El fracaso de la teoría literaria del siglo XX



En su cuarta fase (1920-1960), las Ciencias están determinadas por la irrupción de las síntesis científicas y por la universalización de la Teoría de la Ciencia que plantea el positivismo lógico. Se trata de una etapa en la que la presencia del teoreticismo se convierte en una auténtica omnipresencia. En el ámbito de la Teoría de la Literatura el triunfo del teoreticismo es absoluto, merced al desarrollo de las poéticas formalistas, orientadas hacia el análisis de las formas determinadas por su valor funcional en el texto. Los materiales literarios se reducen ahora a la realidad textual, a la obra literaria. La figura del autor cae en desgracia. Los estudios literarios censuran su presencia y sus atributos (biográficos, históricos, psicológicos, sociales…) Se inicia así una tendencia que culminará en el célebre artículo de Barthes desde el que se proclama “La muerte del autor” (1968), en un paralelismo —tan claro como inadvertido (sobre todo por los lectores acríticos de Barthes, que son casi todos)— del célebre fragmento 125 de La gaya ciencia (1882) de Nietzsche, en el que en los mismos términos retóricos y tropológicos se afirma el nihilismo de la substancia teológica: “Dios ha muerto”. Las teorías literarias formalistas se despliegan a lo largo del siglo XX incurriendo sin reservas en la falacia teoreticista, siguiendo la inercia del positivismo lógico imperante. Una vez más, las denominadas “ciencias humanas” se limitan a seguir acríticamente los imperativos de las teorías científicas elaboradas en el obrador de las “ciencias naturales”, en tanto que ciencias positivas (basadas en metodologías α-operatorias). Morfologismo alemán, Formalismo Ruso, Funcionalismo praguense, Estilística española e hispanoamericana, New Criticism estadounidense, Estructuralismo francés…, siguen a pies juntillas el modelo popperiano del teoreticismo, y, conforme a la Lógica de la investigación científica (1934), hipostasían la forma de los materiales literarios, aislándola del resto de los términos del campo categorial de la literatura. Autor, lector y transductor o intérprete resultaron completamente ilegibles e invisibles para los teoreticistas y formalistas. Y lo que aún resultó más grave: redujeron la obra literaria, considerada como base interpretativa única, a un inventario autárquico de formas y funciones lógicas. Si algo fallaba en los términos y relaciones de ese inventario o sistema, la culpa era de la realidad exterior, no de la inmanencia del discurso teórico, cuyas verificaciones y refutaciones superaban toda posible falsía. El resultado de tal inflación teórica fue el callejón sin salida de la posmodernidad. El lector y las teorías de la recepción (Jauss, 1967; Iser, 1972) no fueron la alternativa de ese callejón, sino la reconstrucción, en términos igualmente teoreticistas y formalistas —cuando no adecuacionistas—, de una idea de lector radicalmente ideal, irreal, inexistente, fenomenológica, psicologista y ficticia. Se habló de todo tipo de lectores, a los cuales se consagraron monografías completas, bajo las más escurridizas etiquetas (lector implícito, lector modélico, lector ideal, archilector, lector informado, lector explícito, lector implicado…) Configuraciones, todas ellas, de fantasmagorías inoperantes e incorpóreas, porque el único lector posible del que cabe hablar, de forma fehaciente y efectiva, es el lector real —valga la redundancia, porque el lector, o es real, o no es—, es decir, el ser humano en tanto que intérprete personal —para sí— de las ideas objetivadas formalmente en los materiales literarios.

Jesús G. Maestro, El hundimiento de la Teoría de la Literatura
Vigo, Editorial Academia del Hispanismo, 2015, pp. 64-65.



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