La Cultura es el tumor del Lenguaje

Respuestas a cuestiones y preguntas




La presente pregunta está relacionada con la afirmación, sostenida y explicada en el libro El hundimiento de la Teoría de la Literatura, según la cual las lenguas son tecnologías, y no signos de identidad cultural.
La misma  afirmación se sostiene y reproduce en la siguiente entrada de este blog, titulada Las lenguas son tecnologías.



Respuesta

La cuestión que me plantea está tratada en el libro El hundimiento de la Teoría de la Literatura (2015).
Afirmar que las lenguas son tecnologías implica disociar Ciencia y Cultura, algo que la tradición idealista alemana, la orteguiana en España, y la posmodernidad europea y americana, presentan unido, disuelto e indistinto. El idealismo funde y con-funde Ciencia y Cultura. El Materialismo Filosófico diferencia rigurosamente estas dos realidades.
Desde el Materialismo Filosófico se entiende por Ciencia, a partir de Gustavo Bueno y de su Teoría del Cierre Categorial (1992), una construcción (más que una interpretación) operatoria, racional y categorial, una construcción que es resultante de una interpretación (ahora sí) causal, objetiva y sistemática de la materia. La interpretación es resultado de la Ciencia, no causa de ella.
La Ciencia es una construcción antes que una interpretación porque lo operatorio es previo a lo inteligible. Construimos un puente porque necesitamos cruzar un río, porque necesitamos “operar” en la otra orilla, no porque queramos conocer o saber cómo se construye un puente: eso vendrá después, cuando nos pongamos manos a la obra, esto es, a operar con los materiales de construcción, y vayamos conociendo, al operar, al construir, cuáles son mejores o peores materiales, etc...
La Cultura es un mito (Bueno, 1997), más precisamente, una ideología. Y más precisamente aún: la cultura es la gremialización del individuo, es la forma en que el individuo puede integrarse en un gremio, sea este gremio la sociedad, la secta, el partido político, la ONG, la religión, la sociedad protectora de animales o de bobos, el Estado, la Universidad (endogamia), o incluso el matrimonio en todas sus variantes (poligamia, androgamia, poliginia, poliandria...).
La cultura hoy se ha sacralizado: si eres culto, eres bueno; si eres culto, vales más; si eres culto, tienes que hablar esta lengua o aquella, el gallego o el galés, porque la cultura gallega implica hablar gallego, sentir como gallego, beber agua como gallego, etc. Y por ese camino ya vamos por un camino desde el que la Cultura se impone al Individuo, de modo que la cultura vale más que el individuo, porque el gallego que no hable gallego no es un “buen” gallego, del mismo modo que el asturiano que no hable bable no es un buen asturiano, etc., etc., etc…
En aquellas culturas donde cortarle a las mujeres el clítoris es “normal”, la Cultura está por encima del clítoris de las mujeres, que es menos importante que la preservación de los susodichos “valores” culturales. Bien, a esas culturas se las llama, según el Materialismo Filosófico, culturas bárbaras, porque se basan en formas de conocimiento bárbaro: mito, magia, religión y técnica. (La técnica bárbara de la cliteroptomía).
Las culturas civilizadas transforman estas formas de conocimiento en otras más sofisticadas (respectivamente): ideología, pseudociencias, teología y tecnología. Pero estas cuatro formas de conocimiento de las culturas civilizadas son formas acríticas de conocimiento, porque las formas críticas son la Ciencia y la Filosofía.
En las sociedades civilizadas la Cultura se ha instalado en un conjunto de cosas en el que cabe de todo, un auténtico cajón de sastre: las ideologías, las magias, las pseudociencias, los mitos, las creencias religiosas, las técnicas (desde hacer un colacao hasta comer polvos de talco, clavarle lanzas a un toro, tirar una cabra desde un campanario, o cortarle el clítoris a una niña...)
Hoy se valora más la cultura que la ciencia, porque se educa a la gente en la idea, estúpida a más no poder, de que es más valioso ser culto que ser científico. Ciencia y Cultura son dos cosas completamente diferentes. Incluso para algunos pensadores, como para el idealista Ortega, y como para todos los idealistas alemanes, la Ciencia es Cultura. Esta identidad (Ciencia = Cultura) es, para el Materialismo Filosófico, una aberración monstruosa, porque supone suprimir las fronteras entre las ciencias, es decir, borrar las categorías. Y las ciencias son para el Materialismo Filosófico categorías, de modo que la Química y la Música son categorías diferentes, ciencias diferentes, pero no culturas. Si además se impone posmodernamente la idea panfilista de que todas las culturas son iguales, pues entonces perfecto: un excremento azteca, un código de barras suizo y una novela del Siglo de Oro son iguales…, porque son cultura. Y las culturas son todas iguales…
