La Literatura como realidad verbal, poética y ficticia

Crítica de la Razón Literaria

Ni por mí os temo ni por otro, porque no dependo de comunidad ni de particular alguno. Todo vuestro crédito y poder es inútil contra mí.
Blaise Pascal, Cartas provinciales (1656-1657).


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La Literatura se comunica mediante palabras, pero esto no significa que la Literatura esté hecha, al igual que tampoco lo está la realidad, solamente de palabras. Los materiales literarios no están hechos solo de signos. Imponer semejante reducción verbal, semiológica o textual, como postula la posmodernidad —“todo es texto”, dirá Derrida, incurriendo en un monismo axiomático de la sustancia—, implica asumir que la realidad es una ficción, que la vida es sueño, o que si padecemos un tumor cerebral somos una suerte de molieresco malade imaginaire. Algo así es científica y filosóficamente inaceptable. Por paradójico que resulte, en ciertos momentos hay que salir del lenguaje para interpretar la Literatura[1].
Adviértase que la Literatura utiliza signos verbales y lingüísticos a los que confiere un valor estético y poético, y a los que inviste de un estatuto de ficción, de modo que construye realidades materiales —física, psicológica y conceptualmente materiales— que carecen de existencia operatoria, porque solo poseen existencia estructural. La Literatura es materia sin posibilidad operatoria. ¿Qué quiere decir esto? Pues que don Quijote, Fausto o Lady Macbeth solo puede operar dentro de la estructura formal, estética, poética, de las obras de las que forman parte, pero no pueden operar, es decir, actuar, fuera de ellas, por ejemplo, entre nosotros. La Literatura está, pues, hecha de realidades (estructurales) dadas a una escala formalmente diferente de nuestras propias realidades (operatorias). Esta diferencia gnoseológica, esto es, formal y material, está determinada por su naturaleza poética y ficticia, inherente a la Literatura, la cual, precisamente por esta razón, no está hecha solo de palabras, sino también de realidades no operatorias.







[1] Es más: apelar a los “usos del lenguaje” para resolver un problema gnoseológico equivale a incurrir en un peligroso formalismo, que puede concluir en la exigencia de resolverlo todo según los reduccionismos de la filosofía analítica. Los filósofos analíticos consideran que el lenguaje es el criterio último de decisión, y evitan un enfrentamiento con la realidad extralingüística. Basta tener en cuenta la diversidad de lenguas y lenguajes para evidenciar la fragilidad de tales orientaciones interpretativas. Hay que salir del lenguaje para interpretar la realidad. El lenguaje es el sistema más frágil de interpretación, porque no es una “plataforma única”, ni una “fuente unívoca y precisa para la determinación de significados” (Bueno, 2001: 409).



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