El personaje literario: don quijote como prototipo

Los géneros literarios en el Quijote


Doré, don Quijote con dos zagalas pastoras
Lo he dicho: Don Quijote se irrita frente a la injuria, la difamación y la calumnia, del mismo modo que si fuera un ser humano, porque “muchas veces suele caerse la paciencia cuando la cargan de injurias” (Quijote de Cervantes, II, 59). Y no le falta razón, porque el retrato deformante, degradado y vil, que de él hace Avellaneda es mayúsculo, como le advierten los primeros lectores del apócrifo, convocados en la segunda parte.

—Ni vuestra presencia puede desmentir vuestro nombre, ni vuestro nombre puede no acreditar vuestra presencia: sin duda vos, señor, sois el verdadero don Quijote de la Mancha, norte y lucero de la andante caballería, a despecho y pesar del que ha querido usurpar vuestro nombre y aniquilar vuestras hazañas, como lo ha hecho el autor deste libro que aquí os entrego (II, 59).

En realidad, tras la figura literaria de don Quijote, hay un ser humano injuriado, que es Cervantes. La crítica inicial de don Quijote al Avellaneda es superficial, esquiva y simple. Cervantes trata de restar valor e importancia a la obra apócrifa, desautorizando al autor como ignorante y espúreo. Poco más. Con todo, el daño de la injuria sobre la figura de don Quijote, y sobre la persona de Cervantes, estaba hecho — “Y es querer atar las lenguas de los maldicientes lo mesmo que querer poner puertas al campo (Quijote II, 55)—, pues, como suele decirse, lo peor que hacen los malos es obligarnos a dudar de los buenos.

—En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas de reprehensión. La primera es algunas palabras que he leído en el prólogo; la otra, que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin artículos, y la tercera, que más le confirma por ignorante, es que yerra y se desvía de la verdad en lo más principal de la historia, porque aquí dice que la mujer de Sancho Panza mi escudero se llama Mari Gutiérrez, y no llama tal, sino Teresa Panza: y quien en esta parte tan principal yerra, bien se podrá temer que yerra en todas las demás de la historia (II, 59).

Es difícil combatir una calumnia. La mejor respuesta es el silencio. Cervantes parece evitar el enfrentamiento directo con Avellaneda. Si algo sabía al respecto, sobre su identidad, intenciones, aliados, lo silenció. Quien calumnia desea el escándalo, la vileza, la excrecencia de la propia ruindad, pues sabe, de ante mano, que sus testimonios son deturpantes, degrantes, falaces, sofistas, psicológicos, en todo caso, mentiras siempre. La calumnia tiene, sin embargo, algo importante: es la prueba principal de nuestras alianzas. Quien se deja seducir por la difamación, quien le da crédito, quien se comporta como si los contenidos de la calumnia hubieran sido posibles, ése es un traidor, pues teniendo razones para desmentir al calumniador, confiere valor de verdad a sus necedades. La calumnia, en última instancia, no desacredita al calumniado, sino a quien la levanta, la difunde o se la cree. Los amigos lo son de veras si son inmunes a la calumnia[1]. En caso contrario, son ordinarios traidores, con frecuencia después de haber sido serviles aduladores[2]. El público no traicionó, no abandonó, a Cervantes. Pero muy bien podría haber sucedido lo contrario. No faltaron, incluso ilustrados, y no ilustrados, que elogiaron el Quijote de Avellaneda muy por encima del Quijote de Cervantes. A quien injuria nunca le faltan aliados. Sin embargo, pasado el sarampión de la calumnia, resulta muy incómodo verse entre los difamadores, y como uno de tales pasar a la Historia. Pocos lo soportan.









Notas

[1] El camino más corto para caer en la desgracia y el infortunio consiste en creerse las calumnias, infamias o disparates, que, con fines diversos de autoinsatisfacción personal, relatan individuos paranormales y bufonescos, para solaz y recreo de las gentes. Porque creer en una calumnia consiste en comportarse como si su contenido falaz hubiera tenido la más mínima posibilidad de existir.

[2] Dignas de mención son en este punto las siguientes palabras de Tresguerres: “El adulador se hace acompañar asimismo de la traición: toda vez que sus expectativas no se vean satisfechas (y muchas veces aun siéndolo), al acto de adular le seguirán la calumnia, la maledicencia y, en suma, la traición [...]. Y esto es así, seguramente, porque toda adulación descansa sobre cimientos de envidia y de resentimiento; envidia de lo que el otro posee, y resentimiento por tener que adular para obtener el favor que se desea. El adulador no sólo desprecia a quien adula, sino que se desprecia también a sí mismo por lo que hace («El adulador —decía La Bruyère— nunca piensa bien de sí mismo ni de los demás»). Y cuando el otro ya no resulta útil, difícilmente puede el adulador dejar de dar el paso a la traición más abyecta; doblemente resentido si no ha alcanzado su meta: resentido por haber adulado y resentido porque tan rastrero comportamiento no haya servido a su propósito. Pero aunque éste se logre, no por ello quien adula dejará de traicionar a su benefactor: su resentimiento tomará ahora la forma de profunda vergüenza, y necesitará tratar de olvidarse cuanto antes de la forma ruin mediante la que ha llegado a su meta, mas necesitará que lo olviden también aquellos que, como espectadores, hayan podido asistir a la representación de sus viles maniobras. ¿Cómo, pues, podría intentar romper ese lazo humillante que amenaza atarle de por vida al adulado, recordándole a cada instante (y recordándoselo a los demás) el ser despreciable que en realidad es? Muy simple: poniendo su empeño todo en destruir a quien le ha beneficiado” (Tresguerres, “De los aduladores”, 2003: 3).



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