Gustavo Bueno frente a Thomas Kuhn

Sobre la Teoría de la Ciencia de Gustavo Bueno 
frente a la teoría de los paradigmas científicos de Thomas Kuhn

Bueno ha insistido en que esta etapa de las ciencias se ha caracterizado por una preocupación, por lo que respecta a la teoría, orientada hacia los contextos de descubrimiento —explicaciones sociales, circunstanciales, particulares—, que han desplazado a los contextos de justificación —la ciencia considerada desde sus desarrollos y consecuencias estructurales, ontológicas y gnoseológicas—. El triunfo de Thomas Kuhn (1962), y su concepción de la ciencia articulada en amplios períodos paradigmáticos, tiene lugar precisamente gracias a esta empatía hacia los contextos de descubrimiento, necesarios, pero no exclusivos ni excluyentes[1]. La teoría de la ciencia, de camino a la posmodernidad, comienza a escorarse hacia la interpretación y descubrimiento de casos históricos concretos de los hechos científicos, y tiende a minusvalorar la justificación de sus consecuencias estructurales. Desde esta perspectiva, claramente encaminada hacia gravitaciones posmodernas, la ciencia adopta la forma de creencias acríticas, al estilo propugnado por Feyerabend (1970, 1981), y los equipos de investigación comienzan a comportarse como “cofradías religiosas” —en muy correcta expresión de Bueno[2]—, donde la ideología del grupo (dialogismo) se impone sobre el racionalismo crítico (normativismo). […]
Las operaciones permiten cerrar un campo categorial o científico. Una Ciencia alcanza su cierre cuando las diferentes operaciones científicas de relación y manipulación de sus términos dan como resultado términos preexistentes, es decir, pertenecientes al propio campo categorial o científico, términos que, una y otra vez, se sitúan dentro de los límites y perímetros ya establecidos, porque solo se relacionan con términos de su propio campo categorial. En consecuencia, por cierre categorial se entiende la potencia de un sistema de componentes gnoseológicos para constituir verdades científicas. La unidad y realidad de toda ciencia se constituye de acuerdo con un cierre categorial. De hecho, la autonomía de una ciencia no viene determinada por un corte epistemológico, o por un paradigma (Kuhn, 1962), sino en virtud de un cierre categorial (Bueno, 1992). […]
Las tesis de Feyerabend (1970), por ejemplo, remiten a una teoría de la ciencia negadora del valor gnoseológico de las normas, al proponer una suerte de anarquismo epistemológico. Las ciencias se desarrollarían, en este sentido, al margen de toda estructura normativa. Para el teoreticismo, sin embargo, la normas son absolutamente necesarias a las ciencias. El teoreticismo de Popper necesita el consenso de la comunidad científica para hacerse valer, y las normas son la mejor garantía de ese consenso. En la misma línea cabe situar la teoría de los paradigmas y revoluciones científicas de Kuhn (1962), que se articulan como auténticos sistemas de normas objetivadas, en un sentido en cierto modo análogo al concepto de horizonte de expectativas que Jauss (1967) toma de la tradición fenomenológica y hermenéutica de Ingarden (1931) y Gadamer (1960). Las normas obligan a los científicos y las comunidades científicas, y “formatean” de modos muy precisos las interpretaciones de sus respectivos campos (Medicina, Historia, Física, Termodinámica, Lingüística, Hermenéutica…). Sin embargo, para la Teoría del Cierre Categorial, el valor imperativo de las normas científicas no procede de realidades exteriores a las ciencias mismas, como pueda ser la autoridad de una determinada escuela o gremio, o al peso histórico de una figura de referencia —como ocurre con la Física aristotélica hasta la irrupción de la obra de Newton, o con el concepto de mímesis hasta su desplome prerromántico—, sino que deriva de factores inmanentes a los campos categoriales de las propias ciencias. Las normas gnoseológicas poseen su propia genealogía, que ha de fundamentarse en los procedimientos tecnológicos previos a la constitución de cada ciencia —acaso pueden presuponerlas—, y en cuya inmanencia podrán reconocerse. Bueno ha insistido en que no procede confundir, por esta razón, las normas gnoseológicas de las ciencias con las normas deontológicas, desde el momento en que estas últimas no son científicas, sino morales, éticas, prudenciales, pedagógicas, gremiales o incluso políticas. […]
El teoreticismo conduce además a potenciar los contextos de descubrimiento frente a los contextos de justificación, de modo que la fuerza de las interpretaciones científicas se orientan hacia hechos psicológicos y sociológicos, antes que a explicar la estructuración y desarrollo de los hallazgos científicos[3]. Desde esta perspectiva, previamente aseada por Popper (1934), Kuhn (1962) pudo establecer su teoría de las “revoluciones científicas”, y plantear el desarrollo de las ciencias como una suerte de escalera con descansillos —en lugar del peldaños—, donde tendrían cabida discontinuas sacudidas, o paradigmáticos momentos genéticos, en los que las ciencias se objetivarían como una sucesión contextual de estadios históricos. De este modo, la forma de las ciencias quedaría fecundada por los contextos de descubrimiento, es decir, por las circunstancias históricas, lingüísticas, sociales, culturales, ideológicas, psicológicas, etc. Es el momento en el que Gadamer escribe Verdad y método (1960), para afirmar la indisolubilidad —en realidad una auténtica con-fusión— entre lenguaje, historia y hermenéutica. Son los coletazos del idealismo alemán decimonónico en la plenitud agotada del siglo XX. El teoreticismo engendra concepciones científicas como organismos autónomos, cuyo desarrollo y desenvolvimiento se produce con independencia de la realidad, e incluso de espaldas a ella. El teoreticismo es la teoría de la ciencia llevada a cabo por los idealistas. Es una teoría en busca de una realidad, es decir, en busca de un “mundo posible”. De este modo, el teoreticismo se dispone a sí mismo de tal forma que “invita” —o “desafía”— a la realidad a desmentir a la ciencia. […]
El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura se opone a todo relativismo científico, gnoseológico o histórico ―en la línea de Kuhn, Feyerabend, Heidegger o Gadamer, y sus derivados―, consistente en postular que cada teoría científica no es más, ni puede pretender más, que la representación de una cultura o grupo social, o gremial, o de una etapa histórica, confitada con el imperativo “hermenéutico” de que todo se reduce a lenguaje o a texto. No cabe asumir que la Ciencia se agota en un paradigma, el suyo propio, y que es incapaz de rebasarlo (Kuhn, 1962). Si algo así fuera cierto ninguna ciencia sería susceptible de cambios, progresos o transformaciones, es decir, de ampliaciones de su respectivos campos categoriales. El relativismo exige ignorar que la ciencia es metamérica, es decir, que es capaz de situarse por encima de sus estructuras partitivas, y que no se limita diaméricamente a una relación entre partes que desconocen el todo sistemático al que pertenecen y que les da sentido, funcionalidad, operatividad y consistencia ontológica: en una palabra, corporeidad. […]
Contexto determinante o armadura objetual es un concepto específico de la Teoría del Cierre Categorial, que apela a los componentes materiales de las ciencias. Es un concepto relativamente análogo al de “paradigma”, propuesto por Kuhn (1962), pero con importantes diferencias gnoseológicas. Ambos conceptos exigen objetivar el análisis gnoseológico en secuencias o escalas distintas, pero se diferencian entre sí debido a una cualidad gnoseológica muy significativa, que Bueno subraya con energía e insistencia: el concepto buenista de armadura se configura originariamente en el eje semántico del espacio gnoseológico, pero el concepto kuhniano de paradigma se sitúa exclusivamente en el eje pragmático, lo que en este caso desplaza todo el peso de la actividad científica hacia los contextos de descubrimiento, hacia el momento genético de las ciencias, y no hacia los contextos de justificación, es decir, hacia su desarrollo estructural, en el curso mismo de sus construcciones ontológicas. […]
Como demuestra el propio Bueno (1992), para Kuhn, el paradigma se define por la capacidad “moldeadora”, ejemplar, canónica o de referencia, respecto a las operaciones de otros sujetos gnoseológicos. De este modo Kuhn define el paradigma en función de los sujetos, es decir, desde una perspectiva o eje pragmático: “Un paradigma es lo que los miembros de una comunidad científica comparten, y una comunidad científica consiste en el conjunto de los hombres que comparten un paradigma” (apud Bueno, 1992: I, 109). Kuhn delimita su concepto de paradigma desde los criterios de una sociología de la ciencia y de una lógica de la ciencia. En consecuencia, su concepto de paradigma no puede sustraerse a implicaciones míticas, es decir, a implicaturas no científicas. El concepto de contexto determinante o armadura objetual, propio de la Teoría del Cierre Categorial de Bueno, aun aceptando implicaciones pragmáticas, se configura originariamente en el eje semántico del espacio gnoseológico, lo que asegura el tránsito del regressus y el progressus de la investigación científica, la neutralización de las operaciones de los sujetos gnoseológicos o intérpretes, y el estatuto científico —y por lo tanto objetivo— de los resultados de la investigación.

