Jesús Maire Bobes reseña la Genealogía de la Literatura



Jesús G. MAESTRO

Genealogía de la Literatura

De los orígenes de la Literatura, construcción histórica y categorial, y destrucción posmoderna, de los materiales literarios

Vigo, Editorial Academia del Hispanismo, 2012, 700 pp.
Edición en tapa dura con punto de lectura.

ISBN 978-84-15175-51-3

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Reseña de Jesús Maire Bobes
Analecta Malacitana36, 1-2-, 2013 (464-470).


El ser humano siempre ha sentido la inclinación natural de averiguar los orígenes del mundo y de explicar el entorno que lo rodea: de dónde procede, cómo empieza el lenguaje y la escritura, cuál es la raíz del bien y del mal, cuándo nacen los mitos y el pensamiento científico, etc. Como cualquier creación humana, la Literatura no ha sido ajena a esta cuestión y siempre nos han asaltado dudas de este estilo: ¿cuándo surgió?, ¿quiénes la crearon?, ¿por qué?, ¿cómo es posible que ni las religiones más intolerantes ni los Gobiernos más autoritarios hayan sido capaces de acabar con ella? 
De estas y otras cuestiones no menos interesantes se ocupa en su nuevo libro Jesús G. Maestro, profesor de Teoría de la Literatura en la Universidad de Vigo. La obra reseñada constituye el tercer volumen de una serie que lleva el título genérico de Crítica de la Razón Literaria, aunque ya se han publicado varios libros de la misma. La serie aplica a la literatura la teoría del Materialismo Filosófico, de Gustavo Bueno. Así, de modo teórico y crítico, Jesús G. Maestro articula su exposición conforme a las teorías del ilustre pensador. Con ese fin, analiza varios ámbitos que están relacionados entre sí: el espacio antropológico, que se bifurca en varios ejes (religioso, natural y político); las esencias plotinianas, las cuales permiten distinguir un núcleo original, una estructura determinada y un curso histórico; los estados metodológicos, que examinan la Literatura atendiendo a interpretaciones gnoseológicas, y la filogénesis de los materiales literarios, que parten de las concepciones de las sociedades tribales y desembocan en las configuraciones modernas. La Genealogía de la Literatura, que resulta de la integración de los cuatro ámbitos mencionados, permite examinar la Génesis, la Ontología y la Gnoseología de la Literatura; es decir, el nacimiento de los materiales literarios (mitos, ficciones), la expansión “corporal” de los mismos (papiros, imprenta) y su constitución final en la sociedad (autor, obra, lector…). 

Tres grandes partes conforman el volumen: Génesis, Ontología y Biocenosis literaria y necrosis académica. La primera se divide en tres bloques: El eje angular, Definición de Literatura y Genealogía evolucionista del conocimiento literario. En el primer bloque, Jesús G. Maestro analiza el nacimiento de la Literatura; y señala sus orígenes (el mito, la magia), su evolución (del saber irracional al logos) y su constitución como “forma de expresión, comunicación e interpretación, que ha acompañado siempre al ser humano en la trayectoria histórica trazada por el desenvolvimiento progresivo del conocimiento racional” (págs. 23-24). Apoyando las observaciones del autor sobre la influencia de los mitos, recordemos que en la primera de las grandes epopeyas literarias de la Humanidad, el Poema de Gilgamesh, el héroe estaba formado por dos partes divinas y una humana. Asimismo, se trataban algunas cuestiones que, en cualquier tiempo y lugar, han despertado el interés de los lectores más heterogéneos. Así sucedió, por ejemplo, con los temas del amor, la amistad y la muerte, entre otros; adornados con un manto fascinante de aventuras: luchas del héroe con gigantes, descenso a los infiernos y otras peripecias no menos atractivas. El sentido de la vida, la inmortalidad del alma y el mito del diluvio son aspectos y ficciones que proceden del tiempo de los sumerios y perviven en la memoria colectiva de pueblos y naciones. Por su parte, los griegos desarrollaron una poesía de fórmulas mágicas, oraciones y canciones bélicas que, de algún modo, recogían las inquietudes, deseos, ideas y sentimientos de la comunidad. Posteriormente, la poesía fue perdiendo el carácter ritual y glorificando las rapiñas e invasiones de piratas, bandoleros y soldados. 
