Nacionalismo y darwinismo

De las torpezas de las «ciencias humanas»

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En el ámbito de las Letras esta época conoció, si no el triunfo del Romanticismo, sí desde luego el desenlace de sus consecuencias: el peso omnipotente de la filosofía hegeliana en el Estado prusiano, y el arrollador detonante del autologismo romántico en todas sus dimensiones: la conciencia del Yo se convierte en el obrador fundamental de la obra de arte literaria, musical, arquitectónica, política, teológica. La fuerza de la subjetividad humana comienza a incubar mitos que, muy pronto, intervenidos por la frustración finisecular en que desemboca el positivismo decimonónico, comenzarán a dar frutos muy inquietantes: el Volksgeist, la voluntad, la representación, el superhombre, el inconsciente, el “malestar de la cultura”, el nacionalismo, lo ario… La secularización decimonónica de las creencias otrora religiosas ha causado muchas tormentas. Hay momentos en la Historia en los que las presuntas “ciencias humanas” parecen haber sido un recremento —un excremento, incluso— resultante de una pésima digestión de los avances y hallazgos llevados a cabo por las denominadas “ciencias naturales”. La bio-ideología —cuyos siniestros encantos pseudonacionalistas llegan incluso a nuestros días— es, seguramente, una de las más nefastas consecuencias engendradas por la aberrante conjugación de mitología cultural y positivismo biológico de orden mecanicista. Una interpretación aberrante del darwinismo puede acabar alojándonos a todos en un campo de concentración, destruir o descomponer políticamente la geografía de nuestro país, o imponernos —en nombre de una cultura fingida y sin futuro— el uso obligatorio de una lengua que nadie quiere hablar en ningún contexto serio. El darwinismo concibió la vida en la naturaleza, y en particular la vida animal, como una adaptación —que Spencer contribuyó a aplicar a las denominadas “ciencias del espíritu”—, y planteó su evolución como un imperativo de selección natural. Los nacionalismos, por ejemplo, hacen suyo este procedimiento darwinista, instaurando su ficticia idea de nación en la realidad de la sociedad política habitada por los seres humanos. Es muy peligroso enfrentarse, desde las supuestas “ciencias humanas”, a la interpretación de los resultados de las “ciencias naturales” cuando se ignora realmente el alcance y la compresión de tales resultados. El Idealismo alemán, fraguado desde una tradición donde la libertaria —y no menos ideal— interpretación luterana de las Sagradas Escrituras había sido una experiencia nuclear, alimentó virulentamente el derecho de los pueblos a interpretar de forma muy libérrima —y muy poco inteligente— la realidad positiva de las Ciencias. La posmodernidad contemporánea es otro de estos estadios triunfales de este tipo de interpretaciones retóricas, hormonadas e ilusas. Las Ciencias se desarrollan por caminos que los intelectuales no transitan.


Jesús G. Maestro, El hundimiento de la Teoría de la Literatura
Vigo, Editorial Academia del Hispanismo, 2015, pp. 60-61.


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