Jesús G. Maestro, El hundimiento de la Teoría de la Literatura
Vigo, Editorial Academia del Hispanismo, 2015.






[1] “No deja de ser curioso que los esquemas más simples, como el psicosocial de Thomas Kuhn (1962), en términos de largos períodos de ciencia normal y breves períodos de ciencia revolucionaria sean los que más éxito han alanzado” (Bueno, 1987: 259).

[2] “Desde la perspectiva cosmovisional que los teóricos de la ciencia postpopperianos propugnan, las ciencias pasan a ser meras creencias acríticas y los gremios científicos una especie de cofradías religiosas” (Bueno, 1987: 260).

[3] Huerga Melcón (2006: 14) lo ha expresado con mucha claridad en su interpretación de la Teoría del Cierre Categorial de Bueno, al insistir en que los contextos de descubrimiento examinan “la función de la historia”, es decir, de la génesis histórica, en la construcción de las ciencias, esto es, en la construcción y desarrollo de las estructuras científicas. De este modo, el descriptivismo reduce la génesis de las ciencias a su estructura (segrega la Historia de la Ciencia de la estructura de la ciencia). El teoreticismo, por el contrario, reduce la estructura de las ciencias a su génesis, es decir, reduce los sistemas científicos a configuraciones culturales, y acaba por eclipsar todo intento de delimitación científica rigurosa, de modo que finalmente no se sabe lo que es una ciencia y lo que no lo es. “El historicismo sociologista de Kuhn —advierte Huerga— sería un resultado del teoreticismo puro, así como el «anarquismo» de Feyerabend". El marxismo se aleja de teoreticismo, y del proposicionalismo científico, cuando considera que la “verdad de las ciencias se cifra en su eficacia práctica, tecnológica, productiva”. Finalmente, “el adecuacionismo supondrá la hipóstasis de la génesis y la estructura como dos entidades separadas y la historia se convertirá en el estudio de la adecuación de la historia a la estructura de la ciencia” (Huerga Melcón, 2006: 14). Solo desde el circularismo propuesto por Bueno en su Teoría del Cierre Categorial es posible superar todas estas limitaciones y reducciones dadas en numerosas teorías de la ciencia.


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