La capacidad que tiene la Literatura para envolver y abarcar el saber humano lleva a Maestro a sostener que “lo que no cabe en la Literatura no existe en la realidad” (pág. 28). Ahora bien, el hecho de haber contribuido a secularizar dogmas ha ocasionado la ira de moralistas, inquisidores e incluso de una variada caterva de sujetos posmodernos; entre los que se encuentran feministas trasnochadas, sabios aparentes y políticos de variado plumaje y condición. Al reflexionar sobre el uso del vocablo “poética”, que se empleó tiempo atrás para aludir a los materiales literarios, el autor pasa revista a la figura del crítico, cuya intervención produjo un cambio en las formas de censura. Juzgando obras y autores, el crítico impuso criterios estéticos; el mercado editorial, razones financieras. Los Estados aplicaron principios ideológicos, bien de forma directa, bien a través de terceros (periodistas, censores…). El mundo académico no fue ajeno a esta costumbre. Según Maestro, los “comités científicos” de las revistas controlan ideológicamente lo que se publica, “pues si ya no se puede prohibir o sofocar lo que se escribe, limítese al menos, en la medida de lo posible, su edición o difusión dentro de aquellos ámbitos de poder (académico) todavía disponibles o susceptibles de intervención” (pág. 41). En las culturas arcaicas, la escritura dispuso de poderes divinos, y en las contemporáneas ha servido a algunos métodos de análisis literario (estructuralismo y formalismo) para endiosarla también. Antiguamente, la Literatura sirvió de instrumento de adivinación; por ejemplo, la grafomancia, que atribuía a ciertas grafías un valor trascendente; la aritmomancia, que hacía lo mismo, pero con números, y la bibliomancia; es decir, una práctica de lectura que consistía en abrir al azar cualquier página de un libro y tomarla como base para diagnosticar sobre un determinado suceso. Dicho modo de lectura ha influido en la corriente posmoderna, que “no deja de ser una suerte de bibliomancia intertextual, muy sofisticada, y confitada de ideología, de modo que unos libros se interpretan azarosamente a través de lo que el intérprete de turno lee en otros libros, sin relación lógica alguna entre ellos, salvo la casualidad de que tal o cual ejemplar haya caído en sus manos fortuitamente” (pág. 47). La Literatura se desembarazó de las figuraciones tan pronto como se desarrolló de modo racional y, al mismo tiempo, logró desacralizar los valores sagrados y religiosos. 
En el segundo bloque, Maestro establece la siguiente definición de Literatura: “Construcción humana y racional, que se abre camino hacia la libertad a través de la lucha y el enfrentamiento dialéctico, que utiliza signos del sistema lingüístico, a los que confiere un valor estético y otorga un estatuto de ficción, y que se desarrolla a través de un proceso comunicativo de dimensiones históricas, geográficas y políticas, cuyas figuras fundamentales son el autor, la obra, el lector y el intérprete o transductor” (pág. 57). Esta cuidadosa y atinada explicación, que sirve al investigador de eje conductor de su argumentación, es examinada a continuación en detalle. De este modo, señala que la Literatura es una creación humana que se desarrolla espacial y cronológicamente; es decir, aparece en distintas culturas y en distintos momentos históricos. Al unirse con el racionalismo, la literatura necesita libertad para realizarse. Partiendo de dicha premisa, Maestro examina el grado de libertad que pueden alcanzar los materiales literarios; sostiene que existe la libertad del sujeto (autor, lector o intérprete), que le permite crear y ejecutar determinadas operaciones. Ahora bien, hay muchas limitaciones y cortapisas: la mayor o menor competencia del sujeto, la estructura ideológica y dogmática de los Estados, la influencia de los medios de comunicación en la difusión de las obras, la censura, el mercado editorial, etc. A continuación, el autor incluye un apartado sobre las características verbales y poéticas de la literatura y otro en el que trata de cuatro términos literarios (autor, obra, lector, intérprete), los cuales forman la Ontología de la Literatura. Examina los modelos más importantes que se han dado en el desarrollo de la Teoría de la Literatura: la poética mimética (Aristóteles), las poéticas de autor (Idealismo alemán: Kant y Fichte), las poéticas formales (Barthes), las poéticas de la recepción (Jauss) y las poéticas de la transducción (estudios que analizan los elementos que median en el proceso literario: teóricos, profesores, críticos…). 
