntegramente. Camino de Tesalia, la tierra de la magia, Lucio llega a Hipata y se hospeda en casa de Milón. Al amanecer de la mañana siguiente, el protagonista pasea la geografía urbana, y confiesa íntimamente:

Nada de cuanto veía en la ciudad me parecía ser lo que aparentaba; todo se me figuraba alterado y transformado por una fórmula infernal: si veía una piedra, me imaginaba que era un hombre petrificado; si oía aves, también eran personas cubiertas de plumas; los árboles que rodeaban el recinto de la ciudad eran igualmente personas cargadas de follaje; las aguas de las fuentes manaban de algún cuerpo humano. Creía que en cualquier momento las estatuas e imágenes echarían a andar, que las paredes se pondrían a hablar, que los bueyes y otros animales análogos anunciarían el porvenir, que del propio cielo y de la órbita radiante del sol bajaría de pronto algún oráculo[2].

En consonancia con la fábula milesia, toda criatura numinosa y mitológica del Viaje del Parnaso resulta degradada y desmitificada. Mercurio, Venus, Neptuno, Pegaso…, y el mismísimo Apolo parecen figuras grotescas, entregadas a menesteres más propios de personas serviles que de divinidades respetables. El Viaje es así una burla libre a la religión secundaria o mitológica, elaborada en términos de criticismo barroco, lejos de toda exaltación nostálgica del paganismo, del mismo modo que el Persiles va a ser paralelamente una cruda crítica a la religión terciaria o teológica, reelaborada en términos de desengaño barroco, y pese a la fingidora apariencia del culto y la retórica católicos. En palabras de Rey Hazas y Sevilla Arroyo, Cervantes

caricaturiza el mundo de la mitología clásica, sirviéndose de las actitudes, de los gestos y los registros lingüísticos de jaques y rufianes, como hacía en sus novelas, entremeses y sonetos, que degradan hasta extremos risibles máximos a los otrora dignos dioses del Olimpo. Sus descripciones son asimismo burlescas, de corte velazqueño y mirada quevedesca[3].

Es más: en un sentido críticamente religioso, podría interpretarse que la magia de los dioses paganos[4], en quienes se objetiva la religión secundaria o mítica, es origen y antecedente de los milagros obrados por el Dios cristiano, milagros que las religiones terciarias tratan de explicar y justificar en su teología, cuyo racionalismo es completamente idealista.
Por último, ha de insistirse, una y otra vez, en que todas las divinidades del Viaje del Parnaso son fruto de la razón antropológica, no de la razón teológica. Y este brotar del racionalismo humano, y no del divino, determina una génesis fundamental en la concepción de la religiosidad literaria cervantina. Una génesis que fundamenta de hecho la totalidad de la obra literaria de Cervantes.






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Bibliografía

  • Véase la sección correspondiente AQUÍ.







[1] Cervantes, Viaje del Parnaso (V, 226-246).

[2] Apuleyo, El asno de oro (II, 3-5; 1995: 58-59).

[3] “Introducción” a Viaje del Parnaso, Cervantes (1614/1997: xxiii).

[4] “Esta trasmutación fue hecha, en suma, / por Venus, de los lánguidos poetas, / porque Neptuno hundirlos no presuma” (Cervantes, Viaje del Parnaso, V, 193-195).


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