En este estado de cosas, vulgarmente se impone la creencia de que la Lengua es la supremacía de la cultura, lo que mejor expresa y objetiva lo que una cultura es. Tal idea es hoy día de un romanticismo trasnochado que, con antecedentes en Vico, Herder y todo lo relacionado con las flatulencias del idealismo alemán, se ha encendido de nuevo en las pancartas y consignas del pensamiento posmoderno.
Pero las lenguas no progresan por el camino de la cultura, sino por el camino de las tecnologías, es decir, por el camino de las construcciones operatorias y científicas de proyección global y sistemática. ¿Qué es la tecnología?: la aplicación sistemática y global de las ciencias a las técnicas. La tecnología es la operatoriedad globalizada y sistematizada de las ciencias. Dicho de otro modo: la técnica es la “tecnología” de un pueblo o tribu. La tecnología es la estructura científica desplegada operatoriamente en un ámbito global o con pretensiones de globalidad.
Una tecnología más potente se come a una tecnología menos potente.
No hay una medicina de Fuenlabrada, ni una astrofísica de Gijón. Pero sí puede haber una técnica de hacer fabada propia de Asturias, que para preservarse en su “pureza” evitará la globalización y la reproducción sistemática fuera de Asturias. Esa supuesta “fabada” no será soluble en la tecnología que permita su reproducción en Nueva York o en el Machu Picchu.
Pero las lenguas no son un plato de habichuelas. Las lenguas no pueden sobrevivir operatoriamente limitadas a un uso tribal, sectorial o marginal. La endogamia hace de las lenguas un argot o jerigonza. Ese tipo de lenguas interesan a los filólogos, a los antropólogos o a los lingüistas, entre otros, pero no a sus hablantes naturales. Ese tipo de lenguas atraen a los especuladores de las lenguas, pero no a sus usuarios, que las hablan porque su tecnología es —por endogámica— tribal, sectorial o marginal. Al antropólogo no le interesa redimir al salvaje, sino estudiarlo, es decir, explotarlo científicamente para sus propios intereses antropológicos. Cuantos más salvajes haya, mejor para el antropólogo.
Lo mismo hacen determinados lingüistas, filólogos y traductores: dominan una tecnología (lingüística), es decir, una lengua, desde la que interpretan, exploran, analizan, controlan, la lengua del otro. Y de eso viven, del control lingüístico sobre terceros. De la explotación del dominio verbal. Pero siempre desde una tecnología superior, esto es, desde una tecnología que hace posible el uso de una lengua a partir de la que se dominan otras lenguas.
Las lenguas ya no las construyen ni las transforman los hablantes: eso es mentira. Hace mucho tiempo que los hablantes no están solos ni son dueños de las lenguas que usan. Los hablantes están muy controlados. Y el uso que hacen de la lengua, también. Afirmar que las lenguas a día de hoy las hacen los hablantes es una mentira descomunal. Una mentira mayúscula sobre la que se han construido miles de mitos y desde la que se han escrito millones de libros. Las lenguas las hacen los hablantes que construyen e imponen tecnologías desde las que se explican y organizan otras tecnologías menos desarrolladas, es decir, las lenguas las construyen y modifican aquellos hablantes que operan con realidades cuya puesta en marcha se impone sobre la vida de los demás hablantes, los cuales usan las lenguas como meros consumidores y reproductores de construcciones lingüísticas ajenas. Dicho de otro modo, las lenguas las construyen los sujetos operatorios cuyas operaciones, por ser científicas y tecnológicas, es decir, por ser más poderosas —matrices, diríamos—, más importantes, más prácticas, más necesarias, o simplemente más eficaces, que las operaciones —derivadas, diríamos— que hacen los demás usuarios, se imponen como instrumentos de comunicación junto con esas operaciones matrices. La prueba más visible está actualmente en la informática: hablamos el lenguaje informático de quienes construyen la informática de la que solo somos simples usuarios. Hablamos el lenguaje que nos imponen operatoriamente quienes construyen aquello que usamos. Los hablantes son solo usuarios de un lenguaje —de una tecnología— previamente construido —y construida— por otros, y las posibilidades de alteración de las construcciones tienen un margen muy limitado: un margen limitado a las posibilidades operatorias de esos hablantes en tanto que consumidores impotentes, posibilidades que, al margen de los medios de comunicación de masas y de intervención política, son tan ridículas como imperceptibles.