El tercer bloque (Genealogía evolucionista del conocimiento literario) se abre con una afirmación con la que no podemos estar más de acuerdo: “La Literatura se permite exponer tanto contenidos impíos como ilegales, y exigir a la vez una interpretación crítica de la impiedad y la creencia, por una parte, así como de la ilegalidad y la justicia, por otra. La Literatura es, sin duda, la forma más inteligente y sofisticada del Racionalismo humano [...]. La Historia de la Literatura es, sin duda, la historia del racionalismo humano” (pág. 95). Después de exponer los fundamentos gnoseológicos del conocimiento crítico de la Literatura y aclarar el significado que tienen los conceptos de cultura, modernidad, civilización, ciencia y filosofía, Maestro analiza detalladamente los tipos siguientes de Literatura: primitiva, crítica, programática y sofisticada. La primera, denominada también dogmática, es aquella que se basa en conocimientos primitivos, mágicos, religiosos y sagrados (la Biblia, el Corán). No obstante, en cualquier época de la literatura hallamos otros saberes, que en realidad, son “textos dogmáticos que hacen pensar en la tesis de Averroes según la cual la religión es una doctrina destinada al gobierno de las masas incapaces de darse una ley a sí mismas por medio de la razón” (pág. 104). Tal tipo de escritura impone significados alegóricos para justificar la fe religiosa y evitar, de paso, críticas que pudieran desmoronar el dogma. 
Al estudiar el Antiguo Testamento, el autor menciona un mito clave en la historia de la Humanidad: la Septuaginta; es decir, aquella versión de la Biblia que, supuestamente, fue encargada a setenta sabios. Hay que remontarse a la ciudad de Alejandría en el siglo III antes de nuestra era y a una época en que existía una gran colonia de judíos en la ciudad fundada por Alejandro Magno, que luego se convirtió en la capital de los tolomeos. La lengua griega era entonces dominante y muchos hebreos, a causa del exilio, habían olvidado el idioma de sus mayores. Fue necesario, por tanto, traducir los libros bíblicos al griego. Con el fin de embellecer esta primera traducción de la Biblia y divinizarla más aún, se dijo que los setenta traductores, que trabajaban de modo independiente, habían sido capaces de obtener la misma versión. Lo cierto es, sin embargo, que la Septuaginta contiene numerosos errores. Uno de los más importantes se encuentra en el séptimo capítulo de Isaías (“Una joven grávida dará a luz a un niño y lo llamará Emmanuel”). ¿Cómo se tradujo dicho texto? Es bien sabido que, en la tradición griega, era corriente considerar a los reyes ideales como hijos de dioses o como seres engendrados por un dios con una mujer que no había tenido relaciones con un mortal. Puesto que no resultaba difícil de creer que una virgen pudiese tener un hijo, la palabra hebrea “almah” (“joven grávida”) fue traducida por la griega “parthenos” (“virgen”) para dar al texto matices mesiánicos. Durante el exilio, los hebreos examinaron los escritos que pudieran ofrecerles esperanzas de la llegada de un mesías que los salvara de aquella situación; algunos observaron que la misteriosa alusión de Isaías a Emmanuel podría aludir a la llegada de un salvador. La Septuaginta, por tanto, permitió considerar que el Mesías era hijo de Dios; influyó en los primeros cristianos y todavía domina las mentes de millones de personas. 
