De cómo las Letras interpretan mal las Ciencias

Las nesciencias de los letrados...

La hipertrofia teoreticista dominó absolutamente la teoría literaria desarrollada durante el siglo XX, y condujo, de forma inevitable, hacia la disolución de la teoría, es decir, a convertir en pura teoría —en formas desprovistas de relación y conjugación material con las realidades corpóreas de los hechos literarios— todo tipo de estudio sobre la literatura. Es más, como consecuencia de ello, mucha gente no sabrá ni siquiera identificar las más evidentes realidades corpóreas de los hechos literarios, y creerá, leyendo las butades de Barthes, Derrida y Foucault, que “el autor ha muerto”, como si las leyes de propiedad intelectual y de copyright fueran papel mojado; que “todo es texto”, como si el monismo axiomático de la substancia (el todo es una parte del todo) fuera algo que pudiera imponerse hoy día, sin más, cual si todos nos hubiéramos vuelto presocráticos de repente, y cantáramos al unísono “todo es aire”, “todo es agua”, “todo es fuego”…; o como si la Divina commedia de Dante y un código de barras comercial fueran, si nos atenemos al pensamiento del Foucault, “lo mismo”, esto es, una “función social”. Autor, obra, lector e intérprete o transductor son las cuatro realidades, corpóreas y operatorias, más poderosas de los hechos literarios, al constituir su symploké, es decir, su relación circularista y dialéctica, la dimensión nuclear de los procesos de interpretación literaria. Así es como el teoreticismo, que ha hecho desembocar los estudios literarios en el callejón sin salida de la posmodernidad, impone el espejismo nihilista de sus fantasmas —autores que mueren como espectros o dioses ideales, porque supuestamente nunca han existido; obras cuyo lenguaje “nos dice a costa de que lo digamos”, como si el lenguaje fuera una numinosidad indómita con vida propia; lectores metafísicos, generados por una suerte de parafenomenología literaria, etc.—, de modo que así es como se impide ver la realidad inderogable de lo que hay, autores concretos y con una vida histórica innegable; obras literarias que son depósito de Ideas objetivas, en las que se materializa la literatura, y no solo de formas con las que se puede jugar funcional y estructuralmente; lectores de carne y hueso, nada ideales ni irreales; e intérpretes y transductores extremadamente entrenados en el ejercicio de la promoción, difusión o censura de las obras y materiales literarios. Una vez más las denominadas “ciencias humanas” se han caracterizado por hacer un uso aberrante de los avances científicos, en este caso, de los progresos alcanzados desde el positivismo lógico de las “ciencias naturales”.

Jesús G. Maestro, El hundimiento de la Teoría de la Literatura
Vigo, Editorial Academia del Hispanismo, 2015, pp. 65-66.



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