La novela epistolar en el Quijote

Crítica de los géneros literarios en el Quijote


Doré, Sancho como gobernador
El descubrimiento de la novela epistolar de los siglos XVI y XVII remite a antecedentes griegos: Chion de Heraclea (Düring, 1951), Heliodoro y Aquiles Tacio, con la inclusión de cartas en la novela bizantina. Desde el Renacimiento, la literatura van poblándose de cartas intercaladas, que impregnan, como partes integrantes y extensionales explícitas, obras literarias pertenecientes a diferentes géneros y especies: Gargantúa a Pantagruel, Hamlet a Ofelia, don Quijote a Sancho... Son hechos fundamentales, en este punto, la impresión en Venecia, en 1553, de la novela epistolar de Juan de Segura, Proceso de cartas de amores, a cargo de Gabriele Giolito, así como las sucesivas reimpresiones de que es objeto Cárcel de amor (1492), de Diego de San Pedro, durante la década de 1520, y el propio Lazarillo de Tormes (1554), que combina la ficción epistolar con la autobiográfica (Navarro, 2008). Erasmo de Rotterdam, en su Opus de conscribendis epistolis, de 1522, había dado a la estampa uno de los tratados epistolares latinos más importantes e influyentes. 
En sus trabajos sobre los géneros epistolares, Claudio Guillén (1985a) piensa en la carta limitándose sobre todo a las concepciones de los humanistas del más temprano Renacimiento, en la que la epístola emerge como una cualidad extraordinaria de una suerte de literatura oral. En medio de una retórica luminosa, tan propia de la escritura de C. Guillén (1985a: 300), que cabe calificar de “enciclopedismo poético”, este autor acaba por identificar a la carta como el signo, si no de “la literariedad, al menos [de] la alfabetización”, pese a que los lectores del Quijote podían leer desde 1615 cartas de analfabetos tan cualificados como Sancho Panza o su mujer, Teresa Panza, o de destinatarios tan singulares —y no menos iletrados— como Aldonza Lorenzo. 

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