Las formas literarias primitivas fueron recreadas en la Edad Media. Al hablar de esta cuestión, Maestro ofrece un ejemplo adecuado de materiales donde aparece lo irracional, pero no como rasgos esenciales, sino extensionales de lo primitivo y dogmático. Es decir, se trata de habilidades del escritor que, “como ocurre con Celestina en la obra que lleva su nombre, el personaje literario podrá creer en la magia, el mito o la religión, pero su artífice, esto es, Fernando de Rojas, no” (pág. 126). 
El segundo tipo de conocimiento literario es lo que el autor denomina Literatura crítica o indicativa. Aquí, se examina la obra de Homero, Dante, Chaucer y Molière (entre los extranjeros) y la de Rojas, Cervantes y Quevedo (entre los nacionales). Dicho tipo de escritura abarca conocimientos “característicos de sociedades políticas estatales (Estados) o supraestatales (Imperios)”. Es “resultado explícito del racionalismo crítico y dialéctico [...]. El protagonismo de esta Literatura no recae en los dioses (eje angular) ni en la naturaleza (eje radial), sino en el ser humano (eje circular). Por ello, precisamente, se trata de una Literatura indicativa, explicativa e interpretativa de sí misma, como hecho estético, y de la complejidad de la vida humana real y efectivamente existente que, como material literario, en ella se objetiva” (pág. 147). No incluye textos idealistas, sino críticos; destruye el mito y la magia; se basa en la ciencia, la filosofía y el racionalismo contemporáneos; establece nuevas expectativas. Cervantes, en cuyo estudio se concentra Maestro de modo brillante y meticuloso, es “el autor que ocupa el puesto número uno en la lista de los artífices de la literatura crítica, racionalista y desmitificadora [...]. En este autor se explicita, con mayor claridad y contundencia que en ningún otro, la firme alianza entre Literatura y Racionalismo, más precisamente, la convicta relación y coalición entre fábula literaria y razón antropológica, frente a cualquier otro tipo de fabulación ―o mitología― inverosímil, por una parte, y, por otra, contra todo idealismo ―o explicación imaginaria de hechos metafísicos― fundamentado sobre una teología o religión terciaria” (pág. 182). A diferencia de Lope y Calderón, el teatro de Cervantes, Shakespeare y Molière no subordina el orden moral al mundo sobrenatural, sino al de las acciones humanas “por consenso o por violencia, pero en ningún caso mediante intervención numinosa o divina. He aquí la expresión literaria de un poder civil, liberal, laico, con todas sus posibilidades de grandeza y de miseria” (pág. 257).
El tercer tipo o modo, el denominado Literatura programática o imperativa, es propio de sociedades avanzadas que utilizan para sus fines el conocimiento racional. Promociona intereses personales o colectivos y sostiene una gran variedad de teologías, creencias e ideologías. No se manifiesta únicamente en textos que implican un ideario, sino también en los fragmentos de materiales literarios cuya estructura global rebasa “la reducción a una ideología política, un credo religioso o una preceptiva estética” (pág. 291). El modo programático es un simple soporte para dar carta de naturaleza a un credo religioso, a una supuesta ciencia o a una tecnología determinada “para convertir en literatura todo lo que se exprese a través de estos recursos” (pág. 292). Entre dichas tecnologías que pretenden convertirse en literatura, el autor menciona la literatura digital, el blog literario y cualquier otra simpleza virtual que ocupe el tiempo de navegantes ociosos. El primer teórico de este modo fue Platón. Maestro examina el libro X de la República, aunque también se detiene en otros ejemplos: la Farsa del Mundo y Moral (1524), de Hernán López de Yanguas, una muestra del tradicional sometimiento de los textos dramáticos a los postulados teológicos; El príncipe constante, de Calderón; el Arte Nuevo de Lope de Vega, las repercusiones políticas de Calderón, la decadencia del teatro de Brecht, el mito de la poesía social y la obra de Vicente Huidobro. Al analizar los entremeses de Calderón, afirma que aquel teatro breve servía para ridiculizar tipos sociales humildes (soldados, sacristanes, bobos, rufianes, conversos, pícaros, estudiantes…), quienes pretendían atribuirse valores que no les pertenecían a ellos (el honor, la honra, el prestigio social), sino a los miembros de las capas altas de la sociedad barroca. Por tanto, el objetivo último del dramaturgo consistía en consolidar la ideología de la nobleza: “Desde todos los puntos de vista, en lo cómico y en lo serio ―que nunca en lo trágico―, su teatro es una codificación poética y una confirmación pública del dogma, de los dogmas esenciales de la España aurisecular” (pág. 364). En el caso de Brecht, Maestro examina las farsas teatrales que el autor alemán compuso entre 1919 y 1939, un tipo de teatro que no pretende emocionar, sino inducir a la reflexión y concienciar al espectador de los abusos del régimen nazi. En cuanto a la poesía social, el autor estima que no ha envejecido; antes bien, se ha fosilizado; es decir, se ha visto desplazada por otros materiales literarios que atraen más en la actualidad y, como no está de moda, permanece en reposo, esperando tiempos más apropiados. 