Las lenguas las construyen los transductores, es decir, quienes dominan los medios de transmisión, que son también los medios de transformación. Eso es la transducción: poder de transmisión con poder de transformación. Solo se puede transformar aquello que se transmite. Solo un sujeto transmisor puede actuar, esto es, operar, como un sujeto transformador. Esto es un transductor, un sujeto operatorio dotado por los medios de un poder para imponer a los demás (hablantes) las transformaciones de aquello que transmite. Los hablantes son sujetos que, simplemente, consumen el lenguaje que usan, y que otros, los transductores, diseñan y transforman tecnológicamente para esos hablantes. Dicho de otro modo, los hablantes usan el lenguaje entre sí y para sí: hacen un uso dialógico o gregario del lenguaje, pero no un uso normativo. Es más, habitualmente usan el lenguaje al margen de las normas. Pero, a diferencia de los hablantes, los transductores usan el lenguaje no para sí, sino para los demás. Es decir, usan el lenguaje como una tecnología cuyo destino es imponerse ante el resto de hablantes, con el fin de que estos últimos consuman ese lenguaje conforme a las transmisiones y transformaciones establecidas por los propios transductores, que siempre actúan con los medios políticos, institucionales, sociales, psicológicos…, administrados y organizados desde el poder del Estado, como máxima expresión y realidad de toda sociedad humana organizada políticamente.
En suma, las lenguas no las hacen los hablantes, sino los transductores, es decir, los hablantes que disponen de poder para imponerse lingüística, operatoria y tecnológicamente, al resto de los hablantes, los cuales no podrán hacer otra cosa sino consumir las lenguas —las tecnologías— diseñadas por estos transductores.
Por esta razón, las lenguas son tecnologías. Y hablar gallego, hablar asturiano, hablar español, hablar inglés, es usar una tecnología gallega, asturiana, española o inglesa. Hacer un uso cultural de la lengua es hacer teatro, porque las lenguas no viven en los museos, salvo para los filólogos, los lingüistas forenses y los antropólogos, entre otros varios. Las lenguas nos exigen hacer un uso operatorio de ellas, y no un uso cultural.
No negamos los ingredientes culturales de las lenguas. Pero esos ingredientes son retrogresivos, porque remiten a un sedimento, a una tecnología ya usada: son la impedimenta conservadora en la que las lenguas se fosilizan, a menos que la experiencia de los hablantes resulte propulsada por el uso de nuevas tecnologías, que vayan exigiendo a su vez al lenguaje la incorporación de (las) nuevas construcciones constituidas por las ciencias.
Destruir una lengua es destruir una tecnología. Pero las tecnologías no están hechas para jugar, ni para recrearse en ellas estérilmente. Las lenguas tampoco. Del mismo modo que hay tecnologías inútiles también hay lenguas inútiles. Hay lenguas que no encontrarán hablantes que las usen —o consuman— porque son tecnologías inoperantes. Hay lenguas que nunca encontrarán consumidores, ni usuarios, fuera de un sistema administrativo o burocrático que las promueve. Y contra esa realidad ningún nacionalismo puede prosperar. Es solo cuestión de tiempo, más que de dinero.
Las tecnologías que no son operatorias no sobreviven. Esto es lo mismo que decir que las lenguas que se basan solo en la cultura no sobrevivirán. Y no se olvide que la Cultura es una prolongación más administrativa que ejecutiva de la Política, a diferencia que la Justicia o la Guerra, que son prolongaciones claramente ejecutivas de la Política. Pero la Cultura, lejos de ser un engañabobos, es un engañalistos. Solo seduce a quienes se creen inteligentes. No por casualidad hay millones de personas dispuestas a hablar lenguas inútiles, es decir, a utilizar tecnologías impotentes, y solo porque de este modo, ilusoriamente, viven en la creencia de que algo así las hace mejores, superiores o incluso singulares. Aquí se vitamina el mito de la Identidad. Y el mito de la Cultura.
Los idealistas se sienten siempre más atraídos por el lado intimidatorio de los mitos, que esgrimen contra sus adversarios, que por su lado racional, que con frecuencia nunca son capaces de comprender ni mucho menos de explicar. Ignoran que con los mitos y las ilusiones hay que andarse con mucho cuidado: la realidad siempre destruye a quien no es compatible con ella. Además, la realidad es muy cínica en el ejercicio de su brutalidad: sin consideración hacia sus víctimas, solo advierte de su fiereza a quienes han podido sobrevivir a ella. Y nunca impunemente.
La Cultura no es un elemento matriz del lenguaje, ni siquiera es un componente generador ni regerenador de él. La Cultura es el lastre de las lenguas. Su más intimidatoria y plúmbea oxidación. A veces, incluso, su necrosis. El precio de la endogamia, como el precio de la autonomía, es la esterilidad. La Cultura es el tumor del Lenguaje.

 Jesús G. Maestro




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