El cuarto modo, la Literatura sofisticada, combina contenidos irracionales y críticos; se basa en la razón para cultivar conocimientos míticos o técnicos. La magia puede desempeñar un papel fundamental, pero se utiliza con fines racionales. Kafka convierte a Gregorio Samsa en un insecto ―elemento irracional―, aunque utiliza ese rasgo para reflexionar sobre la insignificancia de la condición humana, la alienación, la incomunicación y la soledad en que vivimos, etc. Esta literatura “reproduce, desde un racionalismo lúdico, creativo y recreativo, reconstructivo y sofisticado, materiales praeter-racionales, procedentes de componentes arcaicos de culturas pretéritas, como el mito, la magia, la religión o la técnica” (pág. 435). La lista incluye autores de todo tiempo y lugar (Defoe, Goethe, Rubén Darío, Cortázar…), si bien el análisis se ocupa de la obra escatológica, lúdica y cómica de Rabelais; la plenitud emocional del Dios está azul de Juan Ramón Jiménez; el fenómeno del teatro dentro del teatro (Cervantes, Shakespeare); el racionalismo romántico (Shelley, Novalis, Keats); la renovación de la tragedia en el siglo XX (García Lorca, Pirandello, Ionesco, Beckett) y la poesía que ha reconstruido formas literarias (Rilke, Aleixandre, Borges). 
Hay dos mecanismos que facilitan la existencia de los cuatro tipos o familias que constituyen la Genealogía de la Literatura. En el primero, los materiales que se combinan siguen el procedimiento de las esencias porfirianas (preservan la esencia genérica gracias a un rasgo específico); en el segundo, los materiales literarios siguen el patrón de las esencias plotinianas (disponen la evolución formal de los elementos nucleares del género y construyen así nuevos sistemas literarios). Dos modelos surgen de esta diferenciación: los preceptistas (Literatura imperativa y dogmática) y los críticos (Literatura crítica y sofisticada). A propósito del primer tipo, Maestro afirma que obras como el Poema de Gilgamesh, la Biblia, el Corán están fosilizadas, porque terminan su producción en un momento determinado y se anquilosan; la literatura imperativa se limita a un ámbito (libros de caballerías, poesía social, la comedia de Lope de Vega, el teatro de Brecht), porque obedecen a un sistema preceptivo; la crítica fructifica constantemente, pues genera estructuras literarias y constituye modelos que sirven de continua fuente de inspiración para los nuevos autores (La Iliada, la Odisea, el Quijote, Fausto); la sofisticada, en fin, origina textos únicos, porque consigue un gran artificio poético; origina obras irrepetibles, estructuras poéticas singulares (movimientos de vanguardia). 
La segunda parte del volumen ―Ontología y Gnoseología― se dedica al análisis de la construcción histórica de los materiales literarios. Al estudiar dicho aspecto, el autor sostiene que la literatura “es una construcción europea, cuya génesis es esencialmente helena” (pág. 602). Tal vez, sería necesario matizar la afirmación, porque, si bien es cierto que la literatura se “exportó” desde Europa al resto del mundo, no es menos cierto que hay que tener en cuenta la tradición literaria del Próximo Oriente. No olvidemos que El poema de Gilgamesh ya empleaba diferentes recursos fónicos, sintácticos y semánticos para representar bellamente ideas, sentimientos e imaginaciones. Es verdad, sin duda, que la divulgación y propagación de la literatura se debe, en gran medida, a la influencia de los Estados. También es indudable que los cuatro elementos fundamentales que constituyen la Literatura ―superando conflictos políticos, culturales y de todo tipo― son autor, obra, lector e intérprete. El primero es “el artífice de los contenidos lógico-materiales, ideas y conceptos, objetivados formalmente en un texto que, de ser literario, interpretamos como literatura” (pág. 614). El segundo, el texto, es la realidad material en que se manifiestan las ideas literarias; es decir, el fruto del trabajo de uno o varios autores que se destina a la lectura y a la interpretación. El tercero, el lector, es cualquier individuo que da su sentido particular a las ideas que forman parte de la obra. No solo registra experiencias o sensaciones, sino que se basa en su instrucción particular (estudios, formación científica…) para interpretar los conceptos que forman parte del texto. El intérprete es el individuo que realiza la misma actividad, pero no tanto para sí mismo como para otros. Transmite y transforma ideas y sentidos. Su responsabilidad, por consiguiente, puede ser enorme, ya que “condiciona ante terceros la recepción e intelección de la Literatura” (pág. 621). 
Esta parte del libro se cierra con un análisis de los métodos que se ocupan de la interpretación de la literatura. Las ciencias se organizan en campos gnoseológicos (sistemas delimitados y reducidos a conceptos determinados). La Teoría de la Literatura no puede operar sin tener en cuenta los cuatro elementos de referencia (autor, obra, lector e intérprete). Por tanto, es el resultado de un doble recorrido: un orden genealógico (la formación de los materiales) y un orden histórico (la formalización de los mismos). Según el criterio adoptado para clasificarlos (académico, epistemológico y gnoseológico), hallaremos tres grandes grupos o teorías. La primera, la académica, se limita a describir y exponer los textos literarios; reduce la ciencia literaria a una disciplina académica. La segunda, la epistemológica, ha tomado como referencia ―pero no de modo excluyente― a cada uno de los elementos literarios fundamentales. Así, ha dado origen a poéticas de autor (el positivismo), formales (el formalismo ruso, el estructuralismo) y poéticas de la recepción (el lector es el creador), entre otras. La tercera, la gnoseológica, que corresponde al Materialismo Filosófico, entiende que la materia y la forma de la literatura son conceptos vinculados; esto es, las obras literarias se fijan en tres géneros de materialidad: el mundo físico (el universo interpretado), el fenomenológico (la actividad mental del sujeto) y el lógico. A la primera corresponden corrientes como el formalismo ruso y el New Criticism; a la segunda, las ideologías posmodernas; a la tercera, la Semiología, la Sociocrítica y otras. 
La última parte del volumen ―Biocenosis literaria y necrosis académica― enfoca el presente y futuro de la Literatura. De modo apasionado, aunque certero y valiente, Jesús G. Maestro va pasando revista a diferentes cuestiones que afectan a las ciencias humanas y naturales, pero sobre todo a los estudios literarios. La raíz de la preocupante situación por la que pasan actualmente la Universidad y la vida académica en general hay que buscarla no solo en la endogamia universitaria o en el imperio de lo políticamente correcto, sino sobre todo en el posmodernismo; esto es, el movimiento cultural que se opone al racionalismo moderno. Creo que estos posmodernos se parecen a los “filósofos de oficio” o “mentes huecas” de los que hablaba Schopenhauer. Asimismo, me viene a la memoria la película Slacker (1991), cuyo director, Richard Linklater, ofrece una amplia y variada panorámica de la vida en Austin, la capital de Texas: vidas banales, vigencia de los mitos posmodernos (Madonna, Elvis), libros de trivialidades, falsos intelectuales, escenas que prueban los poderes psíquicos de la televisión, las “estrategias oblicuas” de las cartas astrales, etc. Todo ello sumido en una gran vaciedad de las relaciones humanas. Se nota un sentimiento de pérdida, de estar descolocado en tiempo y lugar. En un alocado plano final, el director de Slacker muestra la poca esperanza de futuro que tienen tanto esos personajes como la cámara que registra sus movimientos. ¿Es posible que esa especie de locura colectiva que describe la película se haya adueñado de los estudios literarios y estos se hayan convertido en un montón de ensayos superficiales, artículos para aumentar el currículo, rancios puntos de vista, conferencias con sabor a refrito? ¿Es esto lo que estamos construyendo? 
Según Maestro, la Literatura se enfrenta actualmente a cuatro poderosos enemigos: el mercado financiero, que selecciona a los autores no por el valor de su obra, sino por otros factores (mercantiles, publicitarios…); el entorno digital, que está a merced de elementos virtuales (blogs, páginas webs…); la Universidad, que contribuye al empobrecimiento de los estudios clásicos; y aquellos grupos ideológicos que utilizan la Literatura para sus fines particulares (Iglesia católica, agrupaciones nacionalistas, doctrinas feministas, etc.). Tras haber examinado algunos testimonios sobre la Universidad, el autor centra su crítica en el estado actual de dicha institución, la cual ha sustituido la investigación científica por las prácticas administrativas y burocráticas: “Por lo que se refiere a las Letras, la Universidad actual es [...] un sofisticado simulacro de conocimientos sostenido por un inmenso aparato burocrático e ideológico, en cuya cúspide, académica y administrativa, suelen estar por lo común los mayores mediocres. Las agencias autodenominadas de acreditación y de evaluación [...] sirven con rigor al cumplimiento de estos y otros sofisticados objetivos [...]. El principal enemigo de la investigación académica y científica es la burocracia universitaria y sus aliados: la endogamia y la prevaricación” (pág. 653). 
Esta queja razonada, transparente y certera podría ser un acicate para la reforma de una institución clave en el desarrollo de cualquier país. Sin embargo, temo que dichos razonamientos no serán oídos por los responsables políticos, que son los que tienen poder para decidir dicha regeneración. Veamos un ejemplo ilustrativo: el proyecto de la Ley orgánica de mejora de la calidad educativa elimina la obligación de estudiar Historia de la Filosofía en Segundo de Bachillerato. Si este plan se llevase a cabo finalmente, muchos alumnos llegarían a las facultades de Humanidades sin conocer, por ejemplo, el pensamiento de filósofos que, como Kierkegaard, Shopenhauer y Sartre, son imprescindibles para comprender la literatura contemporánea. Ahora bien, tal vez todo ello sea una consecuencia del posmodernismo: búsqueda de la necedad mental, estimulación de la vulgaridad, fomento del gregarismo. 
Pero no hay que ser pesimistas, porque la obra de Jesús G. Maestro es un soplo de aire fresco y una buena muestra de que aún existen profesores inquietos que no solo imparten clases, sino que estudian, investigan, discurren y realizan aportaciones valiosas al conocimiento humano. Con una exposición precisa, diestra y brillante, el autor nos proporciona un sistema de interpretación de los materiales literarios, sin plegarse a las modas ni a los Segismundos de turno. Estableciendo las diferentes categorías que conforman el hecho literario y analizándolas con rigor, Maestro ofrece un novedoso procedimiento, racional y filosófico, para entender e interpretar la Literatura; explica fluidamente la genealogía de la misma y su desarrollo a través de obras, autores, lectores e intérpretes; expone, en fin, las referencias filosóficas sin recurrir a artificios conceptuales. La detallada bibliografía final (literaria y metodológica) es otra muestra del saber enciclopédico del autor, cuyo libro marca un rumbo novedoso en la Filología Hispánica y se convierte en obra de referencia obligada para cualquier lector que quiera aproximarse a los estudios literarios o para cualquier especialista que desee profundizar en los mismos.


Jesús Maire Bobes

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